Archivo mensual: junio 2011

A vuelatecla

A vuelatecla

El sol se ha colocado justo encima de nosotros y sus rayos atraviesan menos longitud de atmósfera, así que su calor nos muerde la piel y nos baja la tensión porque los vasos se dilatan para sofocar la temperatura corporal. El sol está ya encima de nosotros porque es verano y toca, pero Grecia también se ha colocado justo encima de nosotros como un espada de Damocles, y sus desventuras tienen que atravesar la esquizofrenia de los mandamases europeos, así que sus noticias nos muerden el bolsillo porque los acreedores no se fían y suben el precio del dinero que nos prestan.

La comedia que protagonizan la señora Merkel y el señor Sarkozy para salvar a sus bancos nacionales encopetados de deuda griega, es burda, está mal representada y es ridícula. Lástima que los excesos de estos actores mediocres con el aplauso del FMI y el resto de corifeos que conforman hoy las instituciones europeas, se haya llevado por delante a Grecia, Irlanda, Portugal, amenace seriamente a España, Italia, Bélgica,.. y estén a punto de arrumbar la noble idea de Europa. Los anglosajones de éste y del otro lado del Atlántico deben estar aplaudiendo con las orejas.

Con el calor han llegado las estadísticas de salarios del INE. Hete aquí que el salario más frecuente en España era, en 2009, de 15.500 € (900 € al mes, descontando impuestos y cotizaciones a la S. Social). El salario de la aristocracia salarial, los directivos para entendernos, subió un 4,5% respecto del año precedente y es tal su cuantía que, hace subir el salario medio de los españoles a 22.511 €. Es más el salario de los directivos era en 1995 un 142% superior al salario medio, en 2009 el porcentaje había subido hasta el 181%. A estos datos siniestros añádase que hay 5 millones fuera de las estadísticas salariales porque están en paro. Y digo datos siniestros no sólo por la cualidad moral o ética, lo digo también como una constatación instrumental porque, paradójicamente, el trasvase de rentas del trabajo hacia el capital es tóxico para el sistema capitalista.

Depauperar a la clase media tanto la asalariada como los autónomos y pequeños empresarios, que es la que consume y paga los impuestos del sistema es como pegarse un tiro en un pie. No hay que ser un economista sabihondo ni un ultra liberal para caerse del burro y percatarse que con 900 € al mes la demanda no se va a enderezar nunca. Hasta ahora todos los ajustes impuestos por Bruselas suponen una pérdida cierta de derechos de la clase media, esto es, se pretende acrecentar más la grieta y trasvasar todavía más riqueza hacia el capital. No me extraña que las empresas de lujo vayan de idem, pero no se venden coches, ni viviendas, ni carne de ternera, ni pescado fresco, ni…, ni se puede devolver la deuda de los préstamos que nos otorgaron alegremente los bancos europeos a la espera de que se los devolviéramos con creces e intereses. Enhorabuena a los ricos que cada vez ganan más y a los panaderos y a los vendedores de pasta y de pollo y a los hueveros. ¡Ah! y enhorabuena a las empresas de seguridad, porque los ricos son cada vez más ricos pero tendrán que blindar sus mansiones, sus autos exclusivos, sus clubs, sus campos de golf…

A este paso los ricos tendrán que vivir juntitos y en guetos. Para entonces algunos europeos, sobre todo los del sur, tendremos que volver al trueque y aprender de los argentinos.

 J. Carlos

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Indignados

Indignados

Son las doce de una mañana de domingo castigada por el sol. En Madrid seis columnas de perroflautas salidas desde otros tantos puntos cardinales, avanzan sobre el asfalto negro para confluir en una riada de indignación que desembocará en la Plaza de Neptuno, aledaños del Congreso de los Diputados. Avanzan gracias a Rubalcaba que es el tejedor en la sombra de esta telaraña para que nos olvidemos de los verdaderos problemas que nos acucian. Llegarán al Congreso a las dos de la tarde para que las televisiones tengan tiempo de montar sus imágenes y abrir con ellas los telediarios. Que ya son ganas, pudiendo abrir con el personal solazándose en las piscinas y en las playas, mostrando esa España mansa con la barriga al sol, que es lo suyo. De todas formas, como no me harán caso y abrirán con los perroflautas, ahí va un consejo: Si utilizan imágenes de Grecia para probar que son violentos, como hizo Telemadrid hace unos días, no sean ingenuos, usen el fotoshop para modificar los rótulos griegos y cambiar el color de las banderas y que no se note.

