Archivo mensual: agosto 2020

Leer entre líneas

En la dictadura franquista había que leer los periódicos entre líneas. Las líneas eran una sucesión de palabras huecas que se exhibían como el plumaje del pavo real en el cortejo. La sustancia estaba en los espacios en blanco que lucían entre las líneas porque la realidad estaba en la virginidad del papel y no en la parte mancillada por la tinta. Cuando los periódicos publicaban que los detenidos se suicidaban arrojándose por las ventanas, nosotros leíamos entre líneas que habían sido defenestrados, esto es, los habían ejecutado. Si los periódicos publicaban que la policía se había defendido de las hordas marxistas disparando al aire en una manifestación en la que, por desgracia, una bala había caído del cielo a plomo sobre un estudiante con el resultado de muerte, nosotros leíamos entre líneas que si acudías a las manifestaciones las balas que venían del cielo, como la lluvia, podían penetrarte por un oído y salir por el otro porque las leyes de Newton no regían en las líneas que publicaban los periódicos. La ley de la gravedad había que buscarla entre líneas.

Con el advenimiento de la democracia perdimos esa rara habilidad de leer entre líneas porque pensábamos que la tinta de periódico se había liberado de la tiranía. Los periódicos pueden publicar desfachateces y libelos contra los que no son de su parroquia política sin penalización alguna para preservar en el altar de la democracia la libertad de expresión. Sabemos que hay excepciones: dime quién te paga y te diré lo bien que hablas de él. Por ejemplo: No se puede poner en solfa la gestión, ni aunque sea delictiva, de los gestores de las empresas que contribuyen vía capital o vía publicidad al sostenimiento de los medios. Tampoco conviene indisponerse con los políticos del partido que reparte entre los medios afines el maná publicitario de los presupuestos públicos. Los lectores ya estamos avisados que cuanto más alaba un medio a un gestor empresarial o a un político, más cerca está éste o aquél de terminar en Soto del Real o aledaños. Lo que no sabíamos es que había un ciudadano llamado Juan Carlos del que los medios, sabedores de sus trapisondas, nos informaban por el procedimiento que sólo se utilizan en las dictaduras, tiranías y satrapías: Entre líneas.

Debíamos haberlo sospechado. No faltaron indicios:

El ciudadano Juan Carlos juró acatar las Leyes fundamentales de la dictadura del General faccioso. Luego le reímos la gracia porque se ciscó en ellas y lo consideramos una virtud de sus habilidades políticas. A la familia del dictador le concedió el Ducado de Franco. Quiere decirse que sojuzgar a un país por cuarenta años, negarle los derechos fundamentales y fusilar a cincuenta mil compatriotas una vez finalizada la guerra civil es una causa noble, según nuestra Corona. Hoy la nieta del General golpista, Carmen Martínez-Bordiú, ostenta ese ducado sin que ni el ciudadano Juan Carlos ni su hijo Felipe, actual Jefe del Estado, se hayan dignado retirárselo. Curiosamente Felipe VI sí despojó a su hermana, la Infanta Cristina, del título de Duquesa de Palma de Mallorca y la expulsó de la Familia Real.

El rey Campechano tuvo como administrador “oficial” de sus bienes a Manuel de Prado y Colón de Carvajal, descendiente de Cristóbal Colón, que dio con sus carnes en la cárcel después de recibir tres condenas a prisión por otros tantos delitos. De todos es conocida también la amistad del monarca con otro insigne delincuente, Mario Conde, que dejó en cueros al Banesto para engordar su fortuna personal. Todo indica que también engordó las finanzas del monarca.

En “La soledad del rey”, publicado en 2004, nos cuenta José García Abad que el rey Fahd de Arabia Saudita le prestó al ciudadano Juan Carlos 100 millones de dólares  para que los invirtiera a un 10% al año y se los devolviera sin intereses a los diez años. Llegada la fecha no pudo devolverlos porque el descendiente de Colón los había invertido en futuros y se habían evaporado. El Campechano tuvo que humillarse y rogar al detentador de la dinastía Al-Saud que le ampliara el plazo.

En el libro de Javier CercasAnatomía de un instante”, publicado en 2009, se acredita que Juan Carlos estaba al tanto de un golpe de mano para cambiar el rumbo político en connivencia con el que había sido Secretario General de la Casa del Rey, el General Armada, a quien Adolfo Suárez meses antes había trasladado como Gobernador Militar de Lérida por sus inclinaciones golpistas. El 23 de febrero llegó como el Elefante blanco a la Carrera de San Jerónimo, pero antes de permitir que subiera a la Tribuna el golpista Tejero exigió al General Armada saber la composición del Consejo de Ministros que iba a presidir y al ver escrito en papel el nombre de socialistas y comunistas como miembros del Gabinete se negó a deponer las armas. Sólo horas después, muchas horas después, más allá de la medianoche, llegó el discurso del rey en televisión. Y por obra de birlibirloque el ciudadano Juan Carlos terminaría siendo un héroe popular por haber parado el golpe, consolidado la democracia y asentado la monarquía. Un relato inventado que no se compadecía con el guión previo pero a todos nos gustó porque terminaba bien como las películas de Disney.

