Archivo mensual: agosto 2019

En el Metro

         Desde la tranquilidad de tomar el Metro en horas desahogadas, que es cuando nos movemos los ociosos y los turistas, parecía exagerada la protesta de los madrileños por las aglomeraciones, hasta que las sufres en tus carnes. La estación de Lago tiene un vestíbulo de mirador, te puedes echar la mañana viendo pasar los trenes azules o, montarte en el ascensor transparente y tras sus cristales ver cómo pierdes el tuyo. Anuncian el siguiente en siete minutos y, es verdad, no como el minutero de las marquesinas de autobús donde los cinco minutos se prolongan como si viajaras a velocidades cercanas a la de la luz.

Llega el convoy sin estridencias ni traqueteos, apenas un chucheo como de búho en la noche. Entramos. Resulta reconfortante poner la mano en la barra fría, hay una burbuja climática diez grados por debajo del exterior. El convoy tiene sólo un vagón y en las rectas, si no tienes miopía, puedes ver el final y el principio. Nada que ver con aquel suburbano viejo y destartalado que traqueteaba por los bosques de la Casa de Campo, donde la muchachada jugaba al tino, a pedradas, contra el vidrio de las ventanas. En una ocasión, en los setenta, llegué a casa sangrando y tuve que quitarme los cristales de la cara con pinzas de depilar. Ahora tiene pantallas con letras amarillas para indicarte la próxima estación y cargadores de móvil. En uno de ellos está alimentando su teléfono un cincuentón desgarbado, con una melenita despeinada tintada a lo Boris Johnson. Con disimulo hace una foto a las tetas de una mulata sobradas de turgencia y faltas de tela; ésta, que ha oído el sonido virtual de un objetivo -lo hemos oído todos-, se encara. Se abren las puertas en Príncipe Pío y siguen discutiendo, le entrega el móvil a la chica para demostrarle que ha borrado la foto. La mujer, aprovechando el cierre de puertas, sale al andén con el objeto del delito en la mano y lo estampa contra la pared. El rubio de bote se queda dentro, gesticula y grita tras el cristal, pero el tren ya chuchea en dirección Plaza de España. Con la cara de lelo se da la vuelta, se revuelve el pelo maíz con los dedos y nos mira uno a uno, indignado, como si fuéramos cómplices. Por un momento parece que va a levantar el índice, como un Trump, para anunciar la construcción de un muro en la costa gaditana que pagará Marruecos. A lo mejor comparte peluquero con Boris y Donald. Tengo para mí que ese peluquero ha de ser un alquimista que ha encontrado el tinte filosofal, porque cuanto más estúpidos son más les votan. Antes de trasbordar, estoy por aconsejar al fotógrafo de tetas que se presente a las próximas elecciones.

La línea 3 es la amarilla. Al Metro le ponen colores como Abascal a los niños, azul o rosa, para que no te confundas. Tengo que preguntarle a Monasterio qué líneas de Metro tienen vulva y cuáles tienen pene. Hay tanta gente para entrar que aquello parece Tokio en hora punta; echo de menos al empleado que empuja a los pasajeros como quien mete ovejas en el aprisco. Un caballero, de los de antes, sostiene la puerta con su brazo para que no rebane mi apéndice nasal que todavía está en la línea de corte. Le doy las gracias, balbuceando malamente, porque hasta Sol voy con un moflete pegado al cristal y los labios desencajados como si me hubiera dado un ictus o me los hubiera pintado Picasso. En el trayecto hasta Embajadores falta el aire, así que sube la temperatura. También sube porque tienes brazos, pechos, y culos achuchándote por los cuatro costados. Son carnes fofas sudadas, carnes prietas sudadas, y huesos, sobre todo huesos. Hay una señora que bufa, que estoy en un tris de decirle: “señora no robe el aire a los demás que es de todos, ¡coño!”. Tenían que hacer un Metro morfológico para poder meter a unos dentro de otros, como muñecas rusas, sobraría espacio y ecológicamente sería mucho más eficiente, dónde vas a parar.

