Archivo mensual: mayo 2017

Microrrelatos II

sombrero azul

Sombrero azul

Estaban ya prendidas las farolas del Retiro, apenas quedaban paseantes, una ráfaga de viento le voló el sombrero azul. Un joven trajeado corrió tras él, consiguió alcanzarlo y se lo entregó. Ella le dio las gracias.

-¿A qué te dedicas? –preguntó el joven

-Soy pintora. Los domingos traigo hasta el parterre una silla de tijera, un caballete sin lienzo y un cartel que reza: pinto la nada. Hay quien se queda un rato mirando como muevo en el aire mi pincel seco y echa unas monedas. ¿Y tú?

-Yo me siento tras una celosía, pongo la mano de canto, a la altura de la frente, la muevo en el aire y perdono los pecados.

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Anillo de compromiso

A los postres, mientras le plantaba un beso en los labios, deslizó el anillo de pedida en la copa de champán. Brindaron. Ella apuró la copa. Inadvertidamente tragó la sortija. Dos días y dos radiografías después él le puso la joya en el dedo anular y ella le dijo que sí.

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 El móvil del muerto

Encontró el móvil del marido en la mesilla de noche. Había transcurrido una semana desde el entierro. Lo encendió. Cotilleó los correos, los mensajes y la agenda. Sin querer, se abrió una aplicación deportiva con un mapa. Descubrió que su marido, en sus últimos días, se había levantado de la cama cuando oscurecía y llegaba hasta un lugar recogido del parque, no muy lejos del banco donde ella, a la misma hora, se hartaba de llorar.

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Sueños

En la sala de manualidades de la residencia hay una frase pintada en la pared: “Einstein soñó con cabalgar un fotón para descubrir los secretos del universo.” Ella sólo sueña con atravesar la bruma de sus propios recuerdos para descubrir quién es ese ancianito que le coge la mano con tanta ternura.

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Violencia educada

Cenaban. El padre, quejoso, gritaba porque la sopa estaba muy caliente. Mientras la mujer soplaba la cuchara él le propinó un tortazo. Se derramó. Resignada y muda extendió la servilleta sobre el mantel para tapar la mancha. El niño, sin inmutarse, ofreció un tropezón de pan al gato, cuando éste se le acercó le soltó un manotazo en la cabeza. El animal maulló dolorido y salió por patas. Padre e hijo estallaron en una carcajada.

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El Pegao

En toda su vida había despegado los pies de la tierra. Nunca se subió a un vehículo o a una caballería. Lo más lejos que se aupó fue al catre cuando quería yacer con la parienta, y eso porque La Herminia le tenía dicho que sus carnes no estaban para calentar baldosas. Sus paisanos, en un homenaje póstumo, han decidido no cargar el ataúd del “Pegao” a hombros, han pasado dos maromas por debajo y lo llevan a pulso, a un palmo del suelo.

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Confesión

-Padre, confieso que violé y maté a Carlota…

-Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.

Al día siguiente, al igual que los anteriores, el cura llegó de los primeros a la batida por la búsqueda de la joven. En la rogativa pidió a Dios para que la encontraran sana y salva. Sólo le tembló la voz cuando sus ojos tropezaron con la mirada del confeso.

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Perro con ojos de dos colores

De recién casados venían los amigos a cenar los sábados. En vez de televisor teníamos un perro con ojos de dos colores. Entonces la Flaca trabajaba de relaciones públicas en una revista de moda. Seguramente la tripa se nos hinchó de tanto cóctel. Ahora los sábados cenamos solos porque coincide con la hora en que los amigos acuestan a sus hijos; después le entrego el mando para que elija el canal y, en las pausas publicitarias, me comprometo a pasar el aspirador, cortar el césped y sacar al perro; todo con tal de evitar que repita la salmodia de que se nos está pasando el arroz.

