Archivo mensual: febrero 2019

Suicidio

In memoriam

                                                                                         A Marion, in memoriam

La cadena de la existencia está formada por una sucesión de eslabones que se van uniendo para escribir una historia, la tuya. Ocurre, a veces, que un suceso anodino se concatena casualmente con otro que resulta terrible.

Ayer tarde llamó Janine desde París, volvíamos en coche con la resaca bullanguera de una marcha por los valles del río Moros en Segovia. “¿Comment allez vous, Jannine? – pregunté a modo de saludo al ver su nombre en la pantalla. Lloraba, supuse que había muerto su madre casi centenaria. “¿Qu’est-ce qu’il se passe? -volví a preguntar con la voz chiquita ya afectada al escuchar su llanto.

Marion se suicidó. Llamó la policía de Borgoña hace cuatro horas.

El pasado jueves tratamos el tema del suicidio en la Tertulia. Propuse yo el tema a raíz de un informe que contabilizaba diez suicidios al día en España, siendo la primera causa de muerte de entre las violentas. Una epidemia silenciosa que causa el doble de víctimas mortales que los accidentes de tráfico. En Francia nos llevan la delantera en este triste récord, cada hora se suicida una persona.

Marion se casó en Mornex, un pueblo de montaña, a tiro de piedra del teleférico de la Salève, desde donde se ve Ginebra entera, a altura de águila, como un mapa en 3D. En junio hará catorce años. Vestían los dos de blanco. Dieron sus votos ante un orondo alcalde que lucía, cruzada al pecho, la banda con los colores de la República francesa. A la salida montaron en una carroza bajo una lluvia de granos de arroz y se dirigieron al Chartreuse de Pomier en Beaumont, donde nos esperaba un nuevo banquete, más espléndido aún que el de la noche anterior. Recuerdo el orgullo de Janine madre, el cariño de Marion que te achuchaba con el mismo afecto que se prodiga a las personas muy queridas, siendo que no éramos más que unos amigos, más bien recientes, de su madre. Y recuerdo que la noche anterior en el salón principal del Chartreuse, mientras cenábamos, nos pasaron unas películas con las fotos y vídeos de la niñez y adolescencia de los contrayentes. Un montaje de una calidad técnica que me llamó la atención y comenté, después, a la vuelta a España como algo extraordinario.

El pasado jueves, cada tertuliano abordó el tema del suicidio desde un punto de vista totalmente diferente, por eso el debate, casi siempre, resulta ameno, lúcido y enriquecedor. Hubo quien lo abordó desde los aspectos de los desequilibrios químicos, otros hablaron de propensiones genéticas, hubo quien nos ofreció un repaso poético sobre los suicidios de varias poetisas (desde Violeta Parra y Alejandra Pizarnik, hasta Alfonsina Storni o Sylvia Plath y otras cuantas), aún otros ofrecieron puntos de vista sobre la dureza de la sociedad actual, la soledad, la falta de vínculos sociales y los desastres emocionales. Alguien llamó la atención sobre la sombra de la culpabilidad que se cierne sobre los allegados al suicida.

Janine, me dice entre hipidos y sollozos, que se siente culpable por no haber estado más tiempo con su hija, sobre todo después de la ruptura abrupta del matrimonio por parte del marido Florent, hace unos meses. La pobre está cuidando a su madre casi centenaria en París. No podía estar a la vez en Borgoña consolando a Marion. Quedan dos niñas, ya casi en la adolescencia. Luchará por ellas, como abuela quiere tutelarlas, darles consuelo, ejercer de la madre que acaban de perder.

Meterse en la piel de Marion, cariñosa, extrovertida, loca de amor por sus hijas, es lo que todos pretendemos. Es humano. Queremos empatizar son esa desesperación que le llevó a suprimirse, a borrar los tiempos muertos por el dolor y la náusea, a borrar los únicos tiempos vivos que llenaba con el afecto y el cariño de sus niñas. Queremos racionalizar, por eso culpamos a desarreglos químicos neuronales, o a los quebrantos mentales de la depresión, al marido que la desahució de la vida en común…

¡Qué coños sabemos nadie! Los hay tan frágiles como la porcelana de Sèvres y, sin embargo, por fuera, componen gestos de consistencia granítica.

Lo cierto es que, hoy, en España, apagarán el interruptor de sus vidas diez personas. Ayer en Francia, apagó el interruptor de la suya Marion. Queda el dolor y el desamparo de los que la quisimos y, por encima, un sentimiento de culpa que corroe a los más cercanos.

Seguirán con sus vidas pero ya nunca será lo mismo, porque el eslabón del suicidio de una persona amada se ha unido a la cadena de sus historias y cambiará para siempre su narrativa.

