Archivo mensual: noviembre 2019

Microrrelatos X

                                             Correspondencia

Éramos de la misma ciudad, nos enamoramos a los quince. Si hubo tanta correspondencia fue porque estudió en el extranjero cinco largos años y a él le gustaba escribir, yo era torpe con la escritura, prefería el teléfono. Nos casamos, tuvimos tres hijos y fuimos felices hasta que un accidente de avión me lo arrebató. Pedro era muy casero y tan tímido que apenas hacíamos vida social. Entenderás que esté encendida porque hojeando el libro “Poemas que inspiré a mis amantes”, he visto impresos gran parte de los que Pedro me envió en cincuenta y ocho cartas. El libro es de la famosa cantante de ópera Belén Pinto de Sousa, la que murió en el mismo accidente de mi marido. Lo editan sus herederos. Eso sí, han cambiado las fechas y donde él escribía Marina, ahora han puesto Belén. No sé si demandarles, ¿qué me aconsejas?

                                                      Calcetines

Hay quien ve fantasmas o el aura de la gente, Felipe ve a las personas de colores, de cadeneta, a cuadros, con rombos, a franjas, con topos… Por eso, cuando observa en el parque a los enamorados paseando o haciéndose arrumacos, comenta que aquello se parece a un tendedero donde siempre cuelgan calcetines disparejos.

                                                       Tecnología

El Ministerio de Sanidad nos ha instalado en el zaguán del edificio una cámara en pruebas que detecta la mayor parte de las enfermedades. A tres vecinos no les han dejado pisar la calle esta mañana porque tienen el virus de la gripe. Al fontanero del segundo D, que no ha cumplido ni los cincuenta, le ha diagnosticado un cáncer de próstata. ¿Conoces a los del quinto A, sí hombre, la familia del Opus; pues resulta que a Eugenio, el hijo mediano, le ha detectado un cóctel de drogas en sangre. ¿Y qué me dices de lo del catedrático de física nuclear? ¿Sabes quién te digo?, uno que vive en el séptimo y es un poco estiradillo; le ha dictaminado esterilidad congénita; pero, pásmate, es que tiene dos hijos de siete y diez años. En fin, otros cuatro vecinos presentan cuadros maniaco depresivos de diversa gravedad. Menos mal que vivo en el primero y no tengo que madrugar, en cuanto he constatado que el portero lo larga todo he saltado por la ventana para salir a la calle, no quiero que nadie descubra mis rasgos psicóticos.

                                              Profecía autocumplida

Eloy leyó su cuento en el taller entonando cada frase con un timbre de gravedad en la voz. Al terminar cosechó un silencio incómodo de sus compañeros, de sobra sabía que callaban para no herir sus sentimientos. Javier, el profesor, tomó la palabra: Has mejorado mucho, dijo, tu cuento es químicamente perfecto y cumple los cánones, tiene una introducción donde se ve al personaje escribiendo un cuento, un nudo en el que lo lee en el taller y un desenlace plausible en el que, escuchadas las ácidas críticas de sus compañeros, se suicida arrojándose por el balcón; pero no transmite emoción, es como una hoja seca, tiene cierta gama cromática pero está muerta. Eloy cerró su cuaderno, se levantó y echó a correr hacia la ventana abierta del balcón, dos compañeros trataron de impedirlo pero no llegaron a tiempo. Toda la clase levantada pudo ver cómo llegó a la barandilla de hierro, tomó impulso con el brazo y arrojó el cuaderno a la calle.

                                                  Despedida

-¿Que por qué lo dejo contigo? Porque has sido mi desamante durante tres años, cinco meses y veintiún días y no puedo más.

-¿Que qué quiero decir con desamante? Olvídalo, no lo entenderías, no hay forma de explicar lo que es el desamor a quien nunca ha amado, como no hay forma de explicar lo que es el agua a un pez, ni la oscuridad a un ciego, ni el silencio a un sordo.