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J. Carlos

  Wanna Cry

       Internet

Hasta hace dos siglos las ondas electromagnéticas y la electricidad vagaban a sus anchas a la velocidad de la luz. Cuando la mente humana las descubrió, no tardó mucho en domesticarlas como antes había domesticado a los animales de carga. Con ellas iluminamos nuestras ciudades, oímos la radio, vemos la televisión y hablamos o chateamos con nuestro móvil. Y todo se hizo instantáneo y se achicó el espacio hasta casi desparecer, de modo que mientras paseamos por la calle Galiana, en Avilés, hablamos y vemos en la pantalla del móvil al amigo que toma el sol sobre la hierba de Central Park, en Nueva York. Una vez domesticadas las ondas y los impulsos, caímos en la cuenta de que, si las estabulábamos como a rebaños podían ser los repositorios de nuestra información, harían miríadas de cálculos tediosos y tomarían decisiones lógicas basadas en la ingente cantidad de datos almacenados. Los establos son esas cajitas con placas de silicio que llamamos ordenadores. Al principio estaban aislados o se reunían en pequeñas tribus y daban poca chicha, así que abrimos sus puertas y les pusimos autopistas por las que transitan y se comunican a la velocidad de la luz. Ahora lucen mucho más lustrosos, dónde vas a parar. Había nacido Internet, una maraña de caminos que une todos los dispositivos del mundo, desde el móvil hasta el frigorífico, desde el coche hasta la televisión, desde el reloj que mide tus pulsaciones o tus pasos hasta la muñeca pecosa de tu hija. Ya se sabe que por los caminos siempre llegaron las mercancías, la cultura, el intercambio de ideas y las civilizaciones; pero también llegaron la guerra, las enfermedades y las epidemias. La historia se repite, los caminos vuelven a estar en precario, como en la Edad Media, y a la que te descuidas aparece un salteador tras un recodo y te desvalija.

Los nuevos caminos están empedrados de ceros y unos, son volátiles. Puedes cegar uno o media docena, el impulso buscará otro hilo de cobre o de fibra óptica, o se transformará en onda que saltará de antena en antena y rebotará en el satélite hasta llegar a tu ordenador. Sólo tienes una solución: cerrar la puerta, esto es, desconectar tu dispositivo. Los bandoleros actuales no llevan la faca en la faltriquera y trabuco al hombro, son expertos informáticos que se apostan tras un teclado y sueltan un virus con el código malicioso para que se expanda a la velocidad de la luz. Puede que, mientras hablas desde Avilés con tu amigo en Nueva York, te estén birlando las claves bancarias, te borren todos tus archivos o, tal vez, sólo los encripten y te pidan un rescate por liberarlos; vamos que te secuestran el rebaño y si no pagas lo degüellan. Será una desgracia para ti, pero convendrás conmigo que será una pequeña pérdida para la humanidad. Ahora imagina que, un mal nacido inyecta un virus informático para, en plena canícula veraniega, abrir todas las compuertas de los pantanos de Madrid. Piensa en la navegación aérea si consigue meter un código para que los satélites GPS yerren en sus cálculos. Habría una debacle financiera si borrara los archivos de uno de los grandes bancos. Ya no te cuento si hace creer a un país, de los de bomba atómica en sus silos, que está siendo objeto de un ataque nuclear. No hace falta ponerse peliculero profetizando el apocalipsis, basta con pensar en bandas organizadas que, a punta de trabuco informático, perpetren atracos colectivos tales como semáforos que se vuelven locos, mercancías que siguen rutas diferentes a las que figuran en su código de barras, apagones de luz, sabotajes a los Registros Oficiales que pueden cambiar la identidad de miles de personas, etc.

Hace una semana unos salteadores dispersaron el Wanna Cry que infectó a grandes corporaciones, entre ellas hospitales, de 150 países. Sólo querían, al parecer, unos miles de dólares para liberar los datos encriptados. Marcus Hutchins, de 22 años, destripó el código y encontró un dominio que resultó ser una tecla de desactivación, lo adquirió por 10 dólares. Por esta vez, como en las películas almibaradas, tuvimos héroe que nos salvó en el momento justo del metraje y todo acabó bien. Seguramente hay una plantilla bien nutrida de forajidos dispuestos al asalto, porque nunca ha habido tanto ajetreo ni botín tan suculento. Dicen los expertos que miles de virus recorren cada segundo la tupida red de circuitos electrónicos, y no es para menos, los bandoleros más sagaces suelen terminar de sheriffs en grandes empresas con salario estratosférico. Sin embargo, no creo que estos ataques masivos beneficien al gremio. Me malicio que esta vez los bandoleros llevaban como siempre la cara embozada, pero cubrían sus manos con guante blanco. No hace falta ser un Sherlock Holmes o un Pepe Carvalho para llegar a esa conclusión, basta aplicar la máxima de “a quién beneficia”. Sólo se me ocurren cuatro actores posibles, a saber.