De Embajadores a Palos de Moguer vuelve el aire y se modera la temperatura, ha salido casi toda la carne y el espacio, que es el mismo, se ha quedado casi vacío. Si fuésemos gases atmosféricos y midiéramos su densidad, diríamos que raleamos como si hubiésemos viajado hasta la estratosfera. Un viajero con terno azul, pantalón chino y camisa blanca, que viene sentado desde antes de Sol, lee, absorto, en un libro electrónico. Me acerco por el costado, enfoco la vista y compruebo que, de vez en cuando, la página vuela sola, pero él, impertérrito, sigue leyendo. Pregunto. Me dice que está leyendo 4321 de Paul Auster y que se le ha descompuesto el lector. Cuenta que al principio le hurtaba párrafos enteros, pero no le importó porque a la novela le sobra vuelo como a algunas faldas; después empezó a comerse capítulos y ahora hace un totum revolutum mezclando párrafos y frases tanto leídos como por leer. Mejor así, concluye, son como microrrelatos con una chispa, un ingenio y unos giros asombrosos.

Desembarcamos, por llevarle la contraria a Colón, en Palos de Moguer. Son las tres y veinte de la tarde y salimos a navegar a un mar de asfalto. “Aprieta el hambre, si no, ahí abajo en el Metro se estaba como dios”, le digo a mi compadre. Nos andamos, por la sombra, hasta la esquina de Batalla del Salado con Ciudad Real, donde hace chaflán el restaurante Hermanos Egea. Un cartel escueto colgado en el vidrio de la puerta anuncia que están de vacaciones. Ni el estruendo del tráfico ha atenuado el ruido de los borborigmos de mis tripas, un viandante a dos manzanas ha vuelto la cabeza, con eso te lo digo todo.

         J. Carlos

Aquí están pasando cosas raras

Están pasando cosas raras. Si te bajas unas fotos de los satélites que nos ojean desde órbitas estacionarias, verás que la Tierra arde como una tea desde la Amazonia hasta Siberia, pasando por Oregón y Canarias. Es una estampa como de comic barato o de película de bajo presupuesto; quiero decir que es tan basta que parece coloreada por un niño con lápices de cera. Te condueles porque los árboles que se queman son seres vivos y, por tanto, también han de tener trazas de conciencia. Te asustas cuando echas cuentas de que cada espécimen llevaba décadas fabricando oxígeno para que respires doce veces por minuto y, ha estado atrapando el dióxido de carbono entre sus carnes leñosas para que no te asfixies. Grosso modo un pino Carrasco se zampa las emisiones de treinta coches. Cada árbol, muerto a fuego, llevaba décadas sujetando y drenando la tierra con sus raíces y, en su cuerpo gigante y ramificado, ha alimentado y protegido a miles de otros seres vivos. Cuando  queman un árbol, arde a lo bonzo, pero la mitad de su peso sube a los cielos y atrapa los rayos de sol que reflejan las aguas y las tierras. Consecuencia, sube la temperatura del planeta. Llámalo justicia poética.

Si eres optimista, piensas que la humanidad está en plena adolescencia. Anda entre la tontuna del ego desproporcionado y el nihilismo destructivo. Vamos, que le falta un hervor. Si eres pesimista piensas que aquí están pasando cosas raras. No es normal que habiendo un acceso casi universal a la educación y la cultura básicas, al menos en occidente, haya tanto analfabeto funcional. Me refiero a aquellos que niegan la eficacia de las vacunas o, afirman que la tierra es una planicie que se abre a un precipicio con carteles que advierten del peligro de asomarse. Los mismos que discuten que el hombre haya estado de paseo en la luna y creen, fervorosamente, que el calentamiento global es una patraña o un camelo. En situaciones de crisis siempre surgen agitadores, que diría Adorno, que fomentan la espiral destructiva. Sujetos como Trump y Bolsonaro que buscan los puntos de tensión en la sociedad y los alimentan a golpe de tuit. Lo de menos es que la realidad y la ciencia los desmienta siempre habrá una masa de hooligans que los idolatre. Es sencillo, basta hacer creer a la manada de iletrados que la realidad es tan simple como su cabeza y aseverar que, los científicos son seres maléficos que lo complican todo para engañarles y hacerles sentir inferiores.