J. Carlos

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Disparate

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El Universo no disparata, sigue unas reglas fijas. Por eso podemos anticipar sus fenómenos y sabemos que el sol en estas latitudes nunca saldrá a media tarde, y que la luna jamás enfrentará con la tierra su cara oculta. La vida también sigue unos cánones pautados, nunca veremos a los gatos organizándose para cazar leones o a un ejército de abejas asaltando la colmena de sus vecinas. Sin embargo, en su proceso de adaptación al medio, la especie humana ha roto todos los cánones y ha caído en el disparate: Un individuo, con un solo dedo, puede mandar al carajo cualquier vestigio de vida en el planeta.

Con la espada atómica de Damocles suspendida sobre nuestras cabezas, ahí andamos reproduciéndonos adecuadamente para cumplir con el canon inscrito a fuego en  nuestros genes: Creced y multiplicaos. Si los botones nucleares permanecen lejos del dedo humano en sesenta años habremos duplicado la especie, aunque tú y yo no lo podamos constatar.

La historia ha sido pródiga en especímenes humanos cuyo nacimiento ha sido un disparate para la humanidad. Uno de los más sanguinarios fue un tal Adolf Hitler. Afortunadamente murió sin descendencia, pero en sus desvaríos quiso repoblar el mundo con superhombres como él. De la mano de Heinrich Himmler creó, en la Alemania Nazi de 1935, una organización llamada Lebensborn con el fin de que miembros de las SS y otros de raza aria pudieran “cubrir” a mujeres de cabello rubio, de ojos azules, sin defectos genéticos y con ciertas medidas físicas específicas.

En la época de la hipérbole, el histrionismo disparatado y la anemia intelectual tenemos unos políticos cuyo talento apenas alcanza para pasar un casting de Sálvame. Seguramente nos los merecemos. Con el desparpajo que le caracteriza, Pablo Casado ha declarado hace dos días que: “Si queremos financiar las pensiones debemos pensar en cómo tener más niños, no en abortar”. Y lo ha dicho sin complejos. Es lo que tiene la supina ignorancia, que no te caben en la cabeza ni las dudas ni los complejos. Los niños, señor mío, se tienen, normalmente, follando. Pero para tomar la decisión de traer hijos al mundo se necesita tener trabajo, un salario digno, un lugar adecuado dónde vivir, una sanidad y una educación accesibles y un horizonte despejado dónde ellos puedan formarse, trabajar y vivir en España con dignidad. Además, para qué quiere los niños, Sr. Casado, para condenarlos al paro como a los 3.300.000 españoles que no lo encuentran o, para exportarlos como mercancía al extranjero como los 2.500.000 españoles que, desde 2010, se han tenido que ir a buscar las habichuelas a otras latitudes. Por cierto, que se han ido saludables y bien formados a costa de los impuestos de los españoles y ahora pagan, con su trabajo, la pensión de los viejos en los países ricos para que éstos puedan venir a disfrutar del sol español, mientras los hijos que usted nos “manda” hacer les sirven de camareros, de enfermeros o de médicos.

Las estupideces tienen doble cara, como las monedas. Frente a los que quieren tomar el bastón de mando para obligar a parir a las mujeres como conejas y repoblar España, o castigarlas con la cárcel si sacan el fruto de su vientre antes de que madure, hay quien denuncia a sus padres por haberles traído al mundo sin consultarles. Se trata de Raphael Samuel, de 27 años, nacido en Bombay, que pertenece al movimiento “Dejad de tener bebés”. Sus razones son medioambientales y filosóficas. Y es posible que sus proclamas de que “procrear es ecológicamente insostenible y moralmente irresponsable”, prendan fácilmente como la yesca en una India superpoblada y rica, donde un niño muere de hambre cada 30 segundos.

Rapahel sabe, de sobra, que su pretensión judicial no tiene recorrido, se trata de aspaventar y disparatar para hacerse visible. Lo mismo que hace Trump y algunos de  nuestros políticos. Lo mismo que buscan los/as gritones/as de Sálvame. Lo mismo que hacen los cavernícolas en las redes. Va a ser que aquel mecanismo de defensa de cuando éramos monos que consistía en erguirse, abrir las piernas, extender los brazos y gritar, ha evolucionado en la hipérbole y el disparate en la era de las pantallas.

¿Quién dijo que la evolución progresaba adecuadamente?