                                                            Voyeur

Admito, señor juez, que soy un voyeur, que llevaba una cámara camuflada en la mochila y la ponía bajo las faldas de las mujeres en el Metro. Y sí, es verdad que he llegado a hacer jornadas de cuatro horas mañana y tarde en el suburbano. Pero le pido clemencia, señoría, porque fui yo quien volvió al mismo vagón, todos los días a la misma hora, hasta que encontré  a una de mis víctimas y le comuniqué que tenía un melanoma al final del muslo, lo había descubierto mirando el video en mi casa, ya he dicho al comienzo de la vista que mi profesión es la de dermatólogo. Apelo a su misericordia, señor juez, hágase cuenta que le salvé la vida aún a riesgo de que me denunciara, como así sucedió.

                                                         Biblioteca

En casa del cura había una biblioteca de nogal y tras los cristales biselados formaban en hileras lomos de libros de tela y cartón, también los había repujados en piel con letras de oro. Había ido con mi padre para que el párroco extendiera un certificado. Me sentaron en el único sillón de terciopelo rojo. El cura, de pie, inclinado sobre el pico de la mesa, mojaba la pluma de ganso en un tintero azul y escribía sobre una hoja de papel apergaminado que tenía, estampada en relieve, una tiara papal. Mi padre, también de pie, esperaba con la boina en las manos y los ojos fijos en el discurrir de la pluma. Yo miraba emocionado los libros gordos, los estrechos, los altos y los bajos, hasta entonces sólo había visto el enorme misal de tapas rojas que el cura abría y cerraba los domingos en el atril de la iglesia, y como soy de natural curioso pregunté qué hacían allí, escondidos, tantos libros. El cura me contestó que aquello era una biblioteca, y añadió: has de saber que la biblioteca es el lugar donde descansan eternamente las palabras. A la salida nos esperaba mamá con los brazos abiertos, eché a correr hacia ella para decirle que en casa del señor cura estaba el cementerio de las palabras y que tenía un montón de ataúdes alineados en anaqueles de madera. Mis padres se rieron, siempre se reían de “mis ocurrencias”. Me enfurruñé, me negué a andar y padre tuvo que llevarme a hombros hasta casa. Cuando ya se me había olvidado el motivo y el enfado mismo, mamá me contó que las palabras no morían nunca por eso no existían cementerios de palabras. También me dijo que la mayoría de las palabras iban y venían de boca en boca porque eran vulgares, pero había palabras que por su nobleza se guardaban en los libros como oro en paño.

                                                       Milagro

El Domingo de Resurrección los niños llevamos en andas al Niño Jesús saliendo por la derecha de la iglesia. Los adultos portan a la Virgen María y salen por la izquierda. Ambas procesiones discurren por calles paralelas y giran para encontrarse de frente en la plaza del Caño. Es allí donde los porteadores delanteros se arrodillan para que las dos figuras se inclinen la una hacia la otra, momento en que los mozos subidos a la torre de la iglesia repican las campanas que han permanecido mudas desde el viernes. El pasado año, en la procesión de los pequeños, nos quedamos sin Niño. Sucedió que nos atrapó una tolvanera. El remolino de viento fue tan fuerte que volaban tejas y una nube densa de polvo cegaba los ojos. Dejamos las andas en el suelo y todos los procesionantes buscamos cobijo en los portales, bajo los dinteles de las puertas y bajo los aleros de los tejados. Cuando la tolvanera se fue debilitando calle abajo y pudimos abrir los párpados, había siete heridos de consideración. También había desaparecido el Niño Jesús. Alguien levantó la vista y gritó: “milagro”, señalando con la mano el balcón de la casa de Isaías. De pié, plantada en el vértice derecho de la balaustrada de hierro, estaba la figura bendiciéndonos con la mano. Días después vino el obispo y santificó al Niño que habían metido en una hornacina construida bajo la balconada. Del portento se escribieron tres artículos en el periódico de la capital y se hizo eco una radio nacional en las noticias de mediodía. Ahora que Isaías ya no está entre nosotros, Ramiro dice que ese día le vio arrancar la figura del pedestal, aprovechando el torbellino, y entrar con ella en su casa. Nadie le cree. Cómo le vamos a creer si en aquel trance a Ramiro le cayó al bies un trozo de vidrio de una ventana sobre la frente y se le quedaron los ojos encegados de sangre. Su madre le ha dejado flequillo para tapar esa cicatriz que parece una segunda boca cosida en la frente. Todos coincidimos en que cuanto más le crece la frente más se le estira esa boca y más se le acortan las entendederas.

