Archivo mensual: febrero 2011

La vacuna del 23-F

La vacuna del 23-F

La tarde de hace treinta años era monótona, el viento apenas movía las hojas de los plátanos y, abajo, en las aceras la gente caminaba con la inquietud de todos los días, ni una pizca más; si quieres, con una pizca menos de desasosiego, porque ese día se bajaba de la Presidencia del Gobierno el Sr. Suárez, al que desde el verano anterior asediaban y hostigaban desde todos los ángulos y con balas de grueso calibre: La oposición, lo sindicatos, los medios de comunicación, los militares, incluso desde su conglomerado -la UCD- también le daban lo suyo. Lo habíamos convertido en el pararrayos de todos los males que nos cursaban: terrorismo, paro, inflación, ejército heredado de una dictadura militar, nacionalismo rampante –como ahora-, alejados de Europa, fuera de la Otan, etc. Así que todo pintaba un poco mejor que días anteriores en que, las acechanzas de los políticos y los runrunes de cuartelazos nos tenían en un sin vivir.

Esa era la calle que yo veía una tarde de hace treinta años desde un quinto piso de un barrio humilde de Madrid. Preparaba una clase que dos horas más tarde impartiría en la Universidad y escuchaba en la radio la retrasmisión de la investidura de Calvo Sotelo. En aquella recién estrenada democracia todavía nos creíamos con el deber cívico de seguir estos acontecimientos porque, se lo debíamos a las generaciones de nuestros mayores que habían sido expoliados de la libertad, eran acontecimientos históricos con el marchamo de nuevos e irrepetibles y, suponían la sublimación de los anhelos por los que habíamos luchado en la adolescencia y la primera juventud.

La radio desgranaba cansina la retahíla de nombres de los diputados llamados a votar, similar a la al canturreo de los números de la lotería en Navidad. No me importunaba para la confección del guión de la clase, hasta que es llamado a votación Manuel Núñez Encabo –han pasado treinta años y el nombre se me ha empotrado en el cerebro-, entonces se oyen ruidos, levanto la vista hacia el receptor de radio y oigo la voz trémula de Rafael Luís Díaz: «Se ha oído un golpe muy fuerte en la Cámara… no sabemos lo que es… la Guardia Civil entra en estos momentos en el Congreso de los Diputados, hay un teniente coronel que con una pistola sube hacia la tribuna (…). Está apuntando al Presidente del Congreso de los Diputados con la pistola (…) No podemos emitir más porque nos están apuntando con una pistola… llevan metralletas. A continuación se oyen ráfagas de metralletas que duran media eternidad. Luego, silencio…

Primera derivada: El estómago te da un vuelco, el corazón se desboca como un caballo asustado, y la mente no para de imaginar sangre y cadáveres sobre aquellos sillones rojos y azules que sólo has visto en la televisión.

Segunda derivada: No puede ser verdad. Miras por la ventana y te sorprendes porque los plátanos siguen ahí con sus ramas poderosas abanicando el aire, la gente camina al mismo paso de siempre con bolsas de lona, llenas de carne, de hortalizas y de frutas, los utilitarios de colores chillones siguen petardeando en la calzada.

Tercera derivada: Reflexionas. Os acaban de quitar la libertad recién estrenada y es como si te arrancaran un brazo. Y ahora: el oscurantismo, el silencio, la obediencia cuartelera, el ordeno y mando, la boca cerrada, los medios otra vez en blanco y negro. El mundo occidental navegando a toda vela hacia el futuro y España vuelve a la estela del pasado, a dos siglos atrás. Dos siglos luchando a brazo partido contra la modernidad y el progreso. ¡Qué asco!

Cuarta derivada: Preguntas. ¿Me he significado en algo? ¿Algún escrito, algún comentario? Porque ahora pasarán casa por casa, irán a los tajos, a las Universidades y buscarán a los rojos, que para ellos son todos los que están más acá de la extrema derecha. Miedo. Si se han cargado a los diputados éstos se cargan hasta el sursuncorda.

A la media hora la calle apretaba el paso y el viento empezó a batir las hojas como si estuviera furioso. A la hora y pico el barrio era un desierto, los comercios y los bares echaron el cierre, no había luces en las ventanas, ni siquiera cristales, los vecinos habían bajado las persianas. Silencio. Miedo, mucho miedo.

Lo demás, ya se sabe. O mejor, se sabe poco, y nunca se sabrá. ¿De qué hablaron Mújica y Armada en Lérida días antes del golpe? ¿Quién era el elefante blanco? ¿Quiénes formaban parte de la trama civil? ¿Quién confeccionó la lista de miembros del futuro gobierno de coalición que llevaba escrita Armada? ¿Quién dio la orden para que un coche del CESID guiara al autobús desde Valdemoro hasta Las Cortes? ¿Eran tan inútiles que no sabían cómo llegar al Congreso? ¿Por qué la seguridad del Palacio les dejó pasar? ¿Por qué el juez instructor no juzgó a los guardias que secuestraron y amenazaron de muerte a los diputados? ¿Qué validez jurídica tiene el pacto del capó? ¿Por qué EEUU se mantuvo en silencio? Etc.

