Archivo mensual: marzo 2012

Corrupción

Corrupción

La tecnología aplicada a las redes es mano de santo para la eficiencia Hay ejemplos a barullo. Tecleas una palabreja en tu teclado y Google, con un algoritmo llamado motor de búsqueda, que es extremadamente complejo y sofisticado, y también algo tramposo, te sirve en segundos un menú con todos los ingredientes que utilizan esa palabra. Basta que hagas una llamada telefónica para que un submundo de máquinas silenciosas encaminen tu voz, tus datos o tu imagen a su destino por un sinfín de caminos tortuosos, aunque viajes en el Ave hacia Cantón, a trescientos cincuenta kilómetros por hora, y tu interlocutor vuele a Nueva York, a novecientos, en una noche de tormenta. No te cuento el universo de transacciones financieras que se realizan en bancos como Santander o BBVA, donde una especie de armarios negros plantados en un área no superior a medio estadio de fútbol, y emitiendo apenas un leve bisbiseo que produce el filo de las aspas de sus ventiladores al cortar el aire, son capaces de ejecutar más operaciones en un segundo que las que procesaban durante una década hace cincuenta años. Ya sabes que el éxito de Zara se debe fundamentalmente a su red logística de distribución; y que las redes eléctricas, de transporte, de paquetería… son verdaderos paradigmas del uso de la inteligencia artificial, de forma que distribuyen sus productos con la menor inversión de recursos posibles y en el menor tiempo.

Sin embargo hay dos redes, la del agua y la de la gestión pública que  carecen de la más mínima inteligencia para ser eficientes. En la canalización del agua fuimos en otro tiempo pioneros, todavía hace poco más de un siglo usufructuábamos los acueductos que nos legaron los romanos y, en su momento, gracias a los árabes, le dimos al mundo lecciones de riego por el método de acequias; sin embargo, hoy en día, se nos pierden por las tuberías de agua de boca el 30% del líquido elemento, y todavía hay zonas donde se riega a manta.  Algo similar ocurre en la red de la gestión pública, por la que se nos esfuman más del 30% de los ingresos antes de entrar –economía sumergida más desidia fiscal- y por las alcantarillas de la corrupción, el nepotismo y el manganeo del gasto se nos vierte otro tanto. La gestión de la distribución del agua tiene fácil solución, basta con monitorizar con sensores toda la red de embalses, estaciones de bombeo, sifones y tuberías y acoplar contadores electrónicos en las tomas de cada usuario. Lo de dotar de inteligencia a la red de la gestión pública es un poco más complicado porque es la zorra de la política la que administra el gallinero público. Como los políticos, pillados in fraganti en lo de la Gürtel, los Eres, Valencia, Baleares, etc., han de hacer de la necesidad virtud, han enarbolado, como quien enseña una bandera blanca de rendición, un anteproyecto de ley de transparencia que, si se aplicara con carácter retroactivo, enviaría a la cárcel a su Ministro de Justicia y a gran parte de Presidentes de CCAA y de Alcaldes. Bienvenida sea. Pero que no nos engañen con trampantojos: Son los políticos los que han menospreciado la función pública, se han cargado sus cuerpos de élite y se han ciscado en la intervención pública y en los inspectores del Estado. Han legislado para soslayar todos los controles que sofocaban sus bajos instintos de corrupción. Y lo que es más grave, han expuesto una pedagogía del pillaje y de la impunidad que está lastrando la economía española para las próximas dos décadas. No, no me refiero sólo a las matasadas dícese de la acción que consiste en el expolio de las arcas públicas por el gestor político, ya sea mediante ingreso directo en sus bolsillos, ya sea en los de sus amigos o testaferros. Este vocablo recibe su nombre del que fuera Presidente Balear, Jaume Matas, el cual, durante su mandato, tuvo una dedicación meritoria a estos menesteres-. Me vengo en referir también a esa madeja clientelar de empresas -muchas del Ibex-, asociaciones, fundaciones y particulares que son vicarios del poder político y de sus decisiones. A lo que hay que añadir las arbitrariedades de utilizar el dinero o los bienes públicos para apesebrar a los amigos, a los paniaguados y a los pelotas, ya sea vía publicidad a los medios, contratos a dedo, concursos públicos, etc.

