Archivo mensual: abril 2011

Realezas

Realezas

En el momento que tecleo estas líneas está haciendo su entrada en la Abadía de Westminster la reina Isabel II, con traje, abrigo y pamela de un amarillo limón que hacen juego con la casulla del arzobispo que la recibe y con la mitra de los obispos que le secundan. Las trompetas ahogan el repicar de las campanas durante el besamanos. Comienza la hoguera de las vanidades para hornear cuatro horas de superproducción a todo color y transmitirla por los canales de televisión y por las redes sociales urbi et orbi. Se calcula que estaremos viendo el acontecimiento más de dos mil millones de personas. Una fruslería, la tercera parte de la humanidad que epidemia el planeta.

Los contrayentes son un nieto de la señora vestida de amarillo limón y una chica de clase media venida a más. Él se llama Guillermo, es el primogénito de la mítica Lady Di, aquella santa hembra que tantas horas de gloria dio al papel couché y a las televisiones rosáceas; el chico trabaja para las Fuerzas Armadas de Su Majestad como piloto de helicópteros de rescate. Ella es Catalina que estudió en colegios privados y en la universidad de St. Andrews, donde coincidió con su prometido -sólo una selecta élite que apenas alcanza el 7% de los súbditos de Su Majestad alcanzan el privilegio de estudiar en instituciones privadas-; la chica llegó a trabajar una temporada para la firma de ropa Jigsaw, después se dedicó a sus labores, esto es, esperar a que sea ungida allá por el 2040 por la vía del meato, parafraseando a mi buen amigo Elías.

Desde que los franceses, tan sanguinarios ellos, pasaron por la guillotina en 1793 las testa coronadas de Luís XVI y su señora esposa María Antonieta, las casas que regentan monarquías por derecho divino, van menguando y se tientan sus nobles posaderas cuando los súbditos reales ponen en tela de juicio sus abundantes privilegios. Se atribuye al rey Faruk de Egipto, destronado en 1952, la frase que pronunció en su exilio dorado de la Costa Azul: “En 25 años en Europa no habrá más reyes que los de la baraja y el británico”. Parece que se equivocó con largueza. Perduran y con buena salud, a este lado de occidente, además de la corona británica, las de Suecia, Holanda, Dinamarca, Bélgica y España. Está por ver que el cataclismo árabe no se lleve por delante algún turbante coronado y forrado de petrodólares.

Pasan diecisiete minutos de las doce del mediodía: “Yo, Catherine Elizabeth, te tomo a ti, William Arthur Philip Louis, a mi legítimo esposo…” Una frase que cuesta treinta y dos millones de euros. Cantidad que puesta en relación con la rentabilidad publicitaria para las Islas británicas supone, seguramente, la mejor inversión de su historia, si descontamos el pirateo financiero de la City que tiene patente de corso, como es bien sabido.

Al socaire de este acontecimiento planetario, se me ocurre plantearte que reflexionemos juntos, que ya es pretensión estúpida por mi parte, acerca de las bondades de esta institución basada en el derecho divino, y por consiguiente, conculca los principios básicos de la democracia, goza de privilegios que casan mal con el concepto de ciudadanía y se está convirtiendo en el exponente básico de una feria de las vanidades con su correlato de inanidad. A pesar de ello, es justo reconocer que, aunque sin sustento democrático alguno por más que reinen bajo constituciones democráticas, mantienen una serie de valores que por la fuerza de los hechos les hacen todavía hoy posibles, a saber:

-Su antónimo, la República, resulta, por una parte, más costosa, sólo sea por los gastos electorales cada cuatro o cinco años. El elegido lo suele ser por un partido político, en consecuencia, obrará siempre bajo el directorio y la ideología de dicho partido y no ejercerá la labor de árbitro que se le exige a un Jefe de estado. Y puestos a corromperse no hay diferencias porque el color de la sangre, sea azul, sea roja, no hace perder su naturaleza humana con sus defectos y sus virtudes.

-Será porque el cargo monárquico es vitalicio, será porque las casas reales aplican el principio hoy por ti y mañana por mí, será por el glamour, la envidia y el poder que emana del oropel de sus privilegios, lo cierto es que suelen ser unos consumados relaciones públicas y hacen un trabajo extraordinario en el ámbito de las relaciones exteriores, al fin y al cabo muchos Jefes de los estados europeos están emparentados.

-El pedestal en el que levitan unos centímetros por encima de sus súbditos les arroga una cierta distinción para el ejemplo, para impulsar las artes, la cultura, las ayudas humanitarias, etc.

-Por la cuenta que les trae cuando las cosas se ponen feas, ejercen de buenos componedores ante Gobierno y oposición especialmente si sus miembros se dan de patadas en nuestro culo de ciudadanos; así que se les supone una cierta capacidad de arbitraje.

-Es ridículo, pero no cabe duda de que, las testas coronadas con sus ceremonias de coronación, sus bodas, bautizos y otros eventos, construyen un abanico de imágenes que venden la marca de su país en el mundo, tanto más que los eventos deportivos, artísticos o culturales. Además, el estar bien comidos y bebidos y poco trabajados durante siglos, unido a los suntuosos vestidos que lucen, gracias a nuestros impuestos, hace que tengan una entalladura excelente que en esta sociedad un poco boba, también vende.

-Paradójicamente la oposición cada vez más encendida a esta vieja institución les está acercando más a la sociedad, se casan con plebeyas, estudian carreras universitarias, trabajan bastante aunque parezca lo contrario, multiplican los actos multitudinarios, se mezclan con la plebe en la medida de lo posible y suelen tener la virtud de la discreción.

-Además, ¿te imaginas de Presidente de la República a Aznar, viviendo en el Palacio de la Zarzuela con su consorte Botella? Qué digo la Zarzuela, se trasladarían de inmediato al Palacio Real ¡Qué horror!