Nunca agradeceremos que los cómplices, autores o encubridores eligieran para la misión a un “fuerza armada” que más parecían los componentes del teatro de una ópera bufa. Cuando se distribuyeron las imágenes al extranjero por tve, los periodistas suecos de eurovisión pensaban que había entrado en el Congreso de los Diputados un torero, otro tanto pensaron los periodistas en Alemania y, en Estados Unidos, nos confundieron con una de las repúblicas bananeras, tan proclives ellas a las asonadas golpistas de gran colorido. Lo cierto es que el guión y los diálogos que se sucedieron no los habría mejorado ni Mihura. Dime, ¿tú crees que Mihura hubiera imaginado a la tropa arrasando con todo el alcohol del bar del Palacio?, ¿y saltando por las ventanas a la calle como los delincuentes?

Les salió el tiro por la culata, afortunadamente. Era tan patético ver cómo se producían que hasta los franquistas se abochornaron. Fue tal la zafiedad, la incultura, la improvisación, que también los demócratas nos sonrojamos al pensar que esos individuos pertenecían a las Fuerzas Armadas de nuestro País, y todo esto se ventilaba en todas las televisiones del mundo. Pero fue mano de santo, se acabó con el runrún de los cuarteles, las Fuerzas Armadas se dedicaron a los suyo que es prepararse para proteger a los ciudadanos, la extrema derecha buscó acomodos más aparentes, y hasta el Rey -que se había prodigado en distintos ambientes pidiendo la cabeza de Suárez- aprendió que quien pone y quita Presidentes son las urnas y no él. También lo aprendieron algunos políticos, a la derecha y a la izquierda, que abogaban por un periodo provisional de abolición de la Carta Magna y constituir un gobierno de concentración nacional. ¡Qué peligro!

La vacuna ha durado treinta años, con unos niveles de progreso y bienestar que ni nos imaginábamos en los mejores sueños, y con una democracia raquítica, pero democracia al fin y al cabo. Hay peros, claro: (Ver Nota 1) -te los pongo como nota, al final, para no alargar el artículo-

Y sin embargo, te confieso que ando preocupado estos días. Empezaron a insultar al gobierno. Bueno, todo el mundo se mete con el gobierno y, además, éste que padecemos tiene flancos hasta para sacarle las asaduras. Después despotricaron, poniendo en duda las instituciones. Bueno, estamos en una democracia y si funcionan mal es nuestro deber ejercer la crítica y es sano. Después hostigaron a la monarquía. Bueno, es una monarquía parlamentaria, cuyo cometido es, según el art. 56 de la Carta Magna, “el de arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones y asumir la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales”, así que como no somos sus súbditos, podemos y debemos criticarlo en sus funciones. Después denigraron la democracia. Bueno, ya he escrito, es una democracia raquítica, con unos partidos donde cuatro plutócratas toman decisiones y “obligan” a sus conmilitones a seguirlas sin más, utilizando para ello la parafernalia de las Cámaras, en las que la mayoría de sus miembros van a levantar o bajar el dedo; ello aparte, se da la fatal circunstancia de que tenemos una economía demasiado vicaria del poder político lo que da lugar a corrupciones, aberraciones, privilegios y prebendas. Después dijeron que la dictadura de Franco fue un dechado de virtudes. Y ahí ya dije: Basta.

Me temo, mi caro amigo, que algunos medios de comunicación utilizan un lenguaje cuartelero que empieza a parecerme un deja vu. Vamos, que me parece estar leyendo y escuchando aquello que se oía y escuchaba hace… treinta años.

J. Carlos

Nota 1:

Aún existe ETA y sigue amenazándonos a todos, aunque esté dando las boqueadas. Nada comparable hoy con del año 1981. Los doce meses anteriores al al 23-F la banda criminal llevaba segadas más de 100 vidas.

-Sin duda, es preciso remendar la Constitución para terminar  con la bomba de relojería que nos dejaron nuestros constituyentes, me refiero al Título VIII, sí, el de la Organización Territorial del Estado. Está sin cerrar y cada tanto los nacionalistas –insaciables- quieren más y más. Deben fijarse de una vez por todas, y en la Carta Magna, cuáles son las competencias que ha de gestionar cada Comunidad y cuáles corresponden al Estado, así como el control de los ingresos y de los gastos; abolir los beneficios fiscales de algunas CCAA., y establecer los instrumentos de cooperación y arbitraje para que no se solapen o queden en tierra de nadie determinadas competencias o determinados servicios. De forma que si en el futuro hubiera que modificar competencias, sería necesaria la reforma constitucional.

