Archivo mensual: junio 2019

Rutinas

Rivera Paquirri

En otoño y en  invierno subo al Retiro, cada día, a la luz de las farolas. De vuelta a casa hay una luz de sol naciente, las más de las veces filtrada entre una celosía de nubes. Somos cuatro gatos, nos cruzamos en los mismos puntos, cien metros arriba o abajo, pasamos ignorándonos, con la mirada caída, aunque nos reconocemos en cada gesto y en cada zancada. En esta época en que el sol madruga tanto y el cielo se queda huérfano de nubes, el Retiro es una romería de caminantes y de ciclistas. Son unos extraños. Los legítimos, aquellos que subimos todo el año, ya digo cuatro gatos, ahora nos alegramos al vernos desde lejos entre la marabunta y, aunque seguimos bajando los ojos al cruzarnos como si al mirarnos nos hiciéramos daño, comulgamos en la idea de que formamos una cofradía única. Soportaremos estoicamente la invasión de nuestro territorio por un ejército de intrusos hasta que el sol deje de levantarse tan temprano.

Es una rutina para oxigenarte y desentumecer los músculos, aunque en el fondo sólo pretendes cuidar el cuerpo para que te dure un poco más o, al menos, para que se mantenga un punto por debajo de la degradación que por edad le corresponde. Como no puedes disociarte tienes que llevarte entero. Quiero decir que, hay días que te pesan demasiado las piernas y si pudieras las dejarías en casa; en primavera las plantas se ponen cachondas muy de mañana y exhalan polen como si participaran en una orgía colectiva, te sobra la nariz que pica como un pimiento de Padrón; las más de las veces lo que te sobra son los pensamientos o los recuerdos tristes de los que se fueron o las emociones negativas, pero tampoco puedes dejar el cerebro durmiendo sobre la almohada, mientras tú te vienes con el resto del cuerpo a desearle buenos días a los madroños y a los magnolios del Paseo de Carruajes. Eso de disociarte sería una maravilla, hoy me voy sin el dedo pequeño del pie porque el ojo de gallo me está matando, o prescindo de la columna vertebral porque las hernias discales me tienen la espalda atravesada por diez agujas afiladas. Imagínate que te pudieras sacar el nervio ciático y dejarlo colgado en el armario mientras te das un garbeo. Habrás observado que la naturaleza reconoce que eso de llevarnos siempre enteros de acá para allá resulta insoportable, por eso un tercio de nuestro tiempo nos mantiene noqueados y el cerebro, yacente sobre la almohada, desconecta la conciencia y nos lleva de aquí para allá sin consistencia material, en una fantasmagoría de sueños en los que no cabe ni el peso ni el dolor, aunque se prodiguen el miedo, el sufrimiento y todas las demás emociones.

Suelo llevarme la radio metida en los oídos con unos cascos inalámbricos de color blanco. Cuando se les agota la batería se iluminan a intermitencias con luces rojas y azules. Si te llaman por teléfono hace una cuenta atrás en inglés como si fuera a despegar una nave hacia las estrellas, paras la cuenta presionando un botón minúsculo del auricular y te pones a hablar al aire gesticulando con las manos, la gente que pasa se queda desconcertada buscando unos cables que escalen por tu pecho y terminen en tus oídos, antes de que te tomen por loco advierten que de tus orejas sobresalen unos tubitos blancos de cinco centímetros. Sólo entonces se les apaga el susto y te miran, los más con displicencia, los menos condescendientes. La ciudad, hace unos años, además de proporcionarte el anonimato, te ofrecía todos los placebos para poder extrañarte de ti mismo por un rato: el cine, el teatro, los escaparates, la arquitectura, las bibliotecas, el espectáculo del fluir de la gente en las aceras, las aglomeraciones en los semáforos y en los andenes del metro, hasta las mismas obras eran una droga para salir de ti mismo. Después vinieron la radio y la televisión a los hogares para que pudieras exiliarte de tus pensamientos a tu antojo, sin salir a la calle, lo llamaban entretenimiento. Ahora nos han puesto en los bolsillos el móvil para que nos apeemos de nosotros mismos en la calle y en el aula y en el trabajo. Navegamos por internet, una fantasmagoría donde soñamos que tenemos un montón de amigos que nos quieren, que nos admiran. Tantos gustas tanto vales. Hoy te quiero y te mando por Whatsapp la grabación de un acto íntimo como prueba de amor, mañana te enfadas y, como en una pesadilla, lo circulas por ahí. Le pasó hace una semana a Verónica y no, no era un sueño. Terminó en suicidio porque muchos de sus compañeros de Iveco  actuando con la complicidad criminal que permite la red le pusieron la soga al cuello. Supongo que tienen hijas, madres y hermanas a las que no querrán aplicar el código amoral que ellos aplicaron a Verónica. Fran Rivera, a la sazón matador de herbívoros, nos explicó los términos de su código deontológico: Hay desnortados amorales, como él, que no pueden sustraerse de ver en el móvil a una mujer desnuda o dándose placer y, tampoco puede evitar adjuntarle el archivo a los amigotes.

En otoño y en invierno somos cuatro gatos, ahora toman el Retiro por asalto un ejército de caminantes y ciclistas. Son unos extraños. Lo peor es la vuelta a casa, los muchachos y muchachas que suben por la acera estrecha y sinuosa de la Avenida de Nazaret, llevan los ojos sepultados en el móvil, caminan como zombies. He aprendido a escorarme para diblarlos y a poner el brazo en cabestrillo como paragolpes y a silbarles para que no me arrollen. Por compasión, si esperan en el semáforo, suelo avisarles cuando se abre. Espero que pronto haya una aplicación que les avise de que el semáforo está abierto y de que si no cambian de trayectoria chocarán con otro peatón.

     J. Carlos

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