Archivo mensual: febrero 2017

Ficciones

sapiens

Afirma Yuval Noah Harari en “Sapiens” que en la historia del hombre hubo un salto evolutivo esencial: la ficción. La especie que hoy epidemia el planeta hubo de echar mano de mitos y fantasías para que sus miembros cooperaran entre sí. Las bandas de homínidos que recolectaban y cazaban eran pequeñas, todos sus miembros se conocían y cooperaban entre ellos, pero recelaban de los miembros de otras bandas. Para crear tribus formadas por varias bandas era necesario un relato común que les uniera. Se necesitaba un nexo entre individuos que no se conocieran, un mito que sirviera de argamasa para conseguir la cooperación entre ellos. En principio la ficción tenía una trama simple, con dioses que se encarnaban en lo más cercano: animales, plantas, ríos. Después se hizo necesario crear la mitología heroica de los líderes y de los chamanes, contar la historia de la tribu fantaseada a la luz de la lumbre, imponer los códigos de conducta exigidos por los dioses, narrar la épica de las guerras contra otras tribus. Con el tiempo las tramas fueron adquiriendo una complejidad extraordinaria, dando lugar a las religiones, los reinos, las naciones, las historias, el derecho, el dinero, las instituciones, las sociedades anónimas. Son simples relatos, fantasías en las que confiamos y, gracias a las cuales, la evolución nos ha traído hasta aquí. Es cómico pensar que un trozo de papel que llamamos dinero nos sirva para adquirir alimento, vestido… proporcionado por el trabajo de otras personas. Gracias a esa fantasía y a que el resto de sapiens confían, como tú, en la magia de ese papel seguimos poblando el mundo y desalojando otras especies a marchas forzadas. A veces, hay excepciones, pequeños relatos que se van al carajo, ocurre cuando compras Preferentes o Valores filatélicos en la confianza de que al cabo de un tiempo te devolverán el dinero que depositaste y, de pronto, la fantasía se desvanece y no queda nada.

Estas ficciones modelan las estructuras sociales como el agua y el viento modelan los roquedales. Los artificios imperialistas y los nacionalistas fueron, y siguen siendo, elementos de cohesión para que cooperen millones de personas que no se conocen y viven en territorios diversos, del mismo modo que los artificios religiosos homologan creencias y códigos de conducta comunes que atraviesan países, razas y continentes. El artificio humano más extendido es el capitalismo, se ha extendido como una sopa ubicua a todo el orbe y sirve para engranar mecanismos de cooperación muy sofisticados, aunque a veces tan absurdos como el de las anchoas pescadas en el Cantábrico que viajan a China para desespinarlas y vuelven a Santander donde se enlatan. Estos relatos no son inocuos, es verdad que fomentan la cooperación y producen beneficios a la especie, pero no es menos cierto que han producido y producen mucho sufrimiento en forma de guerras, hambrunas, desigualdad…

En el siglo XX al final de las dos grandes guerras mundiales, la especie intentó, al menos en el terreno político, escribir una narración global a través de organismos relatores como la Sociedad de Naciones, en 1919, que fracasó y, posteriormente la Organización de Naciones Unidas (ONU), en 1945, que aún persiste pero resulta de todo punto incapaz para hilar un relato común creíble. Las fantasías nacionalistas dificultan el fomento de relatos de mayor calado. Ni siquiera ficciones como la de la Europa Unida terminan de calar en el imaginario colectivo, algunos individuos piensan, como tal vez pensaban las bandas que se unificaban en tribus mayores, que su vida puede empeorar y sus relatos nacionales tan instalados en sus creencias van a terminar disolviéndose en  el conjunto superior.

Los relatos que nos contamos para cooperar se basan en la fe, en la confianza de que todo el mundo se los cree y colabora. Cuando me levanto por la mañana y salgo a la calle lo hago con la confianza de que alguien se ha levantado antes y la ha limpiado, que las farolas me alumbran porque otros producen la electricidad para mí, que si cruzo el paso de cebra el conductor parará porque cree que yo tengo preferencia y…, en fin, cuando compro el billete de metro lo hago en la creencia de que llegarán los vagones en el tiempo anunciado en el panel electrónico, me subiré y el conductor me llevará a mi destino. Cuando la confianza se quiebra y el relato no resulta verosímil el homínido se retrae y descree.