El cambio climático está aquí para quedarse. Si mañana se obrara el milagro y no consumiéramos ni una sola gota de petróleo, la temperatura seguiría subiendo porque los sistemas son inerciales y funcionan por acumulación. Por eso, cada año habrá más incendios y serán más extensos y pavorosos. Es inevitable. La cuestión es cómo abordamos sus consecuencias y de dónde sacamos el dinero para paliarlas. Los fenómenos meteorológicos ya son más violentos y provocan cada vez más desastres. En España los niveles de agua de lluvia han descendido un 15%, así que desparecen arroyos, arroyuelos y escorrentías, se secan los ríos pequeños y, en unos años, gran parte de las tierras de cultivo serán pasto de las fauces del desierto. Ya no te digo el efecto estirón del mar que anegará islas y playas o, la reducción de su salinidad que está frenando las corrientes del Golfo y cambiará nuestro régimen meteorológico. Dicen que dentro de diez o veinte años el clima en gran parte de la península Ibérica será como el de hoy en Marruecos. Imagínate para entonces cómo de subidito estará el mercurio en el norte de África y, no quiero pensar en los países que abrazan el cinturón del ecuador donde, seguramente, el tubito de vidrio del termómetro reventará. Habrá que hacerse a la idea de ponerse de tocado una escafandra e ir, ahorrando, tacita a tacita, para poder comprar en el mercado el oxígeno que gastemos. La selva amazónica está ardiendo por los cuatro costados, si desparece, es como si extirpáramos un quinto de pulmón a la Tierra y, de paso, como si cegásemos la fuente de la quinta parte del agua dulce del planeta. Según Bolsonaro, un infrahumano mental, la selva la están quemando las oenegés para fastidiarle. Pues eso, agitadores que venden a su grey la especie de que su terruño es suyo y pueden hacer con él lo que les plazca. Son como los cánceres, arramplan con los tejidos que para eso son suyos, pero terminan matando el cuerpo del que proceden y, de paso, suicidándose.

Entre el ego desproporcionado de estos agitadores que manejan los resortes del poder, y el nihilismo destructivo de quienes adoptamos la cobardía del silencio, no sé si la humanidad llegará a la madurez. Si llega, va a necesitar mucha crema solar para no abrasarse la piel y fabricar mucho oxígeno para respirar. Como siempre ha habido clases, los ricos podrán respirar cuarenta veces por minuto, como los niños; los pobres respirarán cinco veces por minuto y a buchitos cortos.

       J. Carlos

Presunción de inocencia.

Afirma Harari que uno de los rasgos determinantes de la evolución de la especie es el cotilleo. Sí, nos gusta el chisme y el rumor. Nos regocijamos con la maledicencia y, seamos sinceros, nos encanta que se exhiban en el tendedero público los trapos sucios de los ricos, poderosos y famosetes. Por eso, no hay mejor quitapenas que contemplar la caída desde el Monte Olimpo hasta el fango terrenal. Ni la medicina ansiolítica, ni las drogas duras, ni el alcohol blanco tienen tanto poder curativo.

