Archivo mensual: octubre 2012

En los tiempos del Tenorio

En aquel entonces el pavimento de la carretera era un conglomerado de guijo y tierra que una apisonadora, con unas ruedas de hierro más altas que un chico y más largas que un hombre, había compactado del mismo modo que un cocinero espesa y extiende la harina con un rodillo. Todavía existía el empleo de peón caminero, cuyo cometido era rellenar con una pala y compactar con pico y la fuerza de sus propios pies los baches que la lluvia, el hielo, los cascos de las caballerías y los aros de hierro de las ruedas de los carros infligían a la calzada. Las aceras estaban empedradas con cantos rodados que los albañiles, de rodillas, habían clavado al suelo con el mejor empeño pero con irregular resultado. Cuando la niebla o la lluvia las empapaban adquirían una tonalidad ambarina, reluciente, aunque andar sobre ellas constituía una osadía que sólo los niños practicábamos con destreza y una desenvoltura rayana en la temeridad. Más de uno se abrió la cabeza. Las calles en la época de lluvia lucían embarradas con cauces de agua sin más salida que la evaporación o el desemboque en dos raquíticas lagunas. El agua permanecía retenida por quincenas enteras, en los años húmedos por mensualidades. Para sortear las calles inundadas se habían construido unos puentes estrechos y con muchos ojos, que no alzaban mucho más allá que un niño de teta. Todos estaban alineados en la dirección de la Iglesia, seguramente para que las señoras pudieran oír misa con sus zapatos de tacón impolutos. A veces el caudal anegaba los puentes y quedaban sumergidos, entonces, los mozos, calzados con botas katiuskas, se echaban a la espalda a las mujeres casadas como si fueran costales de trigo, o las cruzaban en volandas si eran mozas, para depositarlas en seco en la otra orilla. En el invierno el barro helado, duro como una losa, pavimentaba las calles y los charcos espejeaban en un puro carámbano, así que los puentes estaban de más.

Ya había luz en el pueblo, la traían en unos cables sujetos a jícaras de porcelana blanca que colgaban en lo alto de los postes, seguramente chopos. Flanqueaban en ristra la carretera y se ceñían a sus curvas como se ciñe la ropa al cuerpo de una mujer voluptuosa. Los niños nos divertíamos haciendo puntería con el tirachinas o, en su defecto, usando el brazo y la mano como cuando jugábamos a cantearnos –en la cantea estaban prohibidos los medios mecánicos porque los daños eran más severos-. Ganaba el que conseguía atinar y partir más jícaras. Tenían ese nombre vibrante, como todos las palabras esdrújulas, porque vistos desde abajo parecían pocillos pequeños de los de tomar chocolate a la taza. En invierno las tres catenarias grises se cubrían de un cilindro de escarcha y, si les daba el sol, reflejaban irisaciones. El resto del año servían como posaderas a golondrinas y pardales. Creo que fue por Navidad cuando los mozos llevaron hasta la plaza del pueblo un águila real con las alas desplegadas. La portaban entre varios y su envergadura rondaría los dos metros. Había muerto electrocutada al chocar contra los cables de la luz. La recuerdo todavía tirada en el suelo a un lado de la fuente, sobre la hierba escarchada, rozando con un ala el brocal del pozo. A su reclamo se reunió un montón de ojos dispuestos en corro. Los gestos asombrados, las palabras quedas, había una atmósfera de respeto que rompíamos los niños porque para nosotros, superada la primera impresión, lo que se salía de la rutina era una fiesta.

Eran los finales de los cincuenta o, quizá ya habían entrado los sesenta. Como bien sabes, la memoria es quebradiza y mentirosa. Habían llegado los tractores al pueblo. Eran dos, tres a lo sumo. Su estruendo espantaba a las caballerías, también a las gentes. El galope torpe y monótono de sus motores tardó en hacerse cotidiano. Lanzaban al aire un humo denso de un gris crudo casi negro, que dejaba en las calles un tufo oleoso y acre como de alquitrán. El tractor Lanz de Sabinito se arrancaba a mano, volteando a dos brazos la rueda azul del motor. Nunca arrancaba a la primera, solía agotar previamente a uno o dos mozos. Tosía dos o tres veces con tufaradas de humo antes de tronar con regularidad. Su ruido empujaba el aire, chocaba contra las paredes y tu pecho vibraba al mismo compás.

Don Ángel, el señor cura, fue el primero en comprar un aparato de  radio. Lo tenía en el salón de estar que daba a la calle. Cuando tenía los postigos de la ventana abiertos podías oír “El parte” al pasar. También compró un tocadiscos y, los domingos, se lo prestaba a Bernardo, el del baile, para que no tuviera que estar soplando todo el rato la dulzaina. El señor Herminio también había tenido su salón de baile a medio camino entre las dos escuelas, pero fue de los primeros que se apuntó a la diáspora de la emigración. El salón de Bernardo estaba en una panera de la plaza. Entrando, a la izquierda, había un ambigú donde se servían vinos recios, refrescos, copas de brandy y de anís y alguna que otra cerveza, pocas porque los paladares no se habían hecho todavía al amargor del lúpulo. En primavera cocinaba ancas de rana que habían crecido en las lagunas o en las pozas de al lado de la carretera. De las paredes colgaban botes de carburos para prenderlos si se iba la luz. Era harto frecuente, sobre todo en verano, que cortaran el suministro eléctrico, bastaba una nube negra de tormenta o un relámpago lejano para dejarnos a oscuras porque los rayos quemaban los transformadores y no había dinero para reponerlos. Bernardo era un virtuoso con las manos. Ideó un sistema con un pedal y una serie de varillas y flejes para percutir las baquetas en la piel del tambor. De forma que, con los pies podía tocar el bombo, chocar los platillos y, a la vez, tamborilear. Con las manos y los dedos libres tecleaba las llaves de la dulzaina. Las viejas y las mujeres casadas acudían al baile de los domingos con su silla de esparto desde casa y se sentaban en derredor, con el espaldar pegado a la pared. Acudían, no sólo con el fin de ver el espectáculo, sino, principalmente, con el ánimo de criticar a las que se arrimaran demasiado y para hacer cábalas sobre quiénes se ennoviarían; en las apuestas primaba más el capital en fanegas de tierra que otras consideraciones menos prosaicas. Un domingo, cuando las parejas dejaron franca la pista de baile al acabar la pieza de Paquito Jerez, En un bote de vela, apareció una gasa ensangrentada de las que usaban las mujeres. Ninguna de las mozas presentes dijo esta gasa es mía.

