Archivo mensual: marzo 2011

Periódicos

Periódicos

Hubo un tiempo en que los diarios eran la sal de mi tierra y me ocupaban media hora al día, me administraban la dosis precisa de oxígeno y de Oxitocina para mis neuronas. En aquel entonces el papel recién entintado olía a libertad y, cuando desplegabas sus páginas, sentías que se abrían las hojas de una ventana que daba al mundo. Lo tenías a una distancia de veinte centímetros, con la sensación de abarcar todo lo conocido desde el abanico de sus páginas. Ese conocimiento y esos acontecimientos los descubrían y describían mentes ágiles, ingeniosas, despiertas, que trenzaban las palabras como si te contaran una historia o un cuento al calor de la lumbre. Firmas cultivadas que trabajaban su artículo y lo documentaban para hacer su obra maestra, con la misma dedicación y el mismo arte que el ebanista trabajaba cada escritorio, como si fuera único. Editoriales que constituían perlas cultivadas con el aderezo de la inteligencia y engastadas en una prosa exquisita. Entrevistas con criterio, en las que se apreciaba el trabajo de preparación previa, la conversación larga y reposada, la fina labor de montaje del material que al final iba a ser impreso y publicado. He llegado a guardar montoneras de periódicos clasificadas por meses porque me parecía un sin dios envolver el bocadillo con esas pequeñas obras de arte o, más triste aún, deshacerme de la gavilla de páginas diarias tirándolas a una papelera para que murieran emborronadas con aceites de latas de conservas, o asfixiadas entre moqueros de papel y bolsas de plexiglás. He visto palidecer y amarillear esos montones y, de tarde en tarde, mucho antes de que con internet estuvieran a un clic, he buscado algún artículo concreto para citarlo o para documentarme sobre algún asunto perentorio. Era digno de ver, cogiendo a brazadas los periódicos de la pila, depositando cada brazada en el suelo y por orden, hasta que dabas con la fecha; luego, una vez que arrancabas del diario la página en cuestión, vuelta a componer la hilada de periódicos, cuidando de su simetría para que siguiera guardando la vertical. Las sucesivas transiciones que tiene la vida obligan a mudanzas de todo tipo, también físicas, entonces aprovechabas para tirar el lastre por la borda y decidías que, aquellos montones de papel amarilleado y polvoriento, como sofocado de soles, era un lastre y así, poco a poco, fueron despareciendo de tus espacios.

Más tarde, sea porque la vida se aceleró y el mundo se hizo chiquito informativamente hablando –una aldea global lo bautizó Mc Luhan-, o por los intereses económicos y políticos o, vaya usted a saber por qué razones; los periódicos se fueron atrincherando y aunque engordaron en páginas y en demagogia, decrecieron en ingenio, en serenidad y en sabiduría. Se amoldaron a lo que presuponían que sus lectores querían leer y crearon un lenguaje artificial donde sólo cabían lo que estimaban, desde su trinchera, que era políticamente correcto o, alardeaban tipográficamente de aquellas informaciones que bendecían las excelencias de sus amos y esquinaban o, sencillamente, ignoraban las que podían suponer un revés para los intereses de aquellos. Fue por entonces que puse en práctica mi huelga particular y dejé de financiarlos seis días a la semana, sólo compro el periódico los domingos.

Es verdad que continúe, durante un tiempo, dedicando media hora diaria a leer los diarios que me proporcionaba la empresa a la que prestaba mis servicios, pero ya no constituían la sal de mi tierra, ni me oxigenaban las neuronas; además, no sólo no me proporcionaban mi dosis de Oxitocina, al contrario, me generaban un malestar que se iba constituyendo en un cabreo permanente. Así que la media hora fue menguando y menguando, hasta reducirse al minuto que gastaba en echar un vistazo a los titulares.

Con la llegada de internet se hizo obligado dar un paseo matutino por las distintas cabeceras, para descubrir con horror que no hay artículos de fondo, ni reflexiones, ni análisis, ni información, ni sabiduría, ni prosa exquisita, ni na de na. Es un campo de batalla donde cada cual se atrinchera y dispara. Hay más disciplina entre sus huestes que en el ejército chino; cualquier información, cualquier artículo, hasta la publicidad está alineado contra el enemigo. Y tú, desprevenido, saltas de una mancheta a otra con terror: ¿Cuál será el objetivo a batir?, ¿me sorprendrán hoy entre dos fuegos? Hay campos minados por doquier; allá un artículo dispara con lanzagrandas; la fotografía del enemigo es un golpe bajo con puño americano; aquella información contiene varias cargas de profundidad; este editorial esconde un bombardero; aquel contiene varias subordinadas como carros de combate; ese dispara las frases con misiles antiaéreos; el de más acá lanza granadas de mortero desde la primera oración; y cualquiera te sorprende con una entrevista al amigo dentro de un alambique meloso y hagiográfico.

Te digo que antes de adentrarme en esa selva me pertrecho con chaleco antibalas y casco reglamentario. Es incómodo, lo sé, pero no hay más remedio. Aún así, siempre te alcanza un trozo de metralla; a veces, apenas te roza llamándote gilipollas porque votas a unos u otros, otras te rasga un poco la piel cuando te dicen descerebrado porque estás a favor o en contra de la energía nuclear; pero en ocasiones te penetra la metralla, te punza y te quema si te llaman terrorista, mal nacido o hijoputa por cualquier menudencia como acudir a una manifestación. Tiene sus ventajas también, no creas, no te oxigena las neuronas, ni te riega el cerebro con Oxitocina, pero te da un chute de adrenalina que, cuando cierras la ventana del Firefox sales embravado como un toro que salta a la plaza. Eso sí, con un cabreo del siete. Masoquista que es uno. Desde aquí aconsejo a mis enemigos que se den un paseo matinal por las cabeceras de los diarios. ¿A qué jode?