Tenemos al único rey que se jugó su corona por desactivar un golpe contra la democracia. Ha vendido y vende la marca España mucho mejor que la caterva de políticos que hemos tenido y tenemos, algunos de los cuales, como el susodicho Aznar, cada vez que mueve el bigote por esos mundos de dios denigra a España como “gran patriota que es”. Juan Carlos I casó a su hijo Felipe, a la fuerza ahorcan, con una plebeya, Letizia, que le ha enseñado lo que vale un peine y una barra de pan, le ha mostrado otros ambientes distintos a los pijobobos por lo que se movía, le ha doctorado en hablar en público y en relacionarse con los medios. En fin que le ha bajado a él y a toda la familia real unos milímetros del pedestal. Bienvenida, pues. Te digo esto porque objetivamente la monarquía me parece una institución obsoleta y sin sustento democrático, pero en la práctica espero que dure. Recuerdas aquello de que Dios escribe derecho con renglones torcidos, pues eso. Me parece que su labor de árbitro, de vendedor por el mundo de la marca España, de moderador en esta difícil encrucijada autonómica-federal, su sentido de estado, de saber estar por encima de los intereses partidarios…, prima sobre la obsolescencia y la aberración intelectual que supone que por nacer en una determinada familia eres el Jefe de un estado democrático. Están para durar, a poco que sepan respetar y respetarse y vayan soltando lastre de privilegios por la borda. Ya ves, contradicciones que tiene uno. Pero cada vez estoy más convencido de lo dicho, tanto más cuanto determinada prensa, bastante sospechosa, lleva años tirándole a dar por ver si le vuela la corona. Y siempre sigo la máxima de aquel cabo en la mili: “Ahí hay una colilla, luego han fumado”.

Siempre cabe otra opción: Buscar una familia al azar y alimentar a su vástago/a con royalactina, crecerá mucho más alto y fuerte, no porque tengan más células, sino porque éstas serán más grandes; y si es mujer tendrá unos ovarios de categoría y podrá parir muchos más hijos. Cuando sea mayor lo/a coronamos y resuelto el problema intelectual-moral-democrático. No sé si has leído que Masaki Kamakura del Centro de Investigación de Biotecnología de Toyoma (Japón) ha descubierto que en la jalea real abunda una proteína llamada royalactina que promueve una hormona esencial para el desarrollo de la abeja reina. Para convertir a una larva obrera –plebeya- en abeja reina no basta con alimentarla con jalea real, es necesario que esa jalea tenga una cantidad abundante y fresca de esa proteína. Y ya tenemos rey o reina. Tanto monta, monta tanto. Con unos ovarios comme el faut si es hembra y, si es macho, supongo, aunque esto había que preguntárselo a Kamakura, con unos cojones como el caballo de Espartero.

J. Carlos

Tarde de toros

TARDE DE TOROS

 Sebastián Santomera, alias El Sebas, el maestro de Fuentes del Carrizal, se mira en el espejo ovalado de la habitación del hotel, tira de los bajos de la chaquetilla con una mano y con la otra acaricia alamares y caireles; ensaya una sonrisa para espantar el miedo mientras con ambas manos se cala la montera, cuarto de vuelta a la derecha, cuarto de vuelta a la izquierda. Luego recoge de la mesilla la estampa de la Virgen del Carmen y la foto de su hija Esmeralda corriendo junto a una gacela, y se las guarda dentro de la camisa. En la pared, láminas de lidia en marcos de plata y sobre el edredón de la cama con dosel de hierro el capote abierto en abanico. Le acompaña su cuadrilla ya vestida de luces; dos sentados en los sillones de orejeras hablan en voz baja, se ciñen los machos y aprietan los nudos de los corbatines verdes; el otro, de pie, atiende al maestro.

―Aprieta más el fajín y ajústame la taleguilla.

―Maestro, te queda que ni pintao.

Es el momento de los abrazos deseando suerte al maestro que es la suerte de todos. Los estómagos flotan cuando las mejillas se juntan y los brazos se doblan en la espalda, los ojos se miran en lo hondo donde anida el miedo y las bocas necesitan un último trago para disolver la sal que produce el vértigo. Levantan las copas:

―Suerte  maestro.

Entra el mozo de espadas, en la mano un paquete atado con una cinta que lleva los colores de la bandera de España.

―Maestro, es la hora.

―¿Y ese paquete? ―pregunta Amador, el veterano de la cuadrilla, al que apodan el Talavante de Arganda.

―Lo ha entregado en recepción una rubia con más curvas que la carretera de mi pueblo.

―Ábrelo ―manda el maestro.

Deshace el nudo con suavidad y deja caer la cinta, después desgarra el papel dorado que envuelve la caja de cartón y la abre. Mal presagio. A todos se les ensombrece el ánimo. El maestro se acerca con el perfil endurecido, extrae con mimo como si fuera de cristal, la pieza de piel canela y blanca y la extiende encima del capote. Manda salir a su gente.

―¿Será mal nacío? Por éstas que es cosa del puto mayoral ―dice Amador ya en el pasillo llevándose a los labios los dedos índice y pulgar y retirándolos con un chasquido― Venga un cigarrillo rubio.

El que le ofrece el paquete de Winston es el mozo de espadas, Remigio Bejarano,  que aprendió el oficio de sastre y le cose los trajes al maestro y, cuando se tercia, le hace de mozo de espadas. Es el único que está perplejo porque después de abrir aquella caja se les ha quedado cara de funeral. Al tiempo que le da lumbre a Amador con su encendedor Zippo, le acerca la boca al oído en confidencia:

―Oye Amador, dame algo de hilo para pespuntear esta historia.

Amador, con la espalda sobre la pared y la rodilla flexionada, levanta la vista al techo y expele círculos de humo que se deshacen antes de llegar al estuco blanco.