Poco a poco, empezando por los más ricos, la radio fue llenando de música las casas y se apoderó de la memoria y de la imaginación de las gentes. El aparato tardaba un rato en encenderse. El dial se deslizaba sobre una franja de cristal con iluminación interior en el que se leían los nombres de las principales ciudades del mundo. Con el tiempo, al pasar junto a los portales ya sabías qué emisora sintonizaba cada quién y qué música gustaba en cada casa. Se competía por ver qué labor de ganchillo de las que colgaban de la repisa donde se asentaba la radio era la más primorosa o, quién tenía el receptor más grande, o el que sintonizaba más emisoras, o quién había adquirido la marca que más se anunciaba entre programa y programa.

La televisión llegó más tarde. El primer aparato aparcó también en casa del señor cura. Vinieron de la capital con una antena que plantaron en el tejado sujeta con varios vientos, parecía un hongo gigantesco con una cabeza en forma de parrilla. Les llevó dos días. Después tiraron un cable ancho y delgado desde aquel artilugio de metal. Lo prendieron de la fachada desde el alero a la puerta, practicaron un agujero hasta el interior de la casa y lo graparon al ángulo que forma la pared con el techo hasta la sala de estar. Allí reinó, destronando a la radio, aquella nueva ventana al mundo. Consistía en una caja de madera con un frontal de vidrio abombado del color de la ceniza; al lado derecho, dos ruedecillas y una fila de botones dorados; por detrás, una tapa negra de cartón duro y una clavija donde se enchufaba el cordón umbilical que venía de la antena. Don Ángel nos invitaba a los niños los domingos por la tarde para que le ayudáramos a recortar hostias de pan ácimo con un guillotina que tenía dos moldes, uno grande para la hostia de consagrar, otro pequeño para la comunión de la feligresía. Era una suerte que te invitara porque nos regalaba los recortes que sobraban y nos dejaba ver en la tele, en blanco sucio y negro agrisado, a la perrita Marilín que era la perrita más lista del mundo, según decía Herta Frankel. De paso, nos enseñaba a mantener aquellos trozos de oblea de color nata en la lengua, sin tocarla con los dientes, hasta que se deshacía, para que cuando hiciéramos la comunión no mordiéramos el cuerpo de Cristo porque era el mismo pecado mortal que beber o comer unas horas antes de comulgar. No pasó mucho tiempo hasta que el señor Arribas, que regentaba el casino y practicaba otros mil oficios, compró otro aparato de televisión. Cobraba veinticinco pesetas al mes por chiquillo. Lo puso en el salón de abajo del casino, sobre un anaquel desnudo, sujeto con dos palomillas. El salón del piso superior siguió siendo el lugar donde los hombres se jugaban el café y la copa al julepe o al gilé.

Por Todos los Santos se vendían castañas. Mi madre me enviaba a casa de la tía Amparo, la mujer del cartero, a por unos kilos. La tía Amparo vendía legumbres y verduras los días de diario; los domingos y fiestas de guardar agarraba una cesta del brazo y nos vendía chucherías a los niños, a perra gorda. Cuando se le murió el caballo lloró como si se le hubiera muerto un hijo. Los hombres lo ataron a unos mulos y, mientras se lo llevaban a rastras, el pueblo entero formó la comitiva como en un sepelio hasta las últimas casas. Al día siguiente los muchachos fuimos al camino de Fuentes a ver cómo los buitres picoteaban las entrañas del animal. La tía Amparo orinaba de pie, sin remangarse los faldones. Más de una vez las sorprendimos en las calles que lindaban con las eras cargada con sarmientos para la lumbre, se detenía y oíamos caer el chorro. Con la maldad de los niños nos acercábamos para darle la hebra. Soltaba la lengua como si tal cosa sin detener la micción. Permanecíamos impasibles mirando atónitos, cuando terminaba la faena nos alejábamos riendo y recreábamos la escena abiertos de piernas.

A las castañas se les practicaba una pequeña hendidura con una navaja para que al asarse no estallasen y saltaran, después se ponían directamente sobre las planchas de hierro de la lumbre de chapa y se tapaban con una lata, vacía, de sardinas de a kilo. Mi padre, mi hermano y yo nos quedábamos de pinote pegados a la lumbre, con los brazos extendidos y las palmas de las manos hacia abajo. Mi madre arriba en el poyete, sentada en una banqueta de madera, se calentaba las piernas. A pesar de haber rajado las castañas, algunas estallaban contra el cielo de la lata con tanta violencia que, a veces, conseguían voltearla; entonces mi padre cogía una piedra de las de calentar la cama y la ponía encima, de contrapeso. En radio Intercontinental hablaban de difuntos y ponían música de réquiem.

La noche de la víspera de Todos los Santos la televisión emitía siempre Don Juan Tenorio. A mí me daba miedo porque el Comendador regresaba desde la tumba y atravesaba las paredes para reñir a Don Juan, pero aquella función era de obligado cumplimiento como ir a misa o respetar a tu madre y a tu padre. Acudía el pueblo entero al casino a ver la función en la tele del señor Arribas, incluso venían aquellos que ya tenían el aparato en casa. Era una liturgia comunal. Aquel año la televisión del señor Arribas se había quedado muda y la pantalla del televisor del señor cura estaba poblada de moscas que revoloteaban sobre un magma blancuzco y no aparecía la imagen por ninguna parte, ni apretando los botones, ni girando las ruedecillas, ni dándole golpes como se hacía con las personas cuando sufrían un desvanecimiento, ni siquiera, subiendo al tejado y meneando el palo de la antena que en otras ocasiones había sido mano de santo. Así que los propietarios de ambos aparatos hablaron y llegaron a un acuerdo. Arribas bajó el suyo del pedestal del casino, lo trasladó en un carretillo de los de madera y rueda de hierro hasta una mesa camilla colocada en la acera, junto a la ventana del señor cura. El televisor de la sala de estar fue arrimado por dentro hasta el alféizar de la ventana. Conque éste emitía el sonido y el otro, el de Arribas, las imágenes y ambos, quedaron separados por los barrotes de la ventana como dos novios de zarzuela. Todo el padrón, salvo los muy viejos o enfermos, nos congregamos aquel año hasta más allá de las doce de la noche en la confluencia de la calle principal con la plaza. De pie, apostados frente a la casa del señor cura, frotándonos la mano de frío, vimos la representación de Don Juan Tenorio y comulgamos al raso con la liturgia de la víspera de Todos los Santos.

