Archivo mensual: noviembre 2015

Relatos épicos

Caza

Si a la mayor parte de la historia de la humanidad le quitas la épica, te queda un perfecto manual de psicopatía. Porque la mayor parte de la historia ha sido una sucesión de acontecimientos en los que,  una parte de la humanidad le rompía la crisma a la otra en nombre de intereses o creencias de algún iluminado hijo de puta que, para más inri, se retiraba a sus palacios hasta que pasase la orgía de sangre. Después venían los poetas a escribir letras inflamadas con los acentos prosódicos marcando el ritmo de la paz, y loando las pretendidas virtudes del insigne hijo de puta que se hubiera erigido vencedor.  Ahí nacía la épica. Con el estercolero de sangre, tripas y heces humanas se tejía el arte de la guerra, como se teje el arte de Cúchares con el estercolero de los toros. A los niños en las escuelas nos enseñaban a rendir admiración y pleitesía a reyes y caudillos con la misma devoción con que rezábamos a santos, vírgenes y dioses.

La segunda guerra mundial fue una suerte de vacuna. La hemos vivido en diferido en toda clase de pantallas. La hemos leído y estudiado. La han novelado hasta el hastío. Nos hemos inoculado de su épica, seguramente por ósmosis, en cientos de patrióticas películas americanas. Sin embargo, al igual que en los toros, aunque te enseñen el revoleo del capote y la valentía del torero, a poco que tengas un poco de sensibilidad, no dejas de ver el estercolero de sangre, tripas y heces. Y, menos mal que, por ahora, a la butaca no te llega el olor a mierda. Total que, esa vacuna, como todas las vacunas, tiene una eficacia limitada y a mí se me está agotando.

Estos últimos días he leído El psicópata de Vicente Garrido, un estudio sistematizado y riguroso, casi un manual de uso para descubrir a estas personas que, “por su desvinculación de los sentimientos humanos les deja en una situación de privilegio para emprender acciones muy dañinas contra sus semejantes.” No es difícil descubrir a un psicópata “puro”. Ahí tienes a Hitler, Stalin, Pol Pot… Lo malo es cuántos cayeron en sus redes y, por fanatismo, credo o miedo cometieron el supremo pecado de ignorar la dignidad del hombre silenciando su propia empatía. El que carece de empatía de fábrica es un cabrón al que hay que atar muy corto. El que viene con la empatía bien engastada en el anillo del cerebro y la silencia, es un hijo de la gran puta y se merece todo nuestro desprecio.

Hoy, los psicópatas están de enhorabuena porque las estructuras económicas y políticas han doblegado a la conciencia social. La palabra clave es competencia: No colabores con el prójimo, aprovéchate de él, si no, él se aprovechará de ti. Los buenos son los que ganan las batallas contra otros. Sólo de ellos es el reino de los cielos, esto es, la fama, el poder y el dinero. Cualquier signo de solidaridad o de empatía es una debilidad y en el sistema capitalista eso es un delito de lesa patria, porque la empresa es tu patria, sus objetivos las tablas de la ley y su mandamás tu único dios.

Los hijos de puta lo tienen hoy mucho más fácil porque ya te han metido el miedo en el cuerpo. Te dirán que no estás con el sistema, o que no se te ve cómodo con las nuevas directrices, o que si no lo haces tú –una ilegalidad o cualquier tropelía contra el cliente- otro lo hará. (Déjame anotar aquí una idea para un cuento: Ingeniero alemán al que pidieron que trucara los coches, aunque gaseara el ambiente, resulta ser nieto de un ingeniero al que las SS le pidió el diseño del sistema para gasear judíos).