El domingo sigo con mi manía de comprar el periódico de papel, me pertrecho con un café caliente y unos churros en un velador del Lira y subrayo, todavía subrayo, con un bolígrafo de tinta azul. Es para defenderme. Los parroquianos me miran como a un extraterrestre porque entre párrafo y párrafo esbozo una sonrisa y, te confieso que, a veces, me salta la carcajada. Ignoran que en el bolso llevo un frasco de hormonas de Oxitocina. Shss. No se lo digas a nadie, en estas batallas se me van como dos horas. Así cualquiera.

J. Carlos

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Uno de Noviembre

Uno de noviembre

A Eloísa le cuesta subir el último repecho del sendero, va cargada con dos bolsas, en una lleva los crisantemos y en la otra la jofaina y la esponja. El sendero es estrecho y está muy concurrido, ha de ladearse constantemente. A diez pasos está Ginés.

La tumba de Ginés Marchante Ruíz (1949―2008), linda con la tapia norte del cementerio de San Carlos Borromeo. Es de mármol negro pulido. La cruz romana tiene un rostro de bronce de Cristo doliente y en su basamento una inscripción: Tu esposa.

Eloísa se acerca a la cruz y estampa un largo beso en el rostro del Cristo antes de depositar las bolsas sobre el mármol. Mira a ambos lados y se cerciora de que todavía las tumbas colindantes no tienen deudos.

―Buenos días Ginés. No te quejarás, hace un sol de primavera y el cielo tiene ese color turquesa, como mis ojos, que te gustaba tanto. Mi gata siamesa me decías cuando te ponías tierno.

Saca la jofaina, empapa la esponja en el agua y lava metódicamente la superficie de la cruz. Mira a ambos lados, no hay nadie cerca, prosigue:

―Hace trece meses ya ―suspira― Los paseos del brazo cada tarde, los cafés en el Novelty, el vaso de whisky que te llevaba al despacho cada noche a cambio de un beso. Y… la cama, también me acuerdo de la cama, tonto.

Con un trapo de algodón blanco saca brillo a la lápida hasta verse reflejados sus ojos turquesa, sus pómulos salientes, su nariz ganchuda y su boca pequeña.

―Te he traído crisantemos. En mi cumpleaños, Julia y Lola me regalaron orquídeas y me llevaron a cenar a un restaurante de maricones que luego bailan y se desnudan. Al final, un bailarín negro ―marica ¡eh!― me sacó el sujetador. Nos reímos, pero después sola, en la cama, me harté de llorar.

Coge entre el índice y el pulgar el tallo de cada crisantemo, con mimo, como si fuera de porcelana, y lo planta en el macetero.

―He traído trece, son los meses que me faltas. ¿Sabes?, me he inspirado en uno de aquellos poemas que me leías cada noche de ese amigo tuyo que te escribía desde el extranjero.

Recoge los pétalos sueltos y los pone dentro del macetero. Quedan unos grumos de tierra caídos sobre la losa al plantar los crisantemos. Pasa la esponja para limpiarlos pero se ha quedado sin agua.

―Ginés, me voy a la fuente. Ahora vuelvo. Iba a añadir: espérame. ¡Qué tonta¡ Es la costumbre.

―¡Ah! Que sepas que he regalado la cornamenta que tanto detestabas. Me dio pena. Me recordaba aquel cuento precioso de una familia de ciervos. Por cierto, he puesto toda la casa patas arriba y no he encontrado la dirección de tu amigo, el del extranjero, para enviarle tu recordatorio.

La fuente está en un cruce de caminos, muy cerca del mausoleo de un indiano que tiene gárgolas y escudos. Hay una cola larga, personas sin sonrisas que llevan en sus manos baldes y botellas de plástico. Una señora voluminosa, de mediana edad, viene con un cubo lleno de agua, se queda mirando la jofaina tan chiquita y le ofrece:

―¡Ande! No gaste media hora por medio litro de agua.

―Gracias ―contesta Eloísa. Y la señora llena la jofaina.

Inicia el ascenso despacio. Hay una procesión de deudos que se mueve por los senderos en todas las direcciones. Hablan a media voz. Antes de tomar el atajo a la izquierda, ya cerca de la tapia norte, para en seco y frunce el ceño aturdida. La tumba de Ginés está rodeada de gente. Se agazapa tras una lápida que tiene esculpido un ángel en relieve. Observa el grupo de chicos y chicas cogidos de la mano formando una “u” que rodea la sepultura. Ahora, además de los crisantemos, está adornada con azaleas, petunias y un gran ramo de magnolias. El chico del centro, con la cara pecosa y el pelo rojo, recita en voz alta un poema:

―Las palabras son tan estériles para decirte lo que siento, que si te tuviera delante trazaría garabatos en el viento…

Eloísa escucha el poema con los ojos muy abiertos y los labios formando un óvalo. Mueve la lengua al ritmo de las sílabas. Lo conoce de memoria. Terminado el poema, se desanudan las manos. Los chicos se doblan en una reverencia y, en silencio, empiezan a desfilar hacia el sendero.

