Archivo mensual: mayo 2020

De volúmenes y perspectiva

En cuanto el avión alza el vuelo del aeropuerto de Portela nos perdemos de vista. Quiero decir que a doscientos metros vemos a nuestros semejantes del tamaño de hormigas y, a quinientos se distinguen las hileras de coches pero las personas desaparecen. Quienes viajan conmigo en este cilindro volante siguen con sus mismos volúmenes porque la ley de la perspectiva, viaja contigo y con ellos, pero ha borrado a todos los demás congéneres de la faz de la Tierra. Somos cuerpos normales que hablamos, reímos, nos quejamos o dormimos. Tenemos un volumen estándar. No todos, el imbécil de delante reclina su asiento y ocupa los contornos de  mi volumen hasta robarme el espacio para respirar. Opto por callarme por no enzarzarme en una discusión estéril. Imagino que si su cuerpo estuviera hueco le cabrían sesenta y seis litros y medio de gasolina, el combustible necesario para viajar de Lisboa a Madrid en coche y haberme ahorrado a este espécimen.

Cuando me sorprende la maniobra del viajero cretino estoy leyendo El cuerpo humano de Bill Bryson. Casi me empotra la parte baja del lomo del libro contra los dientes. He tenido que cerrarlo porque las letras quedaban demasiado cerca de los ojos y se convertían en hormigas indescifrables. Vencido, cabreado, sin lectura y sin espacio se me destapa el criminal que llevo dentro. Mentalmente me dedico, con deliciosa morosidad, a arrancarle todas y cada una de las tuberías por las que le transita la sangre, la mayor parte más finas y estrechas que un cabello. Hago un alarde imaginario de cirugía entomológica, gracias a la cual le saco los cuarenta mil kilómetros de arterias, venas y capilares para coserlos uno tras de otro hasta formar un hilo único con el que rodeo la circunferencia de la Tierra. Me queda muy justito, lo suficiente para dejar atadas con un nudo ambas puntas antes de volver a mi constreñido asiento. Querrás creer que mientras estoy en estas elucubraciones criminales va y se echa a roncar con resoplidos largos y fuertes. Mira, me ha dado tal taquicardia que, de los doscientos cincuenta litros de sangre que me dispensa el corazón a la hora, más de la mitad me los bombea en sólo diez minutos. Total, que ideo un descuartizamiento del imbécil todavía más elaborado y sutil. Le abro, con parsimonia, todas y cada una de sus células, les extraigo el ADN y lo enrollo en un carrete, después tomo la punta y hago una madeja entre la Tierra y la Luna con siete mil vueltas. Con la Tierra circunvalada con sus vasos sanguíneos y bien madejado su ADN entre la Tierra y la Luna, se encienden los luminosos que le obligan a reponer el asiento a su estado vertical. Se despierta y endereza su asiento. Inspiro hondo como si acabara de salir de una celda diminuta, cerrada y con poca ventilación. Como todavía me dura la rabia me pregunto cómo es posible que en el kilo y medio de cerebro del viajero desconsiderado quepan doscientos exabytes, esto es, todo el contenido digital del mundo (libros, fotos, películas, correos…), pero no le quepa un megabyte de educación.

El avión empieza la desescalada de los cielos al tiempo que me voy serenando a la misma velocidad con que mis instintos de descuartizador se disuelven como un mal sueño. Lo malo es que cada vez que viajo en un avión y hocica la proa, como ahora, me aterroriza el presentimiento de que cuando llegue a destino ha sucedido una catástrofe y no quedan más humanos en el planeta que los viajeros de este avión. En un acto reflejo paseo la vista por el pasaje a ver si hay niños y mujeres en edad de reproducción. La naturaleza siempre está al acecho para imponer la ley de la supervivencia, como si en nuestra cabeza alguien pulsara el botón del pánico.

Desde el aeropuerto tomo un autobús que me lleva hasta la plaza de Colón. El majadero va sentado tres filas por delante, dormido, con una parte de ese cuerpo en el que caben sesenta y seis litros y medio de gasolina ocupando un palmo del asiento contiguo. La ocupante es una chica con blusa azul a juego con sus ojos, en edad de procrear, viaja reclinada sobre el vidrio de la ventana para rehuirle. No quiero saber lo que yo estaría maquinando en su caso. Para no caer en esa tentación y que se repita la taquicardia juego a imaginar que, cuando llegue a la plaza de Colón, en el lienzo con la bandera de España que ondea ocupando una extensión de setecientos treinta y un metros cuadrados, han estampado las fotos de cada uno de los cuarenta y siete millones de españoles. Nuestras caras ocuparían quince milímetros cuadrados y medio. Con un catalejo podríamos vernos y cuando la arriaran nos veríamos a simple vista. Estaríamos también en las banderas de todos los tamaños y, en las digitales ampliaríamos la imagen con los dedos para descubrirnos.