Aquel año perdí el miedo al Comendador cuando se le aparecía a Don Juan, cruzando las paredes, después de muerto.

J. Carlos

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Silencio

El pueblo guarda silencio. Aunque parezca mentira no es difícil guardar silencio cuando a todos aprovecha y su difusión a todos perjudica. Iván es feo, de una fealdad picasiana. Tiene el mentón prominente, los ojos en distinto plano, la nariz es ganchuda y se escora a la derecha, para colmo de miserias, es pobre de solemnidad y dicen que es flojo de entendederas. Pero Iván es un bien público y su sustento fue durante muchos años a costa del Ayuntamiento. Tres comidas frugales al día, un par de botas cada dos años, unos zapatos para ir a misa los domingos y fiestas de guardar. De ropa andaba bien servido, en qué familia no sobra una camisa, un calzoncillo, o un pantalón que sólo aprovecha ya para hacer trapos. Sucede que, desde que Iván siembra las tierras del término, rinden más del doble de grano y la media fanega pesa tanto que, apenas, un buen mozo puede levantarla con ambas manos.

No es que Iván se cruce  al costado una sembradera de saco y reparta brazada a brazada las semillas a voleo. No, simplemente se limita a yacer sobre la tierra como se yace con una mujer y deposita su siembra dentro, en un pequeño agujero de unos centímetros de profundidad que cava él mismo, en el punto medio de cada una de las fincas. La fama de semental de flora le vine de adolescente, de cuando Severino, Lengualarga, apostado a la sombra de un bardal, le pilló aliviando sus ardores genitales yaciendo sobre una era y observó, con el paso de los días, que la hierba levantaba primorosa en todo el contorno. Así fue como año tras año, después de que cada quién esparza el grano en su finca, ha de preñar a cada una de las novecientas veintidós parcelas de que consta el término municipal. Aquello le dura a Iván dos meses largos.

Los hombres del pueblo se juntan en la plaza cada mañana, a la misma hora en que se despereza el tísico sol de otoño. Comanda el señor alcalde, quien le entrega un cuenco con grasa de cerdo para que no se lastime en la tarea. Todos le despiden como a un portento. El semental ya llueva, nieve o se desate el viento en vendaval, dice adiós con la mano, el pecho bravo, la cabeza alta. Pasada la media legua se vuelve, se cuadra y les dedica un saludo militar. Momento en que la reunión comunal se disuelve y cada cual se va a atender sus asuntos. Ni un solo año ha dejado el pueblo de asombrar a los funcionarios del silo comarcal por el grano tan gordo y pesado que le llevan los lugareños, “tan lleno de pan”, afirman. Menuda responsabilidad para el alcalde que ha de disuadir a los funcionarios del Ministerio de Agricultura, porque quieren analizar los suelos del término para que arroje luz sobre las causas de su milagrosa fertilidad.

Así vino sucediendo hasta que Iván se casó con Lucinda, a la que apodan La viuda veneno. La maledicencia asegura que su marido no murió de muerte natural. Nadie se explicó el repente de Iván por el casorio, porque todos sabían que babeaba por Hortensia, la hija del herrador y a ésta, que ya consumía la veintena, no se le conocía pretendiente alguno. Más tarde se supo que La viuda había sorprendido a Iván cubriendo dos veces las tierras del herrador, por eso sus fincas eran las que más rendían. La viuda amenazó con contárselo a todo al pueblo.

-Si no te casas conmigo lo pregono y te obligarán a cubrir dos veces las tierras de cada quien –le dijo.

Fue una boda precipitada. Iván se adecentó con un traje de pana negro que le tiraba en las sisas. Se lo prestó el veterinario a cambio de que en primavera le preñara la huerta. La novia, Lucinda, se casó sin velo, embutida en un vestido del color de las lilas, con una diadema hecha de guirnaldas de hojas de fresno que reanimaban su cara renegrida de soles y escondían su pelo fosco y negro como el carbón. Las viejas beatas desde sus reclinatorios murmuraban entre ellas que la viuda era de la piel del diablo.

-Matará al Iván como mató al Florencio –salmodiaban.

El sacerdote con la cara avinagrada ofició la ceremonia pensando que era la voluntad de Dios llevar a aquel manso al matadero. La novia soltó un “sí quiero” con ese mohín de disgusto permanente en la boca. Aunque el novio tartamudeó dos veces antes de que un leve siseo saliera de su boca, el cura, con una mano más pálida que el cirio pascual, santificó el matrimonio y los bendijo. A la salida, en el pórtico de la Iglesia, se congregó el padrón completo, sólo faltó la Hortensia. Al cura le extrañó porque fue ella la que a primera hora de la mañana había sembrado de pétalos de rosas rojas el paso de los novios desde la puerta hasta el crucero. También le extrañó que se dieran las rosas en noviembre pero pensó que con Iván ya tenían suficientes portentos. Los jóvenes les tiraron el arroz al bies, atinando en la cara de la viuda. Al terminar la ceremonia, Lucinda, del brazo de Iván, abrió la comitiva de invitados que cerraba el alguacil tocando su dulzaina. Llegados al quicio de la puerta de La viuda, ésta obsequió al pueblo con una docena de botellas de orujo de hierbas y otras tantas bandeja de bollos, de los de hoja. Arrastró a Iván hacia dentro, corrió el cerrojo y dejó a los invitados a la intemperie. Cuentan que en aquella casa no se abrieron puertas y ventanas durante cinco días con sus noches, a pesar de que las murgas del pueblo acudían a la caída del sol, y hasta bien entrada la madrugada, a darles la serenata con canciones subidas de tono.

