Archivo mensual: octubre 2019

El día de la momia

         Ayer, día 24 de octubre, abrí mi cuaderno azul de bitácora y, debajo de los dígitos de día mes y año, escribí: “día de la momia”. Podía haber puesto: “día de Faulkner porque a la tertulia llevábamos su novela Invictos. También podía haber titulado: “día de Sofonisba y Lavinia” porque sus retratos desnudan psicológicamente a los personajes que pintan y muestran la carne femenina con una sensualidad que resulta revolucionaria para el siglo XVI; están expuestas en el Prado, fue un hallazgo. Incluso estuve tentado de asentar esa frase tan manida: “día de la marmota”, en razón de tanto aguilucho serigrafiado en banderas apolilladas, tanto Cara al sol, tanta exaltación golpista y tantos vivas a rebeldes y sediciosos.

Ayer, día 24 de octubre, el cielo era de lapislázuli y el sol, a media mañana, había aventado las nubes aisladas que como grumos de algodón pespunteaban el horizonte. Fue un gran día. Estuve en la calle, lejos de los medios. Apenas me asomé a la pantalla del móvil una decena de veces por ver si mi patria se comportaba. Se comportó.

Ayer, día 24 de octubre, España contribuyó, aunque fuera solo una pizquita, a desprofanar la joya natural de Cuelgamuros, ese lugar sagrado que profanó, horadó y coronó con una cruz espantosa el general golpista para hacerse un mausoleo faraónico a costa del sudor, la sangre y el dinero de los españoles; y, que para más escarnio, envileció con el depósito de sus restos. Sucedió ayer que tres representantes del Estado, embutidos en trajes que lucían del gris marengo al azul oscuro, con el semblante en modo respeto y la boca en silencio, encarnaron la magnanimidad de la democracia frente a una veintena de agitadores (nietos y biznietos) que, a falta de contenedores en los que quemar su rabia, hicieron pública exhibición de accesorios franquistas en solapas, muñecas, manos y, sobre todo, en bocas. El Estado podía haber esgrimido la pluma con la que su abuelo firmaba, entre sorbo y sorbo de café, las condenas a muerte muchos años después de haber terminado la guerra. Podía haberles regalado a sus deudos el último libro de Paul Preston para recordarles de qué expolios vienen las fortunas que atesoran. Podía haber contestado la ministra a Merry Martínez Bordiú, quien la acusó de “profanación” de los restos de su abuelo, que profanar es “tratar algo sagrado sin el debido respeto o, hacer uso indigno de cosas respetables”, y la momia de su abuelo ni es sagrada ni es respetable o, no más que el centenar de miles de víctimas que yacen en las cunetas de España; sin embargo, la ministra guardó silencio en señal de un respeto que no merecían. Qué poca dignidad, que aprendan de la familia de Hitler que se conjuraron para no tener descendencia, en el entendimiento –seguramente estúpido- de que sus genes estaban marcados y podían causar otro holocausto. Qué poca dignidad en estos descendientes. Además de la mercadotecnia franquista, portaban libretas para tomar nota e intentaron –seguro que consiguieron- introducir cámaras. ¿No te imaginas para qué? En pasando unas semanas veremos cómo hacen caja con ese material, carnaza para determinadas revistas y hediondos medios televisivos, ya lo hizo su padre y abuelo, Cristóbal, con las fotos del anciano general golpista agonizando. A lo peor le venden a HBO los derechos, chi lo sa. Ya digo, hoy me siento orgulloso de mi España que supo estar a la altura.

Pena que la derecha casposa y rancia de Casado y Rivera, no acabe de despegar el pie del lodazal putrefacto del franquismo. Resulta patético escucharles decir que sus abuelos se dieron un abrazo y ellos nacieron ya en democracia. Qué pensarían si sus hijos, el día de mañana, se negaran a desagraviar a las víctimas de ETA con el argumento de que cuando nacieron ya había desparecido la banda criminal. Es más hilarante, aún, el hilo argumental de que a los españoles les importa el paro o Cataluña y no el dictador, como si para levantar la losa del genocida se requirieran dos millones y medio de funcionarios y se paralizara la maquinaria del Estado; imagínate que vas a pedir un certificado de nacimiento o al ambulatorio para que te quiten una acceso purulento y te encuentras un cartel a la puerta: “Suspendido el servicio, estamos exhumando a Franco”; a lo peor es que como gobernantes son como Gerald Ford que era incapaz de andar y mascar chicle.