El martes, 13, la Asociated Press ha colgado en el tendedero público los trapos sucios de Plácido Domingo. Tenía contratos cerrados en los mejores teatros del mundo para los próximos tres años. Dime quién, a día de hoy, tiene perspectivas laborales hasta los 81. Pero esos contratos caerán como papel mojado lanzado al aire. Saldrán los amigos en su defensa, se alzarán voces de tenores, mezzosopranos, barítonos, contraltos… en contra de su linchamiento público. Pero la mierda de los dioses ejerce sobre los hombres una fuerza magnética más fuerte que la del cordero triscando ante una manada de lobos. Plácido ya es un apestado como Harvey Weinstein, Kevin Spacey o Woody Allen.

La fama, el poder y la riqueza se envidian pero no se perdonan. Además, la gloria exige un crédito ilimitado que va más allá de la muerte, y eso no hay cuerpo que lo resista ni biografía que lo aguante. A ver quién soporta la áurea de héroe o de santo en estos tiempos en que las redes son instantáneas y están al alcance de cualquier boca o cualquier dedo. Personalmente los héroes y los santos me producen urticaria porque, o son hagiografías metaliterarias, o se trata de individuos que sufren un fanatismo rayano en la enfermedad mental.

Ha de ser buena persona el tenor cuando reconoce que, “las reglas y valores por los que hoy nos medimos, y debemos medirnos, son muy distintos de cómo eran en el pasado”. Habrá quien piense que los ricos son muy tacaños, y que esa afirmación sólo se explica porque ha contratado a un abogado aprovechando las rebajas de agosto. Me inclino a pensar lo de la buena gente aunque me temo que el síndrome del Olimpo, que hincha el ego como un globo, no le ha permitido caer en la cuenta de esa máxima que aplicamos los que vivimos a ras de tierra: excusatio non petita acusatio manifesta.

Padecemos un sesgo cognitivo conocido como el efecto halo de forma que, si alguien tiene un rasgo central atrayente, fama, dinero, etc. tendemos a considerar también atrayentes todos los demás rasgos de esa persona. Einstein fue un genio pero también practicó la misoginia y, seguramente, el maltrato, Picasso era un psicópata de manual, Hitchcock maltrataba física y psicológicamente a sus actrices y las acosaba sexualmente, Juan Pablo II fue cómplice de aquel ser perverso llamado Maciel… Deberíamos ir al psicólogo para que nos saque ese sesgo como vamos al dentista para que nos saque una muela, porque enseguida elevamos a los altares a aquellos que admiramos por algún rasgo concreto y, luego, nos llevamos un chasco. La cultura romana era superior, su mitología está cuajadita de dioses que cometen todas las tropelías de los hombres y, al lado de los generales que desfilaban victoriosos por las calles de Roma, caminaba un siervo que les repetía al oído: memento mori.

La presunción de inocencia es una figura jurídica, un trampantojo de la justicia para guardar las formas del proceso. Sólo un tribunal, el del último recurso, puede establecer oficialmente tu culpabilidad y determinar tu condena; en el entretanto todos somos presuntamente culpables. La buena reputación también se nos presume, como el valor, pero se puede ir por el desagüe en un santiamén, basta un mal paso o, lo que es peor, una maledicencia. Item más, debido al efecto halo se produce un fenómeno físico curioso, cuanto mayor prestigio atesoras mayor reputación moral se te exige.

La cuestión es, ¿pagarías por ver actuar a Spacey, por leer a Celine, por ver un cuadro de Picasso?

¿Me lo preguntas a mí? Yo sí, con mucho gusto. Me gusta disfrutar de las genialidades y del arte de los hombres y, si puedo, me aparto de la mala gente.

           J. Carlos

Maldad sucia, sucia maldad.

Maldad

Está la prensa para suicidarse. Te das un chute de noticias al desayuno y te malogran el día. Como estamos en agosto, el periodismo anda demediado, resulta que la política y  el fútbol, casi únicos platos de su menú, están al ralentí; así que la maldad humana más grosera, la de cuello sucio y bragueta sobada, se apodera de los titulares.