―Unos días después de morir su mujer en un accidente de avión volviendo de Marruecos, se recibió una cría de gacela dama que aquella había comprado como regalo para  su hija Esmeralda  ―Amador hace un alto se lleva el cigarro a la boca y aspira profundamente―­ Ya sabes que el maestro es duro como el pedernal, pero aquel año se nos amariconó, no toreamos más de veinte corridas. ―en ese punto Amador se caló la montera y se quedó en silencio sin despegar los ojos del techo.

―Si no me das más hilo esto va a quedar más descosío que la boca de mi suegra. ―Le azuzó Remigio para sacarlo de su ensimismamiento.

―Es que es largo de contar y tú pareces una portera sonsacando ―contestó Amador― El maestro, como era el regalo de su difunta a la niña Esmeralda, le tomó mucho cariño al bicho. No te digo más que a un morlaco de casi quinientos kilos, negro bragao, le pegó un tiro y lo dejó en el sitio porque empitonó a la gacela; nada, unos rasguños.

―¿Y…? ―pregunta Remigio― Dame ya los botones para cerrar el cuento.

―Pues verás ―prosigue Amador― esta primavera, como un mes después de lo que pasó con el mayoral, la gacela desapareció y desde entonces el maestro anda de muy mal norte. Creo que llueve sobre mojao. Y es que, poco antes de desparecer el animal, el mayoral, un morenazo con buenas hechuras de San Fernando, dejó preñá a la Esmeralda y el maestro le clavó un estoque en el pie derecho. Vamos que lo dejó cojitranco. Cuentan que el zagal se llevó un buen pico por mantener cerrada la boca y desaparecer. La niña, como habrás visto en la prensa rosa, ya no tiene bulto.

Faltan tres cuartos para las siete, por fin, sale el maestro, trae el gesto avinagrado. En el hall del hotel la luz de la araña de veinte velas refleja irisaciones en su cabello castaño. La gente se arrima a los flancos y aplaude. Es un ensayo de paseíllo, cabeza erguida, mirada prendida en un punto, al fondo, y los labios apretados; ciñe el capote con el brazo izquierdo, el otro doblado como en una reverencia. Las lentejuelas refulgen en el traje tabaco y blanco. “Bravo”. “Torero”. “Guapo”.

No hay más de cinco metros desde la puerta del hotel hasta el coche, pero se gastan tres minutos en palmadas, autógrafos, fotografías, sobos y gritos adolescentes: “Olé, olé, y guapo, guapo”

―Manuel dale caña que vamos apurados de tiempo ―manda el maestro al conductor.

Una señora discute con el vendedor de la Once: “Te digo que es Morante de la Puebla que lo he visto yo”.

Dentro del Mercedes sólo se oye el rumor del motor y el siseo del aire acondicionado. A cada semáforo se achican las vísceras y las sienes palpitan con los latidos como si los cerebros fueran entes distintos de los cuerpos y respiraran. Hay muros de automóviles a ambos lados que avanzan como hormigas; más allá, en las aceras, riadas de gente bajan hacia la plaza. Los de la cuadrilla, atrás, levantan cada tanto sus muñecas para consultar la hora, inspiran hondo y aflojan los corbatines. Las bocas secas, con las lenguas buscan restos de saliva para humedecer los labios. No hay espantajo para el miedo.

El maestro viaja delante, tenso como cuerda de guitarra, muerde el capote y tiene la mirada presa en una brizna de polvo del salpicadero, sin embargo, mantiene el corazón a raya, cincuenta pulsaciones. Él sí tiene espantajo para el miedo, la ira y la rabia. Su mente viaja siete años atrás para recordar a su niña Esmeralda con aquella cría de gacela de piel marrón y blanca, a la que se le desmadejaban las patas en el suelo de mármol de la cocina, y  aquel el olor a leche de sus manos que el animal derramaba con ansia del biberón. Levanta la vista, en el coche delantero dos niñas vueltas hacia atrás le hacen gestos con la boca. La mayor se parece a Esmeralda y el cerebro se recrea en otra escena de hierba y de sol: su niña está corriendo en el prado tras la “chivita” como ella la llamaba, ambas caen y el vestido blanco de la niña se mancha de verdín.

Para entrar en la plaza otro paseíllo, fotos, sobeteos, palmadas, besos que llegan por el aire. Una chica alta, con la cara picada de acné y el cabello rubio hasta la cintura, les tira pétalos de rosa.

―Amador, que no se acerque ese hijo de puta que le meto la espada hasta el corvejón ―le susurra el maestro, al tiempo que le señala al antiguo mayoral con traje de lino blanco, que camina cojeando diez pasos por delante y les saluda tocándose el ala del sombrero.

Le han tocado en suerte el segundo y el cuarto.

A la puerta de toriles recibe al bicho cárdeno salpicado, a porta gayola. El toro sale de la oscuridad enfurecido y desorientado, entra al trapo limpiamente y la plaza se viene arriba. Saca de la caja de su magia unas serpentinas y unos revoleros ajustados y pone al animal en suerte para el caballo.

―Afloja la puya Manuel que me lo dejas sin fuelle.

Suenan los metales. Los subalternos sacan con sus capotes al toro de los pies del caballo, mientras el maestro deja su defensa para recoger un par de banderillas.

Camina de espaldas al cárdeno mirando por el rabillo del ojo. Lo cita con los brazos en alto. ¡Eh!, ¡eh!. Cuando el toro se arranca el maestro permanece quieto; antes de que se le eche encima, da media vuelta en el aire y le clava el par limpio y aseado. Los asientos se destapan y la concurrencia se desgañita con vivas y olés. Después de que el clarín ordene el cambio de tercio, la orquesta ataca el pasodoble “Suspiros de España”.