Desde su escondite, Eloísa les ve perderse entre un hormigueo de gente y con gesto de perplejidad se incorpora, luego avanza, despacio, la espalda cargada, los hombros caídos, el labio inferior trémulo. El viento ondea ligeramente su cabello.

―Ginés, ¿quiénes son esos chicos? ―pregunta con los ojos fijos en el Cristo doliente.

Dobla el cuerpo para recomponer el ramo de magnolias y descubre a los pies de la cruz un rótulo de metacrilato con las letras esculpidas por dentro, en relieve: Tus lectores. Al autor de la Web Garabatos. Se le abren los ojos desmesuradamente, se mesa la melena y la coloca con los índices detrás de las orejas

―¿Qué es esto Ginés? ―solloza― Treinta y cinco años juntos. No puede ser. Tú trabajabas en la Caja de Ahorros. Sólo escribías cartas por las tardes para tu amigo, el del extranjero.

Los deudos de las tumbas cercanas la oyen compasivos, se hacen gestos de complicidad frunciendo la boca y moviendo ligeramente a un lado la cabeza, diciéndose sin palabras que el dolor enloquece.

―Treinta y cinco años. ―Grita mirando al cielo, al único jirón de nubes blancas.

Se sienta en el mármol aplastando las petunias. Hunde la barbilla en el pecho que sube y baja al ritmo sincopado de los hipidos. Sus labios bisbisean los versos del poema que Ginés le leyó la última tarde de su vida: Ojos de gata.

En las tumbas cercanas se han acabado los padrenuestros. Eloisa ya respira sosegada. Se levanta, moja la esponja en el agua y la restriega con fuerza sobre el rostro del Cristo doliente.

J. Carlos

Este cuento está publicado en el libro colectivo: Al encuentro de todo (Antología de literatura breve). Editado por la Escuela de escritores en 2011.

Universidad

UNIVERSIDAD

No estaba la tarde para escribir. Estaba pidiéndome a gritos que me bebiera el aire que ya huele a primavera. Estaba tentándome para que contemplara los últimos estertores del invierno en esa batalla incruenta con que ha terminado imponiéndose el sol con su cordura. Estaba exigiéndome que me echara a la calle y me arrimara a los almendros en flor para distinguir las primeras hojas, antes de que terminen doblegando a los pétalos blancos con matices de carmín. Estaba la tarde en sazón para vivirla y, encima, se me puso a tiro. Tenía que ir a Barajas a buscar al amigo Jaime Ríos que llevaba una decena de horas viajando contra el sol y, como buen anfitrión, me lo llevé a la ciudad Complutense donde dimos cumplida cuenta de un potaje de vigilia y otras viandas. Pero lo que quería contarte es que al buen doctor le giré visita obligada a la Universidad de Alcalá. Ya sabes, con guía de los que profusa explicaciones: De la historia complutense, de los jardines de la plaza de San Diego presididos por la estatua del Cardenal Cisneros, de la arquitectura renacentista de la fachada, del estilo herreriano del claustro, del paraninfo y su artesonado mudéjar. El guía, un estudiante de Historia, salpimentaba el discurso con amenas intrahistorias que te traigo a colación porque son lecciones que hoy hemos olvidado. Son como esos espejos que Eduardo Galeano acumula en Una Historia casi universal: episodios contados -dice el autor- “desde el punto de vista de los que no han salido en la foto”.

Contaba el estudiante de Historia que existió en la Universidad alcalaína la figura del Continuo, y lo describía como aquel muchacho que no tenía posibles para pagar el estudio, la residencia y el sustento, por lo que se veía obligado, para alimentar su instrucción, a realizar trabajos manuales o administrativos para la propia Universidad, o prestaba servicios varios a los estudiantes acaudalados. De entre estos servicios se daba como el más común el denominado: Calentar el asiento, tarea que consistía en acudir a las clases del estudiante servido y permanecer empollando en su asiento hasta que el servido tuviera a bien acudir. Por lo general esos empollones, de tanto escuchar la matraca de las clases, terminaban sabiendo más que los estudiantes acaudalados a quienes servían.

Me pregunto: ¿Por qué no volvemos al viejo sistema? Sabemos que hay más de cuatro millones de parados y, al menos, otros tantos que se pasan muchas horas calentando el asiento en sus puestos de trabajo. Alemania ya lo ha hecho, en muchas empresas se han bajado el salario y la jornada… Y no han despedido a nadie.

Era sólo una idea.

Otra de las perlas que nos contaba el buen guía era la de que para doctorarse se exigía pasar un examen oral en latín y griego. Había que subirse a la cátedra o tribuna de oradores y responder a cada una de las preguntas de los treinta profesores que presidían el aula magna. Si se fallaba en una sola de las preguntas se suspendía el examen. Además, el aspirante a doctor, estaba flanqueado por dos personajes, el de la derecha hacía de ángel de la guarda y procuraba por el doctorando, mientras que el de la izquierda ejercía de abogado del diablo y dificultaba la labor de aquel cuanto podía. El público también podía ensañarse o aplaudir al aspirante, sólo tenía prohibido lanzarle objetos, pero sí podía asaetearle con insultos y vituperios. De los trescientos que lo intentaron durante los tres siglos que median del 1508 al 1836, apenas una treintena lo logró. Oye, igualito que ahora, con una Facultad en cada aldea, mediocre y pueblerina, cuyo sentido de universal no llega más allá de las fronteras mentales de la Comunidad Autónoma a que pertenezca, donde se puede suspender ad nauseam y cuyo título acredita la miseria intelectual de la fábrica de los idem. ¡Ah!, y en la lengua que se habla en el corralito.