Si las televisiones fueran un poco objetivas mostrarían en sus pantallas a los verdaderos indignados: D. Francisco González y D. Emilio Botín. Éstos sí merecen ocupar el espacio público de las televisiones porque tienen verdaderas razones para mostrar su más absoluta y rotunda indignación. Y no esos perroflautas que dañan la estética de nuestras calles e impiden nuestra libertad de movimientos con una ocupación permitida, cuando no alentada, por el íncubo Rubalcaba.

Les presentó a D. Francisco González, Presidente de BBVA, por la gracia de Rato. Con un sueldo de miseria: En 2008 se embolsó sólo 16,6 millones de € entre sueldo fijo, variable y aportaciones al plan de pensiones. En 2010 cumplió los 65 años, así que, además del sueldo, se llevó 79,7 millones de € correspondientes a un plan de pensiones aportado por el banco. En 2011 sólo cobrará 5,3 millones de € porque ya no le sufragan al plan de pensiones por la edad. ¡Pobre! Ya contestó a un accionista impertinente en una la Junta de accionistas de 2007 que, el valor que aportaba al banco era muy superior a sus emolumentos.

D. Francisco está indignado. ¿Cómo no va a estarlo? Si ha tenido que bajarse el sueldo por solidaridad un 6,8%. Y en 2010 perdió el blindaje que tenía, por si lo echaban, que ascendía a 92,7 millones de €. No es extraño, pues, que en la inauguración de los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, en unas jornadas organizadas por la APIE, pidiera endurecer la normativa laboral, un ajuste fiscal más duro y que se subasten las Cajas a precios “realistas”. Y concluyera diciendo que, por cada 100 puntos básicos de incremento en la prima de riesgo España tiene que pagar 12.400 mill de €, con lo que se crearían 160.000 puestos de trabajo.

El Sr. González está indignado. ¿Cómo no va estarlo? Tiene que salir al mercado este año a por 18.900 millones de € (el 4,5% de sus activos totales) y en vez de pagar un diferencial de 30 puntos básicos, tiene que pagar 260, esto es, el sobre tipo le sale por más de 434 millones de €. Con los que podría crear 5.600 puestos de trabajo (por regla de tres simple). Y si no fuera por culpa de esta España en decadencia y este Gobierno inútil ahora mismito crearía los 5.600 puestos de trabajo. Vaya si los crearía.

Está indignado D. Francisco. ¿Cómo no va a estarlo? Él actuó correctamente, otorgó crédito inmobiliario por valor de 16.600 millones de €. Es que se lo quitaban de las manos, oiga. Que coincida con la cifra del párrafo anterior es porque los españoles somos derrochadores, no ahorramos, y tuvo que salir al mercado exterior a buscar dinero para prestárnoslo. Que el ratio de morosidad de ese crédito esté en el 21,3% es porque España va mal y la gente se ha quedado sin curro y no puede pagar la hipoteca, y porque los promotores eran unos aprovechados que hicieron mal las cuentas. Él fue riguroso en el estudio de los riesgos y actuó con diligencia y competencia. Que los inmuebles adjudicados ya luzcan en balance por la hermosa cifra de 4.793 millones de €, es porque la gente es muy ladina, mire usted,  y sacas a la venta los pisos a un precio más que razonable y no quieren pagarlos.

Les presento a D. Emilio Botín, Presidente del Banco de Santander, por gracia del derecho sucesorio. Con un sueldo rayano en lo mezquino, no alcanza los 4 millones de €. Que no los necesita, ¡por Dios! Para eso le paga con largueza a su Consejero Delegado, le premia con más de 10 millones de € al año y, como el Sr. Botín es listo, se ahorra la aportación al plan de pensiones porque ha tiempo que su Consejero cumplió los 65 años. El que éste fuera condenado a 6 meses de prisión por un delito de acusación y denuncia falsa contra deudores de la entidad por la Audiencia de Barcelona, no es más que la probatura de una persecución en toda regla. En España es que somos muy envidiosos.