– Las empresas que venden sistemas operativos y navegadores para meter el miedo en el cuerpo de los usuarios que no pasan por caja y, por consiguiente, no reciben sus actualizaciones.

– Los proveedores de programas antivirus que, a menudo, les sucede como aquel taller de lunas que abrió un día y, a la mañana siguiente, la mitad de los coches aparcados en su calle amanecieron con los vidrios rotos.

– Las Agencias de espionaje de las grandes potencias probando su capacidad de acción y, sobre todo, analizando la capacidad de respuesta de terceros países.

– El oligopolio que fagocita internet, harto ya de cobrarnos sólo con la carne de nuestros datos y nuestra intimidad, necesita, para seguir creciendo, que pasemos por caja. No hay mejor justificación que la de la seguridad y, de paso, espantan a todos los moscones que intentan libar en la flor de su mercado.

Conque ni va de terrorismo ni de devolvernos a la Edad de Piedra. Va de acojonarte. Es un spot publicitario para que compres sus sistemas operativos, sus antivirus y cortafuegos. Un mero reclamo para que dejes de acostarte con  aplicaciones gratuitas que pueden infectarte con el Sida informático y eso no hay condón que lo resista.

J. Carlos

Jordi Cruz, la percepción social y los límites éticos.

Jordi Cruz

La percepción social es gregaria y se amolda a los límites éticos que imponga la comunidad en la que se vive, igual que el agua se amolda a las paredes de la vasija que la contiene. Si hace dos siglos la esclavitud era percibida con la misma naturalidad con que se suceden las fases de la luna, hoy esclavizar a un ser humano constituye un delito. Aquí, si nos remontamos poco más de un quinquenio, la homosexualidad era percibida como un pecado nefando, hoy pueden matrimoniarse las personas del mismo sexo; por contra, en nuestras afueras, hay setenta países que castigan esa conducta con penas que van desde series de latigazos hasta la pena de muerte. Hoy todavía, en nuestros adentros, a la tortura y matanza de ejemplares vacunos se les atribuye la cualidad de arte y se fomenta con subvenciones y bajadas de impuestos; pocos saben que, hace casi cinco siglos, el pontífice Pío V promulgó la bula  De Salute Gregis, en la que excomulgaba ipso facto a todos los príncipes cristianos que celebrasen corridas de toros en sus reinos.

Los límites éticos, pues, fluctúan, se estiran y encogen como si estuvieran construidos con el mismo material elástico que los eufemismos. No se expanden indefinidamente, como piensan los optimistas, sufren colapsos y repliegues que, sospechosamente, coinciden con los momentos en que los ayatolás ideológicos o religiosos alcanzan el poder. Y no te engañes, mientras esas religiones e ideologías están lejos de la púrpura y de la moqueta dicen admitir los límites éticos existentes, pero en cuanto tienen el Boletín Oficial en sus manos, tiran de las riendas legislativas hasta asfixiarte. Pocos se acuerdan que, en 1986, en plena revolución conservadora de Ronald Reagan, el Tribunal Supremo de Estados Unidos falló que, la Constitución no protege las relaciones homosexuales ni el sexo oral o anal entre hombres y mujeres, ni siquiera en la intimidad de sus casas.

Desde que el trabajo dejó de ser un arte para crear un producto y se convirtió en un factor de producción en masa, el trabajador pasó de vender su creación a vender su fuerza de trabajo. Es decir, se convirtió en carne de mercado; y ya se sabe que el mercado sólo obedece a una ley injusta, la de la oferta y la demanda. En el mercado del capital y del trabajo, el capital es escaso y se vende muy caro, el trabajo es abundante y se compra muy barato. El lenguaje que es muy sabio y sabe siempre quién manda y quién obedece, no llamó al sistema Trabajismo, lo llamó Capitalismo. Así que, cuando dejamos actuar sólo al mercado la línea entre trabajo y esclavitud se difumina, al igual que se difumina la frontera que separa la prostitución de la trata de personas. Para que el mercado funcione adecuadamente se necesitan unas normas que delimiten el campo de juego y un árbitro que pite las faltas y los penaltis, como en las competiciones deportivas.

