Archivo mensual: agosto 2011

Las esquinas del verano (I)

Las esquinas del verano (I)

Allá, en mi tierra vieja de Castilla, nos parapetábamos en las esquinas de los bardales que proyectaban la sombra del sol inmisericorde en el verano, buscábamos la abrigada en las esquinas de las casas de adobe cuando azotaba el viento, nos ocultábamos tras los tapiales de las casetas de labranza para fumarnos los primeros Celtas, y nos escondíamos tras las esquinas redondeadas de las parvas de mies jugando al escondite. A veces, también, buscabas un esquinazo en un palomar lejano para encontrar tu soledad desde otra perspectiva. Como el verano es pródigo en nostalgias se me ha pasado este tiempo entre esquinas.

Introito: Esquinas literarias.

Para hacer paladar me fui con Proust Por el camino de Swann, desmigajé su magdalena en la niñez de su Combray, acompañé a Charles Swann por el territorio del amor, la mentira, los celos, el fracaso…, y hube de enlentecer mi tensión arterial para acomodarme al estilo espiral, lleno de silencios y de recovecos. Si tuviera que resumir en una imagen lo que me suscitó el personaje de Swann diría que, es como aquella piedra que lanzábamos sobre la superficie de la laguna de los Terreros: Disparada por nuestra mano rebotaba varias veces en la lámina de agua hasta que, perdido el impulso, se ahogaba lentamente en pequeños círculos, aminorando su velocidad según descendía, y por fin, con un gesto de hastío, aterrizaba en el légamo levantando una nube viscosa que enturbiaba el agua y la perdíamos de vista.

En Beauts Ille, la primera novela de de Muñoz Molina, uno se emborracha de literatura. Rompe los esquema narrativos, tanto el clásico como el moderno, avanza en círculos con tiempos y espacios solapados, con un narrador desconocido y, en el entretanto, convierte un simple relato policiaco en una antología del alma humana. La prosa es de una luminosidad exquisita, te envuelve con frases imposibles que llenan solas más de media página. Emociones, sutilezas, reflexión, personajes construidos con inteligencia, descripciones soberbias y un manejo superior de la lengua. Y Mágina su territorio imaginario que se consagrará en su obra como el Yoknapatawpha de Faulkner, o el Macondo de García Márquez.

Viajé al fin de la noche con Céline. Era la segunda vez que llegaba al fin de la noche y no me arrepiento de su relectura, aunque su autor fuera un antisemita y escribiera panfletos pro nazis, que han impedido que los franceses le agasajen al cumplirse en centenario de su nacimiento. El arte, lo queramos o no, está por encima de la talla ética o moral de sus autores, si no, correríamos el riesgo de quedarnos sin arte y sin artistas que vanagloriar. Parece mentira que esta obra singular tenga casi un siglo, si se escribiera hoy, cambiando los escenarios, diríamos que es de la más rabiosa actualidad. Es una enciclopedia de la miseria humana descrita con un lenguaje crudo, amargo y áspero, como corresponde; en la que el autor disecciona la maldad de la naturaleza de los hombres y la cuelga en el tendedero de la  literatura para que se oree,  al igual que el carnicero abre al cerdo con un cuchillo, lo cuelga, y expone sus vísceras al sol.

Las mil y una noches. El sesteo sobre una hamaca a la orilla del Mediterráneo cuando la tarde esponja los vientos y los buscadores de sol abandonan la arena, es el mejor  momento para escuchar a Sherezade, la hija del visir, contarle cuantos cada noche al sultán Shahriar para librarse de la muerte al amanecer. Son como muñecas rusas, cuentos dentro de cuentos que, a su vez, guardan nuevos cuentos. Genios, sultanes, visires, magos, palacios, mujeres exquisitas, lugares de ensueño, erotismo, poemas… También cierta moralina, algo de subversión del orden establecido por la jerarquía férrea de lo sultanatos, machismo rampante derivado de la religión dominante. Y todo por la infidelidad de la mujer de Shahriar. Después de mil y una noches y tres hijos habidos con Sherezade, el sultán le conmuta la pena y viven felices. ¿Quién da más?