D. Emilio está indignado. ¿Cómo no va a estarlo?, si va el Tribunal Supremo y endurece la pena a su Consejero Delegado, la eleva a 8 meses de prisión por delitos de presentación de acusación falsa y estafa procesal y, además, le inhabilita para el ejercicio de banquero. Y el gobierno no le indulta. Hay que ser cabrón. Por eso D. Emilio afirmó en la última Junta de accionistas del Santander que: Alfredo Sáenz es el mejor consejero delegado de la banca. Y lo mantiene en el cargo, claro. ¿Quién es el Tribunal Supremo para decirle a él que su Consejero Delegado no pude ejercer como tal? Hasta ahí podíamos llegar. Oiga que la justicia es para el común, ergo vulgo, no para la nobleza; financiera sí, pero nobleza al fin y al cabo.

¿Cómo no va a estar indignado D. Emilio, si le pillan con unos eurillos en el HSBC, ahorrillos del padre que puso a buen recaudo en Suiza cuando la cosa andaba revuelta por estos lares, afloja 200 millones de € en declaraciones complementarias para arreglar el desaguisado y, encima, van estos sociatas de mierda y le ponen una querella. Con lo que él ha hecho por estos sociatas que hasta alabó la política económica de Zapatero. La querella quedará en nada, como quedó aquel asunto de las cesiones de crédito, el propio escrito de la fiscalía ya lo apunta curándose en salud. Pero dime si no es para estar indignado. Carne de periódicos durante semanas. ¡Qué asco de país y de gobernantes!

El Sr. Botín está indignado también por la cosa económica. ¿Cómo no va estarlo? Él actuó como un buen banquero, le pedían crédito para la construcción, la promoción o la compra inmobiliaria y él, por España, ¡eh!, por hacer patria, para que todos los parias y perroflautas fueran propietarios, otorgó créditos inmobiliarios por valor de 26.105 millones de € (el 11% de su cartera). Que casi coincida con la cifra de 27.350 millones  que es la deuda que le vence en 2011 no es pura casualidad. Él tuvo que salir por ahí, a sus años, acudir a las carreras de Formula 1 con su sempiterna corbata roja y adornar los circuitos de carreras con banderolas drapeadas con la marca de su banco, para que los mercados tuvieran fe y dejaran en sus manos esa pasta. El año próximo serán 36.000 millones de € los que habrá que buscar por esos mundos de dios como se busca  un aguja en un pajar, eso sí, subido a un ferrari rojo conducido por Alonso. Y ya no está en edad para tanto sacrificio. Que el ratio de morosidad de ese crédito inmobiliario esté en el 18,9% no es porque la política de riesgos haya sido equivocada. ¡Qué va! Es que en España somos muy mal educados, pensábamos que las copas eran gratis y que invitaba el banco. De los promotores no le hables a D. Emilio, es que volaban en aviones privados, atracaban el yate a la puerta y cómo le niegas la solvencia con esos signos externos. Que los inmuebles adjudicados en el balance de su banco vayan ya por 7.882 millones de €, y subiendo, es por tres razones: Primero porque hay que aguantar, en esto hay que hacer caso a Cela cuando afirmaba, el que aguanta gana. Segundo, porque el Banco de España no aprieta que para eso es como de la familia. Y tercero porque más tarde o más temprano el ladrillo subirá, aquí hay que apuntarse a aquella máxima de Felipe González, siempre que llueve escampa.

Ya me dirás si no es para estar indignados.

J. Carlos


 

 

 

 

 