El régimen de sembradura en manos de Lucinda cambió radicalmente, exigió un alto precio por cubrir cada finca. Al principio el pueblo se rebeló contra sus pretensiones, pero los que regentaban las mayores extensiones de terreno cerraron tratos a escondidas y, con el fin de evitar males mayores, hubo de tomar cartas en el asunto el alcalde y consiguió pactar una tregua con La viuda. Se fijó un tanto alzado por hectárea. La codicia de La viuda exigía que Iván trabajara el doble durante la sementera, no en balde todos los labradores estaban avisados que cuantas más veces yaciera más granaba la espiga.

Durante el verano Lucinda cebó a Iván como a una abeja reina para que aguantara el envite del otoño. En invierno, en primavera y en verano sobraron meses para que Iván recuperara el color y se le rellenaran de carne los pellejos. Eran tales los requerimientos de la clientela que Iván enfermó y hubo de intervenir el galeno. Por entonces La viuda se trasladó a la capital aquejada de un ataque severo de hongos de los que acusaba a Iván.

-Me casé contigo para tener muchos Ivanitos que sembraran toda la comarca y vivir como una reina. Y ¿qué me das?, una cosecha de setas que ni se ven, pero que pican como demonios.

Le gustó tanto la capital que nunca más volvió a pisar el pueblo. En verano envió a una criada para la ceba de Iván. En otoño vino un secretario, calvo y con anteojos, que iba casa por casa extendiendo los recibos de las cubriciones, a tanto por hectárea. Por carnaval La viuda estaba en todas las coplas, las más animadas cantaban que un funcionario de la Diputación Provincial le mimaba cada noche el vergel de hongos, y seguía:

-Hay que ver cuánta leche da el Iván, da pa una casona en el centro de la capital, con cinco piezas, dos criadas y un desván.

Al muchacho amustiado desde lo de la boda, no se le volvió a ver ni un amago de sonrisa, “con lo risueño que era”, decía la mujer del alcalde. En los días de holganza asistía sucesivamente a los corrillos de la carpintería, la fragua y la cantina sin decir mucho más allá de: “Buenos días y ¡Hala! con Dios”. Aunque desde que la Lucinda se fue a la capital se le notaba menos huidizo y más vivaracho, como si se hubiera librado de un peso muerto. Todos las mañanas daba un rodeo para pasar por casa de Hortensia, miraba al balcón con disimulo, exhalaba un suspiro hondo.

Los trigales del herrero, el padre de la Hortensia, eran los más primorosos. Como no estaba La viuda, Iván acudía a la finca del herrero todos los domingos hasta bien entrada la primavera. Siempre encontraba el agujero dispuesto y para sí barruntaba que era cosa de la Hortensia. El domingo de Resurrección estaban los cielos encapotados y amenazaban con disolverse. Iván ya se había metido en faena cuando cayeron los primeros goterones de tormenta, que fueron calando la tierra hasta convertirla en un barrizal. Le extrañó que aquella tierra mojada exhalara un halo de vapor y se mantuviera calentita con la que estaba cayendo. Le costó llegar a los últimos estertores porque el agua repicando en la espalda le enfriaba los impulsos. Hizo un último esfuerzo pensando en Hortensia y se derramó. Sus embates unidos a la fuerza del agua  habían desleído el barro y creyó ver un ojo semienterrado que se abría. Pegó un brinco y soltó un respingo que le cortó toda efusión placentera. Pasado el susto, se acuclilló y limpió con sus manos un rostro tiznado de barro que sostenía un tallo de espiga en la boca para respirar. Eran los mismos rasgos, embarrados, y los mismos ojos glaucos que un segundo antes imaginaba. Sonrió por primera vez desde la boda. Después de izar en el aire a Hortensia, se limpiaron el barro corriendo desnudos bajo la beatífica lluvia. Para cuando cesó la tormenta ya estaban limpios. Esa misma tarde, a escondidas, Hortensia le abrió la puerta del corral de su casa y, a la luz incierta del crepúsculo, le enseñó el huerto cuajadito de rosas rojas.

-A veces, vuelvo desde la finca con tu semilla dentro y la siembro aquí. ¿Sabes? –prosiguió- En cuanto vienen los primeros fríos las cubro con arpillera. Sólo se helaron el año que entró la viuda en el corral. Vino para advertirme que si me entrometía en sus planes contigo, más me valdría ayunar porque cualquier trago o cualquier bocado podía ser el último.

Iván le estuvo secando las lágrimas con sus labios hasta bien entrada la noche. Ambos sabían que si llegaba a oídos de La viuda su aventura tendría un recorrido muy corto. Ambos concluyeron que no quedaba otra salida, sólo quedaba por saber si el pueblo guardaría silencio.

La voz de alarma la dio el cantinero bien entrada la tarde. En la plaza se convocaron los parroquianos para formar batidas de búsqueda. Los hombres apelotonados en derredor del alcalde que estaba encaramado sobre el sillón consistorial, las mujeres al fondo, formando corrillos. Por la calle Mayor llegó corriendo, sin resuello, la criada del veterinario. Los congregados fueron abriendo un camino, entre cuchicheos, para que llegara hasta el alcalde. Con voz entrecortada por la falta de resuello contó que, la noche pasada, a eso de las tres, escuchó el trote de un caballo sobre el empedrado. Cuando quiso asomarse a la ventana sólo distinguió la figura borrosa de un hombre sobre una montura, que se doblaba para despedir a una mujer, luego enfiló el camino de Las Fuentes que lleva a la capital. El alcalde ordenó al alguacil ir a la carpintería y a la fragua con el recado de averiguar si el Iván había “paseado sus huesos por aquellos lares”. A los mozos les autorizó para allanar “si fuera preciso” la casa del Iván. En el entretanto ya se oyeron las primeras imprecaciones dirigidas al herrero.