Por cierto, María Isidra de Guzmán y de la Cerda fue la única mujer que pudo aspirar al doctorando, por ser hija de quien era, y a los 17 años fue aprobada doctora después del examen de rigor en cuatro idiomas: Latín, griego, francés e italiano. Lo comento para dejar constancia de que superdotados siempre hubo, aunque los referentes del sexo femenino no han eclosionado hasta ahora, cuando las oportunidades en educación empiezan a igualarse entre sexos. Oye, y entre razas, mal que les pese a los puros de sangre, que no de corazón.

Nos contó más: Los que aprobaban el doctorado salían a hombros desde el patio, cruzando la puerta de madera que desemboca en una pequeña calle afluente a la plaza mayor, donde daba comienzo una fiesta que duraba, al menos, un día y cuyo coste corría a cargo del nuevo doctor. Aquellos que no pasaban el examen, cruzaban por la puerta situada en la pared opuesta y recibían en sus trajes pardos los salivazos de los concurrentes, hasta que quedaban cubiertos como en una nevada copiosa, y después eran manteados. De ahí el dicho común: Ser un manta. Actualmente la RAE regula que debe decirse: Me han suspendido y, consiguientemente, está mal decir: He suspendido. Dulcificando el lenguaje para hacerlo políticamente correcto. Y así todo…, o sea, mantas.

También tenía la Complutense su propio régimen penal y su prisión. La sombra de sus rejas contempló a Lope de Vega, acaso por mujeriego; también a Ignacio de Loyola por vestir como pordiosero, o tal vez porque sus ideas quebraban la ortodoxia, a saber. Hoy, levantar la voz a un estudiante es coquetear con la falta o el delito.

En eso que se fue la tarde incendiando la línea del horizonte. Nos pilló sentados en un banco entre un Sancho y un Quijote, junto a la Casa de Cervantes. Al doctor Jaime Ríos le acusaban los párpados del cansancio de volar contra el sol, por eso creo que no me oyó cuando le espeté a Sancho: A ti te mantearon también ¡eh!. Luego pensé en algunos personajes de la casta política, periodística y financiera. Y en trajes pardos, en salivazos y en mantas.

J. Carlos

Es la codicia. Imbéciles

ES LA CODICIA. IMBÉCILES

El filósofo griego Aristocles, más conocido por su seudónimo de Platón, en su libro La República ya pronosticó que, el ser humano hace el bien hasta que puede hacer el mal sin riesgo de ser sorprendido. Para ilustrar esta idea narra la historia de Giges: Un pastor lidio que buscando a una de sus ovejas que había caído por una grieta abierta en la tierra, se adentra en las profundidades de la misma y encuentra un anillo. Por casualidad descubre que al girarlo y dejar el engaste de cara a la palma de la mano, el resto de los pastores hablan mal de él porque creen que se ha ido, vuelve a girar el anillo y se hace de nuevo visible. Utiliza esta cualidad del anillo para asesinar al rey Candaules, hacerse con el trono de Lidia y casarse con la esposa de aquél.

La historia de la humanidad está regada en sangre de guerras y plagada de revoluciones, que trataban de evitar que esa historia de Giges inventada por Platón y que tan gráficamente ilustra la naturaleza del hombre, dejara de ser posible. La democracia, la división de poderes, el imperio de la ley, la igualdad de oportunidades, la declaración de derechos del hombre…, todo un cúmulo de principios sagrados para evitar que hubiera hombres que, amparados en su invisibilidad, se apropiaran de lo ajeno. Hete aquí que apenas consumida la primera década del siglo XXI caemos en la cuenta de que, lejos de haber conjurado esa invisibilidad con aquellos principios, hay un conjunto de individuos que, burlando el espíritu de esos mismos principios, siguen utilizando el anillo de Giges, girándolo ante nuestras narices y, usurpando nuestros bienes y derechos. Platón erró el tiro, por poco No es un anillo que les hace invisibles, no. Simplemente hacen la ley con un embudo. Y los demás tragamos.

Para ilustrar esta ley del embudo basta reseñar los records que España está batiendo:

Frente a los 4,3 millones de parados: Las 35 empresas del Ibex han ganado en 2010 un 24,5 % más que el año anterior.

El coste laboral por trabajador y mes bajó en España un 0,3% en el tercer trimestre de 2010 (es el dato más cercano publicado por el Ine). Sin embargo, los salarios de los consejeros delegados y principales ejecutivos de las grandes empresas del Ibex 35 subieron en 2010 de media un 20%. El ranking lo lidera José Antonio Tazón, recibió 10 millones de € por la salida a bolsa de Amadeus, la empresa que preside, él y otros seis de sus directivos se embolsaron 44 millones de €.

1.328.000 familias tienen a todos sus miembros en paro. Amancio Ortega, propietario de Zara acumula un patrimonio de 31.000 millones de dólares y en el año más crudo de la crisis ha conseguido ser 7.000 millones más rico.

Más del 25% de los contratos en España son temporales y el 20,7% de los trabajadores trabaja a tiempo parcial. Los 540 consejeros ejecutivos y altos directivos de las 35 empresas del Ibex cobraron de media más de 1 millón de € en 2010; aquí no se computa el coche oficial, las aportaciones al plan de pensiones, la visa platino opciones sobre acciones y otras prebendas.

La economía sumergida, según un estudio de Funcas, supone el 17% del PIB, emplea a 4 millones de personas y se ha multiplicado por cuatro en el periodo 2000-2008. En cambio Telefónica, antigua joya del reino de España, ganó en 2010 un 30,8% más, para ser exactos 10.167 millones de €. Se entiende que no haya un estallido social con tanto parado.