―Maestro veinte pases, no tiene más  ―le dice Amador.

En la última suerte lo humilla entrando por naturales, pero tiene que levantar la muleta para que no se hocique. De seguido le saca cinco pases de pecho que concluye con un molinete a la izquierda. Termina haciendo una revolera con el estoque y se clava en el suelo como una estatua, con el pecho adelantado y la cabeza bien alta. Hasta los del 7, resignados, aplauden su arte.

La empuñadura a la altura de la sien derecha. Silencio. El toro, acezando, con la lengua al aire. Silencio. El torero gira sobre sus pies. Alguien grita rompiendo la calma:

―    Ya podrás con el inválido.

La plaza se levanta en un pito contra el del traje de lino. El maestro ha reconocido la voz del que dejó cojitranco. Atiende al toro que se le echa encima. La parroquia obsequia al mayoral con una miscelánea de adjetivos.

Sorteado el incidente, el maestro vuelve a cuadrar al toro. Levanta la espada y se levanta de puntillas. Silencio. Da dos pasos con el cuerpo vencido hacia delante, el estoque dibuja una finta y entra limpiamente hasta la bola. El coso entero enardecido se levanta como un resorte.

Todas las manos ondean pañuelos blancos. El que preside concede las dos orejas.

―Maestro hoy sales por la puerta grande.

En la vuelta llueven botas de vino, ramos de flores, pañoletas de seda…

―Pues no va ese cabrón y tira esto, yo creo que es un cuerno de cabra. Si no lo esquivo me rompe la crisma.

―¿Quién ha sido? ―pregunta el maestro.

Amador, al quite como buen subalterno, esconde enseguida la pieza entre los pliegues del capote.

―He preguntado que quién ha sido ―grita el maestro.

―Aquél del traje de lino blanco ―confiesa otro banderillero.

El antiguo mayoral, el de San Fernando, sentado en contrabarrera, se levanta; con la mano izquierda retira el habano de la boca, y con la derecha levanta el sombrero Panamá y saluda al maestro doblándose en una reverencia.

El maestro devuelve el saludo con una sonrisa mientras se acerca a Amador y le exige la pieza. Tapa el cuerno con la muleta, al tiempo que le pasa la mano con demora como si contara los anillos. Da unos pasos hasta la barrera, se limpia el sudor de la frente con la manga de la chaquetilla y hace un aspaviento para ahuyentar las moscas. Con el mismo brazo manda bajar a su antiguo mayoral. Éste, saca el pañuelo del bolsillo exterior de la chaqueta de lino, se restriega la cara y comienza a bajar, atraviesa el callejón cojeando y se sube al estribo interior de la barrera con los labios abiertos y la cabeza erguida como el que ha ganado una guerra.

El torero se aproxima y el mayoral le espeta:

― Ea. Yo cojo y el bicho muerto. Ahora sí estamos en paz.

El maestro se arrima en confidencia y le pasa el brazo izquierdo por el cuello para que humille más la cabeza. La mano derecha dibuja un arco en el aire con el cuerno empuñado y se lo clava por la comisura del ojo izquierdo, luego hace palanca, tira hacia fuera y deja la cuenca vacía. El globo sanguinolento cae sobre un montoncito de arena, con la pupila hacia arriba, como si mirara al maestro.

J. Carlos

La falsa caída de los dioses

La falsa caída de los dioses

Esta madrugada la Agencia de Seguridad Nuclear Japonesa ha elevado el accidente nuclear de Fukushima a la escala 7 –la máxima, la misma gravedad que mereció hace veinticinco años el accidente de Chernóbil-.  Todavía hoy, a un mes vista del gran terremoto que devastó parte de Japón, la tierra ha vuelto a temblar en los alrededores de Fukushima con una intensidad de 6,6 en la escala de Ritcher, y con más consecuencias sobre la central nuclear: otro incendio y corte del suministro eléctrico durante una hora, lo que imposibilitó, de nuevo, la refrigeración del reactor.

Los expertos –dioses- de la energía nuclear nos convencieron de que era una energía limpia, sin riesgos y que nos liberaría de las garras del petróleo y del carbón. Era la energía con la que conseguiríamos limpiar la atmósfera y detener el efecto invernadero y el temido cambio climático. Nos lo creímos. Nos sembraron la Tierra con 442 reactores nucleares, más otros 56 en fase de construcción. Lo de Chernóbil les sirvió para ilustrar la miseria científica y la ineficiencia del sistema soviético. El otro sistema, el nuestro, era seguro, serio y responsable y estaba en su mayor parte en manos privadas, esto es, el máximo exponente de la eficiencia y de la eficacia. Todavía los dioses van predicando por ahí que lo de Fukushima fue una fatalidad, fue un terremoto seguido de tsunami tan fuerte e impredecible que acortó el día, cambió ligeramente el eje terrestre y movió las islas de Japón unos centímetros; era inevitable que la central se tambaleara un poco y se enaguara. Los dioses no nos dicen por qué tenían 6 reactores nucleares a la verita del agua con una sola toma de electricidad y unos motores diesel para bombear agua también a nivel del mar, en una de las regiones de la Tierra más proclives a sufrir fuertes terremotos debido a la falla del Pacífico.

¿Es que los dioses se han caído del guindo y hasta ahora no se han dado cuenta de que el problema principal es la refrigeración, y que debían haber quintuplicado los sistemas para evitar riesgos? No, mi caro amigo, no. Se trataba de construir la central, ordeñarla durante su vida útil y dejarla ahí como un monstruo informe para que el estado, esto es, el contribuyente- administre y pague su ponzoña venenosa los próximos veinticuatromil años. Todavía hoy me sonrojo leyendo que, después de un mes, el primer ministro japonés Naoto Kan está demandando información a la Tokio Electric Power, la empresa privada que gestiona la central. Seguimos sin saber si el núcleo de algún reactor está fundido en todo o en parte y, me temo que le asiste toda la razón al radiobiólogo del CSIC, Eduard Rodríguez-Farré, que calificó lo ocurrido en Fukushima, cuando aún se consideraba un accidente de nivel 6, como “un Chernobil a cámara lenta”. Los franceses que ya se sabe, son muy chauvinistas, tienen 58 centrales pero no se fían mucho de los dioses porque la gestión es pública, y cuando venden la electricidad a otros países les endosan la cuota parte de los residuos.