Ni siquiera se precisa una intrincada red neuronal para evitar que el dinero público no llegue a las arcas y después se nos desagüe por las alcantarillas. Es más fácil que todo eso: Dejen a los funcionarios y a los técnicos redactar los informes con independencia. Rescaten a los Interventores del Estado, a los inspectores de Hacienda, a los de Trabajo, etc. Cuelguen en internet todos los pagos con dinero proveniente de las arcas públicas, así como su justificación; publiquen también los concursos, los informes, las adjudicaciones, las certificaciones y las libranzas de pago. ¿No quieren terminar con la corrupción y la economía sumergida?, atrévanse a exigir todos los pagos en territorio español con dinero electrónico para cantidades superiores a 100 €, siempre que quede constancia el nif del ordenante y el recipiendario. Pongan el patrimonio del partido –el presente y el futuro- como responsable solidario de las responsabilidades pecuniarias públicas de cualquier miembro del mismo que sea elevado a la dignidad de cargo político.

Y después, señores políticos, que les den unas clases de ética y estética. Me temo que muchos de ustedes son huérfanos de ambas. No se trata sólo de no llevárselo crudo, sino de poner los medios y las reglas para que no se los lleven otros. Se llama omisión del deber.

J. Carlos


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Angostura

ANGOSTURA

 El taxi deja atrás el edificio del Parlamento. Rodamos por Västerlanggatan flanqueados por banderas azules con la cruz amarilla que cuelgan de los mástiles en las ventanas. Delante viaja Erik con su sombrero de paja blanco; yo estoy sentado detrás, entre Ingrid y Carmen, con la boca seca y el cerebro hirviendo por lo de anoche. Erik con la cabeza vuelta, en un castellano muy limitado y seco, balbucea la historia de Gamla Stand, la ciudad vieja de Estocolmo. En la esquina de una calle peatonal que desemboca en la plaza Stortorget nos apeamos. Ingrid pasa la mano por la cintura de Erik, la toma del brazo derecho y dan unos pasos de baile sobre la acera, la coleta rubia pendula sobre su espalda. Dos viandantes se han parado y aplauden. Carmen acerca su mano a la mía. Se me eriza el vello como si me hubiera rozado una fiera. La retiro.

Calles estrechas con edificios granates, más mástiles con banderitas azules. Gente que ha salido de las tinieblas del invierno y que pasea con ropas blancas y amarillas y azules para tomar este sol cansino. Ingrid y Erik caminan cogidos por los hombros, como dos bueyes. Cierran los párpados y miran al sol. Nosotros, cinco pasos por detrás, ignorándonos. La calle, sinuosa como un laberinto, se va cerrando.

―Allons ―nos apremia Erik agitando la mano.

Carmen trota hacia ellos, la melena castaña resbala sobre sus hombros desnudos. Erik, sin soltar a Ingrid, la toma del brazo y le da un beso en la mejilla. Sigo, rezagado. Las paredes de la calle parece que van a converger. La marea de gente camina sin orden, tropieza. Se me revelan las certezas: No sé por qué accedí a conocer Estocolmo y hospedarnos en casa de su ex, ni por qué anoche acepté el intercambio de parejas. Tampoco sé por qué le prometí que dejaría de escribir para preparar las oposiciones.

Me esperan los tres para entrar juntos en Stortorget. Erik acaricia la barbilla a Carmen, le dice algo al oído. Ésta se vuelve hacia mí e intenta tomarme de nuevo la mano. Rehúso.

―¿Qué te pasa?

Guardo silencio.

Miro los edificios estrechos con fachadas pintadas de teja y de albero, tienen tres filas de ventanas, las hay coronados por semicírculos y, otras, rematados por trapecios como retablos de iglesia. En medio de la plaza los tulipanes rojos se inflaman por la luz. Están plantados en jardineras redondas hechas con duelas de cuba de vino.

Erik habla arrastrando las consonantes:

―En este plaza, en año quince veinte, un rey daneso, Kristian II invita a señores nobles. La fiesta por tres días. Un después da orden de cerrar puertas y cortar sus 82 pescuezos. El suelo como el color de las flores.

En un escaparate, enfrente del Borsen, donde los académicos eligen cada año al premio Nobel de literatura, se refleja la imagen de Carmen. Saca un pañuelo del bolso colgado al hombro, mete un dedo y se lo pasa por la comisura del ojo, luego viene hacia mí y me agarra del brazo.