Tal vez, el día que en el paño con la bandera de España quepan los rostros de todos los españoles ocupando el mismo volumen, desde el rey hasta el más pobre de los mendigos, la observemos todos desde la misma perspectiva.

           J. Carlos

La hoguera del sol y Pulgarcito

  

                                           La hoguera del sol

Papá, la abuela me dijo que mamá está en el cielo para encender cada día la hoguera del sol. Yo quiero que baje ya. Va siendo hora de que suba otra madre a encender el sol.

                                                     Pulgarcito

De niño había en casa un gato menudo, se llamaba Pulgarcito. Tenía el pelo tapizado de manchas de color caramelo como si su madre al nacer hubiese pisado sobre un charco de miel y le hubiese impreso en todo el cuerpo las almohadillas de sus patas. Cuenta mamá que por las noches dormía en mi cuna para darme calor y, cuando me destetó, se empeñaba en traerme pájaros recién cazados y maullaba de forma lastimera porque no me los comía. Mi hermana, que me saca siete años, afirma que aprendí a gatear con un ovillo de lana que me disputaba con el gato. Como la memoria no me alcanza no puedo dar fe de ello, tal vez exageraran un poco. Desde que tengo recuerdos puedo aseverar que venía a mi cama a despertarme con su ronroneo, cabeceaba contra mi cara y amasaba mi pecho con las dos patitas delanteras hasta que me desperezaba. Después desayunábamos juntos, nunca le faltó un cuenquito de leche que bebía a lametazos, con tan poca maña que se salpicaba el hocico y parecía que le había salido, de repente, una barba cana. Por las mañanas me acompañaba de camino a la escuela en paralelo a mis pasos. Si salía algún perro a ladrarnos le hacía frente, no importaba el tamaño ni la raza. Al primer ladrido se le dilataban las pupilas convirtiendo sus ojos verdes en dos tizones negros, de seguido pegaba un bufido con el rabo enhiesto, la espalda arqueada y el pelo erizado. Había perros tercos que se acercaban en demasía, entonces el gato iba hacia ellos con una danza de pasos laterales y, de súbito, iniciaba una carrera en círculo que concluía, de un salto con tirabuzón, encaramado en su cruz y clavando las garras en la cabeza del chucho. En una ocasión dejó tuerto a un mastín que tenía muy malas pulgas. Entrábamos los niños en la escuela y Pulgarcito se quedaba fuera esperando, cuando el maestro mandaba cerrar la puerta la arañaba dejando en el barniz la marca de sus garras. El maestro, ya harto, salió un día a apedrearle para espantarlo, a la media hora ya estaba otra vez mayando. Pedí permiso para salir y le pasé la mano por el lomo para tranquilizarle, luego le froté la frente contra su cabeza como él me hacía de pequeño. Entré de nuevo y, desde ese día, nunca más volvió a rasguñar la puerta de la escuela. En el recreo hacía apuestas con mis amigos a que mi gato me defendía mejor que un perro. Para probarlo el primo Luismi hacía como que me agredía y Pulgarcito le bufaba. Debía alejarse deprisa porque en esos lances solía saltar a la cara sin la ceremonia del arqueo y le dejaba las mejillas marcadas. A medida que fui creciendo dejó de seguirme como si presintiera que ya me valía por mí mismo aunque, hasta que nos fuimos del pueblo, nunca dejó de venir a despertarme a la cama ni perdió la costumbre de desayunar conmigo, yo sentado a la mesa con el tazón de Cola Cao con pan migado, él con el cuenquito de leche a mis pies.