Pena que el macho alfa podemita, Pablo Iglesias, se alinee con la extrema derecha de Abascal y también se manifieste contra la exhumación. Siendo un comunista que utilizó la plataforma del 11 M para sus intereses y terminó transfundiéndose en vena la sangre azul de la casta con la jeringa del casoplón de Galapagar, no es extraño que ahora pida que devuelvan la momia a Cuelgamuros, al menos, hasta que pasen la elecciones y si, eso, ya veremos. Ya sabes que los extremos se tocan. En el ayuntamiento de Móstoles tienen colocado al Secretario de Organización de Podemos con un sueldo de 52.000 €, el mismo que en 2008 se presentó al Congreso de los Diputados por Falange Española y de las Jons; un alma cándida que negaba el holocausto, estaba a favor de la violencia para imponer sus ideas fascistas y cantaba el Cara al Sol en el Valle de los Caídos. Sólo se me ocurre que Pablo debió buscar el asesoramiento de este prenda para que le parezca inoportuna la salida de la momia por un quítame allá un pellizco electoral, total, qué más da, si el Estado democrático sólo ha tardado 44 años en subsanar esta anomalía histórica.

Ayer, día 24 de octubre, el cielo era de lapislázuli y el sol, a media mañana, había aventado las nubes aisladas que como grumos de algodón pespunteaban el horizonte. A la tarde, deslumbradas por un sol reventón, caían las hojas en un vuelo manso como mariposas de alas verdes y rojas y amarillas y tostadas. Fue un gran día. A la noche, ya en casa, pude ver en la pantalla del televisor cómo descendían de Cuelgamuros, humillado, un ataúd, seguramente podrido, envuelto en una tela de raso del color de la tierra sucia, iba envuelto con un pendón rojo exhumado de lo que fue la Casa civil del interfecto y coronado con una Cruz Laureada de San Fernando que se autoconcedió siendo Jefe del Estado, antes se la habían negado dos veces.

Ayer, día 24 de octubre, tuve un motivo más para sentirme orgulloso de ser español.

        J.  Carlos

Desiderátum

            En abril Netflix cometió un error de bulto. Es verdad que necesitó el éxito mundial de la serie La Casa de papel para reconocer que el talento español para la ficción es congénito. Aquí Cervantes inventó la novela y en el Lazarillo de Tormes se narra al pícaro. Digo se narra, no se inventa, porque la picaresca también es congénita. El desatino de Netflix no es, pues, instalarse en España. Qué va, España es una serie en sí misma. Si nos grabaran en vivo, como en un Gran Hermano nacional y lo emitiera en todo el mundo viviríamos de los derechos de emisión, como viven los suizos del dinero criminal de medio mundo y el dinero negro del otro medio. La equivocación fue situar sus estudios en Tres Cantos, municipio de la Comunidad de Madrid. El Consejero Delegado, ya me perdonará, pero es un alma de cántaro. Teniendo Cataluña, a un palmo en el mapa, que lleva diez años escenificando una opereta tragicómica en un plató interminable de calles, plazas, monumentos, carreteras, autovías, aeropuertos; con un derroche de recursos escénicos donde no falta ni el fuego, una dirección teatral anónima pero sobrada de ingenio y, lo más interesante financieramente, dos millones de figurantes que no cobran un duro con unas tablas teatrales que ya hubieran querido para sí la mismísima compañía de Molière.

