Archivo mensual: enero 2016

Fotos

Paquirri y su hijaKatrina Pierson

Las fotos las carga el diablo. La de Francisco Rivera la están paseando por ahí, unos para conducirla al cadalso, otros la llevan en procesión sobre andas y bajo palio. Es una instantánea de un torturador y matador de toros que sostiene a su hija de cinco meses en el brazo izquierdo, mientras con el derecho da un pase de muleta a una becerra que tiene el lomo brotado de sangre. Nada se nos dice del pronóstico de la herida del animal, ignoramos si la causó un puyazo de un descerebrado a caballo, o si había sido alanceado por el propio padre de la criatura. Tampoco se nos informa de cuánto vivió el herbívoro. Nos tememos que, minutos después, una vez puesta a buen recaudo la niña, la misma mano que antes la mecía, bajó el engaño hasta tocar el albero para que la becerra hocicara y quedara su cruz a tino. Imagino el estoque penetrando silencioso hasta la bola rasgando órganos y tejidos, un bramido ronco, estertores y vómitos de sangre. A esas alturas suponemos a la niña dormida plácidamente, con el hombro de su madre por almohada, sin que la despierten los aplausos y los oles. El matador satisfecho. Acaba de bautizar a su vástago con sangre, a falta de agua bendita.

Eso es lo que yo veo en la foto. Eso y, si quieres, una patética necesidad de reivindicar su “profesión”. Vamos, como si el verdugo posara con su criatura de cinco meses al lado del que va ser ajusticiado, poco antes de darle garrote vil. O, por poner otro ejemplo, como el cazador que se hace un selfie con su niña en brazos ante una piara de jabalíes yacentes, dispuestos en un semicírculo sobre una alfombra de hierba salpicada de sangre.

Debo tener una presbicia avanzada. La polvareda que advierte el personal en la instantánea no la levanta el animal que, a buen seguro descansa en paz enterrado en los estómagos del matador, su familia y amigos. Lo que ha levantado más polvo que el Simún del desierto es, el presunto riesgo que corrió la niña. Va a resultar que los púberes castellers que se elevan hasta las torres de los castells no corren riesgos de romperse la crisma o algún huesecillo. O que no podremos enseñar a los niños a trepar por un rocódromo o a montar en bici. No, si al final, para evitar la cárcel, habremos de meter a los niños en esas bolas gigantes de plástico para que no sufran ni un rasguño.

Tal vez mi diagnóstico sean cataratas. Es como si tuviera brumas o telarañas en los ojos porque el único riesgo infantil que yo veo es, el de que uno de cada diez niños hoy en España sufre pobreza severa. Lo dice un informe de La Caixa de 2015. Lo que aprecian mis ojos es que, en periodo de vacaciones, si cierran los comedores escolares, esos niños no pueden hacer ni una comida decente al día. De la niña del matador el único riesgo que acierto a vislumbrar es que, terminará sabiendo que el pan de cada día se lo pagan aquellos a quienes les pone ver como su padre, vestido de luces y en zapatillas, tortura y masacra a unos animales nobles. Supongo que llevar el sambenito de que debes tu pan, tu vestido y tu vida aseada al sudor de un verdugo no debe ser plato de gusto.

Iré al oculista. Puede que no sea presbicia ni cataratas, tal vez sea astigmatismo porque es obvio que mi córnea deforma las imágenes y difumina los contornos. Veo que unos cuantos corifeos, matadores todos, han subido las fotos del “bautismo” de su prole, a modo de palio con el que arropar solemnemente a su compinche. Resultan menos osados o, quizá, son más sibilinos. No hay ni una mísera gota de sangre en las vaquillas. ¿Han rebajado el bautismo a unos simples mantazos de capea, o es que han empleado el Photoshop para borrar las huellas que imprime el sadismo de su “arte”? Se comprende que luchen por su condumio, aunque la manera de ganarlo sea infame. Presiento que saben que la cultura y el tiempo terminan permeando como la lluvia fina y se les va acabando el chollo. Espero que esa foto de Rivera Paquirri con su hija termine donde debe, en un museo de los horrores junto con los estoques, las banderillas y demás parafernalia de torturar y sacrificar toros.

Hay fotos en las que veo cosas imposibles, como la de Katrina Pierson. La miro y me pone los pelos como el somier de un faquir. ¿Querrás creer que mis ojos cansados ven alrededor de su cuello una gargantilla, está hecha de cartuchos cargados de pólvora con balas listas para salir disparadas y matar. La señora en cuestión es la portavoz del peligroso Donald Trump. Si fuera verdad lo que aprecian mis ojos, me imagino que sería una exigencia de su jefe y que, cualquier día de estos, le pediría el collar para disparar a la gente en la Quinta Avenida, aunque sea sólo para ver si se cumple su profecía de que no perdería votantes.

Como te decía, las fotos las carga el diablo, aunque no todas. Algunas vienen cargadas de casa. Cuando estallan en la red, te nublan la vista y, si te descuidas, te alcanza la metralla. O es eso, o me estoy quedando cegato. Ya te contaré qué me dice el oculista.