Tenía dos talentos naturales. Uno era que olfateaba el estado de ánimo de las personas con una precisión de relojero. Así, todos sabíamos si padre estaba de mal humor porque el gato no le rondaba a menos de dos metros. Esa habilidad me libró de algún que otro pescozón de mi hermana, que gastaba muy mal carácter, de modo que si el gato le guardaba cierta distancia había que permanecer lejos de su radio de acción, por si acaso. El segundo talento era más asombroso y, por ello, más increíble: tenía la capacidad de presentir la muerte. La primera vez no supe verlo. Era una tarde de primavera que había ido con la pandilla a pescar renacuajos a la laguna, no recuerdo si al gato salió de casa conmigo o apareció de pronto. En cuanto pescábamos un renacuajo se lo tirábamos en alto y los cogía al vuelo; Luisito, que era de la piel del diablo, según mamá, le lanzó uno al aire hacía la laguna, el gato saltó y cayó sobre la superficie del agua. Nadó asustado y en dos patadas estuvo en tierra. Como el pelo se le quedó pegado a la piel parecía que le había menguado el cuerpo la mitad. Se sacudió varias veces agitándose todo como los perros, después se marchó a la carrera y nunca más volvió de pesca conmigo. Todavía nos duraban las risas cuando alguien dio aviso de que el señor Dalmacio se había caído de la escalera en el palomar, fuimos hacia su casa y llegamos a tiempo de ver cómo lo bajaban de un carro envuelto en una manta a cuadros negros y blancos como un tablero de ajedrez. Entró medio pueblo detrás del médico, los niños nos quedamos fuera. No sé cómo había llegado el gato hasta allí, tenía el pelo seco y había recuperado su tamaño natural. Estaba encima del poyo de piedra del portal mirando hacia dentro, sentado sobre las patas traseras y quieto como una figura de barro. Al rato se oyó el llanto de las mujeres y vimos salir al médico, cabizbajo, con su maletín de cuero. La segunda vez ya era verano, debió ser a la hora de la siesta porque escuché al gato en el desván y me escapé de la cama. Subí las escaleras descalzo, sin hacer ruido, y lo vi plantando sobre el bardal de adobe que separaba los granos. Permanecía alerta con las orejas gachas, el cuerpo muelle como los atletas antes de empezar la carrera y los ojos fijos en el ventanuco abierto al sol del oeste. No habrían transcurrido más allá de diez minutos cuando un pájaro atravesó el marco de luz con el ánimo de picotear la parva de trigo. Antes de que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad del aposento el gato había dado un salto en el aire y lo tenía atrapado entre sus fauces. Al rato se escucharon unos gritos desgarrados de mamá que hicieron enmudecer los grillos, bajé los peldaños de dos en dos y me tropecé con mi hermana que corría a buscar al médico. En la alcoba estaba mamá poniendo una toalla húmeda en la frente de padre y dándole friegas de alcohol en el pecho. Acerqué mi cara, ¿qué le pasa padre? No contestó. De soslayo vi que el gato estaba ya sentado sobre las patas traseras, inmóvil, encima del poyete de la ventana. Entraron unas vecinas y, al poco, llegó el doctor. Encendió una linterna chiquita para mirarle los ojos y lo auscultó. Se volvió a mamá y movió la cabeza a ambos lados. El gato seguía allí, impertérrito, con las pupilas dilatadas como dos tizones negros. Entonces reparé que estaba en calzoncillos, me dio tanta vergüenza que me tapé con ambas manos, corrí a mi habitación y ya no paré de llorar. A padre le duró la vida quince días más, pero el derrame le dejó trastornado, estaba convencido de que estaba muerto y se quejaba amargamente de que no lo queríamos enterrar.

          J. Carlos

Patrones y Vidario

                                                   

                                                       Patrones

Desde que me instalé en el móvil una aplicación para pasear, programo mis itinerarios y camino dibujando un patrón. Quiere decirse que al final del recorrido queda grabado en el mapa electrónico el perfil de un monigote, un perro, un niño. Querrás creer que me ha generado adicción. He de reconocer que, al principio, me salían parecidos estrafalarios porque sólo hacía rutas urbanas y las calles con su trazado lineal me impedían darle a los bosquejos la profundidad de la curva. Lo más complicado era que todo el diseño había de hacerse sin levantar los pies del suelo que es como dibujar sin levantar el lápiz del papel. Pronto aprendí que caminar por bosques y montañas se amoldaba mejor a mis propósitos y que podía levantar los pies del suelo, bastaba con silenciar el programa hasta saltar al punto preciso para volver a activarlo. Modestia aparte, tengo que reconocer que me hice un experto, baste con decirte que recorriendo el valle de Valsaín bosquejé todo un Guernica. Quedó bastante bien y lo subí a las redes. A los amigos les pareció una extravagancia y lo premiaron con algunos likes, los sabidillos pensaron que era un fotomontaje y los sabihondos estaban convencidos de que fue el resultado de un apaño informático.

