Archivo mensual: septiembre 2017

Carta abierta a un nacionalista

imagen de cerebroCaganet con estelada

Estimado congénere:

Vaya por delante que comprendo esa beatitud mística que produce la tormenta de endorfinas desencadenada en tu cerebro cuando te endilgan la idea mágica de nación. Porque es el mismo éxtasis que sentía la santa Teresa de Jesús, el mismo que sienten los enamorados o el que manifiesta mi gata Linda cuando le acaricio el lomo. La única diferencia es que la gata ronronea, la santa levitaba y tú babeas ante un discurso inflamado de patria. Si hiciéramos una resonancia magnética al cerebro de un notario en el campo de fútbol, en el preciso momento en que un delantero de su equipo mete gol, reflejaría una actividad eléctrica igual al de una adolescente ante la presencia de su ídolo musical y, muy similar al de un patriota catalán cuando pitaba al Rey, blandiendo una estelada, en la manifestación de duelo por las víctimas del atentado de las Ramblas. Te digo más, encontraríamos ese mismo sustrato químico y esas mismas pautas eléctricas en el patriota español que vitoreaba a Franco en la plaza de Oriente de Madrid el uno de octubre de 1975.

Es lo que tiene dejarse llevar por el sistema límbico reptiliano y silenciar la parte más evolucionada del cerebro humano, el neocórtex. Te invito a que silencies la amígdala y enciendas la parte superior de tu cerebro, al menos durante el tiempo que te lleve leer esta carta.

Sabrás, o deberías saber, que las naciones y las patrias no son más que un eslabón evolutivo para que la especie coopere. Sus avatares históricos, vistos con objetividad, no son más que un cúmulo de desgracias -hay quien todavía las llama hazañas y batallas heroicas- que impidieron la cooperación más amplia y la formación de entidades supranacionales. En cuanto al territorio nacional  es tan azaroso como una cadena montañosa, un río o cualquier otro accidente geográfico. ¿Me puedes decir, aparte del idioma, en qué se parece un asturiano a un manchego o un andaluz a un catalán? El pueblo nunca forjó naciones, fue sólo carne de ejército a mayor gloria de los reyes y de la nobleza, cuyo único trabajo conocido era cazar, follar y agrandar sus dominios para cobrar más diezmos y aumentar su poder y riqueza. Muchas de las naciones surgieron, precisamente, para librarse del yugo feudal y colonial, aunque luego sucumbieron a otros yugos y a otras dictaduras. Y como afirma Noah Harari, nunca un proletario inició una revolución, la mecha la encienden y la propagaban las élites burguesas o sus vástagos.

El ideal humanista siempre fue acabar con las fronteras porque suponen no sólo una traba a la cooperación, sino que conforman una suerte de caja de seguridad donde se guardan los privilegios de unos pocos. Convendrás conmigo que la Unión Europea es el mayor esfuerzo intelectual para evitar las guerras que asolaron Europa durante siglos por culpa del nacionalismo. Y ese esfuerzo objetivo y no sentimental de unir pueblos heterogéneos bajo los principios de democracia, solidaridad, igualdad y salvaguarda de los derechos humanos, no necesita una lengua propia ni una historia común ni se basa en pensamientos mágicos de pasados idílicos o heroicos, tampoco se asienta sobre un territorio conquistado a sangre y fuego, sino sobre un territorio que cruza mares, ríos y montañas porque su argamasa no son falacias ensoñadas sino valores reales que mejoran la vida de los ciudadanos.

Es halagador que te digan que tú vales mucho y que eres superior porque naciste en ese lugar en concreto. Tan halagador y tan falso como cuando tu madre te decía que eras el más alto, el más listo y el más guapo. Lo segundo normalmente se deja de creer cuando se sale de las faldas de la madre y se compara; ya sé que hay quienes persisten en esa idea estúpida y terminan atacados de un narcisismo rayano en la enfermedad mental. El narcisismo nacionalista es igual de dañino y denota un infantilismo que impide salir de las faldas de los padres de la patria; decía Bernard Shaw que “el nacionalismo es la extraña creencia de que un país es mejor que otro por virtud del hecho de que naciste allí”. Pero que tú y tus compatriotas os consideréis superiores por la pertenecía a la misma patria, lleva implícito que los que no hemos sido paridos dentro de esas fronteras somos inferiores. Dado que científicamente no está probado que la superioridad intelectual o física tenga algo que ver con los grados de latitud o longitud del lugar de nacimiento, me temo que la defensa de la identidad por el origen es una forma explícita de xenofobia.