-El Iván es un adúltero y tu hija una puta –le gritó una vieja desdentada- Que los he visto retozando ayer mismo en tu parcela del camino de Las Nieves.

-A saber qué le habrá metido en la mollera esa mosquita muerta de la Hortensia para que se nos vaya del pueblo y nos deje pobres como antes –le espetó la mujer de Arístides, el tuerto.

El Iván no estaba en su casa y el alguacil constató que nadie le había visto desde anoche en el pueblo. Los ánimos se fueron caldeando porque estaban en juego las suculentas cosechas y porque el Iván, “sin discusión, es patrimonio del pueblo”-manifestó el alcalde-. Los congregados empezaron a zarandear al herrero, acusándolo de cómplice y alcahuete. El hijo mayor del Eladio le agarró del cuello por detrás y le puso la zancadilla con la intención de tirarlo al suelo. La cosa no pasó a mayores porque el alcalde, con buen criterio, se interpuso. Mandó al herrero en busca de su hija Hortensia para que acudiera ante aquella asamblea y explicara la huida de Iván, “si es que lo supiera o supiese” –concluyó.

La Hortensia llevaba una rosa roja prendida del pelo. La escoltaban el alguacil y su padre para evitarle los empellones. Caminó altiva hasta el sillón consistorial. Llegados a su altura, el alcalde ordenó que guardara silencio la concurrencia. Sólo cuando cesó el último murmullo, se apeó del sillón consistorial y se inclinó para recibir al oído las confidencias de la muchacha. A medida que ésta movía los labios, los gestos de asombro en la cara del alcalde se acentuaban. Concluido el monólogo susurrado, Hortensia se dio media vuelta y se marchó. El alcalde volvió a encaramarse sobre el sillón y habló alto y recio, guardando sus mejores graves para enfatizar las palabras: patrimonio, complicidad y silencio. Hasta el cura que le escuchaba desde su casa, emboscado tras los visillos, con los postigos entreabiertos, se quedó sorprendido de tanta vehemencia.

La asamblea comunal acabó como las tormentas de verano, quedaron pequeños charcos de gente que se fueron diluyendo. Dicen que fue Benita, la mujer del guarda, la que dio el primer aviso. La gente corrió hacia la calle del Aire para ver cómo se acercaba por el camino de Las Fuentes, el que viene de la capital, un jinete. Primero llegó su sombra larga que oscilaba en el empedrado al ritmo de la cabalgadura. Los congregados se pusieron la mano en la frente a modo de visera. Su silueta se perfilaba contra el horizonte, no llegaron a distinguirle, aunque reconocieron su silbo y la melodía que interpretaba. Antes de que se hiciera nítido, todos se metieron en sus casas, el pueblo quedó ciego y mudo hasta mucho después de que cesara el repiqueteo de los cascos sobre el empedrado. Mucho después, en el corrillo de las mujeres que se sientan en la calle del Sol para hacer ganchillo, se escuchó que si se hubiera mirado tras los visillos, se habría visto al Iván, cabalgando risueño, ataviado con el traje de pana que llevó al altar y, si se tuviera buen ojo, se hubiera distinguido en la bocamanga unos cuajarones de sangre seca.

Al día siguiente un cabo y un número de la Guardia Civil llamaron a declarar a veinte vecinos, entre ellos a Iván. Los hicieron esperar en la sala de plenos. Fueron llamando uno a uno y, al concluir la declaración, salían directamente a la calle para que no confidenciaran con los que seguían a la espera. Todos coincidieron en que, el día anterior habían visto a Iván en la carpintería y en la fragua y en la plaza abrevando al ganado y en la cantina…

Se citó por último a Iván. El cabo le ordenó tomar asiento. Después de preguntarle su nombre y apellidos, le comunicó oficialmente que estaban practicando diligencias por un crimen a cuchillo que se había perpetrado en la capital. Se trataba de una vecina del pueblo, Lucinda Maroto Pesquera casada con Iván Desdentado Curiel. Antes de seguir con el interrogatorio el cabo le mostró sus condolencias.

J. Carlos

La ruptura del contrato social

En 1762 el ginebrino Jean Jacques Rousseau estableció las bases ideológicas de la convivencia social y política de los pueblos en el Contrato Social. Sus ideas fueron la argamasa que cimentaría la democracia liberal y el Estado de Derecho sobre tres pilares básicos: La libertad de los individuos, la igualdad entre los hombres y la voluntad (volonté générale) de pactar un contrato social. Bien es verdad que las ideas de progreso social no permean en absoluto entre las cabezas de los poderosos, no en vano tienen mucho que conservar, así que van calando de poco en poco en las mentes más audaces y éstas, las siembran, con mayor o menor fortuna, en las capas más desfavorecidas que tienen el terreno bien abonado de injusticias. A guillotinazo limpio consiguieron los franceses el contrato social. A garrotazos contra el francés rechazamos los españoles nuestro contrato social propio, que luego tardaríamos más de siglo y medio en construir.

En 1978, por fin, conseguimos firmar nuestro propio contrato social, bien es verdad que fue un contrato firmado en precario, hilvanado con alfileres, haciendo oídos sordos a los ruidos de sables que se propagaban por los cuarteles. Posteriormente, en 1986, blindamos nuestro precario contrato social entrando en la Comunidad Europea, que no era cosa de fiarnos de nosotros mismos porque siempre habíamos terminado a palos y a cañonazos, ya fuera al grito de “vivan las caenas”,  “¡Arriba, parias de la tierra!”, o “Cara al sol”. Europa supuso un remanso de progreso social, cultural y de bienestar que, seguramente, sirvió para templar nuestros ánimos, tanto más porque nos proveyó de un maná que, a modo de plan Marshal, nos permitió construir las mejores infraestructuras del continente y, de paso, paliar parte de nuestro ancestral atraso económico. En esto llegó la crisis y nos hizo un buen desgarrón en nuestras estructuras económicas, nos desveló los remiendos de nuestras instituciones políticas, más tarde caímos en la cuenta de que habíamos cosido a grandes puntadas la estructura territorial y se nos veían las carnes y ahora, para colmo de males, los alfileres con los que habíamos hilvanado nuestro contrato social están saltando por los aires.