Seguirás oyendo por ahí, todavía, que es la energía más barata. Pero los adalides de los dioses de lo nuclear no te cuentan quién va a pagar las evacuaciones, recolocaciones, tierras podridas, muertes, incidencias de cánceres, alimentos contaminados, peces radiados y la pesca prohibida durante años. Pregúntales si disiparán ellos, soplando al viento, las nubes radioactivas que como pétalos de rosa alcanzan a todos los continentes. Has de saber que la catástrofe de Chernóbil produjo 500 veces más radioactividad que la primera bomba atómica -la lanzada contra Hiroshima- que tenía una potencia de 13 kilotones de TNT. Dejando 155.000 Kms2 (la tercera parte de la superficie de España) agostados por estar contaminados con cesio-137. De entre los llamados liquidadores -más de 300.000- fallecieron entre 50.000 y 100.000 de ellos y se estima que ha causado o causará la muerte indirecta de más de 500.000 personas. Se produjo la evacuación directa de 116.000 personas y se recolocaron otras 220.000. El gobierno japonés “supone” que sólo se ha escapado el 10% de la radiactividad que envenenó Chernóbil, pero ayer hubo de ampliar la zona de exclusión por emergencia nuclear, pasando de 20 a 40 kms. Hasta ahora se había evacuado a 150.000 personas, puede que la cifra se duplique.

Ayer Joseph Stiglitz en un artículo en El País, “Jugar con el planeta hacía una comparación curiosa entre la crisis nuclear de Japón, la crisis financiera y el calentamiento global. Su tesis es que “Los expertos tanto de la industria nuclear como de las finanzas nos aseguraron que la nueva tecnología había eliminado prácticamente el riesgo de una catástrofe. Los hechos demostraron que estaban equivocados: no sólo existían los riesgos, sino que sus consecuencias fueron tan grandes que eliminaron fácilmente todos los supuestos beneficios de los sistemas que los líderes de la industria promovían”.

Los expertos –dioses- de las finanzas, con Alan Greenspan a la cabeza, nos hicieron creer que en la industria financiera se acuñó, con el crisol del dinero, un conjunto de mentes privilegiadas que iban a cambiar la ingeniería del sistema para que fluyera la riqueza por doquier. Crearon instrumentos financieros como los derivados, la titulización de créditos y  los seguros contra el impago de deudas. Habían conseguido distribuir el riesgo en toda la economía. Y el virus del riesgo campó a sus anchas en el tejido económico y lo fue devorando. Pero ellos ya se lo habían llevado crudo y además, sus entidades, los bancos, no podían quebrar nunca porque son la carta mágica que sostiene el castillo de naipes. Así que acude al rescate el estado y paga el ciudadano. Como afirma Stiglitz: “Un sistema que socializa las pérdidas y privatiza las ganancias está condenado a gestionar mal el riesgo”.

La realidad es más pedestre, delincuencial diría yo, si me lo permites. Estos dioses de las finanzas, utilizaron las Agencias de Rating, a quienes pagan por sus servicios para calificar como excelente los instrumentos financieros que compramos. Algo así como si un experto que paga el pescadero tuviera que calificar el pescado para vendértelo, y te calificara los peces podridos como excelentes. Y tragamos. Esas mismas Agencias que ayer calificaron de triple A los títulos de las hipotecas subprime, hoy siguen calificando a empresas y a países, incluida España.

Siguen los mismos bancos que te engañaron o, incluso, se dejaron engañar por otros más avispados, los mismos gestores que inocularon el virus del riesgo a todo el tejido económico y que no supieron gestionar el de sus entidades, las mismas agencias de Rating que mintieron descaradamente. Siguen los préstamos a empresas sin solvencia, mientras se cierra el crédito a la economía real, se sigue jugando a la baja en bolsa con acciones prestadas, hay operaciones no reguladas de oscuros derivados. Item más, se han incrementado los incentivos por objetivos que fomentan el resultado a corto y la excesiva toma de riesgos.

Y esos dioses de barro siguen en el Olimpo del dinero y del Poder. Ha-Joon Chang, economista surcoreano y profesor en Cambridge, rebatía a quienes desde la City de Londres abogaban porque el pago de altos bonos era esencial para que no se fugaran los talentos, ¿Y adónde se van a ir esos ejecutivos? (…) esos banqueros han sido los responsables de décadas de actividades financieras socialmente improductivas, así que perder a tan formidables especialistas tampoco debería ser una tragedia.”

Habría que añadir a los economistas que desde sus cátedras universitarias y sus seminarios alababan a estos dioses hasta el empalago; ahora sabemos que muchos de ellos estaban en nóminas en sus empresas y bancos. A los políticos que suprimieron la regulación de la mayor parte de las operaciones de riesgo letal –ya exigua de por sí- para que estos dioses pudieran desplegar su talento y atracar con sordina nuestros bolsillos durante los próximos decenios. A los profesores de las Escuelas de Negocio más ilustres que los prepararon para depredar, del mismo modo que los Neardentales en las cuevas instruían a sus hijos para salir fuera, a la selva.

Hubiese querido titular hoy, La caída de los dioses, pero ya intuyes que no es posible. Siguen campando por sus fueros.