Lo que no me esperaba es que por esta vía iba a encontrar a tantas personas que viven enganchadas a la búsqueda de patrones. Me contactaron aficionados, estudiosos de la Cábala, especialistas en tecnología de fractales e, incluso, un atleta me imitó y dibujó, a la carrera y en cuatro horas, un gran Cristo de Dalí sobre el mapa de la Pedriza. Así que propuse al director del periódico donde trabajo hacer un reportaje sobre personas adictas a la búsqueda de patrones. Aquel reportaje salió un domingo con más pena que gloria porque, según me explicó un reportero veterano, como los protagonistas no quisieron dar su nombre real, los lectores creyeron que aquella pieza era una invención. Salía Felipe que vive en una residencia de ancianos y, cuando le da un sofoco y empiezan las arritmias, escucha con atención los latidos de su corazón porque dice que le habla en código Morse. También piensa que su próstata, cuando la micción es intermitente, le comunica su estado en función de la duración de los chorritos. Según me contó, un día de mayo observó claramente tres puntos, tres rayas y tres puntos. Acudió al médico y le diagnosticó a tiempo el cáncer. Daniel, otro de mis reportados, es un reputado filólogo especializado en la obra de Cervantes. Fue el más remiso a confiarme sus datos personales porque es muy conocido en el mundillo académico. Me citó en su despacho y allí me mostró, de forma clandestina como si estuviera cometiendo un delito, el fruto de su adicción a la búsqueda de patrones en las palabras. La pantalla del ordenador mostraba las páginas del Quijote como una cadena de letras juntas en la que se habían eliminado los espacios entre vocablos. Me pidió que introdujera tres palabras. Tecleé: España, peste y muertos. Inmediatamente dio el resultado y todas ellas se hallaban escritas a una distancia menor de dos páginas. ¿Quieres añadir más voces?, me preguntó. Claro, contesté: decenas y miles. Comprobamos que seguían agrupadas, junto a las anteriores, a la distancia de cuatro páginas. Para mostrar el rigor del algoritmo pulsó una tecla y volvieron los espacios entre palabras. Allí seguían enmarcadas en un círculo rojo las sílabas que unidas formaban los términos tecleados. Me animó a probar lo mismo con las Novelas ejemplares. Desistí. Leopoldo es físico cuántico y un buscador infatigable de patrones numéricos, fue quien ocupó la mayor parte del reportaje. Me resultó una persona fascinante. Está convencido de que cualquier elemento, desde el átomo hasta el universo entero, tiene una estructura fractal que siguiendo un patrón geométrico se autorreplica indefinidamente como los pétalos de la flor de la dalia. Me enseño la belleza fractal de un copo de nieve visto a través de la lente de un microscopio, el grumo blanco y viscoso se convertía en el rosetón de una catedral o en una de esas estrellas luminosas de Navidad con que adornan sus fachadas los grandes almacenes. Descubrí que una pluma de ave en realidad son miles de plumitas diminutas dispuestas en rama y que los cuernos de cabra al microscopio parecen mándalas en espiral.

Aquel mundo tan desconocido para mí se convirtió en una obsesión. Buscaba patrones en las nubes, en las escamas de los peces, en las corbatas de los hombres con quienes me cruzaba y hasta en los botones de las blusas de las mujeres; esto último me causó un vergonzoso incidente viajando en el Metro. Por consejo de la familia busqué ayuda médica. El doctor me prescribió un ansiolítico y llenar los días con rutinas cotidianas. Como me gusta la escritura consideró una buena receta que ocupara el tiempo libre en escribir una novela. A ello dediqué mis tardes y parte de mis noches durante nueve meses. Y le estoy agradecido porque, aunque con leves recaídas, creo que puedo presumir de haberme cuasi liberado de la dependencia de los patrones. Se trata de una novela negra con un asesino en serie de manual. La inspectora protagonista lo atrapa antes de que termine de bosquejar una calavera, sobre un mapa del barrio de Carabanchel, uniendo los puntos en los que va ejecutando sus crímenes. La clave se desentraña cuando la inspectora descubre que el asesino está haciendo un dibujo en relieve  de forma que, las cuencas de los ojos corresponden a dos asesinatos llevados a cabo en el suburbano, el de la punta de la nariz se perpetra en un segundo piso, mientras que los del mentón y la frente corresponden a muertos encontrados a ras de calle. Envié el libro a varias editoriales. Ninguna contestó. Hube de pagarme una autoedición. Los cien primeros ejemplares los coloqué sableando a mi familia y amigos. Con el resto me fui al Retiro y fui dejando un libro cada veinte metros. Dibujé su título sobre el mapa del parque con letra cursiva y en un solo trazo: Patrón. Miento, para poner la tilde silencié la aplicación, me coloqué veinte metros por encima de la letra o y allí la activé. No la he subido a la red porque mi familia piensa que estoy totalmente curado.

                                                           Vidario

Aquel diario con tapas de polipiel azul se lo habían regalado los padres por su primera comunión hacia cincuenta años. Al abrirlo observó que estaba oxidado por el tiempo y amarilleaban sus hojas. Permanecía huérfano de palabras porque había dejado transcurrir los días, los meses y los años acuciado por un futuro que nunca se despejó, y porque el pasado había resultado tan áspero que era preferible olvidarlo. Hoy iba a estrenarlo por fin, sabía lo que quería expresar pero le faltaba un buen comienzo, una primera frase que, como en las buenas novelas, atrapara la esencia de las páginas que quería dejar escritas. Encontró la solución cuando cayó en la cuenta de que los diarios se encabezan con la fecha y se anotan al terminar el día. Así que ya tenía el encabezamiento: 1963-2020 y la primera frase: “Querido vidario”. Debajo escribió, con letra redondilla muy apretada, tres páginas enteras cargadas de razones. Dejó abierto el cuaderno con el bolígrafo al bies y se puso de pie sobre la silla, pero antes de ajustarse el dogal al cuello le entró la duda, se apeó y añadió una coma en la segunda página. Siempre fue muy puntilloso.

      J. Carlos

Ilustres ignorantes

Ignoro cuando empezó el fenómeno. Es más, ignoro si empezó alguna vez o es tan consustancial a la condición humana que está con nosotros desde siempre y no tiene principio ni fin. Me refiero a la tendencia de la especie de dejar las cosas del común en manos de ilustres ignorantes.