De nuestras estructuras económicas ya te escribiré largo, baste señalar por hoy que, al menos, el 25% de nuestra economía está sumergida y que los gestores de las empresas del Ibex siguen siendo los mismos, pero ganando un 20% más que cuando las sociedades que regentan valían el doble en bolsa.

En cuanto a nuestras instituciones políticas, qué quieres que te diga, están podridas porque nacieron desequilibradas y se han desarrollado persistiendo en el desequilibrio. Hay quien no entiende a los ciudadanos porque votan a políticos corruptos. Yo, con perdón, sí los entiendo. ¿Es que hay algún partido que no tenga su cuota parte de corruptos? Tal vez alguno recién llegado que no ha tenido ni tiempo ni oportunidades para medrar. Por consiguiente, si votas, siempre votarás a algún corrupto que ha impuesto el partido en sus listas. Para restablecer el equilibrio se impone la necesidad de instaurar un sistema de listas abiertas, la democratización interna de los partidos, intervención y transparencia en sus cuentas y extrañamiento entre el poder político y el económico. Ya puestos, habría que exigir como requisito para ser cargo de un partido, haber trabajado en “algo” –que no sea la política-. ¡Ah!, y para  servir en la Administración sólo podrán hacerlo como Ministros, Consejeros o Directores Generales, salvo que sean funcionarios de carrera. Adiós a los asesores y demás mamandurrias.

La estructura territorial se tambalea como el funambulista sobre una cuerda suspendida en el abismo. Suele pasar en las mejores familias, es sacar el dinero a relucir y se suceden las trifulcas. Aquí, en terminando el verano, nos ha aparecido un mesías, se llama Mas. Este señorito ha engrasado con dinero público la maquinaria mediática, amenaza u ofrece regalías –según el grado de tibieza- a la maquinaria económica y se ha lanzado a predicar la buena nueva: “Como España nos roba o acepta el pacto fiscal –un apaño que les dieron a los vascos y navarros en virtud del cual los subvencionamos los demás con nuestros impuestos- o nos independizamos.” Con este órdago, el personal en vez de mirar a la luna catalana, que está la pobre agujereada de tantos recortes que le ha endilgado el señorito Mas y sus conmilitones, mira al dedo orondo que señala a España, el nuevo enemigo a batir. El argumento es tan zafio que sólo le ganan en rudeza la acorazada mediática y el ministro Wert que, sin duda, padece una diarrea mental severa, así que les copia el lenguaje, donde ellos hablan de catalanizar, el pone el palabro españolizar. Como, quod natura non dat Salmántica non praestat, lo dijo y se quedó tan pancho. Por su parte, Urkullu está a la espera de ganar las elecciones para poner a España en otro brete. Estos ideólogos del ombliguismo paleto, le hacen el caldo gordo a Alemania y juntos, en comandita, nos meten el dedo en el ojo para ver quién se lleva la mayor cosecha de migajas. Ya sabes que soy alérgico a las nigromancias y religiones que suelen ser nidos de fanatismo e irracionalidad, así que cuando alguien me dice que la tierra que le vio nacer es lo más y que él la ama sobre todas las cosas, como se ama a Dios, no argumento, me limito a huir despavorido. La experiencia me ha enseñado que sólo se debe hablar de fantasías, mitos, magias y creencias con los niños.

Dije más arriba que habíamos hilvanado con alfileres nuestro contrato social y que con la crisis está saltando por los aires. Pero no nos engañemos, la razón de la ruptura del contrato social no está sólo en la crisis que nos asuela; tampoco se explica por la regresiva fiscalidad que, por cierto, ya empezó escorada hacia la clase media y favoreciendo a los más ricos y, con el paso del tiempo, ha seguido echando más y más lastre encima de la clase media y liberando a los más favorecidos (Ver nota 1). Hay otra razón más poderosa y contundente, la ideológica. Y es que este Gobierno está aprovechando que las aguas vienen revueltas para imponernos otro contrato que no es social y que nos retrotrae a los años sesenta. Como bien sabes, sostengo que el progreso social, la redistribución de la riqueza y el talento se basan en los siguientes tres pilares: La enseñanza, la sanidad y las pensiones públicas.

A mi humilde parecer no hay mejor modo de ofrecer una auténtica igualdad de oportunidades, ni mejor forma de captar el talento de las personas de un país que formar a sus vástagos y educarlos a través de la educación pública. Sólo a través de una enseñanza pública se consigue la integración vertical de las distintas clases sociales, la integración horizontal entre las distintas etnias, culturas, religiones o nacionalidades, la captación del talento y, por último, y no menos importante, la educación en los valores ciudadanos de respeto y tolerancia. Pues bien, la enseñanza pública se está desmantelando a ojos vistas, por un lado primando la enseñanza privada que, en base a conciertos, están dejando en manos de órdenes o sectas cuyos métodos de enseñanza “racional” se basan en creencias religiosas (Ver nota 2); por otro, aplicando unas tasas universitarias que impiden el acceso a los hijos de los trabajadores y reduciendo drásticamente el presupuesto para becas.

La sanidad pública ha proporcionado al ciudadano, especialmente al trabajador, una vida más saludable y larga; ha conseguido incrementar progresivamente su capacidad de trabajo y la seguridad que da la cobertura de las posibles carencias de salud, tanto de él como de toda su familia; así como unos índices de prevención de la enfermedad y un menor padecimiento cuando ha recaído en la misma. Esa sanidad pública que otrora fue uno de los marchamos de la marca España y se situaba entre las mejores del mundo, está sufriendo un proceso de esquilmación por dos vías: Recorte en personal y medios, por una parte, con el fin de demostrar con datos fehacientes que el servicio es malo; por otra, se está produciendo un trasvase de recursos y presupuestos hacia el sector privado (Ver nota 3).