Philip Roth en Pastoral americana elabora un crudo relato del desencanto de la sociedad americana, esa que creció en la Arcadia feliz del Imperio consolidado al finalizar la segunda guerra mundial, esa sociedad que vivió en sus propias carnes el sueño americano de salir de la nada y conseguirlo todo sólo con esfuerzo y un poco de suerte. Después vienen los sesenta, la maldita guerra de Vietnam, el 68, Nixon, las pequeñas revoluciones que van cambiando la faz del mundo…. Todas esas pequeñas putadas que precipitan la pérdida de la inocencia de una generación próspera, que empieza por perder la fe ciega en su Gobierno, después cae en la cuenta de que sus vidas son una tupida madeja de hipocresía donde se desdibuja la prosperidad conseguida, para terminar enfrentándose a sus propios fantasmas y concluir que ya no es posible disfrutar de su bien ganada felicidad. Es un relato de una familia ejemplar estadounidense donde todo está encarrilado para ser perfecto, pero la felicidad es un gigante con pies de barro y las tormentas familiares y políticas lo barren de cuajo. Amarga, lúcida y dura.

Como en la variedad está el gusto, hay mil páginas de un tal Ken Follet, que llevan por título La caída de los gigantes, y que me he metido entre pecho y espalda. Van y me dicen: Que la literatura no es eso, ¡hombre!, que eso es telenovela escrita, por decir algo ¿Dónde están las emociones? ¿Y la prosa estructurada? ¿Y el estilo? ¿Y los personajes apenas pespunteados? ¿Y las reflexiones hondas? ¿Y la pasión de escribir?… Sí, ya sé que no hay un autor, que es una factoría con sus documentalistas, archiveros, historiadores, juntapalabras, redactores, estilistas, hasta publicistas y asesores literarios. Sí, ya sé que Follet cumple con dirigir un poco el cotarro, poner la firma y decidir en cuál de sus abultadas cuentas corrientes han de ser ingresados los derechos. Pero con los Pilares de la tierra, cuando desde la primera hasta la última línea eran de su propiedad, creó un producto básico de consumo de masas: Una saga familiar, un trasfondo histórico, cuatro párrafos por página, muchas injusticias, malos muy malos, buenos muy buenos, personajes planos, tramas en cadena y muy cinematográficas (amores, desamores, embarazos, lealtades, cobardías, poderes corruptos…), final de cada página con banderín de enganche para seguir leyendo, una prosa utilitaria, un atmósfera creíble. Redoble de tambores. Y… voilà: Un best seller. Después a exprimir la ubre, como ha hecho en Un mundo sin fin. Sin embargo su obra es muy extensa y tiene títulos muy dignos como: El escándalo Modigliani,  Papel moneda y La clave está en Rebeca. Volviendo a La caída de los gigantes, escribirte que es una obra de factoría con cinco familias de cinco países distintos, en los que fabula sobre la historia del siglo XX en los años que median entre 1911 y 1924. Maneja muy bien los tiempos, la estructura narrativa, el mix entre la atmósfera hogareña de los miserables y la de los palacios y embajadas de los poderosos, y se lee con la misma fruición con que un director de cine leería un guión. Pero no esperes belleza expresiva, descripciones memorables, personajes complejos. Sólo la inanidad de un guión que funciona como un reloj suizo. ¡Ah!, quedas avisado: Estas mil páginas son la primera parte de una trilogía que se titula The Century. ¡Cuánto daño ha hecho Stieg Larsson con su saga Millennium!