Como digo, los iluminados están de suerte. Mandar a un soldado a la guerra es complicado porque, a posteriori, tienen la indecencia de caer en la batalla, después hay que recibirlos con honores en un ataúd de plomo envuelto en la bandera, y eso da mucha grima y quita votos a mansalva. Pero si le cuentas que va a trabajar en una sala con aire acondicionado, a unos metros de su hogar, frente a una consola que controla un dron. Si le dices que sólo ha de oprimir una tecla, con las coordenadas que ha mandado otro, para despachar a un centenar de indeseables. Si le añades que podrá irse a casa a comer con sus hijos y, si se tercia, esa misma noche podrá invitar a su pareja a cenar en un Burguer. Ya no te digo, si, además, les pones una medalla y le haces creer que está salvando los valores sacrosantos de media humanidad.

En estos días, los psicópatas iluminados hijos de puta tienen el viento a favor, porque con las redes sociales, el cine y la televisión es muy sencillo construir una épica inmediata. Ya no se necesitan poetas, ni letras inflamadas con acentos prosódicos dispuestos con ritmo de marcha militar. Basta una fila de hombres encadenados, arrodillados sobre la arena, un niño detrás, de pie, con un alfanje, rebanando cuellos y una cámara filmando a favor del sol. Ya no se necesitan películas protagonizadas por lo más granado de Hollywood. Basta la secuencia del despegue de un bombardero sobre la pista de un portaaviones y, sin solución de continuidad, el pantallazo, en blanco y negro, desde la cámara dispuesta en la barriga del avión, donde se aprecia la mira electrónica con su cruz zangoloteando y la explosión del misil. La toma dura tres segundos nada más, el hongo de polvo y humo tapa el estercolero de sangre, cascotes, tripas, cristales, heces, miembros de niño ardiendo en el suelo…

Haciendo memoria de los relatos épicos que he tenido que pastar a lo largo de la vida, caigo en la cuenta de que muchos de sus protagonistas o son psicópatas “puros” o, lo que es peor, silenciaron su empatía. Me temo que, mucho hijo de puta ha sido recibido en loor de multitudes, con estandartes y guiones al viento y estruendo de trompetería.

Y lo que te rondaré morena.

J. Carlos

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Je me demande

Luto París

Me pregunto: Con la sangre humana que se derrama en el mundo cada día, ¿cuántas hectáreas de tierra se podrían abonar? ¿Cuánto tiempo se tardaría en llenar un pantano como el de La Pinilla? ¿Y una presa como la de Assuam?

¿Emiten en la misma frecuencia las bombas que estallan adosadas a un cinturón que los misiles teledirigidos? ¿Los obuses de cañón, los proyectiles de un carro de combate, los cartuchos para un kalashnikof… se reproducen por esporas o los diseñan ingenieros, y los fabrican obreros que tal vez estén afiliados a un sindicato?

¿Le has preguntado a tu banco si presta tus ahorros a la industria armamentística? ¿Y al administrador de tu fondo de pensiones o de inversión? ¿Qué parte de tus impuestos sufraga la inversión en Investigación y Desarrollo de armas de destrucción relativa? ¿Cuántos de tus impuestos se destinan a I+D+I de armas de destrucción masiva?

Me gustaría saber cuánta metralla en los cuerpos de los muertos civiles sirios, libaneses, afganos, iraquíes, palestinos… son de la marca España y de la marca Europa y de la marca USA, o de China o de Rusia… Ya sé que son puntos de PIB y puestos de trabajo y dinero para los accionistas. Si hay guerra porque se consume. Si hay paz porque “si vis pacem para bellum”.

Sí sé porque nos hermanamos con las dictaduras principescas de Oriente Medio. Las que riegan con petrodólares a las sectas más duras del Islam. Las mismas dictaduras que degüellan púberes y luego les crucifican, porque les critican. Si sé porque nos hermanamos con los príncipes que lo mismo ordenan rebanar el cuello de los homosexuales, que lapidar a las mujeres por llevar un carrillo al descubierto o por haber echado un polvo con otro amo. Porque las mujeres no tienen padre ni marido, tienen amos, como los perros. Nos hermanamos porque el petróleo mueve montañas, como la fe.