Hoy los periódicos echan cuentas de los costes de la función de esta semana. Ponen en el Debe el mobiliario urbano hecho trizas, los coches abrasados, las mercancías perdidas, los aviones y trenes varados, las horas de trabajo…, incluso valoran la pérdida de la imagen de Cataluña que de tan desabrida lastra la inversión y acobarda al turismo. El resultado, un horror, claro. Y eso que, incomprensiblemente, nadie anota la partida más gravosa: el lucro cesante. Pero, ¿es que nadie echa en falta los derechos mundiales de transmisión o, al menos, las migajas que se cobran por los derechos de autor? Un espectáculo impagable con una trama tan ingeniosa que hasta pegan a los que les están grabando –te imaginas a Marlon Brando en el Padrino dándole una hostia al cámara o al escript-. Una serie diaria que se consume en abierto para todo el mundo mundial gratis et amore. Vamos, un despropósito.

No me lo compares con Hong Kong, por favor, y menos con los chalecos amarillos franceses. Aficionados. Una trama lineal llena de lugares comunes: la policía, unos cuantos agitadores, unas barricadas que parecen de cartón piedra y dos o tres cargas repartidas con pereza. Sin fuego, sin bengalas, sin ácido y, encima, en cuanto dan unas pocas funciones se agotan y hacen mutis por el foro. En Cataluña tenemos un guión sólido aprendido en la guardería y en la escuela, escrito desde las instituciones y bien regado con la liquidez de los dineros públicos. Recurrimos a sardanas, banderas catalanas, banderas esteladas -que son las buenas- y banderas españolas que se portan como antorchas para alumbrar las noches o, se utilizan como mechas para encender las piras. Escenificamos castellets, diadas, referéndums en urnas clandestinas compradas en los chinos. Contamos con botiflers, Presidentes que huyen a chalets de lujo en Waterloo después de traicionar a sus conmilitones golpistas, golpistas que viven en Suiza o Escocia del dinero del contribuyente, mientras otros usufructan celdas en Lledoners, Presidentes marioneta que, como les falta un hervor, cuando no ejercen de  pirómanos se dedican a pisar la manguera a los bomberos, Mossos bipolares que no saben si dispararles balas de goma o darles un beso en la boca a los personajes que le lanzan cócteles Molotov o botellas de ácido. Al guión no le faltan proclamas épicas en Parlamentos de maderas finas recién barnizadas, sentencias con más páginas y más esencia narrativa que Crimen y Castigo, medios de comunicación que reencarnan con entusiasmo el Ministerio de la Verdad que imaginó Orwell.

Hasta aquí puedo leer. Que no te voy a hacer un spoiler. En cuanto termine de anotar estas líneas en la bitácora, escribiré a Netflix para ofrecerme como representante. Te aseguro que ahí hay un filón. Riéte tú de  Breaking bad, Juego de Tronos, Los Soprano, The Wire o House of cards. Ni la mismísima Casa de Papel le llega ni a la suela de los adverbios a la serie catalana.

Es que lo tiene todo. Sólo le falta el título. Bueno, le faltaba que ya se lo he puesto. Un buen guión o una buena idea sin un buen título es como un Picasso sin su firma, te digo más, ten por cierto que si Einstein no hubiese acertado con el título de Relatividad para su teoría, hoy le recordaría –igual que a Maxwell- un uno por ciento de la humanidad, como mucho.

Anda, apunta el título. Ya te adelanto que, en septiembre lo oirás nombrar ocho o nueve veces en la ceremonia de entrega de los Emmy. La serie se llamará (ta ta chan, ta ta chan…): Desiderátum.

         J. Carlos

Microrrelatos VIII

                                                         

                                                          El olmo
Estábamos sentadas al sol, la abuela hacía encaje de bolillos. hablábamos de cosas sin importancia. De repente, le pregunté cuánto le duró el amor. Verás, contestó dejando a un lado el encaje, el primer beso me lo dio bajo el olmo de la plaza. Cuando nos casamos, tu abuelo me regaló un olmo chico que venía de un esqueje arrancado al de nuestro beso. Lo plantamos en el jardín. Durante tres años creció primoroso, pero le entró la grafiosis y, aunque le administré toda clase de cuidados, sólo aguantó diez años más. Fue muy duro ver amarillear sus hojas y secarse sus ramas con las puntas hacia abajo, como cayados de viejo. Míralo, ahí sigue su tronco color ceniza, clavado en tierra, pudriéndose por dentro. Sin embargo, ya ves, el olmo de la plaza luce majestuoso.