Tempus fugit

Tempus fugit

En esto del tiempo empezamos bien. Cuando éramos simples bacterias retozando en el agua vivíamos eternamente, bastaba con dividirse en dos y teníamos duplicado el material genético. Se podía hacer de manera ilimitada, así que constituimos ejércitos que poblaron la Tierra con clones eternos de nosotros mismos. Como somos de naturaleza inquieta no paramos en nuestros desvelos hasta que dimos con una forma de vida superior, la célula. Ésta también se reproduce de manera asexual, duplica su material genético (ADN) igual que la bacteria. Sin embargo, la célula no se puede reproducir indefinidamente, cada vez que lo hace sufre un pequeño deterioro, de forma que llegando a unas dos mil divisiones va y se muere. Parece que en el proceso evolutivo cometimos un fallo, llámalo tonto si quieres, pero imperdonable. Mientras que la bacteria tiene el ADN circular, la célula lo tiene alargado y en cada división deja sin duplicar los extremos y va perdiendo información. De esa manera tan tonta va envejeciendo y termina diñándola. Sin embargo, en un rasgo de inteligencia, el conglomerado de células, bacterias y virus que se asocia simbióticamente para constituir un cuerpo raro que llamamos hombre, consigue, mientras permanece en el útero materno, que las múltiples divisiones celulares sean perfectas. Para ello pone en marcha una enzima que se llama telomerasa y que protege los extremos del ADN en cada división celular. Sin la acción benéfica de esta enzima naceríamos viejos como Brad Pitt en la película “El curioso caso de Benjamin Button”. Lástima que una vez expulsados del paraíso materno la telomerasa se silencia y nuestras células empiezan su carrera hacia la muerte. Y lo que es peor, de tanto en tanto alguna célula sale listilla, se rebela contra la maldición de tener que palmarla inexorablemente, y consigue quitarle la mordaza a la enzima para dividirse como loca en su afán de inmortalidad, pero termina fabricando un amasijo informe de células que llamamos tumor. Y te lo extirpan o te mata.

Así que por ese fallo estúpido de tener apagado el interruptor de la polimerasa nos vemos en la necesidad de valorar ese bien escaso que es el tiempo, sufrir el desgarro de ver morir a los nuestros y vivir con ese horizonte macabro del deterioro constante que desemboca en la muerte. Afortunadamente el cerebro nos dosifica las endorfinas para conseguir ese estado de placidez en el que vivimos y trabajamos, de forma que podamos asumir la pérdida de tersura de las pieles que amamos, mirarnos en el espejo y no angustiarnos al advertir las huellas del tiempo, asumir con resignación cristiana que ya no podemos hacer esto ni aquello, no espantarnos en las conmemoraciones de los veinticinco años por no poder encajar en el recuerdo esos rostros arrugados… Nuestros escritores y pensadores también nos alivian para que no naufraguemos por la pesada carga del tiempo: Saramago en “Las intermitencias de la muerte” describe el horror, el caos y la desesperación causada porque la muerte dejó de hacer su trabajo. El recientemente desaparecido Jorge Semprún, contestando póstumamente en el programa Epílogo de Canal Plus, advertía que, La idea de la inmortalidad es macabra. Está bien que haya un final. La libertad y la finitud son esenciales en la naturaleza humana”.

Y el tiempo vuela desigual, como si el aire de las estaciones de la vida tuviera una densidad cambiante. En la niñez los minutos eran torpes como nuestros pasos y caminaban lentos arrastrando los segundos, con demora, hasta el hastío. Una mañana en que mi madre procedía a la penosa tarea de levantarme de la cama, retirando las sábanas y las mantas a las que yo me asía como un náufrago y abriendo de par en par los postigos de las ventanas, le pregunté con rabia: “¿Cuando se acaban los días?”. Más tarde el tiempo se enroscaba con un bucle de rutinas en la escuela cantando la tabla de multiplicar, recitando las virtudes teologales o aprendiendo los ríos y los partidos judiciales. A medida que las cosas empequeñecían porque ibas creciendo, el ave del tiempo atravesaba un aire sosegado donde la vida era eterna como esa tos y esos vahídos del primer cigarrillo, eternas eran las primeras miradas furtivas y los latidos del corazón desbocado cuando esas miradas confluían, eran eternas las amistades recientes y las hojas de todos los árboles y la primavera y el mundo que se te abría como los pétalos de una flor. En la juventud las alas del tiempo atravesaban vientos mansos de amores que se prometían perpetuos y de ciencias nuevas que despertaban tu curiosidad, pero de vez en cuando batían desesperadas para atravesar tormentas de alcohol, turbulencias de humo y ciclones de desamor. Es después, cuando el mundo te hace un hueco de trabajo, te instalas en familia y vienen los hijos, que la densidad del aire que atraviesa el tiempo adelgaza; los ves crecer con la incredulidad de que fue ayer cuando nacieron, ayer dieron el primer paso, ayer dijeron tu nombre, ayer empezaron el cole, ayer se graduaron en la Universidad. Un poquito después caes en la cuenta de que el aire en el otoño de la vida empieza a enrarecerse, que el tiempo avanza en aceleración constante, sin apenas batir de alas; para entonces ya pesan más los recuerdos que la vida y constatas que visitas demasiado a menudo los tanatorios y cementerios, ya no te invitan a bodas y bautizos y los amigos te hablan más que nada de enfermedades.