―Háblame, por favor. ¿Se puede saber qué te ocurre?

Callo.

Seguimos caminando, las calles se estrechan. Ingrid y Erik delante con las manos enlazadas, en silencio. Entramos en la callejuela Marten Trotzigs Gränd. Si pusiera los brazos en cruz tocaría ambas paredes. Carmen se para cuando estamos a punto de alcanzar el primero de los noventa escalones. Grita:

―Vale ya. Dime algo.

―¿Sabes? ―le contesto señalando a Erik― No me puedo quitar de la cabeza a ese tío desnudo sobre ti. Ni esos ojos de perra en celo con los que le mirabas.

―Julio, anoche aceptaste el juego. Y tú lo hiciste con Ingrid.

―No, no fui capaz ―le digo, todavía con la voz calma― Cada vez que abría los ojos os veía enredados sobre la alfombra y la sangre se me subía a las sienes.

Carmen estira los labios con una risa fingida, me echa los brazos al cuello.

―¿Sabes? ―le digo― Erik ve en aquellos tulipanes la sangre de hace quinientos años y yo, si te miro, veo en tus pupilas el reflejo de él, desnudo y blanco.

―Por favor, no seas niño. Nosotros estamos por encima de esas cosas.

Me suelto del abrazo, subo los escalones de dos en dos, a grandes zancadas. Adelanto a Erik. Me borbotean los recuerdos de la pelusilla rubia de sus brazos y sus piernas abarcando la geografía de crestas y valles de la piel de Carmen. Me vuelvo, pongo los brazos en cruz sujetando las paredes. Grito:

―Y no quiero ser notario, ni tener un chalet con prunos y almendros. Ni volver a ver esos ojos llenos de pelusillas rubias y carnes blancas.

Salto escalones de tres en tres. Las paredes convergen, Baja una señora con sombrero blanco, tirando de un caniche, pega la espalda a la pared para que no la arrolle. Tropiezo con el perro, trastabillo de una pared a otra y me rasguño el brazo. Sigo corriendo hasta la boca de la calle. Por fin salgo a la avenida. Atrapo unas bocanadas de aire. En el brazo brillan unas gotas de sangre. Camino hacia el Skepsson, el muelle donde están atracados los barcos que zarpan a Noruega. Al fondo, el dios del mar. En el horizonte, el agua.

               J. Carlos

Revival

Revival

Llámalo revival, llámalo déjà vu, llámalo paramnesia. Llámalo como quieras. La cuestión es que tengo la sensación nítida de haber experimentado lo que está ocurriendo ahora mismo, de haber vivido estas mismas situaciones en el pasado. Incluso se me quedan suspendidas las vísceras de la barriga y el vello de los brazos se me eriza, como si tuviera frío, ante acontecimientos que suceden ahora mismo pero que son un calco de hechos pasados. Es de suponer que mi cerebro, que por pobreza genética y por edad ya acumula un sinfín de anomalías, está mezclando en la misma rama del árbol neuronal la memoria a corto plazo con la memoria a largo, lo cual da lugar a las mismas consecuencias anómalas que si mezclaras un Moët & Chandon con aceite de ricino.

El primer síntoma de este mal que me aqueja vino en producirse, allá por junio. Estaba yo viendo el telediario con un bocado entre dientes, la cámara hacía un barrido, desde un balcón, a la feligresía que formaba la procesión del Corpus, después el zoom se fue cerrando hasta que fijó su objetivo en la pluriempleada y plurinominada (en razón de la diversidad y largueza de las nóminas que recibe cada mes) Presidenta de la Comunidad de Castilla La Mancha. Llevaba la rigurosidad del luto hasta en el abanico con que movía el aire cargado de incienso, ceñía un vestido entallado y se adornaba con mantilla, peineta, guantes y un collar de perlas brillando sobre el cuello desnudo. Fue un instante, pero dejé de ver a Dolores de Cospedal y en los recovecos neuronales se formó la figura de Carmen Polo en blanco y negro, con un collar de perlas brillando en el cuello desnudo y largo.