No te confundas, no me siento culpable. O no más culpable de que en el mundo mueran diez mil niños al día de hambre, que cuatro millones de personas sean víctimas de trata cada año -de las que medio millón son niñas-, o de que entre nueve y veintisiete millones vivan en régimen de esclavitud.

Tampoco me siento culpable de que me duela más la sangre que se ha derramado en París, Madrid, Nueva York o Londres, que la que todos los días empapa la tierra en otras latitudes. He mamado de la misma teta cultural, he bebido su filosofía, he adaptado su forma de vida y, sobre todo, ejerzo su misma libertad. Y sí, me produce un ataque severo de envidia ver el video de los parisinos saliendo del estadio cantando La Marsellesa. Soy un sentimental.

No soy un tertuliano que en dos frases arreglan el mundo con una guerra, al estilo de las cruzadas: lancemos una lluvia de misiles, una nieve de drones y provoquemos una niebla de armas químicas. No me metas tampoco en el saco de los buenistas que piensan que con paz y amor van a dejar de cortar gargantas, explotar bombas y disparar a quemarropa a todo infiel que puedan llevarse por delante.

Pero, déjame soñar:

Si les cegaran las vías de financiación. Si a todo el que les vendiera armas, les comprara petróleo o les pagara un rescate fuera considerado terrorista y llevado ante el Tribunal Penal Internacional. ¿Qué tal si a cualquier  empresa de redes sociales o a los operadores de internet, se le imputara por propaganda criminal por cada video que cuelgan los bárbaros?

Romper relaciones diplomáticas y suspender las comerciales con las dictaduras que les apoyan o les han apoyado. Prohibir que  cualquier empresa o grupo comercie con los terroristas.

Terminar con los guetos en los arrabales de las ciudades. Distribuir el trabajo y la riqueza entre los ciudadanos con un nuevo New Deal para evitar la exclusión social. Sacar la religión de la escuela y que toda manifestación religiosa se circunscriba a la Mezquita, la Sinagoga, la Iglesia o el domicilio privado.

De aquellos polvos estos lodos  ¿Por qué no imputar a Bush, Blair y Aznar por masacrar un país y sustituirlo por un estado fallido?.

Lo de meter en la cárcel a los mulás que instigan al odio ya está en el código penal. Pero ¿qué pasa con aquellos que adoctrinan en la discriminación por sexo, raza, religión o condición sexual? Claro que si llevamos esto último por lo criminal algún cura, obispo o cardenal de los nuestros podría ser reo de cárcel.

Finalmente, me pregunto: Con la sangre humana que se ha derramado en el mundo en nombre de Alá, Dios o Jehová, ¿cuántos paraísos se llenarían? ¿Cuántos infiernos?

Con el corazón encogido y los ojos enaguados, desde aquí, a los familiares y amigos de las víctimas de la masacre del pasado viernes en París, mi pequeño homenaje en tres palabras: Liberté, égalité, fraternité.

J. Carlos

Héroes

Héroes

Somos de natural narcisista. Si preguntas a los de cualquier generación sobre sus aportaciones te responderán que: en su juventud fueron unos valientes rebeldes que cambiaron el mundo para bien, en la madurez trabajaron con denuedo y salvaron el país, y en la vejez están persuadidos de que las nuevas generaciones han perdido el norte y los valores. No sé si eso es así desde que el mundo es mundo, o desde hace cinco segundos en el dilatado tiempo del universo, pero me temo lo peor. Se le atribuye a Sócrates aquello de: “Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen manías y desprecian la autoridad. Responden a sus padres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros. Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros”. Sólo han pasado algo más de 2.400 años

Las ideas son como los espermatozoides una vez que penetran en el óvulo del cerebro, éste se cierra a cal y canto y no deja pasar ninguna más. Y lo peor es que germinan. Tienen luego que venir genios como Aristarco de Samos, que vivió en el siglo VI antes de Cristo, a decirnos que la Tierra no era el centro del universo y, claro, no se le hizo ni puñetero caso. Tampoco Copérnico que recogió el guante consiguió quitarnos la idea de la cabeza. Galileo lo consiguió pero El Santo Oficio le obligó a abjurar. Habían pasado algo más de 2.200 años.