Las pensiones públicas, tal como están concebidas, son un factor de cohesión social, sobre todo de cohesión intergeneracional al tratarse de un sistema de reparto, y coadyuvan a una mejor distribución de la riqueza dada su mínima diferencia escalar. Además, desde el punto de vista económico son un estabilizador automático, esencial en tiempos de crisis, ya que en su mayor parte vuelven al sistema productivo en forma de consumo. Es más, se convierten en un factor esencial del ahorro nacional si están bien gestionados, porque su superávit se guarda en una hucha que ha de invertirse en el progreso de la nación. Todos los estudios apocalípticos que se hicieron hace veinte años sobre el sistema público de pensiones, han resultado erróneos porque no se tuvo en cuenta el incremento de la productividad, sólo se analizaban las tablas demográficas y su evolución (Ver nota 4). Escrito lo cual diré que, ello no es óbice para que me permita opinar que debería reformarse el sistema, de forma que al ciudadano se le vaya constituyendo una bolsa individual de ahorro, gestionada públicamente, con parte de sus cuotas mientras trabaja, aplicando el resto de sus cuotas al sistema de reparto solidario. Me temo que antes de terminar la legislatura, estos orates del neoliberalismo nos van a hacer varios descosidos en nuestros derechos públicos pensionables, se los trasvasarán a sus amiguetes para que gocen ad eternun  de las sinecuras en forma de comisiones –lo llaman eufemísticamente privatización-. Ya han empezado por sablear la hucha común.

Presta atención a lo que nos viene encima. Ni el derecho al pataleo en forma de manifestación vamos a poder ejercer, de hecho, el fiscal lo puede considerar como un delito contra las instituciones del Estado; también quieren modular –otro eufemismo- el derecho de reunión y, ya metidos en faena, si te muele a vergazos la policía no podrás publicar las fotos en que te desangras. Para mayor escarnio, bufa, befa y mofa, cada vez que nos aniquilen un derecho siempre habrá una señoría que, además de aplaudir con las orejas, como todas, nos gritará aquello de: ¡Que se jodan¡

      J. Carlos

(1)     A través del incremento de la imposición indirecta, de la práctica desaparición del impuesto del patrimonio y reducción drástica de sucesiones, incrementos de las rentas sobre el trabajo y disminución de las derivadas del capital, deducciones inverosímiles en el impuesto de sociedades, instrumentos de “evasión” fiscal como las sicav, creación de  sociedades instrumentales para deducir gastos de todo tipo, facilitación de la existencia de economía sumergida, etc.

(2)     En la Comunidad de Madrid el ratio es ya del 50% y subiendo. El sistema es burdo pero efectivo, se habla mal de lo público, se le reducen presupuestos hasta asfixiarla, se meten en cada clase pública a veinte nacionalidades distintas con diferentes culturas e instrucción y sus costes se confrontan con el de la enseñanza concertada, eso sí, no se cuenta el dinero que han de pagar las familias a los colegios concertados, con facturas falsas, para asociaciones, fundaciones, materias que no se imparten, etc

(3)     Para la realización de este trasvase se utilizan, a su vez, dos fórmulas: La dejación de la gestión en manos de  empresa privadas que cobran un canon y otro mucho más sofisticado, se trata de la construcción de hospitales innecesarios que se entregan llave en mano, sin coste alguno, pero que una vez construidos permanecen sine die en manos de las empresas que los construyeron, las cuales cobran de la Administración Pública por servicio prestado, a pesar de que el material y el personal son públicos.

(4)     Claro que aquellos estudios obedecían, en la mayor parte de los casos, a intereses espurios porque coincidieron con la puesta en marcha de los  planes de pensiones privados. Los cuales, por cierto, desde su implantación en España han resultado ser un fiasco en el que sólo salen ganando los Intermediarios financieros y las Gestoras que cobran sus comisiones gane o pierda el partícipe.

Despido

DESPIDO

                Argimiro Prieto ha recibido la llamada de Personal. Lleva desde los dieciséis en las oficinas de la fábrica de cerveza. Ha sido bedel cuando se usaba el traje con botones dorados y entorchados en las hombreras; ayudante de laboratorio con bata blanca, aunque su trabajo consistiera en llevar cafés y mantener limpias la mesa, las probetas y los matraces; administrativo con máquinas de escribir Olivetti y contable con ordenadores de IBM. Cuarenta y dos años lleva oliendo a tueste de malta, aguantando el picor amargo del lúpulo y respirando esa atmósfera tibia como de paja mojada.

Ayer llamaron a otro, al de los ojos saltones y la barba feraz, tajada en la perilla por una cicatriz. Los ojos se le achicaron antes de ir al despacho del Jefe de Personal y a la vuelta eran todavía más chicos, escondidos en el fondo de las órbitas, brillando tras una cortinilla de agua. A mediodía salió de la fábrica con las dos manos ocupadas, en una llevaba la carpeta azul con los papeles del paro y, en la otra, una caja de cartón con sus cuatro cachivaches personales.

Hace años que Argimiro decidió raparse la cabeza para disimular la calvicie. Tiene una protuberancia por detrás, donde la columna se suelda con el cráneo, parece el timón de cola de la cabeza. Un poco más abajo, bordeando la nuca, una vena hinchada palpita con ocasión de un gran esfuerzo o, como ahora, cuando las preocupaciones le superan.

-¿Se puede? –pregunta Argimiro después de tocar con los nudillos y entornar ligeramente la puerta.

-Pase Prieto y siéntese –ordena el Jefe de Personal sin levantar la vista del escritorio.

Argimiro lleva una chaqueta cruzada de paño gris que le queda muy grande. Últimamente la ropa le empieza a sobrar porque las carnes le menguan. Se sienta en el confidente apretando con el codo derecho el sobre blanco, doblado al desgaire, que sobresale del bolsillo. Los glúteos al borde de la silla, las piernas abiertas con los pies cruzados, las manos escondidas entre los muslos. No se atreve a mirar al Jefe de Personal, se concentra en un pisapapeles de vidrio en forma de pirámide que descansa sobre una pila de carpetas.