Tengo especial predilección por aquellas profesiones que todavía permiten a unos pocos vender su arte, no su fuerza de trabajo, como los pintores, músicos, escritores, deportistas, médicos, científicos, cocineros, etc. Qué quieres, me conmueve más Cáscara de nuez escrita por una sola persona, Ian McEvan, aunque sea fruto de lecturas de otros muchos autores, que el último avión Airbus A-380 en el que han participado decenas de miles de trabajadores. Por eso, y por mi ineptitud con los fogones, tengo a la cocina en muy alta consideración. Eso sí, me sacia ya ver  tanto proclamado chef y másterchef alabándose y glorificándose a sí mismos y a su profesión como si hubieran descubierto la pólvora o el arco de medio punto. Estoy harto de que utilicen eufemismos y tropos para expresar lo que ya decían y elaboraban nuestras abuelas en las cocinas de forja y paja. Sus aportaciones al arte culinario me temo que se reducen al soplete, al nitrógeno líquido y a la redacción surrealista de la carta de los menús. Lo demás, variaciones sobre el mismo tema, como el Bolero de Ravel. Ah, y si vas a uno de sus restaurantes tendrás que aguantar que te cambien catorce veces la vajilla, otras tantas veces oirás en un lenguaje barroco y críptico lo que vas a degustar (no a comer). Cuando pagues, tu tarjeta echará la cuenta de que has ido treinta y cinco veces al cine, o que has visto doce obras de teatro, o que has comprado una veintena de libros. Al salir, búscate una taberna de las de toda la vida y pide un bocata de jamón o de tortilla porque las catorce “degustaciones” te habrán abierto el apetito. De entre estos autodenominados maestros han salido un ramillete de buenos comunicadores que copa el mundo de lo audiovisual. A la que te descuidas, si cambias de canal, oirás sus latigazos verbales sobre los oídos de concursantes que sudan la gota gorda en las galeras de la cocina y, al final, los muchachos escuchan resignados la maldición o bendición que imparten urbi et orbe estos especialistas del estupro gastronómico. Lo más cruel es que la televisión que pagamos todo, no sólo les da cancha en detrimento de otras profesiones de más eficacia social –médicos, científicos, escritores, informáticos, etc.- además, les permite el sindiós de emplear a niños como cobayas.

Es estrambótico, pero los restaurantes de postín donde cocinan estos  chefs los subvencionamos tú y yo sin comerlo ni beberlo, como subvencionamos sin viajar la mitad de billete del AVE a Barcelona, 89 de cada 100 euros si el viaje es a Sevilla o, 94 de cada 100 si viajas a Valencia. Volviendo al tema, resulta que un porcentaje altísimo del trajín de tarjetas que pasan por los datáfonos de los “con estrella Michelín”, corresponden a empresas públicas y privadas. El día que Montoro solicite los extractos de las mismas e impute como salario en especie todos los importes superiores a 9 Euros -secundum legen-, los directivos tendrán que apoquinar a la Hacienda Pública más de un 40% de todo lo comido y bebido. Ese día los humos de estos chefs volverán a la cocina que es donde deben estar y, algunos tendrán que reinventarse para dar de comer a la gente, no sólo a los estómagos agradecidos.