Leo que, en Valencia, una niña de 14 años ha saltado por la ventana y agarrada a las guías que sujetan el tendedero pedía auxilio para que su padre, de 38, no la violara. Los vecinos alertados por los gritos han llamado a la policía. La han rescatado de las garras de su padre y del abismo de cuatro pisos que la separaba del suelo. Ya te imaginas a ese padre cubriendo a la madre, compulsivamente, con el firme propósito de traer hijas al mundo para, cuando estén en sazón, violarlas porque son de su propiedad. No era la primera vez que intentaba violarla, la hija dormía con unas tijeras bajo la almohada y con un cojín entre las piernas para ahuyentar al espécimen del que lleva, irremisiblemente, la carga genética. A lo peor, cuando sea mayor, esa niña termina conjurándose con sus hermanos, como hizo la familia superviviente de Hitler, para no tener hijos y que se extingan los genes de la estirpe.

Ignoro si llegó a penetrar físicamente a su hija en alguno de sus intentos, pero lo que sí ha penetrado es la mente de esa niña. Llevará siempre una marca grabada a fuego en las nalgas de la memoria que le recordará que fue una mera propiedad de su padre, como un anillo o un paquete de tabaco. Costará arrancarle el prejuicio de que toda persona con quien se cruce, quien le hable, o quien le diga hola o adiós conoce su historia y, que para algunos será un juguete roto, para otros digna de compasión. Costará dejar de sentirse como un paquete de tabaco que todos los hombres quieren fumarse. Supongo que los psicólogos restañarán sus heridas emocionales, pero su padre ya le ha agostado la vida cuando todavía era un tallo verde recién brotado en la primavera de la vida. Sólo falta que venga la carcunda y la eleve a los altares en loor de santidad por haberse jugado el pellejo para evitar el pecado.

No le aconsejo conjurarse para no procrear y extinguir así el código genético del padre violador. Sería una estupidez. Todos los humanos en cuanto seres vivos poseemos genes depredadores porque tenemos inscrito a fuego el instinto de supervivencia. Todos tenemos un cóctel de hormonas que hemos de gobernar para tener una convivencia en paz con el resto de congéneres. También poseemos un cerebro avanzado y hemos comprendido que el mejor método de supervivencia es la cooperación, lo que nos obliga a inhibir aquellos instintos que dañan a la sociedad o a sus miembros. Cuesta domarnos para que seamos devotos de los valores cívicos. Lleva años de entrenamiento y mucho trabajo educarnos y culturizarnos. Si la doma falla, o el individuo usando de su estupidez depreda, la sociedad se defiende reprimiendo al individuo y privándole de libertad.

Entenderás que, como ciudadano, me sonroje el hecho de que para acceder a trabajos públicos, y también privados, se nos exijan conocimientos exhaustivos sobre muchas y complejas materias, pero no nos hagan un test sobre ética, ciudadanía, democracia, derechos humanos, conocimientos científicos básicos etc. No es extraño que tengamos una jueza que ejerce de pitonisa, o que haya policías municipales de Madrid que declaran por escrito estar dispuestos a matar a inmigrantes, desear la muerte de su alcaldesa y alabar y glorificar a uno de los mayores genocidas que en el mundo han sido.

No es menos sonrojante que, a los extranjeros que quieran acceder a la nacionalidad española, se les formule un examen con preguntas sobre los Reyes Católicos o sobre el río más largo o el más caudaloso del Reino, pero no se les exija ni un tamo de conocimientos sobre valores cívicos y ciudadanía.

Pero qué quieres, si no está ni en el currículo escolar español porque unos políticos mediocres, enfangados aún en el lodazal ideológico del franquismo, se cargaron la asignatura de educación para la ciudadanía, que era un plagio de la francesa. Por eso nuestros jóvenes aprenden los deberes cívicos consumiendo porno gratuito –que raya en la zoofilia-, haciendo botellón y viendo Sálvame.

        J. Carlos