J. Carlos

Bendito país

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Mientras una reata de niños de entre cinco y ocho años nos seguía por las Medinas de Marrakech y de Fes, en Marruecos, incansable, durante horas, con unas baratijas en la mano por las que pedían unos céntimos de euro, aquí, en Totalán, Málaga, trescientos hombres trabajaban día y noche para sacar a un niño muerto de un agujero al que cayó, seguramente, por accidente. Las televisiones volvieron a romper los techos de audiencia, haciendo malabarismos entre el circo y el morbo, para que los corazones de la buena gente tuvieran su ración de dolor ajeno. Y es que el dolor ajeno es un ansiolítico, aunque las neuronas espejo replican la misma desolación que sufren los allegados, el incremento de los niveles de oxitocina y endorfinas no engaña; nos sentimos tristes, sí, pero también reconfortados porque la tragedia esta vez nos pasó de largo. Te confieso que, diariamente, antes de desayunar buscábamos, desesperados, un rincón del hotel donde llegara la Wifi para leer en el móvil las tragedias del rescate del niño que, para más inri, se sucedían como malos augurios. De alguna manera Julen viajó con nosotros. La casualidad quiso que el último día de viaje, al despertar, la pantalla del móvil confirmara lo esperado. A estas edades las despedidas te enaguan los ojos porque no sabemos, o ya no podemos, contener las emociones. Aún hoy la imagen del pozo se mezcla con los recuerdos de las mezquitas y los palacios, con los arcos de herradura y las columnas rematadas con arabescos en lacerías de estuco. Aún hoy miro las fotos de fuentes con teselas verdes, blancas y azules, las de minaretes del color de arena, las de fachadas de color ocre como de arcilla cocida y otras del color de la teja, o las de ventanas pintadas con el azul profundo del índigo y siento un leve vacío en la boca del estómago, como un reflejo de la congoja que me habitaba cuando las vi por primera vez.

Ya se sabe que el medio en que vivimos es invisible, por eso los animales marinos no ven el agua ni nosotros, animales terrestres, vemos el aire. Tampoco yo vi el mar que atravesé volando, de noche, dos veces en esos días. Un mar que sepulta dos niños migrantes cada día en el agujero negro de sus aguas sin que a casi nadie le importe.

El sábado, justo una semana después los ojos me volvieron a jugar otra mala pasada. Estaba viendo la llamada ceremonia de la entrega de los Goya. El matrimonio de cómicos, Andreu Buenafuente y Silvia Abril, solventó la papeleta con tablas. Se trataba de repartir pellizcos de monja a los políticos, a todos para que no se ofendiera ninguna bancada; pero dejar vivitos y coleando a quienes practican el estupidiario nacional, no vaya a ser que se sientan ofendiditos en sus credos y odiaditos por sus ignorancias. Esperaremos al carnaval de Cádiz, que suele ser más cabal, para que levante al humor del suelo y le quite el polvo que viene arrastrando desde que lo metieron en el fango del Código Penal, especialmente con la Ley Mordaza. Por lo demás, purpurina y “brilli, brilli” para surtir durante los próximos seis meses las consultas de los dentistas y las peluquerías de las señoras. A mí lo que me pone no son los soporíferos agradecimientos de los actores, que más bien parecen estudiantes de bachillerato en una entrega de medallas, sólo les falta darles las gracias a sus mascotas por aguantarles, a sus abuelos maternos por haber parido a su santa madre y a sus zapatos por haberlos llevado hasta allí. Lo que me pone es la cara de alelados, que tratan de enmascarar con una sonrisa gélida, los nominados que no reciben El Cabezón. Y no debo ser el único porque los realizadores recuadran y congelan su imagen unos segundos para satisfacer el morbo y la mala baba del personal. En esas estaba, empalagado de azúcar hasta el coma diabético y bien surtido con la hipocresía que dilapidan los del gremio, como si la regalaran, cuando acertó a tomar el micrófono Jesús Vidal. Hubo una corriente de aire que barrió los decorados de cartón piedra y cegó las luces de fantasía. Quedó sólo la palabra. Tiene una voz vieja, de pueblo adentro. Brotó de sus labios como un manantial de ternura que regó de emoción el patio de butacas. Los actores dejaron de actuar, sus músculos se aflojaron y se quedaron con la cara de niños y los ojos turbios. Estaban emocionados. Por fin, se escuchó la verdad. Sin artificios, sin dobleces, con la inocencia de los que saben que nunca son escuchados, con la simplicidad de los que gastan la ternura y con la sabiduría de los que se entregan sin más.

Bendito país donde trescientas personas lo dejan todo, algunos se juegan la vida, para acudir al rescate de un niño de dos años, aunque sea muerto. Bendito país en el que a un actor de teatro, más bien feo, calvo, bajito, con gafas de culo de vaso y voz vieja, de pueblo adentro, le dan un minuto de televisión y rompe las hechuras del medio porque emociona hasta los psicópatas.

         J. Carlos