                                                         Experimento
Transmitió su muerte por YouTube, en directo, como un juego. Tenía una bomba adosada a la barriga desnuda; a la derecha de la pantalla parpadeaba un emoticono verde con el dedo pulgar hacia arriba; a la izquierda, un emoticono rojo con el dedo pulgar hacia abajo. Los jugadores habían de registrarse con su nombre y un número de tarjeta de crédito. Quienes optaran por condenarlo recibían diez Euros. Quienes pujaban por salvarle debían pagar otros diez. Sólo se podía participar una vez y las apuestas estarían abiertas durante ocho horas. Cuando el saldo inicial de cien mil Euros, que también aparecía en pantalla, quedó a cero el explosivo detonó, habían pasado tres horas y media.

Todavía se puede ver, en su perfil de Facebook, una foto suya surfeando sobre un mar azul, casi transparente, y un pie que reza: Tengo razones para creer en la humanidad y pronto os lo demostraré.

                                                      Trucos literarios
El trabajo del escritor tiene horas valle y se abarata como los billetes de tren. Lo malo es cuando se prolonga durante meses y años. Para paliar el desastre de que las ideas no te alcancen no hay más truco que ir a buscarlas. En una ocasión puse un anuncio en la Web oscura como asesino. Casi todos los encargos eran lugares comunes, cargarse al socio o al amante de la pareja, o darle matarile a un político. Sin embargo, hubo uno que resultó útil para mi labor literaria; el encargo consistía en cortar la mano de la esposa y entregársela embalsamada al marido; al parecer, era necrófilo. Fue así que dejaron de acuciarme las deudas y descubrí que, el mejor truco para que no se malbaratara mi literatura era dejar de ser pobre.

                                                 Gases nocivos
El país está bien pero es un poco rarito. Nada más pasar la frontera nos obligaron a calzar una prenda íntima que se come el metano, dicen que se lo ponen también a los animales domésticos. Después, para ver el campo, nos subieron a un autobús que se mueve con energía limpia. Están cavando en cada valle para construir lagos, llevan más de mil, luego los rellenan con agua del mar desalinizada con la fuerza del sol. Nos mostraron las obras de reforestación de las montañas y de las antiguas tierras de labor. A falta de campo que cultivar han levantado edificios con paredes de vidrio, de un kilómetro de diámetro por otro de alto, están distribuidos en plantas, una para peces, otra para maíz, una para aves, otra de trigo, una para vacas, otra plantada de vides…

Ya en el hotel, subí a la habitación, bajé los pantalones y el calzón para tirarme a gusto un largo y oloroso pedo en dos tonos, un tímido mi de flauta travesera seguido por un bronco do sostenido de trombón. Al poco escuché la estridencia de las sirenas. Asomado a la ventana vi que salían una docena de antidisturbios de un vehículo policial con máscaras antigás. Entraron en el hotel. Me asusté, podía ser un atentado terrorista. Eché el seguro a la puerta y me tumbé en la cama con la cabeza debajo de la almohada. Hubo un estampido. Habían echado la puerta abajo, antes de incorporarme tenía doce bocanas de metralleta en mi cara.

Me subieron a un avión con turbogeneradores de hidrógeno y en el pasaporte estamparon un sello rojo en el que se lee: persona non grata. Desde la ventanilla se veía un paisaje idílico, casi todo verde, salpicado aquí y allá con manchitas de plata que refulgían al sol. Fue bajando la escalerilla que caí en la cuenta de que no me habían requisado los calzoncillos, resulta curioso pero los pedos huelen a fragancia de rosas.