J. Carlos

El LLanero solitario

EL LLANERO SOLITARIO

            Alrededor del abuelo había mujeres sentadas con vestidos negros y la cabeza cubierta con el velo de ir a misa. Rezaban. Me arrimaron hasta la cama, la abuela me aupó por encima de la caja de madera para que le diera un beso en la frente. Llevaba un traje azul marino, una camisa de tergal blanco a la que le sobraban dos dedos en el cuello y unos zapatos negros con una punta muy larga, sobre las manos un rosario de cuentas de hueso y dos algodones en las ventanas de la nariz. A los pies de la cama, entre dos cirios, mis primos repeinados y tiesos con chaquetas de paño verde y pantalones grises a juego. Era la primera vez que veía un muerto. Aparté enseguida los labios porque el abuelo olía a alcanfor y a patatas podres y la piel estaba fría como la de los lagartos. Me cosquilleó la nariz y no pude evitar estornudar sobre la cara del abuelo. En ese momento las mujeres pararon sus rezos y pusieron ojos de espanto, pensé que estornudar encima de un difunto debía ser un pecado muy grave. Pero no me miraban a mí, habían vuelto lo ojos hacia un desastrado con barba de varias semanas que se acercó a la abuela y se abrazaron. En volandas, varios brazos, me sacaron del dormitorio de los abuelos y, de la mano, alguien me condujo hasta el corral a jugar con mis primos.

Iban hasta la puerta de la bodega rodando sus aros, jugaban a trasportar vino en un remolque imaginario hasta el carro de varas en la cochera, allí descargaban las cubas y los toneles y vuelta a empezar. Como el aro de Luis era más grande traía hasta tres cubas y dos toneles por vez. A mí me dieron un papel y un lápiz para que dibujara un palito por cada viaje. En éstas apareció mi padre con el señor de la barba que ahora llevaba la chaqueta de rayas, la misma que se ponía el abuelo los días de fiesta, pero con un botón negro en el ojal. Se dirigió a mis primos y los apretó, contra su pecho a Luis y, contra su cintura a Ramón; después los elevó en el aire y ellos enganchados en su cuello le mesaban la barba con sus manos. Así permanecieron un buen rato mientras mi padre me apretaba la cara contra sus muslos hasta que le tiré del pantalón y también me subió y me abracé a su cuello como los primos. Le rodó una lágrima por la mejilla, dejándole un reguero desde el rabillo del ojo hasta la comisura de los labios, la tuve que limpiar con la manga del jersey para que no me mojara la mejilla. Aquel barbudo soltó a mis primos y vino a darme un pellizco en la nariz, no me pude retirar a tiempo, pero cuando intentó darme un beso con esas barbas escondí la cara tras el hombro de papá.

Seguimos jugando a llenar el carro de vino. Luis no me quería decir quién era ese señor que se había metido con mi padre en el pajar, así que le puse un palito menos. Aprovechando que su hermano había ido a cargar a la bodega, Ramón puso las manos juntas en mi oreja, acercó la boca y muy bajito me confesó:

―Es mi papá. Ha venido de muy lejos, pero no se le puede decir a nadie. ¿Me lo prometes? ―Asentí con la cabeza.

Mi padre salió solo del pajar sacudiéndose los zapatos del polvo de la paja. Se interesó por nuestros juegos, Luis como era el mayor y un sabihondo le contestó antes de que Ramón y yo abriéramos la boca. Papá, antes de volver al velatorio, nos dio caramelos de café con leche. Los primos se cansaron de acarrear tanto vino y se pusieron a jugar a la rayuela, a escondidas, porque no es un juego de hombres. A mí no me dejaron correr el aro porque decían que levantaba más que yo, ni empujar aquella piedra lisa sobre los cuadrados de la rayuela porque no era capaz de aguantar a la pata coja. Era mentira. Les meé las líneas trenzadas en el suelo de tierra y me echaron.

Mamá calentaba pucheros de café a la lumbre de la cocina de forja y lo servía en tazas con filigranas de tinta azul acompañadas de pastas de anís. Iba de negro hasta las medias, sólo a través del velo transparente se veía su melena rubia recogida en un moño  con alfileres de cabezas de color negro. Cada vez que se cruzaba conmigo me besaba y yo, con la manga del jersey, me limpiaba el rastro de mocos y lagrimones. Lo malo eran las viejas con olor a cera, tenían un aliento acre y pelos en la barbilla como las brujas, me baboseaban en un descuido y tenía que salir por piernas. Soltaban la misma letanía:

―Pobre. Tan pequeño y ya no tiene abuelo.