Convendrás conmigo en que la historia de la humanidad, tal como nos la han contado, es un relato de poderosos contra poderosos. El único vector que determinaba la hegemonía de unos pueblos sobre otros era la fuerza, y la única inteligencia que requería el gobernante era la astucia para mantenerse en el poder o para tomarlo por las armas. Maquiavelo en el Príncipe hace una apología perfecta de cómo los ilustres estultos debían proceder para  mantenerse en el machito.

Del siglo de las luces para acá llegamos a creernos que había triunfado la razón, de hecho la ciencia nos deslumbró porque nos salvaba la vida, la hacía más cómoda y la alargaba, porque nos mostró que lo que veíamos no era más que un pequeño trampantojo, bullían billones de seres diminutos en una gota de agua, en una hebra de tierra o en un pellizco de aire y había más estrellas en el cielo que granos de arena en el mar. Era lógico pensar que la inteligencia había venido para quedarse y que los ignorantes dejarían de ser ilustres. Craso error.

La prueba de que los ignorantes seguían mandando es que durante el siglo XIX se sucedieron, al menos, 85 guerras, algunas tan llamativas como la guerra del cerdo o la guerra del opio; en el XX acaecieron más de 131, entre ellas las dos guerras mundiales. Es verdad que después de la segunda gran guerra se consolidaron las democracias en occidente y se extendió el conocimiento, dando lugar a un progreso social y económico sin parangón en la historia del homo Sapiens. Hubo unos años, pocos, en la segunda mitad del pasado siglo en que el paradigma de cualquier sociedad avanzada, aquello que querían los padres para sus hijos, se resumía en los valores que encarnaba el binomio libertad-educación; incluso, se depreciaba la burricie, la torpeza y la estupidez, se abominaba del trabajo mal hecho y se consideraban como virtudes teologales: el esfuerzo, el estudio y el rigor.

Parecía que los ilustres ignorantes habían perdido la fuerza punitiva de la religión con la que amedrentaban a los simples ignorantes para mantenernos en el redil. Parecía que también habían perdido el poder hipnótico de la guerra, contra supuestos agravios de  enemigos exteriores, porque el común estaba harto de ser siempre carne de cañón mientras los ilustres ignorantes seguían en sus palacios rodeados de púrpura y de oro.  Era lógico pensar que la ignorancia, de nuevo, estaba de capa caída. Craso error.

Se masificó la educación, se bajó el rasero hasta la indigencia cultural y, los pseudopedagogos nos explicaron que, para no traumar a los niños, había que educarles en el lema: “Tú vales mucho”. Después llegó la televisión, ese artefacto de destrucción masiva de inteligencia que aquí abandera Tele 5, a ejemplificar que la ignorancia cuanto más supina y gritona más fama te aporta. De remate vinieron las redes donde cualquier mindundi escribe dos frases inconexas y se cree un Platón redivivo, aunque ignore quién fue el ilustre filósofo. Quiere decirse que, bruscamente, ha cambiado el paradigma: Si gozas de cierta fama por ser hijo de o haberte acostado con y, además, eres vago y maleante te contratan en Supervivientes y te forras. Mientras que, en el mejor de los casos, con estudio, esfuerzo y conocimiento conseguirás trabajo de mileurista en un laboratorio haciendo pruebas PCR o, puede que llegues a ser médico internista para salvar vidas en una UCI jugándote la tuya por mil doscientos Euros al mes.

Así que estamos viviendo la revolución de los necios cuyo lema tácito sería similar a: “Viva la indolencia, la burricie y el griterío”. Ha llegado la revolución de los necios para que los ilustres ignorantes como Trump, Bolsonaro, Johnson o Ayuso se perpetúen en el poder. Ya no tienen una religión para amedrentar, tampoco una bandera, les basta con fomentar la envidia: Si una acémila como yo ha llegado a ser el amo del mundo, cualquier acémila como tú se lo puede comer.

Me recuerda al lema que acuñaron los absolutistas españoles en 1814, al grito de ¡Vivan las cadenas! El pueblo ignorante y bruto que recibía a Fernando VII desenganchó los caballos que tiraban de la carroza real y, como auténticas acémilas, se uncieron a las varas y tiraron de ella. Nada dicen las crónicas de si también se calzaron el atalaje con sus arreos de cuero y sus guarniciones de metal bruñido. Lo que sí cuenta la historia es que el rey felón, uno de los más ilustre ignorantes de los muchos que hemos sufrido, abolió la libertad y la inteligencia.