Llegó el verano y las neuronas me jugaron muy malas pasadas. La economía se balanceaba sobre un trapecio haciendo piruetas en el aire y sin red. Según la derecha estábamos intervenidos y necesitábamos a los tecnócratas para bajar a la economía del trapecio o, al menos, para tender una red y que no se desnucara si caía. Ahí fue cuando se me petrificó en las circunvalaciones cerebrales la estampa de López Rodó con sus gafas de concha negra, a través de las que leía Camino de San Josemaría.

En el otoño hubo una campaña electoral eterna e insufrible, como todas, si te asomabas a la acorazada mediática escuchabas y leías los mismos anatemas y soflamas que escuché de niño: los sindicatos de clase son unos apesebrados; el gobierno de izquierdas ha dejado a España desunida, sin valores morales y nos han embarcado en una crisis económica sin precedentes, que curiosamente sólo afecta a los españoles; y, además, llegaron al poder sólo por causa de un atentado terrorista, ergo son terroristas. Sólo me faltaba oír lo de conspiración judeo-masónica-comunista para levantar el brazo y empezar a gritar ¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco! Ganó las elecciones un gallego y no abrió la boca, no llegó a decir ni qué ni cómo, ni sí ni no; aplicaba, seguramente, la consigna de aquel otro gallego: “haga como yo, no se meta en política”. Querrás creer que en la retina se me dibujaba Rajoy con botas de agua hasta las ingles, con una caña en las manos y del sedal colgando un salmón muerto.

Pasaron las Navidades entre el miedo y el frío, echando cuentas, como en las cuestas de enero de entonces, para conocer cómo iba a ser el agujero que te hacían en los bolsillos con la subida de impuestos. Eran los mismos que habían negado más de tres veces que no subirían los impuestos. Me vino a la memoria cercana desde la lejana, supongo, aquellos carteles de los sesenta que rezaban “En este establecimiento no subimos el precio del pan desde el año 60”. Era verdad, no subían el precio del pan, pero la hogaza de kilo empezó a pesar setecientos gramos. Entretanto hacían tiempo para vender la reforma laboral, que ya tenían pergeñada, y nos entretenían a los del común con el circo de Garzón. Cuando terminó el circo y el Supremo falló –más que una escopeta de feria, perdón por coger el rábano por las hojas y hacer un chiste tan malo- en mi hipotálamo se instaló la resolución del BOE del 21 de agosto de 1.965 por el que el Régimen apartó de la docencia a Aranguren, Tierno Galván y García Calvo. No fue más que pura paramnesia. Al igual que fue un déjà vu el parto de la reforma laboral, una andanada sin precedentes contra los derechos del trabajador, que destruirá más puestos de trabajo, y una carga de profundidad contra los sindicatos. Pasó la quita de derechos laborales con toneladas de almíbar por parte de la derecha mediática y el silencio de los corderos –los trabajadores- con la soga del miedo al cuello. Total que en mis hemisferios cerebrales, como en un juego de espejos enfrentados, se me confunden la cara redonda de De Guindos y la cara de pan de pueblo –dicen que también era la cara amable del Régimen- de  aquel ministro del Movimiento llamado Solís. La reforma se diluye con sordina, tiene más tirón el affaire Urdangarín y tiene más morbo, dónde vas a parar, aunque la reforma se prevé que genere más de 2.000 parados diarios.

A veces se cuelan reportajes reales en televisión, lejos de esas postales impostadas de españoles por el mundo, sobre jóvenes que salen por esos orbes de dios a buscarse la vida y que ya suman más de quinientos mil cada año. Es como un revival de aquellos parias con la colilla entre los labios, la boina calada y la maleta de cartón atada con cuerdas que viajaban en vagones de tercera a buscarse el condumio al extranjero. También nos muestra la pequeña pantalla las calles de Valencia, donde la policía se brega con adolescentes que pasan frío en las aulas porque no hay dinero para calefacción, pero sí para pagar la Fórmula 1, y protestan por ello. Sacan las porras de paseo y cargan. Humo, fuego, sangre. Sólo faltan los caballos. Sufro otra paramnesia. Me veo en la Gran Vía de Madrid, forrada de grises a ambos lados, descargándome zurriagazos con una porra flexible por el sólo hecho de que llevo unos libros colgados del brazo y el pelo largo.

Ya sólo falta que nos salmodien con el soniquete de la pertinaz sequía y empiecen a inaugurar casinos. ¿O eran pantanos?

              J. Carlos