Para engañar a la flecha inexorable del tiempo el cerebro, ese que se ha construido el conglomerado de bacterias y virus para gobernarse, no sólo nos chuta con endorfinas, también ha construido un recinto exclusivo, la memoria, donde almacena los recuerdos. De forma que accedes a un pequeño archivo como el que entra en una biblioteca y se pasea por sus pasillos, mirando las estanterías llenas de libros, y eliges el libro de tus recuerdos que quieras evocar. Los posos del tiempo también deterioran los recuerdos, los más vívidos permanecen porque están asociados a acontecimientos que te impactaron, sea el atentado de las Torres Gemelas o el día que murió tu padre. Tampoco ese archivo es demasiado fiel, cada vez que evocas un recuerdo lo recreas, como si el escritor cada vez que relee su artículo volviera a reescribirlo, así que no hay certeza de que refleje la realidad de lo acontecido. El cerebro engaña al tiempo recordando el pasado y utilizando la coartada de la imaginación para soñar con un futuro perfecto que te corta las alas de la rebeldía. Desdeña el presente y te apura con el futuro, siempre estás a la espera de que pase el tiempo para tener algo, para llegar a, para conseguir que, para demostrar tal. Te engaña también a ti porque si consigues lo esperado no tiene nada que ver con lo que tú habías soñado, y porque no te avisa que las caricias son para darlas en el momento, las palabras amables para decirlas siempre, los malentendidos para aclararlos ya, las buenas obras para hacerlas de inmediato. Te engaña sí, aunque sólo sea para engañar al tiempo.

Pues eso, por culpa del silencio de la telomerasa, Sic transit gloria mundi

J. Carlos


Convertir la mierda en oro

Convertir la mierda en oro

       Lo confieso, soy devoto ferviente de la Ley del péndulo porque abrigo la creencia de que la historia se desarrolla en círculos concéntricos. Viene al caso porque leo que unos chicos han creado una empresa llamada Sanergy que se propone la construcción de retretes con lavabos, pero con la singularidad de que tratarán los deshechos para transformarlos en fertilizantes y biogás. Su lema: convertir la mierda en oro. Lo venden como un hallazgo, de hecho, su proyecto se llevó el gran premio del MIT de 100.000 $. Van a empezar en Kenia con 6.000 sanitarios. Estos chicos tal vez no sepan que en la infancia de los que el arado del tiempo nos ha labrado ya con surcos indelebles, las necesidades fisiológicas se deponían en el corral; desconocerán que en esos menesteres te armabas con un palo para luchar contra el ejército de gallinas que intentaban picotearte las nalgas y llevarse la mierda al pico antes de que aquella llegara al suelo de estiércol; ignorarán que en las cuadras los animales de tiro se aliviaban sobre un manto de paja que se esparcía bajo sus patas, y cuando aquel compost superaba un cierto límite, a los niños nos encargaban limpiar la cuadra acarreando el estiércol hasta el corral, ayudados con un cesto de mimbre y una horca de cuatro puntas de hierro; tampoco sabrán esos chicos de Sanergy que antes de que llegaran los Nitratos de Chile, el fertilizante que se desparramaba sobre las tierras de labor era la materia orgánica que en carros o remolques se sacaba del corral; recuerdo ir con mi padre en el carro con un cargamento y ver un gusano de color blanco nube que emergía impoluto del estiércol moviendo todos sus anillos en acordeón para avanzar. Todavía hoy, en que se ha sustituido el estiércol por fertilizantes químicos de nitratos y fosfatos, los rebaños de ovejas pastan la paja seca de los labrantíos recién cosechados y abonan con sus excrementos las tierras.