Hay un chef, un tal Jordi Cruz, con programa en la televisión pública, que tiene a la mitad de la plantilla de su restaurante con una nómina de cero euros. A su entender sí que tienen nómina, una muy sui géneris cuyo salario base es la enseñanza y que tiene, además, un complemento salarial: la acreditación de haber trabajado con tal ilustre gurú. Obviamente no cotiza a la Seguridad Social y, como la enseñanza y el honor no se cuantifican como salario en especie tampoco paga impuestos. Eso sí, les da de comer en el restaurante como hacían las empresas del XIX, que pagaban a sus trabajadores con bonos sólo canjeables en los almacenes de la propia empresa. También les da cobijo, igual que los negreros americanos le daban techo y cama a sus esclavos. El analfabeto social, pillado con las manos en la masa, se permite hace afirmaciones que sonrojarían a Donald Trump: “es un privilegio”, “no les cuesta un duro” “imagina –dice– cuánto les costaría eso en un máster en otro sector”. Ya me imagino haciendo un MBA en el Instituto de Empresa por la mañana y por la tarde escardando cebollinos gratis et amore. Fui, hace muchos años, profesor de ese Instituto y no recuerdo que, de entre las obligaciones de los alumnos figurara barrer las aulas o ponerse guantes de latex para dejar impolutos los inodoros, ni siquiera entre los becarios. Como el muchacho, además de chulo porque yo lo valgo, es rematadamente torpe, se delata cuando sentencia: “si toda la gente en cocina estuviera en plantilla, no sería viable” (el restaurante). Ergo, su empresa y sus ganancias son factibles porque prostituye el trabajo de la mitad de su plantilla y no paga la jodienda, sólo la cama.

Sr. Cruz, si quiere usted enseñar ponga una Escuela de Gastronomía y fije los honorarios que estime que valen sus enseñanzas. Como va de sobrao le aconsejo que no pida más de lo que estén dispuestos a pagarle sus alumnos que, a lo peor, es mucho menos de lo que supone. Si quiere tener trabajadores contratados en formación le doy una buena noticia: la ley le ampara. Sólo que tendrá usted que abonarles un salario no inferior al mínimo interprofesional, a cambio disfrutará de reducción en las cuotas empresariales. En cuanto a la jornada se distribuirá en un porcentaje marcado entre actividad formativa y actividad laboral. Para los demás requisitos legales y para la indemnización a que se enfrenta, pregunte a su abogado; supongo que si tiene usted dinero para comprarse un palacio de 3 millones de euros, lo tendrá para pagar a ese profesional, tal vez se lo haga gratis porque usted lo vale o porque es famoso o porque es muy guapo. Le recuerdo que los derechos del trabajador son irrenunciables, esto es, que sus currantes no pueden renunciar a sus sueldos y si lo hicieran sería un acto nulo de pleno derecho. Así que, insisto, búsquese un abogado.

En fin, como te escribía más arriba los límites éticos son muy elásticos: Mientras un fiscal pide de oficio, porque el supermercado no se siente perjudicado, ocho meses de prisión para una pareja por robar comida basura -rompieron un candado para entrar en un almacén y tomaron la comida de un contenedor dispuesto para tirar-; el afamado Jordi Cruz atraca a la mitad de su plantilla durante años, la esclaviza, prostituye la dignidad de los trabajadores y, por encima, los considera unos privilegiados. ¿Dónde está la Inspección de Trabajo? ¿Dónde los sindicatos? –el sindicato CSC ha presentado denuncia, a buenas horas mangas verdes- ¿Adónde miraba la Agencia Tributaria? Por la fiscalía no pregunto porque sabemos que está ocupada en mandar a la cárcel a tuiteros que escriben chistes con mala baba, y en quemar incienso en la naveta de la investigación para que no les llegue el tufo de la corrupción al oficiante y sus acólitos.

Y lo más sangrante, ¿dónde está nuestra indignación? La tuya y la mía, digo.

J. Carlos

Ventisca

Ventisca

Las huellas no se borran porque no llegan a formarse. Voy un paso por delante. La protejo con mi cuerpo. El viento arrecia tan fuerte que barre la nieve como si en un desierto se armara una tormenta de arena blanca. Hasta ahora presumía de tener la geografía de la Pedriza esculpida en la memoria con la misma firmeza que un taxista tiene la del callejero de su ciudad. Llevamos más de ocho horas andando contra el viento. Da igual que cambiemos la dirección, la ventisca se revuelve y nos sigue atacando. Lo único que llevamos al descubierto son las mejillas, la nariz y los labios, donde picotean un sinfín de granitos de hielo que entumecen los músculos y los acartonan como el anestésico del dentista. Ya no distingo el color de su ropa, ni el de su gorro, ni sus guantes, está velado por sucesivas capas de escarcha. Antes de perdernos, al poco de estallar la tormenta de nieve y viento, me miró a la cara y le entró la risa, dijo que parecía el negativo de una foto. Le apostillé con sorna que ella parecía haberse pintado las cejas con una barra de tiza y que de los hoyuelos de su nariz nacían forúnculos de hielo. Entonces todavía nos quedaban fuerzas, así que risueños nos quitamos el uno al otro las pequeñas estalactitas y nos sacudimos la nieve de encima.