        J. Carlos

 

 

Tatuaje y Escalera de humo

                                                             Tatuaje

Teresa dirige un hospital en el Estado de Borno, en Nigeria. No sé cómo consigue ir siempre impecable en medio de toda esta miseria con su toca y hábitos blancos como recién planchados. La primera vez que operamos juntos observé, cuando se quitó el anillo para lavarse las manos, que tenía tatuada una cifra en el dedo anular. Una monja tatuada era muy sorprendente, aún así, aguanté mi curiosidad durante treinta días. Fue la noche de mi despedida, después de trasegar unas cervezas y de bailar al ritmo de los bongos, que me atreví a preguntarle sobre el tatuaje. Dudó un poco, pero acostumbrada al regateo me miró con sus grandes ojos negros y ofertó: quédate un mes más hasta que manden a otro médico y te lo cuento. He gastado aquí mis vacaciones, alegué, no puedo también perder mi trabajo pero puedo llamar a Madrid y decir que me retraso una semana, ¿qué te parece? Terminó aceptando a regañadientes. Eso sí, tuve que cumplir primero la semana de trabajo. La última noche, la de la despedida definitiva, me lo contó: Era un día de abril, ventoso, el cielo tenía jirones de nubes, estaba sentada leyendo en un banco del parque y me asusté cuando apareció Mario sin resuello, muy nervioso, señalaba con la mano el firmamento. Mira, mira, decía, hay escrita una palabra en la nubes; bueno, está un poco torcida. Ves la a y la eme y la o, aquel rabo de nube ya casi no parece una erre porque se ha diluido, pero hace un momento era una erre perfecta. Es verdad dije, qué curioso, pone amor. Mario no dijo más. Nos quedamos quietos de pie, mirando como el viento borraba las letras. Al poco destinaron a mi padre a Bruselas y aunque mantuvimos correspondencia durante un tiempo nunca volvimos a vernos. En ese punto Teresa se quedó muda con la misma sonrisa dulce con que atiende a sus pacientes. ¿Qué tiene que ver una palabra escrita en una nube con el tatuaje?, pregunté. Verás, prosiguió, yo estudié medicina y me metí monja. Él es ingeniero informático en Barcelona, se casó y creo que tiene dos hijos. Hace un tiempo recibí una carta suya en la que me contaba que se pasó diez años hablando con físicos, matemáticos y meteorólogos para crear un algoritmo informático que calculara el tiempo que tenía que transcurrir para que se diera otra vez el fenómeno que vimos juntos. El resultado fue de dos millones doscientos sesenta y cuatro mil treinta y dos años. En ese punto, Teresa se quitó el anillo y giró la mano en alto con los dedos separados para que leyera la cifra tatuada en su dedo anular. Volvió a su mutismo y su sonrisa beatífica, hube de sacarla de nuevo de su ensimismamiento. ¿Y eso es todo? No, no es todo, en la carta Mario contaba que después añadió al algoritmo dos nuevas condiciones: que el fenómeno se diera durante el día y que estuvieran mirando al cielo en ese momento dos personas que se amaban. El ordenador concluyó, al parecer, que se podría dar una vez en toda la edad del universo. Entonces, prosiguió la monja, compré un anillo, no es cuestión de que en el convento o en el obispado vean el tatuaje,  y sobre la marca que dejaba en la piel me hice tatuar esa cifra porque cuando sea viejita y no la tenga en mi  memoria quiero tenerla a la vista. ¿Y no había un remite?, pregunté. Claro, respondió. Después de leer la carta la volví a meter en el sobre y, a la puesta de sol, fui hasta el río, me acuclillé en su orilla y lo rasgué en cuatro trocitos que sostuve sobre el cuenco de mis manos. Luego los sople sobre la superficie del agua y permanecí en esa posición mirando cómo navegaban hasta que las sombras diluyeron los pedacitos blancos, al igual que el viento había diluido aquellas cuatro letras escritas en las nubes un día de abril de hace veintidós años.

                                                  Escalera de humo

En casa no nos dejan fumar nuestras respectivas parejas. Somos vecinos y después de cenar salimos al zaguán de la escalera y abrimos el ventanuco. Bueno, yo no fumo, dejé de fumar hace más de un año. Ella tampoco. Por si acaso, siempre encendemos un cigarro que dejamos consumir entre los dedos.

        J. Carlos

Policía de balcón y Víctima y verdugo

                                           

                                                  Policía de balcón

El confinamiento por la pandemia ha descubierto en algunos la vocación de policía. Un vecino ha puesto en la terraza de su casa una cámara para vigilar el movimiento entre los seis edificios que enmarcan una corrala ajardinada que se abre a cuatro calles por sus esquinas. Lo sube a Youtube cada día para que queden en evidencia quienes pasean al perro cuatro veces al día, los que van a la compra por la mañana y por la tarde o, aquellos que necesitan ir a la farmacia con excesiva asiduidad. A veces aparece en pantalla algún encapuchado que hace una peineta y, de noche, cuando se diluyen las imágenes a la luz anaranjada de las farolas, hay uno que se baja los pantalones y enseña las medias lunas de sus nalgas. Los sábados, de anochecida, bajan dos viejecitos, cada uno de un portal distinto, para encontrarse debajo del magnolio. Él se quita el sombrero de fieltro y cuelga el bastón con empuñadora de plata del brazo izquierdo mientras ella se baja la mascarilla hasta el cuello de encaje blanco. Él, muy tieso en su traje Príncipe de Gales al que le sobran dos tallas, la besa en la frente. Ella, con un vestido estampado, le corresponde en el pómulo. Hablan por diez minutos como dos colegiales. Antes de despedirse se cogen las manos, después se enguantan, repiten los besos y se enmascaran. Ella se cuelga de su brazo y caminan muy erguidos hasta el portal. Allí se despiden. El viejecito queda expectante mientras ella abre la puerta con llave, le ayuda a empujarla y espera a que entre. Todavía permanece mirando, a través del cristal, unos instantes. Cuando se apaga la luz del portal se pone el sombrero, toma el bastón que todavía descansa en su brazo y se va a pasitos cortos, renqueantes, como si sus piernas se hubieran entumecido de repente.

