Archivo mensual: octubre 2016

La rebelión de las masas

audiencia-nacional

En 1926 José Ortega y Gasset comenzó a publicar en el diario El Sol una serie de artículos que terminaron sedimentando en el libro “La rebelión de las masas”, publicado en 1929. Fue el mismo año del “crac” que surgió como un terremoto en las bolsas de EEUU y que desbarató la economía mundial por más de una década. Y no fue obra del hombre-masa, pagado de sí mismo, satisfecho de lo que creía haber conseguido e ingrato hacia los que han propiciado su bienestar, como un niño mimado. El “crac” fue un tiro en el pie que se dio la minoría culta e instruida que manejaba los hilos del poder y del dinero en su afán de hacerse más rica.

No le voy a quitar un ápice de razón al filósofo en la descripción del hombre-masa como aquel que, cree que ya sabe suficiente y no tiene ninguna curiosidad por saber más. Ahí tienes los índices de Tele 5 como demostración palpable de la agudeza del concepto acuñado por el filósofo. Ahí tienes las redes sociales donde, en el mejor de los casos, los argumentos son considerados ataques personales y cualquier duda una señal de claudicación, como el más genuino ejemplo de masa que enjuicia, insulta y perora sin más sustancia que la que emana del corazón o los testículos. Dime si no son los tertulianos los prototipos del hombre-masa, con sus oídos cerrados a cal y canto e intervenciones, sobre todo lo divino y lo humano, con opiniones vulgares a gritos e insultos. Si Ortega viviera entre nosotros, murió al año que yo vine al mundo, no habría gastado tantas palabras para acuñar el concepto, aunque le gustaba exhibir pluma como los pavos reales; se limitaría a señalarnos un solo anuncio publicitario, el de L’Oréal. Y es que los publicistas han sublimado el concepto de hombre-masa en cuatro palabras: “porque yo lo valgo”.

Así que la inteligencia preclara de Don José se adelantó a su tiempo y describió con todo lujo de detalles al hombre-masa, como aquél encantado de haberse conocido. Lo que dudo es que sea una rebelión. Los rebaños no se rebelan, a lo más que llegan es a espantarse y provocar una estampida, como los búfalos en el viejo Oeste americano. Las minorías siguen perpetrando sus fechorías en forma de guerras, crisis financieras y sus correlatos desastres humanitarios; recetan a la masa austericidios en forma de recortes de derechos sociales, educativos, sanitarios y de libertades, a sabiendas de que el lenitivo es tan contraproducente en el cuerpo social como las sangrías lo eran en el Medievo. La minoría sabe de sobras que, la economía requiere para salir del coma inducido un tratamiento Keynesiano pero perderían poder y dinero, no están dispuestos. Además, tienen la solución para que el rebaño no se espante demasiado; ya la están poniendo en práctica, consiste en estabular a los hombres-masa en los corrales nacionales a base de poner grandes teleras en forma de verjas, aduanas, aranceles y expulsión de  extranjeros. Al frente están poniendo a perros dóberman como Donald Trump, Vladímir Putin, Theresa May, Viktor Orban, Carles Puigdemont, Marine Le Pen, Nikos Michaloliakos, Frauke Petry, Timo Soini, Kristian Thulesen, Björn Söder, Norbert Hofer… Los perros sólo tienen que ladrar una letanía al rebaño: “Tú vales mucho, y si te va mal no es por tu culpa, la culpa es del extraño. Si sacamos al extraño de nuestro redil se arreglarán todos los males. ¡Guau, Guau, Guauuuuuuuu!”

El filósofo hace una distinción aristocrática entre minoría y masa, adjudicándole a la primera la función de postaestandarte de los valores eternos como la nobleza, la exigencia, el pensamiento, el esfuerzo, etc. No dudo de que haya científicos, profesores, pensadores, filósofos, escritores o poetas que lleven la antorcha con la luz del entendimiento y que constituyan esa minoría de que nos habla Ortega. Lo que sí sé es que las élites que nos gobierna desde las poltronas económicas y políticas, nada tienen que ver con las categorías que manejaba el filósofo; ni son hombre-masa, ni su antagónico minoría, más bien creo que constituyen una nueva entidad que podría denominarse hombre-depredador.

Si para entender el concepto de hombre-masa te decía que basta apelar al “porque yo lo valgo”, para entender el concepto de hombre-depredador basta seguir el juicio que se celebra en un polígono industrial de San Fernando de Henares, donde los Hados juntan cada mañana en una hilera a los procesados por las tarjetas Black con los de la Gürtel. Si miras por el ojo de la cerradura catódica verás el espectáculo pornográfico de una ínfima parte de las élites, pillada en cueros, que nos gobiernan. No tienen empatía, no se hacen responsables de sus actos, creen que han de estar por encima de la ley,  se suponen víctimas cuando son verdugos y, lo que es peor, la vida regalada les ha dañado muy seriamente el sentido común y les ha difuminado el entendimiento.

Sin embargo esas élites, que controlan los medios, saben colocar muy bien su mensaje a base de filtrar la información por el tamiz del circo donde magos, acróbatas, prestidigitadores, enanos, domadores y encantadores de serpientes nos la sirven sazonada y especiada para que cualquier parecido con la realidad sea pura coincidencia. Eso sí, nos meten información hasta el hartazgo. Por eso andamos curados de espanto. Ya ni siquiera nos indignamos, como para rebelarnos.

J. Carlos

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Prejuicios

mafalda

Decía Einstein que “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Tenemos el cerebro amueblado con una biblioteca de datos que contiene todos los avatares sucedidos desde la primera protocélula hasta nuestros ancestros humanos. Así que, efectivamente, ante cualquier estímulo exterior nuestras neuronas buscan, en el anaquel correspondiente, las respuestas que dieron todos los seres vivos que nos precedieron y adoptan la decisión más adecuada. Mientras millones de neuronas trasiegan información a impulsos eléctricos y nos mantienen a salvo, nosotros leemos “Tan poca vida” de Hanya Yanagihara con el corazón en un puño y los ojos enaguados de tanto dolor o, dormitamos delante del televisor a pesar del estruendo que levantan los sopapos catódicos que se propinan los dirigentes de un partido. Esa biblioteca que contiene toda la jurisprudencia y jurispericia acumulada por la vida desde que anidó sobre la Tierra es nuestro ángel de la guarda.

Sin embargo la sociedad te venda el cerebro desde que naces, como vendaban antiguamente a las niñas chinas para que no le crecieran los pies. Te jibarizan el cerebro con vendas religiosas, sexuales, morales, de raza, patrióticas… Si a un niño de cuatro años le preguntas cuántos extranjeros hay en su clase te dirá que ninguno, sólo hay niños, añadirá. Un año o dos después no sólo distinguirá al diferente sino que lo considerará inferior. Los prejuicios en forma de mitos y creencias son ese vendaje que algunos intentamos quitarnos cada día. Lamentablemente, si desenrollas una venda que oprimía tus entendederas constatas que tu cerebro empequeñeció, como empequeñecían los pies de las mujeres chinas.

Sí, tengo prejuicios. Muchos, un volcán de prejuicios en erupción cuya lava cae ardiente ante mis ojos cada vez que leo un artículo de un periódico que “ataca” mis creencias; que me muerde la piel cuando oigo a un político “perorar” contra mi ideología; que me quema la boca cuando he de callar ante opiniones “bastardas”; que me atruena en los oídos si escucho “discursos” que incitan al odio; y me revuelven las tripas los comentarios en las redes de gente que tiene los cerebros vendados y envueltos en sudarios que hieden a naftalina.

J. Carlos