          J. Carlos

La tercera ley de Newton

             Es una pena que se estabule a las ciencias en rediles diferentes como si no estuvieran conectadas. Si los sociólogos conocieran con mayor precisión las leyes de la física no gastarían tanta teoría para explicar el fenómeno de los chalecos amarillos en Francia, los estallidos de violencia en Chile o el ascenso de Vox. Es muy simple, a cada acción se le opone una reacción de la misma magnitud pero de sentido contrario. Así se explica que para caminar echemos la tierra para atrás y ella nos impulse hacia delante, o que para remar impulsemos el agua con los remos para que ésta empuje el bote en sentido contrario.

La codicia humana es una constante física como la constante de Planck, no desaparece, sólo puedes domesticarla encauzándola como a los ríos para que no se desborde. Si no la regulas sucede la crisis del 29 cuyos efectos inmediatos puedes ver reflejados en la lectura de Las uvas de la ira de John Steinbeck y, cuyos efectos más remotos dieron lugar a la segunda guerra mundial. La reacción a aquella crisis fue el New Deal, de Roosevelt, que consiguió encauzar la codicia mediante reformas regulatorias muy audaces, propiciando una contención de la misma a través de una cierta redistribución de la renta, lo que generó un periodo de prosperidad de más de treinta años. Pero los poderosos, armados con la teoría económica de la Escuela de Chicago (los Chicago Boys comandados por Milton Friedaman), consiguieron, con la inestimable ayuda de Reagan y Thatcher, volar muchas de las represas que regulaban el cauce de su codicia. Su primer experimento fue Chile donde privatizaron todo, hasta las pensiones. Hoy, las calles de ese país están ardiendo sobre el lodo que trajeron aquellos  polvos. La voladura de los diques regulatorios se extendió como una mancha de aceite a todo el globo y, de nuevo la codicia se desbordó asolándolo todo. Aquella devastación que hizo saltar los pilares básicos de la sociedad del bienestar fue bautizada como  la crisis del 2008 y, como afirma Guy Standing, ha traído el precariadocon vidas inestables, sin seguridad laboral y con el sentimiento de que el nivel de vida está cada vez más “exprimido””.

El 9 de enero de 1959, de madrugada, el muro de contención del embalse de Vega del Tera se derrumbó; ocho millones de metros cúbicos de agua se precipitaron sobre el cauce mínimo del río, embocaron por entre el cañón de rocas y arrasaron el pueblo de Ribadelago. Quedó la espadaña de la iglesia y poco más. Se recuperaron veintiocho cadáveres, los otros ciento dieciséis se enterraron solos, aguas abajo, amortajados con el limo del Lago de Sanabria. El 15 de septiembre de 2008 el último muro de contención del embalse de la economía financiera, Lheman Brothers, no aguantó más la presión de las hipotecas subprime y de las calificaciones falsas de los riesgos que emitían las empresas de rating. Las aguas se precipitaron sobre el cauce de los EEUU, embocaron por el cañón de Europa y arrasaron la economía mundial. Los historiadores ya la llaman la segunda Gran depresión. Quedó apenas la espadaña de la sociedad del bienestar y poco más.

La catástrofe no nos ha enseñado nada, en vez de poner diques para contener la codicia se están levantando fronteras a las personas, mientras se abren las compuertas al dinero y a la especulación; se bajan –más aún- los impuestos a los ricos; se privatizan los servicios públicos… Hoy hay más de setenta muros en el mundo; hace treinta años, cuando cayó el de Berlín, sólo había quince; en Lima y en Río ya se han construido muros que separan a los barrios ricos de los pobres; las regiones prósperas, como Cataluña, se quieren independizar. Es como si los que van en barca deslizándose plácidamente sobre las aguas de la economía la emprendieran a remazos sobre los que nadan a brazo partido, ahogándose casi sin resuello, para que no se alcen sobre sus embarcaciones.