                                               Víctima y verdugo

Supe que el tío Pedro, ya anciano, volvió a España. Le había ido bien. Se instaló en una residencia geriátrica muy cara. Conseguí trabajo de cuidadora y que me asignaran su planta. Me presenté, le hablé de la habitación de mi niñez que tenía las paredes decoradas de papel granate con fuentes, árboles y ninfas, de la cunita donde dormía la muñeca Luci y de mi cama con dosel de madera del que colgaba un velo de tul blanco como de novia. No me reconoció o no quiso reconocerme. Sólo cuando le mostré una foto sentada en las piernas de mamá mientras me hacía las trenzas se le espantaron los ojos y su cuerpo se derrumbó sobre sí mismo empequeñeciéndolo, pero enseguida crispó las manos sobre el reposabrazos, hinchó el pecho y apretó los labios para evitar que saliera un reconocimiento o un perdón de su boca. Diariamente lo duché, cambié y ordené sus medicamentos en el pastillero. A la tarde empujaba su silla de ruedas por el jardín. Fue palideciendo día a día, se negaba a tomar las pastillas y apenas probaba bocado, hasta el agua le olía a almendras amargas. No hice nada especial, me limité a colgar en la corchera de su habitación una hoja con veintidós días, los mismos que, según mi madre, permaneció el tío Pedro en nuestra casa aquel verano en que yo cumplí los siete años. Después de acostarle tachaba el día con un rotulador rojo y le contaba al oído, muy despacio, los días que le quedaban de vida. Dos días antes de agotarse el calendario lo hospitalizaron con el diagnóstico de anemia severa. Renuncié a mi trabajo en la residencia y me fui de la ciudad. Ignoro su suerte. De sobra sé que el cáncer del odio es inmune al paliativo de la venganza y, que los amargos recuerdos de aquel verano de mi niñez sólo morirán cuando el Alzheimer prematuro que me han diagnosticado progrese adecuadamente.

        J. Carlos

Intuición

 

La intuición es la percepción íntima e instantánea de una idea o una verdad que aparece como evidente. Por eso nuestros ancestros, que percibían la indefinida llanura de la tierra que pisaban, intuyeron que el planeta había de ser plano. Después vino la ciencia a despegar nuestros pies de la tierra y, con la nueva perspectiva, conocimos que la planicie que intuíamos era una esfera. Todavía me recuerdo de adolescente componiendo un poema encendido de besos en un cuaderno de los de espiral, en una mesa de color miel del aula del colegio. Después bajé al patio, antes de concluirlo, y me senté en el suelo a leer a Isaac Asimov. Me desgració el poema cuando leí que, en realidad, no podría tocar nunca al objeto de mis desvelos porque nuestros electrones se repelían. Subí al aula, arranqué la hoja del cuaderno y la eché a volar en pedacitos. Años más tarde, leyendo a Bill Bryson aprendí que la parte externa de la epidermis son células muertas: “Allí donde los cuerpos se encuentran con el aire todos somos cadáveres”. Quiere decirse que las pieles que palpitaron bajo las yemas de mis dedos o al calor de los gajos de mis labios eran naturalezas muertas. Por eso te digo que, a veces, es preferible engañarse con intuiciones. También aprendí que apenas el diez por ciento de lo que percibimos es utilizado por nuestras neuronas para componer el mundo que vemos, el resto es recreación. Es más, nuestro cerebro nos muestra la realidad antes de tiempo, un quinto de segundo. Lo hace por nuestro bien porque es el tiempo que tarda en procesar la información, por eso  frenamos a tiempo de evitar un accidente, por eso también dos guitarristas tocando a dúo son capaces de acompasarse aunque sus dedos ejecuten las notas más rápido de lo que sus cerebros tardan en procesarlas. En suma, la intuición es la percepción de una evidencia vista desde una determinada perspectiva. Lo difícil no es cambiar la intuición, lo difícil es cambiar la perspectiva. Estoy seguro de que si le pagas un viaje a la estación espacial a los terraplanistas se les acaba la tontería. El problema es que los prejuicios religiosos, ideológicos, incluso, científicos nos impiden levantar los pies del suelo y analizar las cosas desde otro punto de vista. Ya señaló Albert Einstein que, “es más difícil desintegrar un átomo que un prejuicio”.