En la última memoria de la Administración Tributaria publicada en el IRPF las rentas de 2007 provenían el 75,3% del trabajo, sólo el 7% del capital y de ganancias patrimoniales apenas el 7,8%.

¿Sabes que de tu salario te detraen, además de la deducción por IRPF, un 6,35% en nómina directamente y otro 29,90%, que paga por ti el patrono, a la Seguridad social? Sí, un 36,25% en total.

Por dividendos sólo se paga un 19% hasta de 6.000 € (los primeros 1.500 € exentos) y un 21% a partir de esa cifra. Pero tu salario está gravado con tipos que pueden llegar el 45%.

Que una Sicav sólo tributa el 1% por sociedades.

¿Sabes que frente a 1 € que se destina a la economía productiva, 20 € se dedican a la economía virtual, especulativa? Imagínate que echaras 5 litros de aceite en el coche y, en vez de lubricar el motor los 5 litros sólo entraran 0,25 litros en circuito, y el resto estuviera fuera del motor en manos de especuladores que se forran. El motor se quemaría ¿no? Pues eso, más o menos, es lo que le ocurre a la economía.

Los poderosos, los que tienen el anillo de Giges en el dedo, dicen que es la globalización. Te imponen contratos basura, te limitan los derechos, te bajan las pensiones y, por encima, los adoramos como al becerro de oro. Mantienen sus paraísos fiscales. Los políticos les aprueban las leyes a su embudo y semejanza: les bajan los impuestos (IRPF, Sucesiones), suprimen el impuesto sobre patrimonio, mientras a los demás nos suben los indirectos (el Iva, los Especiales, no deflactan la tarifa del IRPF) para compensar lo que los ricos se ahorran. Los medios de comunicación necesitan su publicidad y nunca osarán criticarlos. Cuando por  codicia o por torpeza sus empresas se van al garete, no pasa nada, se tira del dinero público para ayudarles, o les aprueban un Ere, o se hace un concurso de acreedores y los autónomos y pymes subcontratados se quedan con la brocha y sin escalera, o directamente se les entrega como regalía una joya de la corona, o se les adjudica un concurso de infraestructuras, una televisión, una radio… Los precios de sus productos y servicios suelen ser vicarios del poder político en la mayor parte de los casos y, cuando no es así, se constituyen en oligopolios y nos imponen sus precios.

Y mientras tanto, todavía se permiten pontificar. Y siguen girando el anillo de Giges, mientras nosotros miramos para otro lado: La culpa es de Zapatero, de los sindicatos, de todos los políticos, de la Logse, de la falta de I+D, de la telebasura, del lucero del alba,… del chá chá chá.

Y en España todavía nos quedamos cortos. Había 1.011 milmillonarios en el mundo según la revista Forbes hace un año. Ahora son 1.210. En plena crisis.

Mientras sigan teniendo el anillo de Giges seguirán enriqueciéndose a nuestra costa y, lo más cómico es que, mientras nos saquean nos peleamos entre nosotros por las migajas que dejan caer. Mientras tengan la ley a su servicio, seguirán siendo invisibles. La ley debería estar para equilibrar los poderes, para evitar los enriquecimientos injustos, para procurar un reparto equitativo de las cargas y un justo reconocimiento de las aportaciones de cada cual.

Es la codicia. Imbéciles.

J. Carlos

De paradojas y de plagios

DE PARADOJAS Y DE PLAGIOS

Se atribuye a José Luís Sampedro, buena persona donde las haya, aquella frase que reza: “quien copia de un libro plagia, quien copia de dos investiga”. Estas últimas fechas han sido pródigas en plagios. Perdón, quise escribir. “intertextualidades”. Y es que el lenguaje se adapta a los tiempos con precisión camaleónica, lo que antes era un robo de la propiedad intelectual, se transformó en copia, después se llamó plagio, más tarde similaridad y ahora se denomina juegos de intertextualidad.

El caso es que el ex ministro de Defensa alemán, Karl Theodor zu Guttenberg, se embarcó en una tesis doctoral y, como el cargo de ministro alemán consume mucho tiempo y esfuerzo, fusiló el trabajo de otros autores, dicen que en más de 80 pasajes. Theodor que por esas paradojas de la vida es descendiente del inventor de la imprenta, arguyó que fueron sólo unos errores. Al pobre le han quitado el sobresaliente cum laude, el doctorado, el ministerio y el título de sucesor de la Merkel. Tan sólo unas horas después a los sesudos profesores de la London School of Economics, en el Reino Unido, les debió entrar una flojera de tripa porque de seguido han anunciado que, van a indagar si uno de los hijos del líder libio Muamar Gadafi, Saif-al Islam, también cortó, pegó y coloreó textos ajenos, o si usó los servicios de un negro para la suya. Por cierto, otra paradoja, ¿sabes cómo tituló su tesis el hijo del dictador sanguinario?: Papel de la Sociedad Civil en la Democratización de las Instituciones de Gobernanza Global. Ya te digo.

En enero del 2008 M. Errami y sus colaboradores publicaron en la revista Nature un artículo basado en el desarrollo de un programa informático llamado eTBLAST, con el que trataban de buscar entre las publicaciones científicas textos que tuvieran similitudes, lo que permitiría encontrar trabajos supuestamente copiados los unos de los otros. En junio de 2009 ya tenían una base de datos que llamaron, acertadamente, Déjà vu, donde quedaban al descubierto 74.790 pares de trabajos científicos con grandes similitudes, lo que podría indicar que se trata de trabajos no originales. Reconocerás conmigo que Word, Googel y la Wikipedia han hecho estragos.