Como atesoro ya muchos recuerdos, te confieso que he visto a mi madre destejer jerséis viejos y ovillar la lana para volver a trenzar, como si fuera nueva, una chaqueta marrón tostado con ribetes blancos que me llegaba hasta los muslos porque estaba de moda. Con grasa de cerdo y sosa cáustica se hacía el jabón en un barreño de zinc que llamábamos pozaleta, se ponía a la lumbre y se le daba vueltas y vueltas con un listón de madera hasta que adquiría cierta consistencia, después se vertía en un molde rectangular, se dejaba enfriar y se cortaba con un cuchillo de cocina en trozos simétricos. En la matanza se limpiaban las tripas del cerdo y se metían en agua caliente antes de embutir en ellas la carne especiada con orégano, anís, pimentón y sal; después se ataban los chorizos con hilo de bramante y se agujereaban con una lezna antes de subirlos al sobrao para que se curaran con el aire crudo del invierno. Las pieles de los conejos se colgaban en el corral en las paredes de adobe para que se orearan al sol de primavera, se buscaba el ángulo en que la luz incidiera por más tiempo hasta que viniera el pellejero a comprarlas. Las sábanas se blanqueaban al sol tendidas sobre  la hierba de las eras, con piedras en las esquinas para que no salieran volando si se levantaba el viento. Las hojas de la planta del maíz se utilizaban para el relleno de los colchones, las mazorcas mondas para quemar en la lumbre, el grano desgranado con los dedos por mujeres sobre una mesa camilla -solían ser vecinas que se reunían al calor del brasero y la conversación- daba de comer a las gallinas y a los cerdos, el sobrante se vendía y, si el grano era bueno, se separaba el necesario para la siembra… He visto a mi padre desenroscar bombillas fundidas y, con grandes dosis de paciencia y mucho tiento, conseguir que el filamento roto volviera a montar en equilibrio inestable hasta cerrar el circuito, luego volvía a roscar la bombilla en el casquillo con pulso de cirujano y se hacía la luz. Y coser los sacos, las mantas, los collarines de las bestias y hasta las botas con hilo de bramante untado en yute. Te contaría cien ejemplos que viví de una economía autárquica y de subsistencia, cien ejemplos que se deberían seguir para enderezar esta economía que sólo se sostiene en el consumismo del despilfarro. Bienvenidas sean estas empresas que tratan de convertir la mierda en oro, aunque olviden que nuestros ancestros ya lo hacían. Mucho de lo que nos venden como novedad está inventado desde  hace siglos, por eso te digo que la historia pendulea. Basta que podes de oropeles, artificios y anglicismos el lenguaje de las escuelas de negocio para que se cumpla aquel aforismo de: No hay nada nuevo bajo el sol.

Decía ayer en su blog Antonio Muñoz Molina: “Se escribe a solas, en una conversación secreta con uno mismo, avanzando a tientas, a veces dejándose llevar por la alegría de las palabras que fluyen y otras aguardando, con paciencia, con tesón, con desánimo, temiendo que tal vez no salga nada de tanto esfuerzo”. Lo difícil de comparecer aquí de tanto en tanto es que has de atravesar tres malditos Rubicones:

Primero: Has de conseguir acallarte a ti mismo la certeza de que ni tienes nada nuevo que decir, ni puedes ofrecer formas nuevas de escribir lo que ya otros han expuesto mejor que tú.

Segundo: Si consigues engañarte y olvidar por un momento esa certidumbre, tienes que buscar un tema a desarrollar. Hoy quería escribirte sobre las palabras que escuché a José Luís Sampedro, el viernes, en la Feria del Libro de Madrid, que hablaban de valores. También sobre la logomaquia que padecen nuestros políticos. O de las buganvillas y jacarandas que engalanan las callejuelas del casco antiguo de Marbella, cuidadas por manos humildes que no saben de corrupciones. Hubiera querido glosarte la foto de un tronco de árbol cuyo ramaje era una nube algodonosa con el blanco puro, como el blanco del gusano del que te hablé más arriba, aquél que salía del estiércol. Y de la tristeza honda de mi madre, casi nonagenaria, que te despide con la mirada acuosa porque intuye que cualquier despedida puede ser la última. Y sin embargo, sólo he sido capaz de escribirte de alquimias y otras nimiedades.

Tercero: Y para mí lo más difícil, sentarte ante esta pantalla que es como un espejo de los del callejón del Gato, aquellos que inspiraron el esperpento a Valle Inclán, y teclear, como quien traza camellones en la tierra, para que te devuelva una imagen totalmente distorsionada de lo que quieres decir.

Al final pares un feto malformado que no se parece en nada a lo que esperabas. El parto de los montes.

J. Carlos