J. Carlos

Sepelio

SEPELIO

Cuando llego a las cuadras de la quinta El Soto hay mucho revuelo, la servidumbre acarrea palanganas de agua caliente, botes de Betadine, frascos de alcohol y vendas para taponarle la herida al caballo tordo del Sr. Marqués, que agoniza en medio del pasillo.

―Si la herida es mortal, que no sufra –me ordena el Marqués.

Procedo a remangarme al tiempo que hace su entrada Eulalia, la Sra. Marquesa, con un termo de té en las manos. Se acerca compungida y me estampa dos besos sonoros en las mejillas.

―¿Sabes? ―dice― han querido matar al Marqués. Salió a montar y… ―solloza― Menos mal, menos mal que sólo le han dado al caballo.

―Eulalia, ¡por Dios!, deja que atienda primero al animal ―le recrimina el Sr. Marqués.

El caballo todavía resopla por los ollares e intenta en vano erguir la cabeza. La bala ha penetrado por la punta del pecho y ha perdido mucha sangre, así que, me limito, en cumplimiento del juramento hipocrático veterinario, a inyectarle una fuerte dosis de morfina para que se apague sin dolor.

―Ya es fuerte el jamelgo para haber caminado casi dos leguas desangrándose ―le confieso al Marqués, que asiente agradecido.

Han puesto sobre el cuerpo del caballo la manta de paseo y el Sr. Marqués se ha quitado su pelliza y la ha colocado debajo de la cabeza. Después permanece agachado, en silencio, acariciando las crines blancas y, cuando todo termina, no le tiene que bajar los párpados porque el propio animal le ha ahorrado ese último gesto.

Eulalia, la marquesa, se acerca y llora en mi hombro, haciéndome cosquillas con su pelo, aprovecha la distancia del marqués y me susurra al oído:

―¿Cómo pudiste fallar?, ¡por Dios! ―y sigue gimoteando.

―No lo sé Eulalia―le confieso entre dientes, sin abrir los labios― Será la graduación de la mira.

Llega la pareja de la Guardia Civil, el Cabo hace un aparte con el Marqués. Luego se dirige a la servidumbre:

―Permanezcan todos en la casa, les iremos llamando para interrogarles en la cocina.

Ha sido escuchar esas palabras y darme una punzada el estómago, igual que cuando entro en la quinta y paso por debajo de los blasones, que no puedo dejar de pensar en todos los señores que durante siglos fueron dueños de vidas y haciendas.

El Sr. Marqués ordena que se hagan los preparativos para el entierro, quiere una carroza fúnebre tirada por seis corceles negros, y que se le dé sepultura en el teso de los Gavilanes.

―Que descanse viendo todo el campo que recorrió en vida, hasta el horizonte ―remata. Y sigue impartiendo instrucciones acerca de pedirle al Sr. cura que las campanas doblen durante el largo trayecto, y que se comunique a los vecinos y arrendatarios el lugar y hora de la inhumación.

Antes de abandonar la quinta, busco al Cabo en la cocina para entregarle la bala que he extraído del caballo. En el pasillo está la servidumbre, con el recelo reflejado en sus caras, esperando que les tomen declaración. Chasqueo la lengua en un gesto de enojo ante este servilismo macerado en miedos inmemoriales.

A las cinco en punto se pone en marcha la comitiva, con la ausencia del Sr. cura, que ha manifestado su solidaridad por el atentado del Sr. Marqués, pero considera un despropósito este sepelio. En la carroza funeraria no cabe el cuerpo entero del caballo, le han tenido que atar las patas y, por detrás, sobresalen los cuartos traseros y la cola que cae hasta el suelo envuelta en crespones negros.

Encabeza el duelo el Sr. Marqués con levita y pantalones negros, camina con las rodillas juntas, los pies hacia afuera y el cuerpo dando bandazos. Le flanquean dos muchachos vestidos de monaguillo, con sendas campanillas que hacen doblar simulando el toque de muertos. Tres pasos por detrás, su señora, Dña. Eulalia, con un vestido de tul bordado en rosa y zafiro; marcha de mi brazo y lleva en el otro a su perro pequinés de ojos saltones, muy oscuros. Nos siguen, como a diez pasos, las dos familias que trabajan en la finca y alguna gente curiosa del pueblo. Al llegar a la altura de la Iglesia, el Sr. Marqués manda parar al cochero, pide la escopeta de caza al mayoral y dispara a las campanas de la torre, un cartucho a cada una, con cinco segundos de diferencia: tin…, tan… Las mujeres se santiguan atónitas y los hombres se dividen en dos bandos, los que alaban la conducta del Sr. Marqués por negarse el cura a que toquen las campanas, y los que consideran el hecho como un disparate.

―Ves como está loco ―me dice Eulalia, aprovechando el fragor de los tiros y metiendo su cara en mi cuello como si se refugiara del estruendo.

El perro pequinés, inquieto, se escapa del regazo de Eulalia y ladra a las campanas, luego juega a morder la pernera de mi pantalón y se cuelga. Le tengo que meter los dedos en la boca para que se suelte.

Eulalia lo acaricia y lo vuelve a acunar en sus brazos.

―¿Ves? ―me dice― te quiere tanto como yo.

―Chiiist, más bajo ―le replico al tiempo que vuelvo la cabeza para medir la distancia de los que nos siguen― Me quiere tanto que va a terminar delatándonos.

Al llegar a la cima de los Gavilanes, el cochero detiene el tiro al lado del hoyo preparado para la sepultura y los caballos empiezan a piafar levantando polvo de la tierra seca. No llueve desde hace meses. Un tractorista con su máquina y su pala espera, sudoroso y polvoriento, a que bajen el cadáver para volver a cubrir el hoyo. El perro pequinés de Eulalia se zafa de nuevo de sus brazos y corretea alrededor de la tumba, ladrando furioso; luego viene hacia mí, se mete entre mis piernas y vuelve a morderme las perneras del pantalón. El Sr. Marqués me mira ceñudo.