A cuentagotas conocimos los regalos del yate Fortuna en 1979, los dos coches Ferraris, el palacio de la Mareta en costa Teguise, etc. cuyos donantes eran satrapías de Oriente próximo donde los viernes cuelgan a homosexuales en las plazas públicas y lapidan mujeres adúlteras.

En el juicio del caso Noos escuchamos alegar a su yerno Urdangarín que muchas de las relaciones “comerciales” se engrasaban mediante una llamada de su suegro y, que su Fundación siempre actuaba bajo los consejos jurídicos de los asesores de Palacio.

Cuando se fue a Botsuana a matar elefantes y vino con la cadera rota no enteramos, por casualidad, que viajaba con una tal Corinna quien llevaba varios años viviendo a costa del erario público en la finca La Angorilla con entrada directa desde la Zarzuela.

Después Pilar Urbano nos desveló que una de sus partenaires sexuales, la vedette Bárbara Rey, cobraba 700.000 pts. mensuales del Ministerio de Defensa hasta que llegó Bono y mandó parar. La vedette puso el grito en el cielo y paseó su palmito por los platós de televisión para hacer caja contando “películas de espías” con fantasías salpimentadas de alguna certeza sin más pruebas que su palabra.

Lo que es un hecho y no un indicio es que, en marzo de este año supimos por su hijo, el actual Jefe del Estado, que el ciudadano Juan Carlos, rey emérito según decreto que firmó él mismo unos días antes de abdicar, era titular de la Fundación Lucum radicada en el banco Mirabaud de Ginebra. Cuyos fondos no debían ser muy transparentes porque Felipe decidió renunciar a su herencia, le quitó la paguita de 200.000 € al año a su padre y lo apartó de cualquier labor institucional. También es un hecho que en esa Fundación se habían abonado 100 millones de dólares por la monarquía Saudí, de los que un monto de 65 millones se transfirieron a una cuenta en Bahamas a nombre de Corinna. Dinero que la amante-testaferro se niega a devolver porque, según su versión, la acusarían de blanqueo de capitales. También se sabe que otro millón se transfirió a favor de otra partenaire, Marta Gayá.

Otro hecho, gravísimo, es que su hijo, el actual rey Felipe VI, conoció de la existencia de la Fundación Lucum en la que figuraba como beneficiario único de sus fondos, al menos, desde un año antes de que lo hiciera público cuando estalló el escándalo. Es un hecho también muy grave para la Corona que, al igual que la ministra del PP Ana Mato no veía en el garaje el Jaguar de su marido ni se enteraba de quién pagaba las suntuarias fiestas de primera comunión de sus hijas y los viajes a Disney, el rey Felipe VI tampoco veía en los garajes de palacio los coches de altísima gama, ni se preocupaba de quién sufragaba la mitad del costo de su regia luna de miel (que valió la friolera de 500.000 €).

Observarás que no menciono las declaraciones de Jaime Peñafiel, el plumilla oficial de la familia del General tirano y después de la corte de Juan Carlos, en las que afirma que el monarca cobraba, desde los años 70, una comisión por cada barril de petróleo que entraba en España. Tampoco me hago eco de los detalles entre amorales y criminales que se enumeran en el guión pautado e impostado entre el Villarejo, rey de las cloacas del Estado, y Corinna, de profesión testaferra, porque constituyen un chantaje de lesa majestad del uno con la pretensión de sacar el pellejo de la cárcel y de la otra para evitar que el suyo se amustie entre rejas.

Lo más sonrojante de esta opereta bufa es que, si lees entre líneas, convendrás conmigo que los grandes empresarios, los directores de medios de comunicación, los presidentes y ministros de los diversos gobiernos, los partidos políticos y parte de la intelectualidad… conocían, aceptaban o/y se aprovecharon de esa situación. Lo que da una idea cabal del nivel moral de nuestros prohombres. Así nos luce el pelo.

Leyendo entre líneas se deduce que, el rey Juan Carlos es un personaje poco ilustrado, mal instruido, casi nada leído y con una capacidad intelectual que raya la medianía. Sin embargo, estoy persuadido que pasará a la posteridad con buena nota gracias al hecho de que cuando asumió su cargo era lo menos malo que nos podía pasar. No quiero ignorar aquí su naturalidad su don de gentes y su indudable baraka, como demuestra el hecho de que borboneara con un golpe de mano y el relato terminara entronizándole como salvador in extremis de la transición española hacia la democracia y último baluarte contra el golpe de Estado. Pero su irresponsabilidad, escasa sesera, desfachatez y falta de ejemplaridad, junto a la de todos aquellos sinvergüenzas que viendo su desnudez moral callaron como cobardes, han comprometido a España y a la monarquía en uno de los momentos más delicados de su historia: asolada por la pandemia, en medio de la mayor crisis económica desde la guerra y estragada por los venenos del nacionalismo y de los populismos de extrema izquierda y extrema derecha.

Sin embargo, Juan Carlos de Borbón y Borbón pasará a los libros de Historia con buena nota. Y es que la Historia está repleta de estúpidos y de inmorales.

       J. Carlos