La literatura ha sido uno de los campos más prolíficos en esto del plagio. Recuerda a Cervantes y Avellaneda o Góngora y Quevedo. Neruda fue acusado por Huidrobo en la revista Vital de que Veinte poemas de amor y una canción desesperada no era más que una traducción de un poema de Rabindranath Tagore. Vallé Inclán se autoplagiaba y presentaba sus antiguos textos teatrales como nuevos. A Bryce Echenique se le contabilizan más de diez textos de diferentes autores reproducidos de manera ilegítima, incluso plagiaba a viejos amigos como Herbert Morote y Ángel Esteban; el primero parece que le envió un borrador del texto demostrando que la amistad también es ciega como el amor. Luis Racionero que fue Director de la Biblioteca Nacional, se constituye en paradigma, ya que para justificar que en su libro, La Atenas de Pericles, aparecieran párrafos completos del Legado de Grecia de Gilbert Murray, alegó que se trataba de intertextualidad no de plagio (Déjame aquí hacer un inciso contuso: a Racionero lo vi hace unos meses en un programa de televisión, se manifestaba dolido porque ahora cualquiera podía tener toda la información en internet a un golpe de ratón, mientras que toda su sabiduría la había tenido que sudar estudiando y leyendo durante toda su vida. Me llamarás ladino, pero no puede por menos que pensar, si a este pájaro le hubieran llegado antes las nuevas tecnologías habría dejado a César Vidal en pañales). Lucía Etxebarría también disfruta con las relaciones intertextuales, su obra Ya no sufro por amor contiene párrafos enteros copiados del artículo Dependencia emocional y violencia doméstica, publicado con anterioridad por el psicólogo Jorge Castelló en la revista Psiconcentro. El propio Camilo José Cela, el penúltimo Nóbel español, fue acusado de plagio en 1995 por Mª del Carmen Formoso, que había presentado su novela Carmen, Carmela, Carmiña, Fluorescencia, al premio Planeta; el premio le fue otorgado a Cela por  La Cruz de San Andrés. La escritora sostiene que la editorial le habría pasado su original al Nóbel.

Hace algo más de un año se produjo paradoja, plagio y carambola. A Juan José Tamayo, que estaba en Quito, le pidieron para el periódico El País una necrológica sobre el teólogo Edward Schilleebeckx, la envió ese mismo día, 25 de diciembre de 2009, y se publicó en la edición digital; el 27 de diciembre remitió otra necrológica mucho más elaborada que se publicó en el mismo periódico, en su edición impresa. Un lector de la edición digital se percató de que era una copia de Wikipedia y  acusó a Tamayo de plagio. Éste lo negó rotundamente. La Defensora del lector Milagros Pérez Oliva consiguió desfacer el entuerto: la entrada de Wikipedia se produjo el 28 de diciembre, después de publicado el artículo de Tamayo, se trataba de una modificación sustancial de la versión anterior, que era bastante escueta y pobre. En suma, alguien había “subido” el artículo de Tamayo a la Wiki y, paradójicamente, le acusaban a él de plagio.

Si Luís Racionero se constituyó en el paradigma de la intertextualidad, Ana Rosa Quintana ha construido el paradigma del paradigma, aunque más pedestre: “el negro intertextual”. La reinona de las mañanas televisivas, publicó en Planeta hace diez años una novela, Sabor a Hiel (100.000 ejemplares vendidos y muchos millones de beneficios), con páginas enteras de novelas de Danielle Steel y Ángeles Mastretta. Reacciones: Primero mutismo. Después achacó el desaguisado a un error informático –es que pulsas a la vez las tecla ctrl y alt y en la pantalla se intertextualizan las obras maestras de la literatura universal, pongo por caso-. Al final cantó, tenía “un colaborador que gozaba de toda mi confianza“, un ex cuñado para más señas –así todo quedaba en familia-. Ten negros para esto. Si la suponen abochornada por su engaño masivo y huida de los focos para no ser escarnecida, se equivocan. Esto es España, la cuna de la picaresca. Aquí se la idolatra como una diosa: Dirige el programa más visto de la mañana durante años que, por supuesto, lleva por título su nombre; tiene una revista AR para ella sola, con las siglas de su nombre y con su sola imagen en portada; una productora de televisión, Cuarzo; y ahora es consejera de administración de Cartera Industrial Rea, sociedad de inversión cotizada de las llamadas de capital riesgo, donde se sienta junto a empresarios e inversores como José María Loizaga (Mercapital), Juan Luis Arregui (Gamesa, Ence e Iberdrola) y Javier Benjumea (Fotowatio y El Kilo Americano), Manuel Soto (Santander), Antonio Pérez Nievas (Defensa), Antonio González Adalid (Enagás) y Javier Zardoya (Otis).