                                                   Autobiografía
Nací un día de tormenta, según mamá nací a destiempo y de puro susto, se fue la luz y mamá sólo me veía a ratos cuando estallaba el relámpago. De la infancia sólo me queda el recuerdo tedioso de las misas de domingo. En la niñez destaqué por mi desparpajo y eso generaba envidias, las palizas duraron hasta el día que acerqué la navaja al cuello del cabecilla. El balance de la adolescencia se resume en tabaco, soledad y dos costillas rotas en un accidente de coche, cuando conducía con la cabeza de Meryl en mi entrepierna; eso y dos amores fugaces. Me casé con Erika para no disgustar a mis padres, era fría en la cama pero sabía cómo educar a los hijos, tuvimos dos, por no disgustar a Erika. Trabajé de cartero, al principio conocías a los destinatarios, conversábamos y te invitaban a un café, con sólo leer el remitente ya sabías si dentro del sobre anidaba la alegría o se escondía el desaliento; después la ciudad creció y se hizo anónima, los destinatarios eran sólo nombres en un buzón, los remitentes bancos y las cartas no eran cartas, eran cargos y facturas. La jubilación bien, gracias, cuidando nietos que te quieren hasta que entran en sazón, después, más que nada, les suscitas lástima.

Mañana cumpliré 85. A esa edad nos meten un chute de Propofol porque no hay dinero para tanto viejo. Dicen que te da un subidón mientras la palmas.

                                                            Pasado
Recorrí mi pasado hasta donde me alcanza la memoria y descubrí que nunca había estado allí.

                                                           Historia
Cada vez que evoco mis recuerdos se camuflan, se mimetizan con el entorno y, menos mal, si los recordara tal cual sucedieron resultarían patéticos. Me pasa como a las naciones que, cuando evocan sus recuerdos, camuflan la barbarie y la mimetizan en honor y gloria. Confieso que esa capacidad camaleónica me resulta anestésica y, supongo que para las naciones es un semillero de patriotas. Me preocupa que de tanto camuflarla olvide mi propia historia y me vea obligado a repetirla.

      J. Carlos

Microrrelatos VII

Eximente

-Mamá, dice el maestro que si matas en la guerra no vas a la cárcel.

-Es verdad, pero sólo a medias.

-¿Cómo a medias?

-Verás, hijo, primero tienes que declarar la guerra y, después, ganarla.

-Ah, entonces, si declaro la guerra al idiota de mi hermano tendré que matarlo para ganarla, y así me libro de la cárcel. Gracias mamá, me has quitado un peso de encima.

Relojes

Ayer a las doce del mediodía se pararon todos los relojes. Cesaron de andar las agujas de los relojes analógicos, se atascaron los números luminosos de los digitales y cesaron los impulsos de los relojes atómicos. Fue a las doce del mediodía y se reanudaron, sin más, una hora más tarde. Los aviones no despegaron, los trenes quedaron varados en las estaciones. La gente, alarmada, salió de sus oficinas. Se llenaron las iglesias. Por la noche se sucedieron los apagones, hubo revueltas y los supermercados fueron saqueados. A pesar de que los gobiernos sacaron las tropas a la calle, los muertos se cuentan por decenas de miles. Hay debates científicos, pero nadie acierta a explicar el fenómeno. Entretanto, los agoreros copan las pantallas de los televisores anunciando el apocalipsis.

Aquí, en Madrid, hemos sacado en procesión al Santo Cristo, desde la iglesia de Medinaceli hasta la Puerta del Sol, en rogativa para que no se repita el diabólico fenómeno. A las doce en punto del mediodía un millón de almas congregadas en la plaza conteniendo la respiración, escuchamos alto y claro la primera campanada. La otras once quedaron silenciadas tras los estallidos de júbilo. Hubo que lamentar varios heridos por explosión de petardos y una víctima mortal por intoxicación etílica.

Paréntesis

Me hubiese gustado ser una letra mayúscula o una simple letra minúscula. Fíjate que no digo una palabra y menos una oración completa. Incluso me habría conformado con ser algún signo de puntuación, como las comillas para citar algo expresado por otros o, un punto y coma que le da un poco de respiro al relato. Pero me quedé en un paréntesis, un inciso para aclarar otras frases ya escritas.

No lo niegues, yo soy para ti un paréntesis que sólo empleas para explicar tus sucesivos devaneos. Como eres incapaz de poner el punto final porque entre paréntesis nos casamos y entre paréntesis tuvimos tres hijos, te lo digo ente comillas: “Ojalá que te vaya bonito”

 

Cárcavas

Irene era la hija única del veterinario, tenía el pelo rojo y era muy desinhibida. Cuando me operaron de amígdalas, a los siete años, fue la única niña que vino a casa a hacerme compañía. Le enseñé el frasco con formol donde flotaban lo dos trozos de carne que me habían sajado de la garganta, y me invitó a verlos aumentados con el microscopio de su padre.