Empezaron a sonarme las tripas de hambre y no había forma de comer en aquella casa. Los primos no querían cuentas conmigo ni yo con ellos, eran unos estirados, sobre todo Luis. Me escapé a la cuadra a ver el caballo tordo. Por fin mamá debió caer en la cuenta de que hacía tiempo había pasado la hora de comer y me anduvo buscando. Me encontró jugando a El Llanero solitario, montado a horcajadas en la silla de montar del abuelo, reposaba sobre un bardal de adobe, tan bajo que los estribos levantaban una cuarta sobre el suelo. Me bajó y de la mano salimos de casa de los abuelos. Había dos hombres, uno a cada lado de la puerta, con capas verdes abotonadas en el cuello, tricornios de charol en la cabeza que relumbraban al sol de mayo y un fusil cruzado a la espalda. Mamá miró al suelo y les dio las buenas tardes.

Desde que salió el abuelo de la iglesia, a hombros, las campanas no pararon de tocar a muerto. Delante iba mi primo Luis, que portaba la cruz de plata en alto y marcaba el paso con la cabeza erguida. Le seguía el cura con la casulla negra bordada en los ribetes con hilo dorado. A su lado dos monaguillos, uno haciendo pendular el incensario y el otro cargando con el acetre de agua bendita y el hisopo. A continuación desfilaban las mujeres entonando los rezos del cura, se secaban los ojos y la nariz con un pañuelo que después arrebujaban y escondían debajo de la manga del vestido. Al final, los hombres que hablaban entre ellos de las labores del campo y de los trigos candeales en los que ya granaba la espiga. Cerrando la procesión, los de las capas verdes y los tricornios de charol. Al llegar al cementerio uno se quedó a la puerta y el otro entró detrás del pueblo.

Al principio no veía más que piernas, pero papá me llevó en brazos hasta el borde de la tumba, éramos los más allegados y teníamos que estar al lado del cura rezando el responso. Papá fue el primero que cogió un terrón del montículo que había a la derecha y después de besarlo lo tiró sobre la caja; se deshizo en pedazos y flotó en el aire, durante un segundo, un sonido roto como un lamento. Siguieron los primos, Luis primero y después Ramón. Por último, mi padre me puso un terrón en la mano, lo besé y lo dejé caer con cuidado para no dañar al abuelo. Al golpe le siguieron los sollozos de mi madre. Luego la gente se hizo a ambos lados para que pasara el padre de mis primos, se había cortado la barba pero lo reconocí por la chaqueta, tenía en la mano un pedazo de tierra, lo besó mirando al cielo, luego puso los ojos en mis primos y lo arrojó. Antes de que llegara a la caja se oyó un grito:

―Alto a la guardia civil.

El padre de mis primos se dio la vuelta, los condolientes se abrieron de nuevo para dejarle pasar, corrió en zigzag entre las tumbas. El de la capa verde que estaba dentro del cementerio salió corriendo detrás de él con el fusil en bandolera, perdió el tricornio. El que estaba en la puerta puso el fusil en el hombro derecho, hizo puntería de rodillas, con el codo sobre una lápida, y apretó el gatillo. La bala hizo añicos la cara de Jesús coronado de espinas de la cruz de mármol de la sepultura de los de Vega. Cuando terminó de cargar otro cartucho, el padre de mis primos ya saltaba la tapia del cementerio. El segundo disparo produjo un agujero en la pared y una nube de esquirlas de adobe. Antes de que el sonido seco se diluyera en el aire, se oyó el relincho de un caballo.

El abuelo quedó a medio enterrar. Todos, agachados, corrimos hacia la puerta. Todavía se oyeron dos disparos más, pero el caballo tordo ya enfilaba el teso de San Pelayo. Al coronar la cresta hubo un momento en que tapó la bola roja del sol poniente. Entonces, el padre de mis primos dio media vuelta, puso al caballo de manos y saludó como El Llanero solitario. Miré a Luis y a Ramón sonriendo satisfechos y engreídos. Daban ganas de apretarles los nudos de sus corbatines negros hasta ahogarles.

         J. Carlos