La misma élite que te explota y hasta te roba, te lisonjea como una madre y te encandila con arengas y soflamas en las que los otros, los extraños, los de fuera, te saquean, coartan tu libertad, se aprovechan de ti y tienen envidia de tu pasado glorioso. Esa misma élite que te soborna con pasados idílicos, ensoñaciones de arcadias felices y te muestra frustraciones y fracasos infligidos por los de fuera, sólo quieren ampliar sus privilegios e imponer su diminuto grupo social sobre el resto de grupos sociales. Pregúntate qué de común tienes tú con la oligarquía catalana, o con la burguesía encarnada en los Puyol. “Amo demasiado a mi país para ser nacionalista” escribió Camus. Dime porqué todos esos cínicos prometen sociedades abiertas en fronteras cerradas a cal y canto. ¿Por qué alardean de su movimiento democrático silenciando a más de la mitad de los ciudadanos? ¿No adviertes la disonancia congnitiva de esos prebostes amarrados a la teta pública que se enorgullecen de su movimiento pacífico acosando y derribando socialmente al disidente? ¿Crees en aquellos que ejercen de catedráticos de historia sin que demuestren el mínimo pudor en falsearla? ¿Es razonable que los elegidos democráticamente en virtud de unas leyes que prometieron acatar, y no sólo no acatan sino que las ignoran y desprecian, tengan la cobardía de seguir en sus cargos y seguir cobrando sus nóminas? Al menos los Procuradores en Cortes franquistas tuvieron la decencia de hacerse el harakiri. Cuando los veo en televisión o los oigo en la radio me acuerdo de aquellos charlatanes que llegaban al pueblo y, desde la puerta trasera de la camioneta, ametrallaban el aire con un discurso florido en el que se mezclaban las ofertas con los requiebros a las mujeres, y por veinticinco pesetas iban sumando en verso y en prosa un lote de productos con una verborrea tan rápida, que te quedaba sin respiración por simpatía. Ahora en el lote del referéndum cabe felicidad, riqueza, pasaporte catalán, pasaporte español, pertenencia a la UE, jugar en la liga española de fútbol y expropiar la Sagrada Famila para dotarla de una escuela de música y un economato comunal. ¿A ver quién da más por veinticinco pesetas?

Hay una izquierda desnortada que abraza el escorpión del nacionalismo con el eufemismo del derecho a decidir. Estoy con mi admirado Muñoz Molina cuando afirma: “Primero se hizo compatible ser de izquierdas y ser nacionalista. Después se hizo obligatorio. A continuación declararse no nacionalista se convirtió en la prueba de que uno era de derechas. Y en el gradual abaratamiento y envilecimiento de las palabras bastó sugerir educadamente alguna objeción al nacionalismo ya hegemónico para que a uno lo llamaran facha o fascista”. Los poderes económicos siempre han tratado de adelgazar al Estado para campar a sus anchas, le aplican el régimen bajo en calorías del ultraliberalismo. Se trata de aplicar la fantasía de que el mercado se regula solo, es la misma falacia de que no hay que regular el cauce de los ríos para evitar inundaciones porque la naturaleza es sabia, o no hay que medicarse porque el cuerpo se basta para acabar con los microbios y los virus que le enferman. Sin el contrapoder del Estado no habría salarios dignos, no habría sanidad y educación públicas, no había pensiones de asistencia y jubilación. Sin regulación del Estado en pocas décadas estaríamos en manos de ologipolios. Aquí ya sufrimos el oligopolio eléctrico, el financiero, el de Google, Facebook y Amazon. Una de las formas que utiliza el liberalismo para descafeinar los Estados es trocearlos porque los hace más débiles de forma que, mientras fomenta la globalización de capitales y derrumba sus fronteras, pone muros de alambre y concertinas a los trabajadores. La socialdemocracia que hace dos décadas abandonó sus valores de justicia social y se echó en brazos de un liberalismo que ha traído crisis financieras, desempleo, precarización salarial y recortes sociales, anda con la idea del nacionalismo como pollo sin cabeza, esperando a que pase el huracán catalán para pedir perdón a los nacionalistas y llenarles las alforjas para tranquilizarlos, a sabiendas de que el nacionalismo es un monstruo que nunca se sacia. Mientras, la izquierda radical confunde el culo con las témporas y al morlaco del nacionalismo con un manso corderito. Ya no leen a Marx: “El nacionalismo es un invento de la burguesía para dividir al proletariado”.

Así que si tienes instalada la creencia nacionalista quizá estés abusando de tu sistema límbico y, tal vez, no estás tan evolucionado como crees. Hazte mirar tu nivel de xenofobia –todos tenemos alguna, te advierto-. Asómate a un espejo por si tu grado de narcisismo se te ha ido de las manos.  Recuerda que los afectos y los sentimientos son para las personas o las mascotas, las ideas son para razonarlas. Si aplicas la máxima de “a quién beneficia” tu fervor patrio, a lo peor concluyes que es a una élite a la que ni perteneces ni vas a pertenecer nunca. Toma el pulso de tu solidaridad humana, se empieza ahorrando en la solidaridad con el que se considera de fuera y se termina engañando al fisco propio. Y si te sientes de izquierdas y nacionalista, lee, viaja y estudia porque es una contradictio in terminis. Eso sí, te felicito porque si pretendes desgajarte de un Estado, es que vives en una comunidad opulenta, las pobres no se lo pueden permitir. Ah, y si como a los británicos después del Brexit te toca vivir peor, las reclamaciones al maestro armero.

