Archivo mensual: octubre 2020

El huevo y la gallina.

Ayer estuvimos de cementerios. Estaba el tiempo desapacible y tan áspero como este año 2020 que, desde marzo, nos tiene con el sosiego encogido y la paz perturbada. Es un año viejo ya, desportillado como las tazas del juego de café de la abuela que yacían colgadas de sus asas en el vasar del comedor de casa, tenían un color caramelo vidriado y un hilito dorado en el canto y en el pie. En el trayecto, las rachas de viento doblaban las hebras de lluvia que se estampaban contra el morro del coche como se estampan los insectos en verano. Moverse por carretera tiene el aliciente de que tú sales al encuentro del fenómeno meteorológico, no viene a ti como cuando permaneces estático. Atravesamos páramos de luz que, enseguida, dejábamos atrás para rasgar los jirones de niebla que opacaban el paisaje y franqueamos diluvios repentinos que rebotaban en la chapa del coche y velaban el vidrio del parabrisas. Estaba Salamanca recién lavada por la lluvia y sus edificios de piedra franca lucían el amarillo de la cantera y la herrumbre casi rosada del óxido del tiempo. Estaba Salamanca vacía como lo estaba Zamora como lo estaba Bustillo, mi pueblo. Daba una sensación de tiempo muerto y de espacios crecidos porque las ausencias hinchan el espacio hasta deformarlo y las calles, tan sin nadie, se estiraban hasta el horizonte, fantasmagóricas, como en los sueños. A la entrada del cementerio de San Carlos Borromeo había dos dispensadores de gel hidroalcohólico. Sería, pensé, para no infectar a los muertos. A la salida no había ninguno. Deduje que los muertos no contagian.

Es un ritual. Por estas fechas visitamos cuatro tumbas en tres lugares distintos para baldear unos cubos de agua sobre las sepulturas de granito y de mármol, cepillar las junturas para que el musgo no se coma la piedra y cambiar las flores de plástico descoloridas de los soles de un año. Acabamos con un breve responso que entona mi mujer y yo susurro como un eco. Todavía me acuerdo de las oraciones que aprendí de niño y de los partidos judiciales de cada provincia, pero no me preguntes sobre los versos del poema que leí ayer. Es verdad que mi concepción de la vida no se compadece con estos rituales, pienso que nuestros seres queridos no están bajo esas losas que guardan todavía la mayor parte de los átomos, en forma de polvo o ceniza, que constituyeron sus cuerpos; lo único que queda de ellos está en nuestros recuerdos y permanecerán mientras tengamos vida o, mejor dicho, mientras no se nos desgaste del todo la memoria. La acompaño con gusto porque aquellos que viven en mis recuerdos me enseñaron a querer, a respetar los credos de cada quien y a practicar la empatía.

En Toro, la luz mortecina y la lluvia sacaban el color blanco pajizo de la piedra caliza y el color rojo de la piedra arenisca de la Colegiata Santa María la Mayor. Hubo un momento que, contrapunteada por la pátina cenicienta del firmamento, sobrecogía su belleza sobrenatural. Esa imagen vivirá también en mi recuerdo, y por si se me quiebra antes la memoria que la vida, la congelé en una foto. A la vuelta, amainó el viento mientras agonizaba el día, el coche creaba un túnel de luz que alcanzaba los contornos de la carretera y dejaba el paisaje en un borrón de sombras. Afuera seguía el tiempo áspero, tiempo de difuntos y de calles silenciosas y vacías como cementerios. Dentro me amodorraba el runrún del motor, el silbo de los neumáticos drenando el agua del asfalto y la temperatura ideal del habitáculo. Para espantar el sueño desaparqué esa reflexión que siempre eludo sobre la vida y la muerte mientras conducía como un autómata. Estuve de acuerdo con lo que afirma Arsuaga en “La vida contada por un Sapiens a un Neandertal” que, en el dilema del huevo y la gallina el huevo precede a la gallina porque los genes utilizan el cuerpo del ave como un simple medio de transporte, al igual que el cuerpo humano no es más que un receptáculo para transmitir los genes a nuestra descendencia. Vamos, que nos creíamos el vino y no somos más que la copa que lo trasiega. Pero fui más allá en mi desvarío y me pregunté: ¿Y si el universo nos utiliza como meros receptáculos para reproducirse como utiliza el huevo a la gallina? En esa hipótesis la vida y la supervivencia serían una treta del universo para la consecución de una inteligencia capaz de desentrañar sus misterios. De modo que, antes de que la inflación del espacio deje al cosmos tan vacío y con su energía tan dispersa que se congele el tiempo, habrá una inteligencia que lo volverá a encender.

Entonces, el universo resurgirá de sus pavesas y tú y yo volveremos a ser polvo de estrellas.