Si los relatores de las fantasías político-sociales te engañan y se corrompen, se te caen los palos del sombrajo y eres capaz de votar al primero que diga lo que quieres oír, aunque sea zafio, ignorante y filofascista. Si te estalla la crisis en plena cara porque algunas de las fantasías creadas por el hombre no se cumplieron, como la del progreso económico sin fin, te enrocas en tus relatos nacionalistas y prefieres el relato conocido de tus patrias y tus banderas, que el nuevo por conocer y votas el Brexit.

En los tiempos de descreimiento, cuando la confianza flaquea, cualquier mindundi, con un poco de prosopopeya, puede enardecer a una comunidad de homínidos con la ficción de la lengua, la cultura y la bandera; basta con una dosis letal de historia inventada con épicas fantásticas, odios ancestrales, victimarios, enemigos gigantes y una tierra prometida después de la travesía del desierto. Los relatos resultan tan mágicos que te pueden estar birlando la cartera y a ti nunca se te ocurrirá mirar los bolsillos del narrador.

Con que, cuidado con lo que crees y también con lo que descrees. La gravedad permanece con independencia de tu fe en ella, las ficciones humanas se desmoronan como un castillo de naipes si no gozan de tu confianza.

J. Carlos

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El parto de los montes

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La corteza terrestre flota sobre la roca derretida del manto y se mueve. No es una envoltura uniforme, está estratificada en forma de placas tectónicas que chocan entre sí. Cuando esto sucede una de ellas se pliega y se hunde, mientras que la antagónica se levanta dando lugar al parto de los montes. La emoción social también navega sobre el magma político con la misma quietud aparente con que se mueve la corteza bajo nuestros pies, aunque de vez en cuando sus placas chocan y producen terremotos sociales o volcanes que expulsan lava revolucionaria.

En el caso de la Infanta y su marido, la Audiencia de Palma ha parido un ratón con el ánimo de atemperar el movimiento telúrico. Las juezas desconocen la física de la tectónica de placas. Desconocen que el monte Everest seguirá creciendo por más toneladas de ciencia jurídica que le echen encima. Se probó que el marido de la Infanta se asoció con otro delincuente para, prevaleciéndose del apellido Real, vender, a precio de  oro, informes y asesoramientos cuyo valor no alcanzaba al del papel y la tinta en que estaban escritos. Se constató que una caterva de políticos compró aquella “basura” porque el dinero no era suyo, era del contribuyente y, se les hacía el culo gaseosa por hacerse acreedores del “favor Real”. Se acreditó que otra caterva de gestores de empresas privadas adquirió la mercancía averiada por las mismas razones que los políticos: el dinero no era suyo y su nombre se anotaba en la lista de los “proveedores de la Casa Real”. No hubo denuncia por parte de los gestores privados, lógico, hubieran quedado como estúpidos. Tampoco los verdaderos perjudicados, los accionistas de esas empresas, dijeron esta boca es mía ni en los juzgados ni en las juntas generales, lo que nos da otra medida más de la podredumbre del sistema. Resultó probado que la Infanta compartía a pachas con su marido una sociedad donde afluían los resultados de la actividad delincuencial. Es un hecho que, para ahorrarse los gastos del servicio del palacio de Pedralbes, los trabajadores figuraban como empleados de la sociedad. Es otro hecho que la Infanta se pulió con la Visa Oro de la empresa más de un cuarto de millón de euros en flores, restaurantes, material escolar y música. Es universitaria y trabaja en una institución financiera, pero el fiscal y las juezas consideran probado que no se enteraba de que su príncipe azul trincaba la pasta para hacerla feliz. Es una lástima que ni en los resultandos ni en los considerandos de la sentencia nos expliquen si su ignorancia deriva de escasez intelectual, si emana de un estado de enamoramiento permanente, o viene de fábrica asociada a su cualidad de Infanta –ya se sabe que la realeza fue reacia durante siglos a mezclar en exceso sus genes y eso, al parecer, produce estragos- Lo que no nos extraña es que su abogado levite de felicidad al leer el fallo, por lo visto los milagros ya no sólo habitan en los libros religiosos para dar lustre a los dioses y a sus santos.

La Infanta también levita por encima de las dos placas tectónicas que han entrado en colisión, la placa de la crisis y la de la corrupción. Si uno se fija en la de la crisis y, más concretamente, observa la roca granítica y gris de ese currante que perdió el trabajo, después su casa y ahora da de comer a sus hijos con la caridad de la pensión de los abuelos; si, al otro lado ve la placa tectónica de la corrupción avanzando con una morosidad impune de siglos, apenas erosionada por algún contratiempo judicial que se solventa con un indulto; uno se pregunta: ¿cuál será la subducida y cuál emergerá como una cordillera? Me temo lo peor.