En resumen que esta riada del 2008 ha arrasado con la economía social de mercado y nos ha vuelto al Medioevo, con tres clases bien diferenciadas: Los nobles que son los multimillonarios que viven de las rentas en sus castillos (mansiones blindadas en barrios separados con muros y concertinas). Los siervos de la gleba que forman hoy la masa del precariado. Y un tercer estrato social, también en fase de precarización, que podemos denominar pequeño burgués, el cual, más por edad que por otra razón, disfruta todavía de un salario digno o vive del pequeño negocio o disfruta de una pensión. Según el banco Credite Suisse, en 2017, la mitad de la riqueza mundial estaba en manos del 1% de la población. Esta desigualdad sólo se explica por tres razones: las cargas comunes las soportan el precariado y el pequeño burgués, la riqueza no se distribuye y el ascensor social se ha gripado. Está por demás decir que los impuestos son el ingrediente necesario, aunque no suficiente, para encauzar la codicia. Y es que la codicia se retroalimenta como la serpiente que se devora a sí misma abriendo las fauces y tragándose por la cola.

Algunos de estos ricos y poderosos sí conocen la tercera ley de Newton. Lo avala el hecho de que 19 familias de multimillonarios han pedido al gobierno de Trump en una carta publicada en la Web Medium que: “se nos imponga a nosotros un impuesto moderado sobre la fortuna de una décima parte del 1% más rico”. La magnitud de la crisis producida por el capitalismo salvaje, iliberal y asocial ha sido contundente y quieren evitar la reacción. Saben que será de igual magnitud pero de signo contrario. Pura física.

       J. Carlos

Microrrelatos IX

 

Cuento asesino

Lo desnuqué de un golpe seco con el lomo de su libro, como a un conejo. Escribía unos cuentos criminales. Dime tú si no era para matarlo.

                                      La incubadora de plantas

Las manos de Agustina, la partera, me sacaron al mundo. Esas manos, por el día, lavaban ropa ajena y se ajustaban para recolectar garbanzos o guisantes en el campo. Por la noche dormía con los puños cerrados apretando un gurruño de mantillo donde germinaban semillas también ajenas. En los huertos del pueblo nunca se malogró una planta nacida al calor de sus manos.

La amortajaron con los puños cerrados apretando unos gurruños de tierra. Llevaba en el derecho una semilla de melocotón y en el izquierdo un hueso de aceituna negra. De su sepultura tengo en la memoria una cruz de hierro y una parva de tierra que disminuyó con las primeras lluvias. No recuerdo más porque me fui del pueblo. A los meses le nacieron dos árboles demasiado juntos y, en su batalla por la luz, uno apuntó a la salida del sol y el otro a la puesta. Cuentan que en julio cuelgan de las ramas del primero melocotones peludos y olorosos y el olivo se llena de aceitunas al final del otoño. Como los gorriones y las palomas se comen sus frutos y, después, esparcen las semillas en sus vuelos, hoy, después de medio siglo, he contado ciento dos ejemplares que viven en este recinto de muertos. En primavera igualarán al número de tumbas, me dice un lugareño, porque allí hay dos brotecitos verdes. Le sigo y observo, emocionado, que se acuclilla a un lado de la cruz de hierro que sombrea la sepultura de mis padres, con la yema del dedo me señala dos botoncitos tan minúsculos que casi los abarca una gota de rocío, uno es verde esmeralda, el otro verde oliva.

                                            El mundo al revés.

Visité un país extraño, donde los paparazzi persiguen a los científicos, los números uno de cada profesión administran la cosa común, imparten justicia los limpios de corazón y reconocido sentido común, ningún ciudadano puede ganar diez veces por encima del salario más pequeño. Sin embargo, no han conseguido erradicar una espantosa lacra: las mujeres se organizan en manadas y, por la noche o en lugares solitarios, violan a los hombres.

                                      Asociación de ideas

Lo normal es que las aguas bravas de las tormentas de verano escarben la tierra y descubran cadáveres enterrados a la ligera. Casi siempre están enteros, pocas veces aparecen desmembrados. En Rivas la riada de agosto desenterró un pie que fue hallado flotando en la laguna del Campillo.