-Habrá que pensar qué hacemos con el Senado, o se borra de un plumazo o se le dan verdaderas atribuciones para que sirva a los intereses de los ciudadanos.

-Falta regular la democracia dentro de los partidos y las consecuencias de no ejercerla debidamente, así como establecerles un techo de gasto. Y si se pasan, a pagarlo de su bolsillo. Nada de admitir donaciones porque, en realidad, son cohechos impropios. Nadie da nada si no espera nada a cambio.

-Es patente que la ley electoral hay que cambiarla de forma inmediata, tal vez un sistema de listas abiertas con el fin de que cada elegido lo sea por una circunscripción y trabaje por y para ella, de forma que, a veces, como en el sistema anglosajón, tenga que votar en contra de su partido. Regular otro tipo de proporcionalidad más objetiva en función de los votantes reales de cada circunscripción y, de paso, además, se evitaría el excesivo, e incongruente, peso que actualmente tienen los nacionalismos, que siempre son la llave de las mayorías a cambio de transferencias y otras naderías.

Volver al viejo sistema funcionarial: Que el político no pueda remover a los técnicos: de Jefe de Servicio para abajo. Que prescindan de todo tipo de asesores y otras figuras atípicas. Que todos los procesos, documentos y actas  de los concursos antes, durante y después de la adjudicación, sean publicados en internet obligatoriamente. Que no se admita el troceamiento de los concursos para saltarse los límites, etc.

En cuanto a la corrupción. Complicado me lo pones. La solución llegará más tarde que pronto, y aunque no lo creas, es sencilla: Dinero electrónico. Donde toda transacción deberá llevar un código que incluya el NIF del que la inicia y del que la recibe, ya sea de persona física o jurídica. Soportes: Tarjeta, móvil, ordenador, tableta, t.v., etc. Papel desterrado, si acaso, billetes de 20 €.

-… Aquí todos los etcéteras que quieras…


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La química y el amor

La química y el amor

La ciencia, a veces, te decepciona. Descubre que tus enlaces de carbono un día se desmoronarán como un catillo de arena y tu cerebro dejará de incubar tormentas eléctricas; entonces ya serás nada y lo de menos es que termines formando un montecito de polvo o de ceniza. Ahora va y te revela que lo del amor es simple química, se reduce a una inundación en el cerebro de Feniletilamina y este órgano, para sofocar el desbordamiento, pone a trabajar a sus cuerpos de bomberos y de protección civil. Al primer cuerpo pertenece la dopamina, un transmisor responsable de la capacidad de deseo y de repetir comportamientos que proporcionan placer. El segundo cuerpo está formado por miembros como la norepinefrina y la oxiticina, que son mensajeros del deseo sexual. Llegados al lugar de los hechos comienza el trabajo de los neurotransmisores, que dan lugar a los arrebatos sentimentales y a ese estado de “imbecilidad transitoria”, tal como lo definió Ortega y Gasset.

Es la verdad científica, la verdad revelada por los nuevos dioses. Y sin embargo…, y sin embargo, te quiero.

J. Carlos

La espera

LA ESPERA

Hipólito calienta la leche en un hornillo eléctrico. Va para dos años que su sobrina les quitó el gas por lo del descuido. Toca con dos dedos la barriga de la cazuela esmaltada en rojo, no está caliente todavía. Se lleva la mano a los riñones y trata de enderezar el tronco, se oye un ligero crujir de huesos, al tiempo que exhala un pequeño suspiro de dolor. La persiana, a medio plegar, con un cordón de plástico verde anudado  con lazada, se zarandea contra el cristal. La vista le devuelve un amanecer de enero, plomizo, a punto de desaguarse. Agarra el mango desportillado y vierte el contenido en dos vasos de Duralex. Después de echar el Nescafé y el azúcar y de removerlos con la cucharilla de alpaca, se acuerda de desconectar el hornillo.

Su esposa levanta el embozo de la cama cuando escucha el frú frú de las pantuflas sobre el entarimado del pasillo.

―Poli, ponme la cuña. Sigo sin fuerzas para levantarme.

―Voy ―contesta Hipólito, al tiempo que deposita la bandeja del desayuno sobre la mesilla de noche.

Después de asearla con una toalla y una palangana, desayunan juntos; Leonor en la cama, descansando el tronco sobre dos almohadones; Hipólito sentado en la silla de ruedas de Leonor. Pero tiene que incorporarse de tanto en tanto para limpiarle los hilos de café con leche, que se le escapan de la comisura desde que la embolia le dejó el labio superior derecho estirado para arriba como un interrogante.

―Hoy hace cuarenta años de lo de la niña ―arrastra las sílabas y le cuesta pronunciar las eñes.

―Sí ―contesta Hipólito― Tal día como hoy, igual de frío y cabrón.