Estamos agotados. Pienso en nuestros hijos, Javier y Clara, que siempre nos advierten de que la montaña en invierno es traicionera. Busco una roca de parapeto contra las rachas de viento. Me arrodillo y hurgo en la nieve con ambas manos. Ella se sienta contra el respaldo de la pared de piedra y mete las manos bajo las axilas buscando el calor. Me siento a su lado, me quito los guantes y le saco los suyos. Froto sus manos con las mías, luego las acerco a la boca y le insuflo aire caliente. Antes de ponérselos soplo también dentro de sus guantes, con fuerza, para que el aire llene cada uno de sus dedos. Le confieso que estoy perdido.

-Lo sé, tampoco sería la primera vez –dice Enma, forzando una sonrisa-.

Al articular las palabras se le ha quebrado la fina lámina de hielo que perfila sus labios y que se ha ido formando con el vaho de su aliento.

-Si supieran los chicos que hemos subido con este temporal y que hemos dejado agotar las baterías de los móviles nos regañarían como a niños pequeños –añado-

-Y con razón –concluye ella-

El viento ulula al chocar contra la roca. No nos ataca de frente, pero sigue llegando en pequeños remolinos que arrastran el polvo helado. La luz va menguando. Mires donde mires, ves un enjambre de un blanco sucio en perpetuo movimiento que se termina difuminando en densos tules de grises. Más allá de cinco metros no hay luz, no hay nada. Está empezando a tiritar. No sé si ha sido bueno pararnos, pero sus pasos se acortaban y a cada zancada sus piernas se hundían en la nieve hasta por encima de la rodilla. Tre veces cayó de bruces al tratar de sacar los pies del atolladero. Palmeamos las manos para entrar en calor.

-Me acuerdo cuando nos conocimos, tenías un ojo pegado al microscopio estabas tan concentrada que parecía que te habías quedado sin aliento. Cuando frunciste la frente supe que en ese trozo de mi carne habías leído malas noticias.

-Y me enfadé muchísimo – dice con voz acorchada como sin lengua- cuando el director del laboratorio nos presentó y me dijo que era tu biopsia.

-Al final me salvaste.

-Yo sólo analicé una disección, era mi trabajo. Te salvó el hígado de un desconocido –replicó-

Necesito moverla se le están amoratando los labios.

-¿Me concedes el honor de este baile?

Nos incorporamos y enlazamos nuestros cuerpos protegidos por la roca. Empiezo a cantarle al oído, muy quedo. Pero así no entramos en calor. Desanudo el abrazo, le tomo la mano y doy saltos. Bailamos el rock que bauticé con su nombre, dando vueltas, acuclillándonos, saltando. Las notas brotan graves de mi boca, descompuestas, como de un vinilo girando a pocas revoluciones. Veo el aliento vibrar en sus labios, parece que por dentro le ardiera una lumbre. Me enardezco y multiplico los movimientos que enlentecen hundidos en la nieve. Quedamos sin resuello, volvemos a sentarnos al abrigo del parapeto de piedra y le sacudo el polvo helado que ha vuelto a blanquear sus hombros.

-Aquel día sólo mirabas mi falda, demasiado corta –habla con una voz más entonada- Luego, cuando supiste el resultado te quedaste pálido. La entrada que me dejaste junto al microscopio se la regalé a una amiga. Me dijo que tu concierto había sido espectacular. Estaba muy enfadada porque habías sobornado al director para entrar en mi laboratorio, aunque lo disimularas como una donación.

– Y yo buscándote entre el público. Esa noche, de madrugada, te compuse la canción. Todavía suena en algunas emisoras.