El informe forense es escueto: Pie derecho, hombre de raza negra, talla cuarenta y cinco. El Comisario llevaba dos noches sin pegar ojo. Habían repasado la lista de desaparecidos y la de muertes violentas, nada, ni una sola pista. Acodado en la barra del bar se llevó a los labios una taza humeante de café negro con una chispita de anís. Le dio por mirar el plasma, reproducían ralentizados los goles del domingo. Fue un golpe de suerte porque resolvió el caso. Asociación de ideas, se dijo, y soltó una carcajada en vez de un Eureka. El Comisario recordó  aquella tarde de gloria en que el delantero centro, Masamba, encajó tres goles al equipo rival. Solo con que ganasen otro partido, el Rivas Club de Fútbol ascendería de categoría. Luego vino la desgracia, el ariete negro contó, que en un entreno, se clavó una punta ferruginosa y se le agangrenó un pie.

El Comisario llamó a declarar a Masamba. No tuvo que gastar mucha pericia, enseguida confesó. Con el dinero que le dieron por tajarse el pie sano trajo a España a toda su familia nigeriana. No se arrepentía. Sólo pidió que le devolvieran su miembro para enterrarlo debajo de la misma acacia de donde lo sacó el agua. Y no dijo más.

Sacrificios bárbaros

En la selva profunda había un pueblo cuya gente era tan temerosa de Dios que le ofrecían en sacrificio alguno de sus cinco sentidos. Era una forma, bárbara, de emular a los misioneros que practicaban la castidad. Los de fe tibia se limitaban a ofrecer el tacto quemándose la yema de los dedos en la hoguera. Quienes tenían la fe más templada perdían el sentido del olfato introduciéndose dos varitas de sándalo en las fosas nasales. Había quien profesaba una fe más sólida y se quemaba la lengua comiendo brasas de carne ardiendo o, se hacía estallar el tímpano metiendo la oreja en una tuba gigante mientras otro la hacía sonar. Los más devotos se taladraban la pupila con un guijarro afilado. En justa correspondencia, al misionero que perdía su castidad le rebanaban el miembro viril y lo exhibían, colgado, en el frontispicio del templo. Relatan las crónicas que se tardó casi un siglo en desterrar estos atavismos.

            El arte imita a la naturaleza

Hay un fenómeno curioso que siempre me llamó la atención. A menudo leo a escritores que fagocitan, una y otra vez, su primera obra. También escucho a músicos, a veces muy famosos, que en toda su dilatada carrera siguen alimentándose de sus primeros compases. Habrás descubierto, como yo, intelectuales que rumian siempre la misma idea y llevan escritos dieciocho sesudos volúmenes. Incluso en los museos se exhiben cuadros de pintores que son la misma digestión pincelada de toda su obra anterior. A ese fenómeno los expertos lo llaman estilo. Resulta más común este hecho entre políticos, a poco que te fijes, advertirás que llevan deglutiendo y escupiéndonos a la cara los mismos cuatro lugares comunes desde que eran estudiantes de Facultad.

Creo que, por fin, he encontrado explicación a este fenómeno, y es que el arte imita a la naturaleza. Lo vi claro cuando contemplé a una serpiente comerse a sí misma por la cola y hacerse la digestión hasta la muerte.

Sensaciones

No me quedan recuerdos de mis tres primeros años de vida, así que ignoro si en mi cerebro nacían pensamientos. De aquella etapa sólo me quedan sensaciones vagas, como la de que mis padres tendían el mundo para mí cada mañana y por la noche lo recogían y lo guardaban en algún armario secreto. No sabía con qué magia aparecían las sábanas tibias y la ventana y el cacho de sol que encendía las baldosas azules y todo lo demás, pero allí estaban cuando abría los ojos cada mañana. Admiraba a mis padres porque debía ser muy trabajoso extender todo aquello solo para mí y tener dispuesta la cocina cuando entrábamos en ella, el corral con las gallinas, las calles llenas de casas apretujadas, o los campos verdes que se extendían más allá de donde me alcanzaba la vista. A veces, giraba la cabeza de improviso por ver si les pillaba quitando el decorado a mi espalda. Nunca fui demasiado rápido. Que en todo aquel atrezo hubiese gente no me parecía tan mágico, eran marionetas, lo constaté una noche que me puse muy enfermo, abrí los ojos y descubrí que, mientras dormía, guardaban en mi habitación las marionetas de los abuelos, los tíos y también la del médico.

           J. Carlos