Leonor da un último sorbo, empinando el vaso; un reguero de posos de café insoluble se queda pegado al vidrio. Hipólito le quita el vaso de las manos, le ayuda a acostarse de nuevo y le sube el embozo de las sábanas hasta la mitad de la cara. Está muy delgada, la colcha apenas esconde un bulto. Con lo que ha sido –piensa Hipólito― la más alta y más guapa de la Escuela Normal, era un imán para todos los ojos. Ahora tiene secas las piernas y no alcanza ni los cuarenta kilos.

De vuelta a la cocina, el gato le remolonea entre los pies. Lava los vasos, los seca y llena el cuenco del gato -Gandolfo- con comida seca. En el reloj redondo de la pared faltan dos minutos para las nueve, aunque atrasa un poco. La hora de las noticias.

Se traslada al salón, que es la pieza más grande de la casa, de hecho, la compraron porque a Leonor le gustaba aquel salón tan luminoso donde luciría el cuadro de los bueyes saliendo del agua que le había regalado el tío Pedro. Al lado del ventanal está la mesa de comedor y en el rincón donde confluye la librería que ocupa dos lienzos completos, una mesa de trabajo con tapete de piel verde. Al otro extremo, un tresillo de pana verde en el que toma asiento Hipólito y, de frente, el televisor sobre una mesita con ruedas. Gandolfo entra relamiéndose, de un salto se encarama en el rincón favorito de Leonor y ronronea a la espera de que le acaricie el lomo. La locutora lee las noticias. Hipólito chasquea la lengua cuando aparecen las imágenes de la chica que hoy hace un año desapareció en Sevilla.

Después de escuchar las noticias vuelve al dormitorio, abre las ventanas un momento para airearlo y se sienta en la silla de ruedas. Leonor se queja cariñosamente de que ha metido el frío en la habitación y le señala los rombos de cristal de la lámpara que tintinean como si temblaran.

―¿Algo interesante en las noticias?

―Más de lo mismo ―dice Hipólito― Lo de Haiti; que viene otra ola de frío; ah, y que se cumple un año de la desaparición de Marta, la chica de Sevilla.

Sigue un silencio espeso. En las mejillas amarillentas de Leonor resbalan las lágrimas. Hipólito saca un pañuelo del bolsillo superior del pijama y le limpia la cara.

―Poli. Ayúdame a ponerme de lado, que sólo veo el techo.

La lámina de la virgen y el niño de Murillo los contempla por encima del cabecero de la cama. A Hipólito, mientras cambia de postura a Leonor, se le dibuja una sonrisa de pícaro y le serpentea un rayo de luz en los ojos. Está recordando que, cuando eran jóvenes, a su mujer le daba vergüenza y le amenazaba que si no tapaba la lámina lo harían a oscuras.

―Tienes los huesos de agua, pesas menos que un saco de plumas.

Hipólito vuelve a sentarse en la silla de ruedas de su esposa, la impulsa ligeramente para que las ruedas delanteras se muevan adelante y atrás, sabe que ese breve siseo de la goma sobre la tarima atraerá el sueño de Leonor que no ha pegado ojo en toda la noche por los nervios del cuarentenario. A decir verdad, él tampoco. Pero el esfuerzo es inútil, deben ser los recuerdos que la mantienen en vilo y no hay caso. Ni siquiera pestañea y le da por soltar la lengua:

―¿Sabes que soñé esta noche?

―¿Qué? ―pregunta Hipólito.

―Que nuestra niña vivía en Kansas y nos encontraba a nosotros con eso de internet. Poli. ¡Éramos abuelos!

En la pared lateral del dormitorio, frente a la ventana con visillos blancos, hay una foto tamaño póster. Están los dos recibiendo los aplausos de un centenar de personas, sentados en una mesa presidencial, fue cuando cumplieron las bodas de oro con la enseñanza. Ese día les retiraron. De eso hace casi veinte años. Doña Leonor era la profesora de Francés y Don Hipólito enseñaba Física y Química. Todavía quedan cartas de alumnos agradecidos en los cajones de la cómoda. Estuvieron llegando durante varios años.

―Poli ¿Tú qué sueñas?

―Querida. No me quedan sueños. Los gasté todos contigo ―responde Hipólito.

La esposa se ruboriza, le da la risa, se atraganta, tose. Hipólito tiene que levantarse para sosegarla, la endereza y saca de debajo de la cama la palangana de los esputos. Luego le limpia el sudor de la frente con el pañuelo, vuelve a depositarla suavemente sobre las almohadas. Tarda más de diez minutos en retomar el compás de la respiración.

―¿No hay noticias del detective? ―pregunta Leonor.

―Lo de siempre, querida, o sea, nada. La última pista se perdió en Nairobi, ya sabes ―dice Hipólito

―Seguirá buscando ¿no? ―replica Leonor.

―Claro, Leo, mientras nos quede pensión, seguirá cobrando y seguirá buscando.