El problema de la Infanta es que por educación o por convicción está persuadida que ni ella ni su santo varón han hecho nada punible. Sabe que lo que vendía su marido no era un producto ni un servicio y, por tanto, su calidad era indiferente. Se limitaba a alquilar el apellido regio o, si quieres, comerciaba con el sueño de codearse con la familia más poderosa del reino, en el entendimiento de que al calor del armiño Real iban a surgir sugerentes amistades y florecientes negocios.

He ahí el dilema: ¿Está equivocada la Infanta? ¿O erramos nosotros confundiendo la realidad con nuestros deseos? De lo que no cabe duda es que el servilismo de algunas instituciones como la Agencia Tributaria o la Fiscalía, ha dejado al descubierto que nuestra condición de ciudadanos está lastrada todavía por un cierto vasallaje. Ya lo dijo el súbdito Rajoy para tranquilizar a sus mesnadas: “A la infanta le irá bien”. Y le fue tan bien que le salió a devolver.

J. Carlos

Estados

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Venimos del estado sólido de la política y transitamos durante cuatro décadas por el glaciar “perpetuo” de la dictadura. Asistimos esperanzados al cambio climático que sucedió con brusquedad tras la muerte del tirano. Fuimos testigos del deshielo de los grandes bloques institucionales que, tras desmoronarse, quedaban flotando en forma de icebergs. Más de uno impactó gravemente en la proa de la democracia. Nunca se sabrá si fue por astucia de los pilotos, por miedo de los pasajeros o, porque los que siempre medraron en la solidez de los hielos descubrieron que era más fácil seguir medrando en la liquidez de las aguas. El caso es que el noble arte de la política se licuó durante otros cuarenta años y conocimos todos los momentos de la mar. Conocimos las marejadas de los ruidos de sables, la mar muy gruesa de los asesinatos de Eta, Grapo y otros grupos de extrema derecha, la mar dura de la cal viva, la mar confusa del golpe de Estado, el temporal de la corrupción, y hasta la mar llana de la entrada en la Comunidad Económica Europea. Casi de seguido cundió el desencanto y nos fuimos alejando de las aguas de la política como de las aguas pútridas de los pozos negros. Si acaso, acudimos cada cuatro años, con la nariz tapada, a mediar de sobres las urnas de metacrilato con la misma desidia que aspaventamos una mosca de siesta veraniega.

Entonces llegó la crisis, la clase media cayó en la cuenta de que tras la hipoteca y las mensualidades del coche no había más certidumbre que la de mirar al cielo por si despejaban los nubarrones. Nos alcanzó el hartazgo de los políticos, economistas y sabidillos que trataban de explicar las zozobras con una cascada de palabras. Pero éstas ya no fluían de su boca, eran tan ligeras, tan huecas que se evaporaban al abandonar sus labios. Y la política se hizo gaseosa.

Ahí tienes a Mariano formando cúmulos de desarrollo vertical, como un gigante algodón de azúcar de feria. Si le echas un bocado comprobarás que es como pegarle una dentellada al aire y tan dulce como los millones que, según los jueces, acumularon algunos bajo el signo del charrán o de la gaviota. Por cierto, según la RAE el charrán es un ave marina, pero también un adjetivo con los significados de pillo y tunante.

Iglesias es más de formaciones lenticulares, como los círculos que forman su logo. Acaba de fumarse a Errejón como el que fuma un canuto de narcisismo, y va tan colocado que ha nombrado la humildad sin que le tiemblen las cuadernas. Un día de estos le dedicará a Íñigo aquella canción de La Romántica Balada Local: “Y miraré como te pierdes entre el humo del escape del bus”. De los intereses del pueblo, ya si eso, cuando se despierte de la modorra.

Allá arriba, en forma de tules como hilachas suaves de filamentos largos, están los cirros de Susana. Blanquean a brochazos el cielo de Andalucía pero se han disuelto como bruma ligera en el azul del resto del mapa. En el recuerdo, el golpe de estado sin tricornios en Ferraz. La autoridad competente, civil por supuesto, dice que está con ganas.

La política, pues, se ha hecho gaseosa y ha adoptado las propiedades de los gases: Sus moléculas se encuentran prácticamente libres, de modo que son capaces de distribuirse por todo el espacio y no tienen forma, se adaptan al recipiente que los contiene, por ejemplo, Rivera acaba de adaptarse al recipiente liberal huyendo de la olla exprés socialdemócrata. Tienen otra propiedad que espanta, pueden comprimirse con facilidad y, a partir de un punto crítico, explotan.

J. Carlos