Se pone en marcha la máquina y apalea la tierra para tapar la tumba. Eulalia me pide el pañuelo y lo pone en su boca para sofocar el polvo. Tose. Aprovecho el ruido del tractor, me vuelvo hacia ella y le digo:

―Este perro tuyo nos va a delatar, el Marqués sospecha algo.

Ella se quita el pañuelo de la boca, esboza una sonrisa y musita poniendo los labios en círculo:

―Con lo que te quiere el chucho.

El Sr. Marqués permanece quieto, con los brazos caídos, mientras la levita se cubre de un polvo blanquecino; sólo mueve las manos de tanto en tanto, para quitarse las hojas muertas que el viento arrastra desde el robledal. Cuando el tractor acarrea la última paletada, el Sr. Marqués con voz áspera da las gracias a todos y el duelo se disuelve.

El pequinés ha dejado por fin de ladrar, sigue entre mis pies, escondido del polvo. Han traído dos monturas, sostiene sus riendas el mayoral a la espera de que los marqueses monten. Uno de los caballos relincha. El Sr. Marqués se acerca a despedirme y me da la mano, baja la vista no sé si al perro o la pernera rota de mis pantalones, y antes de irse hacia el caballo, me espeta:

―Pues sí que te ha cogido cariño el bicho.

A Eulalia le está ayudando a subir a la grupa el mayoral. Aprovecho para coger de entre mis piernas al pequinés, saco del bolsillo de la chaqueta un envoltorio, en forma de caramelo, y se lo meto en la boca. Tengo que utilizar dos dedos para lograr que lo trague hasta que le dan arcadas. Le tapo el hocico con dificultad porque es muy chato.

Me acerco hasta la montura de la Sra. Marquesa para despedirla, monta sentada a mujeriegas, le entrego al pequinés y le pongo las manos en las caderas para que pueda doblarse un poco sobre la silla del caballo y darle dos besos. Me demoro en la maniobra para decirle:

―No sufrirá, mi amor. Antes de enterrarlo sácale los higadillos, hazlo con guantes, son el depósito del veneno. Al Marqués le gustan encebollados.

Retira la cara antes de que le llegue el segundo beso y espolea al penco. Cuando arranca frunce la boca en una mueca de dolor y se le queda la mirada sin su brillo azul, emborronada por las lágrimas.

J. Carlos

Lenguaje

Lenguaje

Cada sociedad tiene su cara y su cruz. La cruz de los españolitos es pesada, aunque en los últimas tres décadas hemos aligerado mucho su carga, y no me estoy refiriendo sólo a la calidad de vida, que también, sino a esas actitudes en que la educación cívica y la general embarrancan contra los farallones del sentido común. Te coseré algunos botones de muestra: Apuesto a que somos el país con mayor gasto en papeleras urbanas per cápita y, de consuno, las calles siguen sembradas de papeles, plásticos y otras excrecencias que prefiero no detallar y que incluyen deposiciones de animales domésticos. En los bares ya hace años que se decretó el uso de estos elementos que cuelgan de las barras, aún así los suelos rebosan de basura orgánica e inorgánica, y menos mal que ya se desterró el humo del tabaco. Al patrimonio público, a lo que es de todos, lo despreciamos, lo manchamos y lo agredimos como si fuera nuestro enemigo, tanto da que sea el portal del edificio en que vivimos, el jardín público, la playa, una biblioteca o un monumento histórico. El nivel de nuestra voz y el griterío de nuestras manifestaciones fiesteras, es francamente insoportable, suele amedrentar a los miembros de otras sociedades que utilizan varios tonos por debajo, y los decibelios siempre conjugan mal con las personas que tratan de descansar, leer o, simplemente, escuchar el silencio. Resulta singular el grado de estulticia con que rendimos pleitesía a los que más insultan, a los que más gritan e improperan, a los que defraudan, a los que vejan al prójimo, a los jefes que intimidan. Vivimos en el reino del tocomocho, la corrupción campa por sus respetos y el pelotazo es un signo del capitalismo que nos invade; no en vano tenemos la patente de la picaresca, aunque no escarmentamos y caemos en ella permanentemente, o sea la codicia: Sofico, Banesto, Ava, Gescartera, Afinsa, Forum filatélico, Nueva Rumasa, y un larguísimo etc. Nos hemos convertido en pedigüeños para con el papá estado, que me coloque, me dé una vivienda, me subsidie si pierdo el trabajo, atienda mis enfermedades e infortunios y, si me arriesgo y me aventuro, exijo también que me rescate. Y claro, la envidia: españolito que naces al mundo, te guarde Dios, no digas nunca que te va bien, enfadarás a tus enemigos y provocarás una oleada hipócrita de nuevos amigos.

Con todo, el patrimonio público que más denostamos es el de nuestra propia lengua y de eso quería escribirte en esta ocasión. Convendrás conmigo que es patético escuchar al españolito cuando un reportero de la televisión le acerca un micrófono a la boca, demuestra una incapacidad supina para expresarse, no puede hilar dos oraciones seguidas con sujeto, verbo y predicado, y componer una subordinada es ya una obra de arte. He comparado esos balbuceos idiomáticos con la expresión clara, rica y espontánea de las respuestas de personas que, desde el otro lado del Atlántico, nos cuentan con rigor y con las palabras precisas la catástrofe natural que acaban de sufrir. La asimetría entre la penuria de un lenguaje y la riqueza del otro es patente, pareciera que hablaramos lenguas distintas. Son muchas las causas:

1.-El peso curricular de la lengua es mínimo y se lee muy poco, en su consecuencia, el grado de comprensión de las ideas es muy limitado. ¿Cómo se va a discurrir, esto es, correr tras las ideas? ¿Cómo se van a exponer los pensamientos de cada quien? ¿Cómo se va a redactar con un mínimo de rigor?