Tiene la cabeza apoyada en mi pecho, le acaricio el pelo castaño que escapa del gorro y le cae sobre la espalda. La ventisca se estrella contra la roca que nos protege pero, de tanto en tanto, los remolinos levantan tolvaneras que nos obligan a cerrar los ojos.

-Creo que la muerte por congelación es como un sueño dulce –dice-

Me quito los guantes para borrarle la palidez de sus mejillas. Hago pinza con los dedos en sus mofletes, como si fuera una cría, y le regaño por estar triste.

-No me importa la muerte –continúa hablando- pero pienso en los chicos, todavía nos necesitan, están tan lejos. Sobre todo la pequeña, enlazando contratos de país en país.

-Verás –le digo- que en cuanto la luz del día se vaya apagando, el viento perderá impulso. Hemos bajado bastante. Llevamos más de tres horas cuesta abajo. No podemos estar muy lejos del río Manzanares. Si llegamos hasta él sólo tenemos que seguir su cauce. ¿Te encuentras más descansada? ¿Crees que podrás seguir mis pasos cuando amaine un poco?

-Más pasos de baile no, por favor –ironiza, haciendo con la mano un aspaviento-. Dame sólo unos minutos para recuperarme, por favor.

Levanto las alas de mi gorro de lana y contengo la respiración para tratar de distinguir entre todos los ruidos que enmascara el viento el sonido del agua. Espero oír una suite con alguno de sus movimientos: el espumeo entre guijarros, o su gorgotear en los desniveles, el serpenteo rápido en las vaguadas o, el arribo desbocado al cauce del río. Nada. Sólo la furia del viento lanzando madejas de niebla y nieve contra los roquedales y las ramas. Sólo el sonido silbante como de respiración asmática y fatigada de un enorme monstruo blanco. Masajeo mis orejas escarchadas y las vuelvo a tapar.

-Te propongo un juego –le susurro al oído-

-¿Cuál?

-El juego de la verdad

-Esas chorradas de ¿me has sido fiel? –dice levantando la cara de mi pecho- ¿Has fingido orgasmos conmigo? ¿Soy el amor de tu vida? No por favor. Oye, ¿no estarás pensando que no vamos a salir de ésta? ¿Y tú eres el optimista que ha de animarme?

Se levanta de sopetón, me agarra del brazo y tira de mí con todas sus fuerzas. Empezamos a caminar, siempre hacia abajo. Enma va delante, decidida, pisando la nieve con furia. Me cuesta adelantarla e indicarle que ponga sus botas sobre los huecos de mis pisadas, se cansará menos y, además, las piedras y los piornos están emboscadas bajo el manto blanco y un mal paso nos puede quebrar un pie. A gritos le infundo ánimos, le digo que el viento está aflojando y que el Manzanares tiene que estar perpendicular al sentido de nuestra marcha. Se pone a mi altura, me coge de la mano y así, agarrados, proseguimos la marcha. Cada poco he de tirar de ella porque ambas piernas se le hunden en la nieve y se queda atascada. La fatiga mengua nuestros pasos. Ahora nos adentramos en un bosque de pinos, es más fácil caminar. A la vera de los troncos la capa de nieve es más fina y la ventisca, aunque ruge con más fuerza al estrellarse contra la pinocha, levanta menos tolvaneras y no entorpece tanto la vista.

Entre las estridencias de la ventolera se cuela otro ruido. Nos paramos, apagamos nuestra respiración para aguzar el oído. Puede ser el ansiado sonido del agua. Salgo corriendo. Una ráfaga de viento emblanquece el horizonte, pero entre ráfaga y ráfaga se asienta la gasa que lo enceguece todo. Sí, sí, es el río, es el río. Sigo corriendo, desatascando zancadas, manoteando el aire para no perder el equilibrio. Caigo de bruces hocicado en la nieve, el pie derecho ha entrado limpiamente, pero se ha quedado empotrado entre dos troncos sumergidos y, con la inercia de la carrera, el cuerpo ha doblado y la rodilla ha crujido. Ha sonado como una rama al troncharse. El cerebro reactiva aquellos dolores viejos de cuando me estrellé con la Harley y me chasqué la pierna. Enma corre hacia mí, se arrodilla, me acuna y me chista como a un niño pequeño durante unos minutos. Palpa mi rodilla y frunce el ceño. Luego me ayuda a incorporarme, pone mi brazo sobre sus hombros, intenta que camine con un solo pie, pero se hunde y hay que sacarlo a pulso a cada paso. Al llegar a la orilla del río, casi desfallecida, consigue recostarme contra el tronco de un roble rebollo.