Con afecto

J. Carlos

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Relatos

Cataluña

Los procesos ideológicos, al igual que los procesos económicos, los empresariales e incluso los procesos personales son siempre deudores de un relato. Con razón escribía León Felipe que “la cuna del hombre la mecen con cuentos”. Cada empresa, cada guerra, cada marca, cada idea, cada relación humana es hija de un relato, generalmente épico. Steve Jobs, como en su día Henri Ford, no nos vendieron un producto, nos contaron un relato. Los buenos relatos, como los buenos vinos son adictivos, enganchan y crean una necesidad. Hoy circulan por el mundo mil doscientos millones de automóviles y hay más móviles que habitantes en la Tierra. Las marcas tienen un espacio de veinte segundos en la televisión para construir una narración y seducirnos, si no fuera por estos relatos la mayor parte de las marcas habrían desaparecido malbaratadas y olvidadas, por eso cada vez que adquieres un producto, al menos el diez por ciento de lo que desembolsas es el coste que pagas por la ficción que te han contado. Los relatos nos son gratis, qué te habías creído.

Cada cual, con mejor o peor fortuna construye su mejor relato personal para enamorar o su mejor relato profesional para encontrar trabajo. Pasa que nuestros cerebros están mal diseñados y no transparentan los pensamientos ni las emociones y, aunque nos delatan las palabras y los gestos, nunca sabremos con certeza qué piensa cada quien ni cuánto ni porqué se emociona, así que necesitamos la muleta de la narración para relacionarnos.

Hay dos instituciones humanas que fueron imprescindibles en la evolución que nos trajo hasta aquí porque fomentaban la cooperación de la especie, pero que hoy son rémoras que la lastran  y le impiden avanzar: La religión y el nacionalismo. Ambas son constructos primitivos que todavía se sostienen con las vigas maestras de cuentos fantásticos y pueriles. El coste de estas leyendas es prohibitivo hoy en día, pero históricamente además de tener un coste financiero enorme tenían un precio que se pagaba en cupos de sangre derramada en campos de batalla; todavía hay religiones y nacionalismos que cobran sus relatos en vidas humanas, destrucción y sufrimiento.

La fábula de la religión no sólo nos libera del miedo a la muerte, además nos dota de una esencia espiritual que nos hace únicos en el Universo. Ahí nos tienes sentados en el trono de la existencia decidiendo con nuestro cetro sobre la vida o muerte de los demás seres vivos, que han sido creados sólo para servirnos (ya sea para zamparlos, cazarlos, pescarlos, torturarlos o extinguirlos). Por encima, nos espera una vida eterna gozosa y llena de sabiduría junto a todos los seres queridos que se nos fueron y que dejaremos. Para acabar de redondear la fantasía, tendremos la suerte de librarnos de los cabronazos que en vida terrenal nos maltrataron y nos hicieron sufrir porque se cocerán ad eternum en las calderas del infierno. Con estas narraciones fantásticas cómo no iban a surgir catedrales, sinagogas, mezquitas o budas imponentes. Cómo no iban a montar en el potro de tortura a los herejes o los tibios. Cómo no iban a masacrar en el campo de batalla a los que nos abrazaban la religión verdadera. Cómo no iban a degollar a los infieles.

El relato nacionalista es más dañino aún, porque te deifica como individuo por pertenecer a un colectivo superior a cualquier otro ser humano de cualquier otro grupo, ya sea por raza, lengua, cultura, inteligencia, historia común, etc. Pero una narración no es tal si frente al protagonista, el pueblo singular y único cuyos lazos de fraternidad son indestructibles, no surgiera el villano y cruel antagonista que le sojuzga, explota y sodomiza. No puede faltar una buena porción de épica con sus batallitas, aunque se hayan perdido. Deberás salpimentarla con bailes regionales y tradiciones atávicas -es indiferente que surgieran anteayer o sean crueles o estúpidas-. Por último, habrás de dosificar unas cuantas especias como fiestas autóctonas, platos y vinos propios del lugar, deportes sobresalientes, vestidos o tocados de época. Construido el relato de nada sirve si lo metes en un cajón, tendrás que narrarlo en las escuelas, en las universidades, en los medios, en las plazas, en las calles; habrás de repetirlo hasta la saciedad como reiteran sus relatos las marcas en la televisión para que no caigan en el olvido; y eso cuesta una pasta, ya te he dicho, más o menos un diez por ciento de tus impuestos. Deberás también fomentar el uso de los objetos con los que construiste la leyenda (bailes, juegos, tradiciones, deportes…). Y, claro, crearás un distintivo para fomentar el sentido de pertenencia, para que quien lo porte se sepa especial y reconozca a sus pares: La bandera.

No te olvides que, para que prenda la mecha, no basta con contarle al lugareño que sois superiores, que tiene la fortuna de ser parte de tan selecto club, darle una bandera y todo lo demás; es conditio sine qua non que su terruño sea más rico que el terruño del que se pretende separar si no, no hay dios ni relato que lo separe. Ya sabe que tu relato es una fantasía, o te crees que es idiota.

J. Carlos