El confinamiento ha puesto al descubierto que en España somos muy intuitivos. De hecho tenemos evidencias incontestables: Sabíamos el día exacto en que llegaba la pandemia, cuándo confinar al país y en qué medida poner en coma la economía. Somos expertos epidemiólogos, virólogos y sabemos que los PCRs crecen como setas en el campo y se analizan en laboratorios que florecen en cualquier esquina. Nos manejamos en el mercado chino de EPIs y mascarillas con la misma soltura que en el Mercadona del barrio. Somos expertos estrategas en escaladas y desescaladas. Y, menos mal que no retransmiten por televisión las operaciones médicas, sino discutiríamos desde las maniobras de intubación hasta la presión del respirador de cada paciente.

Nuestra clase política intuye que no hay mejor momento histórico que una desgracia nacional para fomentar el odio cainita que le renta una cosecha de votos. Así los cachorros del franquismo han pasado del “gobierno está creando un alarmismo perjudicial” a “fuimos los primeros en alertar del virus” y “el gobierno es criminal y practica la eugenesia”. O la Presidenta Ayuso que ahora nos explica que, cuando dijo aquello de: “lo más peligroso es el miedo más que el propio virus que deja síntomas menores que una simple gripe”, estaba abducida por la izquierda comunista bolivariana. Nuestros tertulianos más conspicuos han pasado por todas las fases histérico-paranoicas de Spiriman, el médico a tiempo parcial del hospital de Granada, cuyos bandazos van desde afirmar que el “coronavirus es una gripe de pacotilla”, a exclamar: “hay que quemar al gobierno porque nos dijo que era una simple gripe”; del “están todos histéricos” al “vamos a morir todos” pasó sin despeinarse; también cruzó el Rubicón cuando escribió: “sólo un indeseable se saltaría el confinamiento” y, al poco: “sólo un gallina se quedaría en casa”. El gobierno también tiene evidencias irrefutables por eso sólo se escucha a sí mismo con un autismo digno de sillón de psiquiatra; para tapar sus errores nos deleita con uno o dos Aló Presidente a la semana, donde derrocha menos empatía que un presidente del Ibex dirigiéndose a sus mayordomos, y todo para explicarnos de forma reiterativa cuándo y en qué fase pueden salir a mear los perros caniche. Y la oposición, que ha evidenciado del olor a sangre política, es incapaz de ejercer su función de crítica al gobierno, se limita a quejarse porque con 120 muertos al día llegamos tarde al confinamiento, pero con 300 cadáveres diarios hay que desconfinar ya, esto es, se comporta como la gata flora, si se la meten chilla y si se la sacan llora; por eso, en la mayor crisis nacional después de la guerra civil, sólo se le conocen dos propuestas: anotar todos los muertos en la morgue del gobierno arropados en banderas rojigualdas con crespones negros, y que nos vistamos todos de sepultureros.

Como las intuiciones son vicarias de la perspectiva y ésta, a su vez, es cautiva de los prejuicios es muy fácil saber desde que posición percibimos nuestras evidencias: O el maldito virus se propagó por los ciento veinte mil huéspedes que asistieron a la manifestación del 8 de marzo en las calles o, el contagio se extendió como la pólvora entre los dos millones largos que viajaron en el metro de Madrid, y el más del millón de personas que lo hicieron en autobús, el lunes siguiente y el martes y el miércoles y el jueves y el viernes, cuando viajaban hacinados en vagones donde bocas y narices se distanciaban diez centímetros. O, puede que el coronavirus tenga su propia ideología y desprecie como vectores de contagio los bares, restaurantes, fábricas, oficinas, campos de fútbol o iglesias.

Se entiende mejor lo de los prejuicios si te imaginas una jugada polémica, pongamos un penalti dudoso que pitan al Madrid jugando contra el Barcelona.  Para el hincha del Madrid estará bien pitado, para el equipo contrario será un apaño conspirativo centralista para beneficiar al Madrid. Propongo que tomemos a un hooligan de cada equipo que no hayan presenciado el partido ni sepan nada de su desarrollo. Después les proyectaremos las imágenes del mismo lance, con la salvedad de que sustituimos virtualmente a los jugadores del Madrid por los de Barcelona y viceversa. Me apuesto lo que quieras a que ahora cambian las tornas, el del Barcelona considerará bien pitado el penalti, mientras que el del Madrid se quejará de que el independentismo tiene mucho poder en el mundo arbitral.

Sí, en España somos muy intuitivos. Rompemos antes la crisma ajena que un prejuicio propio. Empatizamos mejor con un perro que con un compatriota y la humildad la consideramos una virtud de cobardes. Goya, en sus pinturas negras, dejó constancia de cuál es nuestra perspectiva y Machado lo ratificó por escrito: “En España, por cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”.

  J. Carlos