-Bueno, salvados -dice sonriendo en un intento de tranquilizarme- Ya estamos en el Manzanares y el agua se mueve hacia allá. Ese es el camino.

-Tendrás que ir sola -le digo- Supongo que tienes una hora u hora y media de camino hasta el pueblo. Sal ya porque se te echa la noche encima.

-Iremos junto –replica-

-Enma, sé razonable –le insisto-. A mí ya vendrán a rescatarme cuando les avises y estés a salvo.

Como predije el viento se ha aquietado y, aunque la luz merma por momentos, ahora se deja ver el discurrir del cauce. No se distingue la senda, pero estoy seguro que desde este paraje no hay obstáculo hasta llegar a Canto cochino. Sigo pidiendo a Enma que haga el descenso sin mí, primero razonando con tranquilidad y aplomo, luego a gritos de pareja muy convivida. Pero es terca como una mula. Sólo me queda un cartucho, enfadarla.

-Claro, a lo peor tienes algo que esconder y por eso no has querido jugar al juego de la verdad –le suelto para herir su amor propio-

Se calla, se sienta.

El viento está calmo, ha dejado de nevar. El agua también está mansa y si se mira al bies  sobre su superficie, como cuando se tira una piedra para que vaya de rebote en rebote, se pueden advertir jirones de vapor que ascienden y se desvanecen en el aire.

-Sí, tengo un secreto –dice clavando sus ojos enaguados en los míos- Siempre estuve enamorada de ti, no me perdía tus conciertos. El único que me perdí fue el del día que me conociste y me regalaste las entradas. Cuando levanté la cabeza del microscopio y te vi, me temblaron las piernas y, no te fijaste, pero tuve que agarrarme a la mesa con las dos manos.

Permanezco en un silencio hosco. Estoy ganando la batalla y cuando termine su perorata conseguiré que se vaya. Con este frío, entrada la noche, no aguantaremos vivos ni dos horas.

-Que te dejase entrar mi jefe en el laboratorio me pareció un soborno –prosigue- Cuando a los pocos días me esperabas a la salida del trabajo con un ramo de flores, te las tiré porque seguía pensando que no eran más que parte del soborno. Y no, no fui a verte al hospital cuando ya estabas muy malito para pedirte perdón. Esa fue la excusa. Fui por ti.

Vuelve a guardar silencio y se enjuga las lágrimas con el dorso de los guantes. En las mejillas le quedan unos cercos de escarcha.

-Vale –le digo- Y ahora, por favor, puedes irte antes de que se eche la noche encima.

-No, no voy a irme sola. Y lo sabes o lo deberías de saber. Lo que ignoras, y éste era el secreto, es que soborné a un médico del Anatómico Forense. Analizaba la sangre de los cadáveres jóvenes que entraban. Un jueves por la noche me llamó para decirme que tenía un motorista de dieciocho años compatible. Cogí un taxi. Sobre la mesa de autopsias le extrajimos el hígado. Lo cosimos y la familia nunca se enteró.

Me incorporo escalando el tronco con las nalgas. La estrecho contra mí, le limpio las lágrimas y los cercos de nieve con la mano. Quiere seguir hablando pero pongo dos dedos en sus labios para acallarlos. Se aparta y consigue decirme:

-Escucha: Quiero que sepas que no tenía dinero para pagar el soborno. Sólo disponía de mi cuer…

Antes de que llegue a pronunciar la última sílaba vuelvo a sellar sus labios, esta vez con el candado de los míos, la estrujo muy fuerte con mis brazos. Subo mi boca a su oreja y le digo

-Qué terca eres.

Apoyo mi brazo en sus hombros y así, a la pata coja, con la tarde diluyéndose en las sombras,  nos vamos.

J. Carlos