-Ya sabe cómo pintan las cosas por aquí –rompe a hablar el Jefe de Personal, quitándose las gafas de pasta negras y pellizcándose la comisura de los ojos por encima de la nariz- ¿Qué le voy a contar? Y debe darle las gracias a Dios, va a ganar más que trabajando. La indemnización, dos años al paro y, con su edad, directamente a la jubilación anticipada. Lo suyo lo firmaba yo ahora mismo. Hay quien tiene cuatro hijos y con cuarenta y tantos años ha de  volver a empezar, como la película de Garci. Claro que, como dicen mis colegas los psicólogos, hay que transformar los problemas en oportunidades.

El Jefe de Personal se engolfa en su discurso, gesticula con las manos como si amasara el aire. Tiene una sonrisa ladeada en la boca mientras perora enfatizando cada sílaba. Sólo consigue concitar la mirada de Argimiro cuando ha pronunciado la palabra problemas. Es una mirada neutra, pero desarma al Jefe de Personal por inesperada. Así que no termina la frase. Sólo le faltaba añadir el socorrido refrán de: “no hay mal que por bien no venga”.

Argimiro vuelve a distraerse con el pisapapeles, acerca su mano, lo rodea con sus dedos y palpa su textura lisa y fría. Sólo entonces, como si necesitara un talismán para arrancar, se oye su voz apocada y escasa.

-Oiga, no se lo tome a mal, pero esto de echar a la gente, ¿tiene que ser duro? Que ni agradecido ni pagado ¿No? –Pregunta Argimiro.

El Jefe de Personal, se vuelve a poner las gafas y se cruza de brazos, como si necesitara defenderse de algo.

-Es duro, pero no siempre es así, son rachas… Es la crisis. Volviendo al tema, ya sabe que nuestro gabinete psicológico está a su disposición; además, estamos creando una bolsa de trabajo en empresas del sector para los que no se pueden integrar en la nueva estructura. Es muy triste para nosotros, la Dirección, dejar en la estacada a los hombres que forjaron el espíritu de esta empresa y la hicieron crecer. Cuando la coyuntura sea más favorable, dos o tres años a lo sumo, volveremos a pedirles que se reintegren porque se van con lo que más valoramos –concluye enfático-: la lealtad y la experiencia.

Hay un silencio escenificado para que Argimiro asimile su situación. El Jefe de Personal no le puede ver la nuca a Argimiro, pero se le ha inflado la vena y el timón de cola de la cabeza se le mueve cada vez que traga saliva. Un abejorro revolotea al otro lado del cristal de la ventana con un zumbido monótono.

-Todo eso ya lo sé, son muchos años. Ya sé que su secretaria me dará la carta de despido, la indemnización con el saldo y el finiquito y los papeles del paro. No gaste saliva en eso. Lo que quiero saber es si va al baño con regularidad, por ejemplo.

El Jefe de Personal deshace lentamente el nudo de sus brazos, se lleva la mano al mentón y clava los ojos, con las pupilas dilatadas, en los de Argimiro. El silencio se alarga. Por fin, empuja hacia atrás su sillón de ruedas, se repantinga contra el espaldar y contesta con los dientes apretados.

-Eso no viene al caso y comprenderá que se está excediendo.

-No sea tiquismiquis. Sólo quiero saber si va bien de tripa. Si cumple usted con su esposa, bueno, o con su secretaria, o con quien sea que a mí me da lo mismo. No vaya a pensar que lo compadezco, no. Es curiosidad. Dígame, ¿se le pone dura?

El Jefe de Personal se levanta con el brazo alzado, estira el dedo índice apuntando a su interlocutor como si fuera el cañón de una pistola, le espeta:

-Argimiro, se está usted pasando. Estoy a tiempo de cambiar la causa del despido y adiós indemnización y adiós paro. No me esperaba esto de usted. Ha sido usted un espejo en que el que se miraban las nuevas generaciones de empleados. No le entiendo. Váyase antes de que me arrepienta.

El Jefe de Personal le mira desafiante indicándole la puerta. Argimiro dirige los ojos al ventanal. No se inmuta, sigue las revoluciones del abejorro.

-Dígame –le pregunta adelantando el tronco como quien inicia una confidencia-. Le cuesta ir al baño, ¿verdad? Ande, cuénteme –insiste- ¿Necesita usted las pastillitas azules?

El Jefe de Personal se levanta, llama por teléfono a Seguridad. Bufa. Urge a gritos a su secretaria para que comparezca. Se lleva el pañuelo del bolsillo superior de la chaqueta a la boca. Resopla y mueve las aletas de la nariz como un caballo. Argimiro desde su posición puede oler el aliento descompuesto del Jefe de Personal y advierte que, se le oscurecen repentinamente las bolsas de los ojos y se le marcan las venas en el cuello y en la sien.

La secretaria entra y deja entornada la puerta. Lleva un cuaderno apaisado, de los de serpentín. Como no sabe adónde mirar, fija sus ojos en la protuberancia del cráneo de Argimiro.

En ese momento Argimiro se incorpora, saca del bolsillo de la chaqueta el sobre blanco, doblado. Al extenderlo se aprecia, en una esquina, el membrete azul de un  hospital. Con parsimonia extrae la radiografía del hígado, la misma en que el doctor ha dibujado dos circunferencias con tinta fosforescente, y el informe médico. Extiende ambos sobre la mesa.

La secretaria permanece de pie, a una distancia prudencial. El haz de luz que incide sobre el pisapapeles de vidrio le dibuja en la cara un minúsculo arco iris que, en su vaivén, da fe de que la muchacha está temblando.

Cuando llegan los dos miembros de seguridad, sin resuello, el Jefe de Personal ya ha leído el informe. Cabizbajo, les ordena que se retiren. La secretaria aprieta el cuaderno contra su pecho. Argimiro da un paso hacia atrás, el minúsculo arco iris revolotea ahora en sus ojos dándole al castaño una pátina como de herrumbre.

-Yo sólo quería saber esas pequeñas cosas. Nada más –dice Argimiro mientras recoge la radiografía y el informe e introduce ambos en el sobre-

Da media vuelta, tira con ambas manos de la cintura del pantalón hacia arriba y sale del despacho.

J. Carlos