No contenta con los beneficios que le ha reportado la intertextualidad del negro, ha dado otra vuelta de tuerca a su quehacer periodístico. La tal Ana Rosa ha impartido desde su programa de televisión un curso doctoral de picaresca que, no sólo define la calaña del personaje, sino también la altura ética del periodismo patrio.  La tal Ana Rosa lleva un bienio haciendo un juicio paralelo en el caso de “Mari Luz Cortés”, una niña onubense de cinco años asesinada el 13 de enero de 2008. En el programa de esta pícara del 25 de febrero último compareció Isabel García, a la sazón esposa del presunto asesino de la niña, Santiago del Valle. Isabel había depuesto días antes en el juicio oral celebrado en la Audiencia de Huelva con un testimonio a favor de su marido, lo que contradecía la primera versión ante la policía en que lo había acusado del asesinato. Isabel tiene las facultades psíquicas disminuidas (Celia Villalobos emplearía otro término); fue traída de Huelva a Madrid por la productora de Ana Rosa se supone que a cambio de promesas, dinero -dicen que 600 €- o engaños; fue sometida a un interrogatorio digno de cualquier dictadura; le dio un ataque de pánico o de histeria y los reporteros omitieron el deber de socorro; pidió que apagaran la cámara, la reportera le dijo que sí, pero al técnico le ordenó que siguiera grabando; al parecer la retuvieron y escondieron como a una delincuente en hoteles de Sevilla y Madrid, durante diez días, para que no le robaran la exclusiva. Lo de menos es que ese día declaró ante las cámaras que su marido se había cargado a la niña, es decir, que volvió a repetir lo que en su día había testificado ante la Policía. Podía haber dicho que era la encarnación de la Virgen María, todo depende de la guita que le hubieran prometido. Ningún reportero de AR le advirtió que podía incurrir en un delito de falso testimonio si hacía esas declaraciones. Pues bien, la distinguida periodista Ana Rosa Quintana se defendió de las acusaciones de mala praxis periodística manifestando que: Isabel García realizó sus declaraciones de manera “libre” y “voluntaria”, y se ofreció la noticia que todo periodista “hubiera querido dar”. Oye, con un par. No hay más que ver el video de la entrevista que publicó el periódico El Mundo y verificar como los “secuaces” de Ana Rosa plagian los comportamientos de las dictaduras. El video atufa a la Cuba de Fidel, a la Venezuela de Chaves y a Guantánamo de Bush.

Me pregunto si la Fiscalía, en cuyo estatuto se regula que ha de velar especialmente por los menores e incapaces, va a investigar la responsabilidad de la señora Quintana. ¿No hay indicios de extorsión e inducción al falso testimonio? ¿El viaje de Isabel García de Sevilla a Madrid fue por propia voluntad?

Y el alemán Karl Theodor zu Guttenberg va y dimite. “Vente pa España tío”.

Larga vida a la picaresca.

J. Carlos

Piscina

PISCINA

Fui porque Laura me dijo que llevaría un bikini rojo.

Matías, el delegado de clase, solía invitar a sus amigos a pasar el sábado en su casa de La Florida. Era la primera vez que me invitaba, en ese momento pensé que le di lástima porque hacía apenas un mes que había muerto mi padre. La verdad es que no tenía amigos, siempre he sido parco en palabras y desde la muerte de papá hablaba casi sólo con monosílabos. Ser el hijo del bedel de la Universidad más elitista en la que, además, estudias y sacas buenas notas, no es la mejor acreditación para hacerse amigos.

Viajé en autobús y tuve que caminar más de dos kilómetros, entre altos muros cubiertos de buganvillas. En la puerta me encontré con Laura. Me saludó con dos besos sonoros en las mejillas y se puso hablar de mi padre y de lo mucho que sentía su pérdida.

Cruzamos las verjas de hierro forjado y seguimos por un sendero de adoquines, flaqueado de cedros que estaban podados con precisión milimétrica. Ella hablaba en voz baja, entre dientes, para que nadie nos oyera: “Mira que jardín”. “¿Has visto los sauces llorones, los tejos y las paulonias?”. “¿Qué me dices de la casa?”. “Cómo viven estos niñatos y sin dar palo al agua”

La casa era de piedra arenisca rosácea con ribetes del color del óxido, tenía dos torreones en los flancos rematados con almenas, balcones con balaustradas de piedra y unas escaleras de mármol con dos sílfides a cada lado. Al final del jardín estaba la piscina rectangular. Allí vivía Matías, el delegado de clase, el que decía que el marxismo no estaba muerto y llevaba en el anverso de la carpeta de apuntes la foto del Che y en el reverso la de Marx. Militaba en un partido verde y, en las reuniones de clase, nos soltaba mítines acerca de la depredación que el sistema capitalista ejerce sobre los recursos naturales y sobre los hombres.

Antes de llegar a las escaleras donde ya nos esperaban los compañeros, Laura acercó la boca a mi oído y en un tono confidente me dijo:

―Ánimo  chaval. Vamos a demostrar a estos pijos quiénes somos tú y yo ―luego dio un trote hasta los peldaños y con una sonrisa beatífica fue repartiendo besos y abrazos.

No estaban los padres de Matías. Señoritas uniformadas con chaleco y falda negros sirvieron en bandejas de alpaca canapés y zumos hasta más allá de las cinco de la tarde. Los compañeros me trataron con delicadeza, incluso consiguieron que esbozara una sonrisa bobalicona después del cuarto porro.  Los porros eran cosa de Luisja, el hijo del Presidente del Supremo. A pesar de su insistencia no consiguieron que metiera el pie en el agua. Cuando las señoritas de uniforme se despidieron de Matías con un “si no necesitan nada más el señorito, nos retiramos”, la cosa empezó a desmandarse un poco. Los chicos se fueron a los coches y trajeron bolsas del Carrefour con whisky, ron, ginebra y absenta. Las chicas se fueron a por hielo, vasos y refrescos a la cocina.