2.-No se forma la capacidad lectora desde pequeño, ni se cultiva más tarde la lectura ni la oratoria como elementos básicos de la educación. Así los discursos de nuestros próceres políticos, económicos e, incluso, científicos, son míseros en lenguaje, lo que induce también a la miseria de su contenido.

3.-Los alumnos llegan a la Universidad con un lenguaje paupérrimo en palabras, incapaces de desarrollar un tema con más de diez frases, llenas de anglicismos y lugares comunes y, encima, con faltas de ortografía.

4.-La cacharrería electrónica lejos de suponer un acicate para la comunicación escrita u oral, se han convertido por mor de la velocidad en que vivimos y por las limitaciones espaciales –como el sms o el twitter-, en elementos dañinos para la correcta utilización del lenguaje. Uno de los programas informáticos que más empobrece el lenguaje y, curiosamente, más utilizan los directivos de empresa para enmascarar su desconocimiento del idioma es el Power Point. Cuatro eslóganes por página, mucha flechita y mucho colorido para suplir la vacuidad intelectual y de ideas.

5.- La sustitución del esfuerzo en imaginación, en pensamiento y reflexión que exije un buen libro, por el laissez fair de la imagen que lo da todo hecho sin desgaste neuronal alguno.

6.- Los anglicismos facilones que proliferan en boca de los indolentes y que, tristemente, son tan bien recibidos, sobre todo en ámbitos económicos y mediáticos, están sustituyendo la riqueza y variedad de nuestro idioma. No será la primera vez que a algún estúpido pagado de sí mismo le he tenido que recordar que, por cada anglicismo que utiliza hay más de cinco términos cabales en nuestro Castellano.

Lo de menos es que destrocemos gramaticalmente el idioma, nuestro patrimonio común, lo peor es que tiramos por la borda palabras que nos permiten comunicarnos con los demás, hacerles partícipes de nuestras ideas, de nuestros sentimientos; perdemos las acepciones de cada término que, en ocasiones son tan sutiles que cambian su significado por adornarlo con uno u otro gesto; se pierden las metáforas, los símbolos y las parábolas que se entraman por el lenguaje para escalar por encima de las palabras y llegar a la cima del pensamiento y de la emoción; se pierden los significados y los sinónimos con lo que se empequeñece el mundo y se desdibuja la cultura que nos transmitieron nuestros antepasados. Sí, estamos tirando por la borda los mecanismos esenciales con los que construimos la realidad. Recordemos que, la especie se puso en pie gracias a la herramienta del lenguaje que nos liberó las manos para poder trabajar, nos hizo animales sociales al permitirnos debatir con el otro, ser partícipes de sus ideas, señalar objetivos comunes, aprender del prójimo, incluso de los que ya no están, formular a priori disquisiciones sobre el futuro. En suma, la palabra y el lenguaje han modelado nuestro cerebro, nuestra forma de pensar y ha resultado crucial en nuestra supervivencia y nuestro progreso. Los lingüistas Edward Sapir y Benjamín Lee Whorf propusieron la hipótesis, allá por los años treinta del pasado siglo, de que los hablantes de idiomas diferentes tendrían capacidades cognitivas distintas, es decir, que se distinguiesen en su forma de pensar.  Hipótesis que en su tiempo se desechó, pero que investigaciones recientes han puesto en valor y refrendado experimentalmente. Lera Boroditsky de la Universidad de Stanford se encontraba en  Pormpuraaw, en Asutralia, le pidió a una niña de 5 años que le señalase el norte, lo hizo con exactitud y sin dudar; de regreso en Stanford les pidió a las autoridades académicas que cerraran los ojos y señalasen el norte, fueron incapaces. Ha repetido la experiencia en multitud de ocasiones entre científicos con el mismo resultado. La lengua kuuk thaayorre que se habla en Pormpuraaw no utiliza los términos espaciales derecha o izquierda, sino los puntos cardinales, así se dice “el joven que está al sur de María es mi hermano”, por lo que es preciso estar siempre orientado para poder hablar en esa lengua. En 1983 Alexander Guiora, de la Universidad de Michigan, comparó tres grupos de niños cuyo idioma materno era el hebreo, el inglés y el finés. El hebreo marca el género, en el finés no existe distinción y el inglés se sitúa entre ambos. La profesora descubrió que los niños que se criaban en un ambiente hebreo averiguaban su sexo un año antes que los fineses, mientras que los ingleses lo hacían a un tiempo intermedio. Parece, pues, que las categorías y distinciones de cada idioma son esenciales en nuestra vida mental y que el lenguaje desempeña una función causal en los procesos cognitivos; de hecho, se ha comprobado que al variar la forma en que hablamos de algo, se modifica nuestro modo de percibirlo; si se enseña a alguien nuevas voces para describir los matices de un color, aumenta su capacidad para distinguirlos; si se le inicia en el aprendizaje de otras formas de hablar sobre el tiempo cronológico, la persona aprende a pensar en él de maneras diferentes. Como dice la profesora Boroditsky: “Cada lenguaje dispone de su propio conjunto de recursos cognitivos y encierra el conocimiento y la visión de la realidad que cada cultura ha ido desarrollando a lo largo de milenios. Cada idioma contiene una forma de percibir, categorizar y dar sentido al mundo; una guía de valor incalculable afinada por nuestros antepasados”

Pues bien, los españolitos hemos heredado un idioma universal, el idioma de Cervantes, que hablan casi quinientos millones de personas en todo el mundo. Un patrimonio cultural, y también económico, incalculable. Cuidémoslo. Nos va en ello nuestro modo de pensar, nuestro modo de ser y nuestro modo de sentir.

J. Carlos