Se levanta para coger una manta que reposa en una silla del comedor, hace frío y la calefacción eléctrica es prohibitiva. Echa de menos el gas que caldeaba la casa a mitad de precio. Los ojos se le van a la última balda de la librería, recorren los cantos de media docena de archivadores de cartón gris alineados por fechas. No falta el informe mensual y van cuatrocientos ochenta informes. Siempre hay un hilo de esperanza, una razón para seguir como en cada capítulo de las buenas novelas. Él la perdió muy pronto y piensa que lo del detective es tirar el dinero, pero Leonor…

Con la manta de lana enrollada al cuerpo vuelve a entrar en el dormitorio. Leonor le está esperando con los ojos muy abiertos. Le espeta:

―Cuídate, cuando yo falte tienes que seguir buscando a la niña.

―Sí, cariño. Pero no hay caso, me llevarás por delante ―dice Hipólito, con una sonrisa cómplice. Luego, cierra los ojos y hace la señal de la cruz porque sabe que, si los vecinos no hubieran olido a gas ya no tendría de qué preocuparse.

―Cuando suba el sol y me entre el calor en los huesos me levantas. No te olvides de que hoy toca abrir la habitación de la nena, como cada año, y rezar ante su foto.

―Claro, mujer ―contesta Hipólito pensando en estufas eléctricas y cortocircuitos.

J. Carlos

Neuronas espejo

Neuronas espejo

Los profesores Giacomo Rizzolatti, Leonardo Fogassi y Vittorio Gallese estaban en la universidad de Parma, en Italia, estudiando las respuestas neuronales de un cerebro de un mono macaco. Le habían colocado unos electrodos para averiguar qué neuronas se activaban cuando el mono hiciera un movimiento con su mano. Leonardo Fogassi estaba parado al lado de un frutero y alargó la mano para coger un plátano, el mono se limitó a observar el movimiento de la mano del profesor sin mover la suya; sin embargo, los instrumentos detectaron actividad en algunas neuronas que habían reaccionado a la simple observación. Por casualidad habían descubierto la existencia de neuronas espejo en los monos macacos. Las neuronas del individuo imitan la acción del otro, así pues, las neuronas del observador estarían realizando la acción del observado como si de un espejo se tratara. Más tarde se descubriría que nuestra especie humana también había heredado ese sistema de conocimiento, digamos, por imitación. A partir de ahí se ha especulado con que dichas neuronas están ligadas al desarrollo del lenguaje y a su comprensión, que juegan un papel muy importante en la empatía, incluso que su disfunción puede producir desórdenes como el autismo. Daniel Goleman llevando hábilmente el agua a su molino de inteligencia emocional afirma que, estas neuronas espejo detectan las emociones  e incluso las intenciones de la persona con quien hablamos.

Seguramente sin esa base científica, pero por sentido común, en los zoológicos cuando la hembra de un mono está embarazada y nunca ha visto el comportamiento de una madre con su hijo, una cuidadora se pasa varias horas al día actuando, con un bebé simulado en los brazos, para que la hembra no rechace a su retoño cuando nazca y lo cuide debidamente después.

Tal vez esa sea la razón por la que nos gustan los cuentos, la literatura,  el cine, la televisión, la historia…. Seguramente nuestras neuronas espejo se excitan con las aventuras y desventuras de nuestros héroes, y nos permiten vivir otras vidas regaladas sin correr riesgos. Será por eso que nos cansamos desde el sillón con el esfuerzo del ciclista coronando el Tourmalet, o nos extasiamos con los regates imposibles de Messi y nos parece tocar con él la perfección. Quién me dice que las neuronas espejos de los manifestantes egipcios, yemeníes, marroquíes, sudaneses, etc., no se han contagiado, por imitación y por empatía, de los actos heroicos que han llevado a cabo los tunecinos. Y otra pregunta: ¿Las personas que se queman a lo bonzo en Egipto, Arabia Saudí, Mauritania y Sudán lo hacen porque sus neuronas espejo se han activado al contemplar la pira ardiendo del cuerpo de Mohamed Bouazizi, el vendedor ambulante tunecino? Y si es así, ¿las pulsiones eléctricas de sus neuronas reflejan una simple rutina de imitación u obedecen a razones más emocionales como la empatía?