J. Carlos

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Año nuevo, qué susto

Toma de posesión

En la frontera del tiempo a los años nuevos se les deja pasar sin papeles. No tienen que cruzar debajo de un arco de seguridad para detectar si viajan con armas o explosivos, ni se les obliga a descalzarse y quitarse el cinturón. Sin embargo, al personal que le gusta salir a recibir el año como si se tratara de la llegada de un cantante famoso o de un equipo de fútbol mediático, le han puesto inyecciones de miedo y lo han sometido a fuertes medidas de seguridad. En Nochevieja las plazas de casi todas las ciudades europeas se han anillado con cordones policiales y para sortearlos se ha sometido a los ciudadanos a cacheos, prohibiciones y cupos.

-Disfrute del espectáculo desde el búnker de su casa. Le servimos la llegada del nuevo año en sabrosas lonchas electrónicas de carne prieta bañada en transparencias y otras delicatesen -dice el Gran Hermano de Orwel.

-Se me dispersen, coño –ordena el ministro Fernández Díaz después de imponer una medalla a la virgen de los idiotas.

Ya se sabe que las aglomeraciones son una tentación para los terroristas del Daesh, como los grupos de estudiantes de más de dos lo eran para la policía franquista. Sí, querido. A la policía franquista se le disparaba la adrenalina cuando veía a dos o más individuos charlando con libros o carpetas bajo el brazo. Si bajabas los ojos a la suela de tus zapatos y no cruzabas tu mirada con la suya no llegaban a desenfundar la porra. Pero si el pelo te hacía cosquillas en el hombro y llevabas barba de semanas era fácil terminar con la curia cardenalicia tatuada en tus riñones, nalgas y muslos. El 24 de enero de 1.977, cuando el reloj de la Telefónica andaba subiendo la cuesta de la una de la tarde, uno de esos esbirros descerrajó un bote de humo en la cabeza de Mari Luz Nájera, sucedió en la esquina de la actual Gran Vía con la calle de Libreros. Diez horas más tarde, unos pistoleros de extrema derecha asesinaron a cinco abogados en el número 55 de la calle Atocha. Al día siguiente, a caballo entra la una y las dos de la tarde, cinco insensatos a bordo de un Seiscientos fuimos a poner flores al lugar donde cayó Mari Luz. Una señal en la acera avisaba de que la calle Libreros estaba cortada, pero Leo enfiló el morro del coche y entramos. A los cincuenta metros, cuatro voces parapetadas detrás de los cañones de cuatro subfusiles nos conminaron a bajar. Salimos y recibimos una lluvia de porrazos. No recuerdo qué pasó con las flores. La caterva cardenalicia que me tatuaron fue cambiando al verde botella casi negro, luego al amarillo parduzco y, después de dos o tres semanas, se disipó como se disipan los malos sueños. El obligado celibato que padecía en aquel entonces propició que aquellas señales permanecieran en el más estricto anonimato. Las del brazo derecho eran chicas, tenían cierto parecido con las Azores; la de la nalga derecha la bauticé como Madagascar, a pesar de que sus contornos situados al oeste no llegué a verlos nunca; la del muslo derecho era el vivo retrato de la península del Yucatán y, las primeras horas, picaba como una ortiga.

Aquella semana de enero hubo en Madrid una orgía de sangre que, como no hay mal que por bien no venga, resultó un antídoto contra el veneno cainita que corroía las entrañas de la convivencia. La vacuna beatífica que nos libró de la epidemia de la dictadura militar no estuvo lista hasta cuatro años más tarde. Se nos inoculó en forma de vodevil con tricornio y pistola en mano, con un decorado impagable y la forzosa interpretación de más de trescientos cincuenta extras y tres héroes, Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado. Los actores uniformados que encarnaban el mal culminaron su casting arrasando con las existencias etílicas del bar del Congreso, y es que nadie les había pasado el guión. El intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, seguramente propiciado y abortado por la misma testa coronada, y el miedo de volver a la España negra del franquismo, nos ha brindado treinta y cinco años de convivencia pacífica, haciendo abstracción del estropicio que el cáncer de ETA ha producido en el cuerpo social.

El tiempo y el uso producen la fatiga de los materiales, hasta los más sólidos si le echas años encima se resquebrajan y pulverizan. La convivencia sigue unas leyes físicas muy parecidas, es preciso analizarla al microscopio de tanto en tanto, para ver sus microfacturas y restañarlas como hacen los ingenieros con la carcasa de los aviones. Pero si hay algo que el uso y el paso del tiempo deteriora con rapidez, son las instituciones del estado porque están sometidas al poder político y éste es un disolvente más poderoso que la sosa cáustica.