A riesgo de que los de mi generación me odien –por lo de las ideas exclusivas que se instalan y germinan-, te aseguro que en el orden ético lo tuvimos más fácil que las generaciones actuales. Bien sabes que no venimos al mundo con un código bajo el brazo en el que se reglamenta lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, se distingue la verdad de la mentira o los actos piadosos de los crueles. Para los de mi generación conocer el código fue un largo proceso de aprendizaje en que la tiranía del bebé se diluía en lágrimas, seguramente dolorosas para los padres, hasta que adquirías los hábitos adecuados y te sometías a la regla sencilla de que, las normas no las ponías tú por más que rabiaras o patalearas. De niño, el código ético se marcaba primero en las nalgas de los demás, generalmente tus hermanos mayores. Las azotainas o los soplamocos estaban entonces a la orden del día, y el maestro tenía una palmeta que, como su propio nombre indica, se usaba para que la sangre aflorara con rapidez a la palma de la mano. La lógica era simple, si tocabas el brasero encendido te quemabas, si hacías algo malo te daban un sopapo. Había quien tenía la mano más larga y quien la tenía más corta. Casi siempre aprendías más de la decepción en los ojos de quien no utilizaba la mano para marcar tu cara o tu culo. Ya sé que ahora te parece un sindios, en aquel entonces era moneda corriente. Cuando alcanzabas el uso de razón -según los curas, a partir de lo siete años- los correctivos físicos mermaban hasta desparecer y el código ético se hacía carne contigo. Se constituía en un hábito que te permeaba hasta el tuétano de los huesos y que adquirías por ósmosis del ejemplo de la integridad de tus padres y vecinos. Se ganaban tu pan y el suyo destripando terrones, ya lloviera o nevase, ya saliera el sol o corriera desbocado el aire y tenían una cultura del esfuerzo, del trabajo bien hecho y, sobre todo, una concepción tan estricta de lo que era éticamente correcto que, la palabra dada tenía más fuerza que todas las Escrituras notariales y todos los Registros civiles y mercantiles juntos. Se respetaban las lindes, el grano en las eras estaba más seguro que en una caja de caudales y, si las campanas tocaban a rebato porque se incendiaba una trilla, todos acudían a sofocar el fuego, incluido el que mantenía con el dueño enemistades eternas.

Los jóvenes de las últimas generaciones son unos héroes. La inmensa mayoría conocen y están habituados a practicar un código ético bastante estricto. De la teta de sus padres sólo han mamado que las rabietas terminaban con un capricho conseguido. De la escuela que si el maestro les recrimina, se le cae el pelo o, en casos puntuales, el padre le calza un tortazo –al maestro, digo-. De la teta de la televisión maman que los grandes chorizos consumen horas de pantalla bien pagadas y, que si tienes la suerte de tirarte a un famoso/a, puedes vivir, tan ricamente, de airearlo por los años de los años, amén. De la política aprenden que el más tonto de la clase hace una fortuna con el sudor de los administrados. De la teta de la empresa  maman que si te forjas una personalidad psicopática tienes grandes papeletas para llegar lejos. De la sociedad saben que nadie les va a preguntar, como en el cuplé de La chica del diecisiete, “de donde saca pa tanto como destaca”.

Aún así, son limpios de corazón, empáticos, solidarios y piadosos. Por eso los admiro. Son mis héroes. Nuestra generación, por más que os traigan a colación a Sócrates o al Sursuncorda, lo tuvo mucho más fácil.

J. Carlos