Desde mi sillón y desde el tuyo vemos, en la televisión, la plaza Midan Tahrir en El Cairo con la óptica cenital de una cámara que nos pasa los fotogramas de un día en apenas un minuto, como en esas películas que utilizan el lenguaje de las nubes y las salidas y puestas del sol para que sepas el tiempo transcurrido en la trama. Vemos hervir a la masa como las burbujas de agua en la olla a presión, a la tarde y a la noche  pierden un poco de fuelle, pero en la mañana vuelven a bullir. En ocasiones nos quitan esa imagen y nos ponen una lluvia de piedras y una densa humareda, como si fueran nubes que en vez de parir gotas de agua parieran guijarros, luego intercalan camillas ensangrentadas, carreras de gente que grita y cabezas cubiertas de trapos blancos manchados de rojo, después el realizador vuelve a enseñarnos desde la cámara cenital la olla hirviendo. Y el tirano no se va. A nosotros ya nos cansa desde el sillón el esfuerzo de la masa, como nos cansamos de ver pedalear al ciclista con la cara de sufrimiento y un hilo de saliva seca en la comisura de los labios cuando escala el Tourmalet. Además el dictador Mubarack no se va de Egipto, como se fue Ben Alí de Túnez, sin duda, gracias a nuestro esfuerzo neuronal. Desde mi sillón y desde el tuyo cambiamos de canal porque sabemos que los monos macaco adultos ya no aprenden por imitación, parece que las neuronas espejo tienen una misión temporal limitada. Y, sin embargo, en el nuevo número del dial de la televisión, Messi nos produce un calambre de perfección en nuestras neuronas espejo y, sin querer, por imitación, nuestros pies han hecho tres leves movimientos involuntarios chutando a gol. Es por empatía que nos sentimos únicos, como él, y el cerebro se da un chute de dopamina, aunque sepamos que es sólo un espejismo porque no somos nadie.

J. Carlos

Abismos

No ha habido ningún profeta, gurú, think tank o agencia de espionaje que desde occidente señalara que el estallido social se iba a producir en el mundo árabe, precisamente ahora que estábamos tan ocupados en decidir si nuestra crisis es financiera, económica o de valores. Es obvio que desde hade décadas en el mundo árabe se ha estado acumulando material social explosivo. La chispa ha sido la inmolación de del tunecino Mohamed Buazizi el pasado 17 de diciembre, la carga explosiva el nepotismo de sus clases dirigentes frente a la miseria generalizada de la población. Hasta aquí, más de lo mismo, ya escribió en el siglo XIX, el pensador estadounidense americano Henry George, “lo que ha destruido a cada una de las civilizaciones anteriores ha sido la tendencia a la distribución desigual del poder y la riqueza”. Sin embargo esta bomba de relojería tiene un multiplicador diferente a los conocidos hasta ahora, son las llamadas tecnologías de la información y de la comunicación: La televisión –la ventana desde la que se ve la opulencia de occidente-, el teléfono móvil, internet, las redes sociales, hasta, si me apuras, Wikileaks que ha elevado a categoría lo que todos sospechaban o sabían. El factor multiplicador ha sido esencial y ha marcado la diferencia, hasta ahora han sido revueltas genuinas, más espontáneas que dirigidas y ya ha caído Ben Ali y su familia en Túnez; Hosni Mubarak abandonará Egipto seguramente antes del fin de semana próximo; el presidente yemení Alí Abdullán Saléh ya ha manifestado que no se presentará a la reelección en 2013, ni tampoco impondrá a su hijo; el rey Abdallá II de Jordania ha cesado a todo el gobierno para curarse en salud. Ya ponen sus barbas a remojar Bouteflika en Argelia, Omar Hassan al Bashir en Sudán y el rey Mohamed VI de Marruecos empieza a sentir que la arena del desierto se mueve bajo sus pies. Mientras tanto ¿qué pasa en Irán? Silencio.

Seguro que te gustaría, como a mí, que hubiera un a modo de Wikileaks que nos permitiera seguir la verdadera historia, desde la sorpresa inicial de los palacios presidenciales y de las embajadas, hasta los cables que se están sucediendo ahora mismo. Lamentablemente las revoluciones espontáneas dejarán de serlo y pronto conoceremos los nombres de los que dirigirán a las masas para su provecho. Ojalá que no sean Ayatollás ni Bushes.

Fíjate que les deseo de todo corazón a esos pueblos el menor de los males, esto es, que lleguen a nuestra democracia política y social. Aunque sea un paripé con una oligarquía de partidos dirigidos por una casta profesional de la política que ha enterrado la democracia parlamentaria, ya decía Max Weber: “Desde el advenimiento del Estado constitucional y la democracia el tipo de político dominante en occidente ha sido el demagogo”. Aunque el sistema todo lo reduzca a dinero y se mercantilice hasta el pensamiento como indica Heleno Saña: “porque se ha impuesto el pensamiento mimético y apologético del poder establecido para justificarse a sí mismo y encubrir sus innumerables aporías y contradicciones”. Aunque, ahora más que nunca, sea el lugar en que reina, desde el advenimiento de Reagan y Thatcher, la Chicago School of Economics y las teorías desregulatorias de su representante Milton Friedman, en que el hombre pasa a ser una mercancía y tiene su precio, y sus consecuencias: despido libre, dumping salarial, desprotección sindical, contratos de trabajo basura, privatización de todo lo que sea rentable, incluyendo la salud, la pensión… y dentro de poco, el aire que respiramos.