Hemos empezado el año con el miedo en el cuerpo. En cuanto te descuidas te hacen cruzar por un arco de seguridad como si fueras un terrorista. Cualquier día de éstos tendrás que someterte a un detector de metales para franquear la puerta de tu edificio y, si pita, el portero te hará un cacheo exhaustivo. Estamos asustados no sólo por la amenaza yihadista, también y, sobre todo, porque una vez que se nos han pasado las digestiones pesadas y la somnolencia etílica de las fiestas, hemos caído en la cuenta de que las instituciones públicas están más descarnadas que el hueso en el caldo de los asilos. Tenemos un vago recuerdo de que hace poco hubo elecciones, habrá que consultar en Google para saber si se celebraron antes o después de que los niños de San Ildefonso no cantaran nuestros números de la lotería. El resultado es que los perroflautas que acampaban en la Puerta del Sol hace cinco años, los mismos a los que Celia y Esperanza conminaron a presentarse a las elecciones si tenían huevos, hoy se sientan en los escaños del Congreso donde se habían pelado el culo la gente bien de toda la vida. Van descorbatados, sin terno, llevan rastas en el pelo y acarrean a su prole en brazos. La Villalobos está de los nervios por si le infestan de piojos, se conoce que las ladillas de las señorías de bien no le preocupan. La acorazada mediática se destinta, desgañita y despantalla por lo del niño y la teta. Hasta donde vamos a llegar. Postureo, anatema… Huelen mal dice en la televisión una periodista del Opus, no como su confesor al que sus hermanas de secta le enceran los suelos por los que pisa y le lavan y perfuman los calzoncillos. Asociaciones feministas también alzan sus voces, tienen guardería gratis pues que la usen. Rajoy para eso es más cuco, calla; él no lleva a su padre impedido al Congreso, tiene quien lo cuide; tres personas lo asisten día y noche en el palacio de la Moncloa, seguramente a costa de la Hacienda que, según la abogacía del estado, no somos todos. En este punto propongo título para el himno nacional: Dios salve a la Infanta.

En el ínterin, un presunto delincuente electo campa con libertad por el Palacio del Congreso. Recoge el acta de diputado, lo pasan al grupo mixto porque huele a podrido aunque a la pituitaria de la junta palabras opudeista no le llega esa clase de hedor. Pilla uno de los últimos asientos, tras una columna de madera. Se levanta y vota. Cobra sus dietas de asistencia, su complemento de vivienda, sus taxis, su sueldo. Se ha beneficiado de una cartera de cuero marrón, un Ipad y un Iphone. Toma el AVE gratis total a Segovia. Después de tanto trajín, vuelve a casa, es cruzar la puerta y se le desencaja la mandíbula de carcajearse de todos nosotros. Los medios no tenían ojos electrónicos para el hijo de Segovia, sólo para el bebé de la Bescansa. Me apuesto un imperio a que el voto que sacó el niño fue aupado hasta la urna por el diputado Gómez de la Serna, para que todo el mundo mirara el dedo del mamón de teta y no la cara dura del mamón de comisiones.

Hubo diputados que llegaron a palacio como los gigantes y cabezudos, seguidos de una banda de música. Señorías subidas en bicicletas eléctricas, de alquiler, cabalgadas desde el apeadero del Paseo del Prado, trescientos metros más abajo. Diputados que madrugaron y ejercían de  cancerberos, guardando filas de asientos para sus conmilitones con los dientes apretados y los belfos subidos. Zamarras colgando del respaldo de los sillones de sus señorías. Cucamonas al hijo de la Bescansa mientras lo pasaban de mano en mano como consuegras en un bautizo. La coda la representaron a la salida ante un alud de cámaras y micrófonos en mano de presentadoras de magazine vestidas de invitadas de boda; se escenificaron sonrisas, abrazos y lágrimas, hubo coros salmodiando letanías, más abrazos, más lágrimas y un reguero de entrevistas de dos o tres palabras.

Lo mejor, el decorado. Lo peor, los actores que parecían extras en el ensayo de una ópera bufa de tercera.

Ignoro si pasado el efecto plató de televisión y su correspondiente mascarada, sus señorías se arremangarán los puños de la camisa, se ensalivarán las palmas, las frotarán y echarán mano del pico y de la pala para levantar de nuevo los sillares de nuestras instituciones. Desde aquí yo les suplico, vayan al tajo, aunque sólo sea  por los jubilados de Madrid, desde que se fue Gallardón andan huérfanos de obras y, aunque en los centros comerciales no hace frío ni calor, no tienen construcción que contemplar para ejercer su legítimo derecho a la crítica, la discusión y hasta el enfado.

En el entretanto yo me parto con el espectáculo de la acorazada mediática profetizando el apocalipsis y el rechinar de dientes. Andan los Marhuendas con la ira suelta, se parecen a esos personajes de las películas del oeste que se subían a un escabel para predicar, a voz en grito, el fin del mundo, en una mano esgrimían la biblia y con la otra apuntaban el dedo índice contra los pecadores.

Me malicio que del cielo político cae el maná de la subvención mediática en función del credo.

J. Carlos