A los días fui a su casa con el frasco. En el gabinete sacó el microscopio de su funda y me pidió que pusiera la carne sobre la placa de cristal. Me dio asco tocarla. A cambio puse mi brazo; la piel se veía cuarteada como la tierra de un charco seco. Después me arrancó un pelo; miramos y parecía un pez abisal muy escamoso. Cambió a una lente de más aumentos; puse la yema de un dedo encima de la placa y convinimos que era como las cárcavas de color óxido que forman el cañón por donde discurre el río. Puso todavía otra óptica más potente sobre el dorso de mi mano; me asusté cuando en el visor apareció un agujero como de labios carnosos anillados, cada vez más finos, que se achicaban hasta terminar en un pozo negro. Se rió, me explicó que era un poro de la piel por donde sudamos y que las niñas tenían un poro muy grande entre las piernas. Para corroborarlo se bajó las bragas, se sentó en el pico de la mesa, levantó el vuelo del vestido estampado y dijo: a que se parece al poro de tu piel.

De a poquitos

Según me dijo, estaba harto de perder en bolsa y buscaba otras formas de invertir su dinero. Me compró el piso a buen precio, un poco por debajo del mercado, con la condición de que yo seguiría habitándolo hasta que muriera. Es buen conservador y, todos los sábados, quedamos para tomar unas copas. El caso  es que de un tiempo a esta parte la vecina me encuentra como desmejorado y vengo notando en el espejo que los domingos, el día que me afeito, tengo unas ojeras profundas y oscuras. Hay más, nunca me han sonado las tripas y ahora, intempestivamente, rugen como cuando de niño pasaba hambre. El médico de cabecera dice que son borborigmos naturales. Me ha pedido cita con el psiquiatra, cree que lo mío son paranoias de viejo.

Voy a demostrarle que estoy en mis cabales. He contratado un detective que averiguará el tipo de veneno que me echa en la copa, de a poquitos, para que parezca una muerte natural.

 Así seguimos

Nací con una tara genética, mis glóbulos rojos son como camaleones, pierden su color en cuanto salen del torrente sanguíneo y se camuflan con el entorno. Más de una enfermera se ha desmayado cuando observa un líquido deslucido, del mismo color que la jeringa con la que me está extrayendo la muestra.

Están estudiando mi caso en varias universidades y no paran de pincharme. Resulta un fastidio, pero cuando era más pequeño enamoraba a las niñas. Me hacía pasar por un príncipe porque tenía la sangre real. Tomaba una flor de malva entre los dedos, me pinchaba y brotaba la sangre de un azul cárdeno, luego las llamaba mis princesas, hasta que Menchu, por despecho, reveló mi secreto. Desde entonces me convertí en una rareza y las madres espantan de mi lado a sus hijos a sopapos. Y así seguimos.

 Diógenes

Google le avisó de que tenía sus aplicaciones llenas, si no compraba más espacio dejarían de funcionar. Creyó que era un síntoma, tenía miedo de heredar el síndrome de Diógenes de su abuelo. Es verdad que acumulaba todos los correos y no borraba las fotos ni los múltiples chats en que participaba, la mayor parte basura que no cabría en dos habitaciones si se imprimiesen. Pensó que era imposible porque él tenía decorada la casa al modo minimalista, reciclaba la basura y donaba la ropa usada.

Claro que el abuelo también había acumulado afectos. Otro síntoma. Había formado dos familias y el secreto se desveló cuando ya tenía nietos de ambas. Tampoco era el caso, se consoló, porque él sólo tenía una familia. Bueno, también había una amante periódica y otra esporádica.

Sí, se dijo, debería reciclar los viejos afectos, todavía están en buen uso. Buscaré a alguien que le valgan porque soy incapaz de tirarlos al contenedor del olvido.

 Dios no juega a los dados

Tanto “que venga Dios y lo vea” que, al fin, vino Dios y lo vio. Después se dio la media vuelta, se fue y no hubo nada.

        J. Carlos