Ya se sabe si se echa la vista atrás siempre habrá otro, más pobre,  cogiendo las migas de pan que se nos caen de entre los dedos. Porca miseria.

J. Carlos

Viaje al mar

VIAJE AL MAR

Hasta el director del Hospital ha bajado conmigo en el ascensor y ha empujado mi silla de ruedas unos metros hasta la puerta del coche de Eloy. Ha venido sólo para hacerse la foto, se cree que soy bobo, de sobras sé que él no quería que hiciera este viaje; ya le dije, si tanto me estima mande quitar el sopicaldo de los martes, jueves y sábado y que me den queso de tetilla. Eloy siempre se ríe cuando le cuento la historia del queso. Me lo regalaron las monjitas envuelto en hojas de periódico, lo desenvolví y no supe qué hacer con él, se me ocurrió llevarlo a la boca y mamar, a una sor le dio un ataque de risa, a la otra le dio un soponcio y hubo que llamar a un doctor. En aquel entonces las monjitas siempre andaban en pareja como la Guardia Civil. Dice Eloy que recuerdo tan bien las cosas porque todo me ha sucedido aquí entre estas cuatro paredes, y los demás ven tanto cada día que no les cabe en el cerebro; por eso siempre le di largas a lo de conocer el mar por temor a perder los recuerdos. Fíjate que de ver tantas personas nuevas que pasan por el hospital ya se me está oscureciendo la memoria; además, el mar lo he visto muchas veces en la televisión y no es más que un pozo de agua pero muy grande. Lo que no puedo entender es por qué los peces pueden vivir en el agua y respirar. Según Eloy nosotros respiramos aire y los peces respiran agua, aunque las sirenas, dice, son un caso especial, respiran agua por la nariz y aire por la boca por eso tienen cola de pez y cuerpo de mujer. Se piensa que porque no tengo mundo tengo que creer en las sirenas.

Mira que es la primera vez en mi vida que salgo del hospital y Eloy, nada más arrancar, ya me está regañando porque llevo los ojos cerrados, me da miedo abrirlos porque me mareo. Le digo que el coche rebota sobre los adoquines y hace giros bruscos, así que los edificios se van y se vienen. En las películas los coches corren más pero desde la cama no se siente que el estómago se te suba hasta la boca. Se ríe, pero afloja la marcha y me da una palmada en la pierna. Por detrás los coches empiezan a pitar, como los domingos de fútbol cuando gana el Pontevedra y me espantan a los tordos que viven en los abetos del jardín trasero. Todo el mundo sabe que yo afano siempre dos chuscos de pan en la comida, uno me lo como, y el otro lo desmigajo para que Lucía, la enfermera de las piernas largas, les tire las migas por la ventana. Si no fuera por mí, los pobres pájaros se morirían de hambre.

-¿Dónde va tanta gente?, Eloy ¿A qué se dedican, a ir en coche de acá para allá como los taxistas?

-No hay nadie cuidando los maizales y las vacas pastan solas. ¿Cómo saben los animales de quién son?

-Dime, ¿por qué la gente del hospital tiene la piel más blanca?

-Escucha, Eloy ¿Las tapias y las alambradas son las paredes de los hospitales para las bestias?

Los demás me regañan cuando hago una trastada, Eloy siempre sonríe. Ya le dije un día, tú tienes ese gesto de nacimiento al igual que otros tienen la cara avinagrada, les viene de herencia. Ahora que el estómago ha vuelto a su sitio y pasamos por debajo de los postes de la luz le he preguntado cómo meten los hombres la luz en esos cables tan delgados y le ha dado un ataque de risa; me lo ha contagiado y casi me ahogo. Dice que tiene intención de escribir un libro sobre mí porque los demás tienen que ir al mundo para vivir, han de moverse; y yo soy el único al que el mundo viene a mi habitación.

Sólo a él le tengo contado que desde una cama uno también se enamora como en las películas. Que te quedas abobado y sin ganas de comer durante mucho tiempo y que me ha pasado varias veces. La primera fue cuando me trajeron de compañero a un pastor que estaba en las últimas, vino de visita cada tarde, durante casi seis meses, una mocita de cara redonda y ojos pequeños; hablaba conmigo como si nos conociéramos de toda la vida y me miraba a los ojos. Estuve dos semanas sin probar bocado después de que le dieran el alta a su padre, se me había ido el apetito. Hasta de una monja me enamoré. Verás, de joven, me lavaban el culo dos enfermeras viejas, pero esto de aquí abajo se revolucionaba y, a veces, escupía; ellas se enfadaban mucho y me pegaban. Cuando venía sor Inés, tan pura, la cara blanca de cirio, los dedos largos y finos, yo me clavaba las uñas hasta las lágrimas para mantener aquello quieto, ella pensaba que me hacía daño y lo hacía con más ternura, era peor; un día me hizo confesarle la causa de mis lágrimas, se puso roja, roja y no volvió. Cómo sería que perdí quince kilos y me pusieron a un loquero para que averiguara mis males, pero lo que pasó nunca se lo dije. Todavía me duele aquí, en las tripas, cada vez que la recuerdo.