Laura sabía menear su bikini rojo y se movía en aquel ambiente como pez en el agua. Administraba los gestos y los halagos con maestría, conocía las conveniencias sociales y dosificaba su inteligencia y su ingenio. La miraba a hurtadillas respaldado en el tronco de un tejo. El sol de la tarde le encendía todas las pecas del cuerpo, especialmente un lunar ovalado al final de la nalga izquierda que se le extendía y plegaba al caminar. También seguía como un naturalista las evoluciones del grupo, el tintinear de vasos brindando por casi todo, aquel ensombrecerse las miradas y desmañarse los gestos poco a poco.

A la de tres, los chicos se quitaron el bañador y se tiraron al agua. Ellas les arrimaron las copas y ellos bebían con el cuerpo metido en el agua y un brazo doblado sobre el pretil. Risas. Las chicas miraban debajo del agua para comparar, ellos se pegaban a la pared de teselas azules y blancas. Cuando se aburrieron del juego formaron un corro como los equipos de baloncesto al recibir las órdenes de su entrenador y susurraron algo entre ellas. A la voz de ya corrieron hacia mí para quitarme el bañador. Me levanté de un salto y derramé el vaso de ron con Coca Cola. Se abalanzaron y tiraron de las perneras y de la cintura del bañador, lo así por delante con ambas manos. Para amansarlas no tuve más remedio que apostar:

―Me lo quito si vosotras os quitáis la parte de arriba.

Dicho y hecho. Se despojaron de la parte superior de sus prendas y los pezones brillaron a la luz. Cuando cumplí mi promesa hubo olés. Hasta los chicos salieron del agua y se acercaron. Nueva ronda para brindar por mis atributos. Y todos juntos se tiraron al agua.

Alguien debió advertir que yo no me había zambullido, que sólo me había acercado hasta la ducha varias veces para quitarme el calor de la tarde. Salieron todos a la vez del agua y me dieron caza de inmediato, luego me alzaron en el aire, a pesar de mis pataleos y, con tres vaivenes iban a tirarme a la piscina. Al segundo vaivén grité:

―No sé nadar ―se quedaron mudos con las cabezas gachas y me soltaron despacio, dejando que los pies se posaran blandamente sobre la hierba. Me ardía la cara.

Luisja quebró el silencio:

―Si los rojos no saben nadar cómo van a guardar la ropa  ―a la ocurrencia siguió una carcajada del propio Luisja que, enseguida, se contagió a los demás.

Matías, con la botella de absenta en la mano, intentó acallar sus risas con la voz engolada y arrastrando las sílabas por la influencia más que notoria del alcohol:

―Dejadlo en paz, capitalistas de mierda. Mientras vosotros dormís él pone copas en el Argón todas las noches. Es un tío cojonudo ―me echó los brazos al hombro y me fue diciendo cuánto me apreciaba y la admiración que sentía― Sobre todo admiro tu silencio ―concluyó.

Me costó desasirme de los brazos de Matías, afortunadamente pasó por allí Micaela y se le perdieron los ojos en su culo y detrás se le fueron las manos. Volví a recostarme en mi tejo. Me deprimían sus juegos estúpidos, su inconsistencia, su vida regalada y, sobre todo, me deprimía pensar que, si algún día encontraba trabajo, sería para este tipo de gente. Recordé las palabras de Laura: “Ánimo  chaval. Vamos a demostrar a estos pijos quiénes somos tú y yo”. La busqué con la mirada. No la encontré, me hubiese gustado decirle que yo había nacido perdedor. No sabía nadar, ni guardar la ropa, ni desenvolverme entre los ganadores. Ni vivir sabía.

Cuando la luz se hizo morosa entré en la casa para recoger mi ropa. Todos estaban ocupados. Sobre la alfombra roja del saloncito de televisión, Laura cabalgaba a horcajadas sobre Matías. Se veía entero el lunar de la nalga, era un óvalo perfecto del color del óxido, hacía juego con la piedra arenisca de las paredes de la casa.

Salí al jardín. Me vestí despacio. Luego me senté al borde de la piscina en el lado en que el agua no cubría, metí los pies con los zapatos puestos y chapoteé un buen rato. En las olitas se agotaban los últimos regueros de sol. Me acordé de mi padre y de aquella frase que me repetía tanto: “En la vida los ganadores suelen venir con la marca puesta  antes de nacer, ya se encargan los suyos de que así sea”.

Deslicé los pies lentamente en el agua hasta tocar el fondo. Estaba caliente, pero solté un respingo cuando entró en contacto con mi vientre. Los bolsos del pantalón se hincharon. Me mantuve quieto un instante mirando cómo el horizonte escondía el último arco de sol y empecé a caminar hacia lo hondo con los brazos levantados y los bajos de la camisa flotando en la superficie. No pensaba en Laura, ni en los compañeros, ni en mi padre, sólo en que la vida era una solemne estupidez, un juego de algún dios de poca monta para divertirse con la soledad de los idiotas como yo. El agua ya me llegaba a la boca, la cerré y llené los pulmones por la nariz. Seguí gastando esfuerzos hasta cubrir la nariz y los ojos, el pelo flotaba. Me dolía el pecho. A duras penas rozaba el suelo con la punta del zapato. Súbitamente las piernas emergieron a la superficie dibujando un arco y quedé suspendido en la lámina de agua, quieto, como un muerto. Abrí los ojos, había un cielo de un azul desvaído y las estelas dibujadas por los aviones enrojecían. Qué paz. Caí en la cuenta de que el agua me acunaba como una madre y decidí que aprendería a nadar.

J. Carlos