Estas cosas, Eloy, no le interesan a nadie. En la tele todas las películas son de tiros, si escribes ese libro pensarán que es como leer la vida de un pájaro que sólo sale de la jaula para el entierro. ¿Sabes? Hay días de verano que el sol alumbra en el jardín y se oye por la ventana el bullicio de la calle que me siento así, como un pájaro enjaulado; pero en los días crudos del invierno, cuando la niebla densa amortigua todos los sonidos hasta los de mis tordos, me imagino que soy un millonario viviendo en un hotel de lujo. Primero he sido como un hijo con muchos padres y muchas madres, después he sido padre de muchos hijos, ahora soy el abuelo gruñón de todos los trabajadores del hospital y sé que muchos me quieren; para saberlo no hay que ser un hombre de la calle ni tener estudios, se nota en la mirada, en cómo te aprietan la mano o te guiñan el ojo. Ya te he contado que no hay enfermo que haya pisado este hospital y se haya ido sin conocerme. Un año, ya sabes, se corrió la voz de que daba suerte y venían de los pueblos a pasarme los billetes de lotería por la chepa.

La soledad, siempre estás con la matraca de la soledad. Nunca estoy solo, siempre hay gente, siempre hay ruido. No hay cerradura en la puerta de la habitación, ni en la del cuarto de baño. No, no he sentido nunca la soledad. Bueno, sí, cuando me rajaron para operarme, estaba seguro de que iban a darme el pasaporte para el otro barrio para que dejara la cama libre. Me dio por pensar en la muerte, me veía metido en el ataúd sin poder moverme, ni rascarme si quiera, frío como un carámbano, debajo de un montón de tierra, con las tripas crujiendo de hambre, la boca seca de sed, sin tener con quien hablar, a oscuras, escuchando sólo el ras ras de los gusanos comiéndome y yo, sin poder rascarme. Con todo, lo peor era pensar que, si el invierno venía lluvioso el agua iba a calar la tierra, entraría por las rendijas de la caja y no podría respirar.

La carretera pasa por medio de dos tesos verdes como dos tetas, y nos adelanta un camión que lleva un rebaño de ovejas al matadero. Al poco, Eloy señala con el dedo el parabrisas y dice:

-Mira. No hombre, a los mosquitos estrellados no. Mira al fondo, aquello que brilla es el mar.

Allí, donde dice Eloy, se ve un pozo muy grande lleno de agua estancada, que se alarga a izquierda y a derecha, pero de frente acaba pronto, no es como la tierra que vas con el coche y no se acaba nunca, detrás de un monte viene otro y otro. Seguimos bajando en picado por una carretera con mil reviravueltas, y ahora el agua no está quieta, forma rizos de espuma como si le hubieran echado jabón al mar, casi te hace daño a los ojos porque refleja el sol como los espejos. Le digo a Eloy que no se acerque más, desde esta altura se ve bien. El mar se mete en la tierra y seguro que traga todo lo que pille para darle de comer a todos los peces. Eloy, muy serio, me dice que el mar es bueno y se deja tocar y, además, los peces no comen carne humana porque si no, nosotros, no podríamos comer peces. Y remata diciendo, si quieres ver sirenas, ya sabes, hay que mojarse el culo. Y sigue conduciendo por aquella carretera que es como una serpiente negra con trazos blancos.

Me ha dejado tumbado en la orilla, con una manta roja por encima, y descalzo. A veces el agua me llega hasta los pies y yo los retiro por miedo a que el mar se equivoque y piense que la carne de hospital no es humana. Eloy se ha ido al paseo a comprarme un helado de nata, de los de cucurucho. El mar es como en las películas, un pozo grande y, además, tiene el agua tan fría que me muerde los pies. Pero esta brisa que me cierra los párpados y huele  a sal y a peces, es como la caricia de la mano de sor Inés y no se cansa de silbar y de mover los granos de arena. Se levantan y se estrellan en la cara y en las manos como besos o cosquillas. Esto sí es nuevo. Este viento no aparece en las películas ni me lo ha contado Eloy, ni nadie. No sé lo que dice pero me habla. Yo creo que canta, sí, suena como una canción de cuna que alguien entonaba hace muchos, muchos años, mientras me subía el embozo de la manta.

Qué raro, es la primera vez que tiemblo sin tener frío y es la primera vez que estoy solo. Cuando vuelva Eloy le pediré que llene de brisa una botella para llevármela. Por las noches, en el hospital, la destaparé para estar solo; bueno, y para que no se oigan los gritos de dolor y disipe el olor a muerto.

J. Carlos