Archivo mensual: marzo 2020

Confinados

En la jardinera de mampostería que cuelga fuera de la ventana del despacho hay unos bulbos de amarilis con hojas alargadas, curvas y estrechas como cimitarras. Las regué ayer y, sin querer, descargué el agua del cubo por encima. Se doblaron sobre la tierra, desmayadas. Esta mañana, recién despuntado el sol ya estaban de pie, cada una señalando un punto cardinal como si por la noche hubieran echado a suertes un trozo del firmamento. La vida estalla ahí fuera más allá de las paredes y de los balcones. Si miras por la ventana advertirás que en las yemas de las ramas han eclosionado las hojas lanceoladas, acorazonadas, aciculadas, filiformes… y todos los árboles han cubierto su desnudez con un manto de esmeraldas. En una de las fotos que ilustra esta pieza hay un pájaro que ha construido un nido, de urgencia, para incubar sus huevos en un coche, entre el retrovisor y el cristal de la ventana. La vida ahí fuera se abre paso a dentelladas. Sin humanos es más fácil. Nosotros también construimos hospitales de urgencia en el Ifema, en polideportivos y donde haga falta para intentar que la vida no nos cierre el paso a dentelladas.

Ayer nevó en Madrid, lo vi en la tele, el otro día debió de llover porque los reporteros hablaban debajo de los paraguas y hace poco, ya no recuerdo cuándo, entró la primavera. En estos días el sol se queda fuera, y el viento y la nieve y la lluvia también están confinados al otro lado de las paredes como si fueran los enemigos en esta guerra. Qué va, los enemigos somos nosotros, apestados en potencia, que podemos matar a cualquiera con una abrazo o con un hola o un adiós. Hemos puesto nuestra vida entre paréntesis y, si salimos por necesidad, sellamos nuestras bocas y nuestras manos para no tocar ni alentar, para no ser tocados ni alentados. Hace poco, tal vez el mismo día que entró la primavera, los cementerios en Madrid se quedaron pequeños y los crematorios no tienen lumbre para tanto muerto, por no tener, no tienen ni el consuelo de los suyos en el último suspiro. Yacen aparcados en féretros recién barnizados en el Palacio del Hielo sobre una lámina de carámbano, en formación los unos al lado de los otros, como un ejército. Siempre habrá algún carroñero que congele en una imagen las filas de ataúdes para venderla. Sin una imagen que llevarse al recuerdo el 11 S no habría cambiado el mundo. Sin la foto con una hilera de camiones del ejército italiano transportando ataúdes debajo de sus lonas, no hubiéramos caído en la cuenta de que detrás de las estadísticas, con guarismos cada vez más largos, había una acumulación insoportable de muertos.

Hoy salí a la compra después de once días, no necesitaba mucho, quería ver la vaciedad. Y la vi en las líneas blancas paralelas pintadas en el asfalto prolongándose hasta el infinito, en los semáforos encendidos que parecían fantasmas varados con ojos de colores que no atendía nadie. Escuché el zureo de las palomas que ocupaban las aceras y estaban conquistando las calzadas, había mirlos sobre la hierba que se entendían en un gorjeo aflautado y melodioso. En el parquecito, donde antes correteaban los perros tras las pelotas que lanzaban sus amos, buscaban lombrices las urracas, cuando no las encuentran levantan la cabeza y graznan. Se hacía raro oír todos los sonidos limpios y claros, qué bien suenan los gorjeos sin el fragor del tráfico. Me crucé con dos viandantes, la una se cambió de acera, el otro se alineó al borde de la calzada dejando entrambos los alcorques de las acacias. Nos cruzamos sin mirarnos con las bocas embozadas como perros peligrosos. Eran bastante más jóvenes que yo y me quedó la amarga sensación de que los mayores apestamos más; para consolarme quise pensar que no, al contrario, nos cuidan porque corremos más riesgo.

Eso era la vaciedad. También era el miedo. No hace ni quince días hablábamos de la España vaciada como ese lugar inhóspito, abandonado de dios y de la tecnología, ahora el vacío se ha extendido como una plaga y esa España vaciada ha engullido a las urbes a la misma velocidad con que la tarde se hace noche y la luz se hace sombra.

         J. Carlos

El hombre escaso y Corazón enamorado.

                                                   El hombre escaso

A Benito le faltan estatura y carnes. Es un hombre escaso. Lleva una vida ordenada, si consideramos como ordenada llevar veintitantos años trabajando con cadáveres en el Anatómico Forense. Es mi último día de trabajo aquí y me alegra coincidir otra vez con él porque es el único que trata a los cuerpos con respeto y muchísima ternura. Les habla ceremonioso con el don y el usted por delante, les llama por su nombre, les lava con el esmero que pondría una madre y los traslada, desde la camilla a la mesa de autopsias, con el mismo cuidado y blandura que si todavía quedara cuerda en sus corazones. Me cuentan los compañeros que cuando trae a un niño se pone las gafas de sol para que no se le vean los lagrimones. A Benito le apodan el Sobaco inteligente porque siempre llega, y se va, con un libro debajo del brazo. Según las malas lenguas sólo pretende disimular su cortedad de luces. La última semana le he visto con una edición de bolsillo de Así habló Zaratustra. Cuando entro en la sala ya ha colocado sobre la mesa el cuerpo de una joven que me recuerda con su melena ondulada, su cara redonda y sus pechos pequeños a la Venus de Urbino. Nos saludamos. Me acerca el bisturí con el que hago la incisión en forma de Y desde los hombros hasta el hueso del pubis. Tengo la sensación de que estoy rasgando el lienzo de Tiziano. Benito que nota mi pesadumbre toca con su mano en mi brazo y con voz corta y engallada, de eterno adolescente, dice: ¿Sabe lo que escribió Nietzsche, doctor?, que “todo lo imperecedero es mera alegoría. Y los poetas mienten demasiado”. No sabía que leyeras a Nietzsche, miento. Claro que lo sabe, esta mañana me ha visto con un libro suyo. También sabe, seguramente, que me llaman Sobaco inteligente y Luces cortas. Y es verdad, ¿no ha leído mi expediente?, allí consta que tengo una edad mental de doce años. Esbozo una sonrisa. Ya sé, respondo, y a mí me apodan La zurcidora. Y también es verdad porque mi padre que era sastre me enseñó a coser y a cogerle los puntos a las medias. No podemos evitar la carcajada. Le pongo la mano en el hombro. Te aseguro, le digo, que en todos mis años de servicio nunca he conocido a ningún auxiliar que se desempeñe en el trabajo tan bien como tú. ¿Por qué escondes tu inteligencia?, le pregunto. No la escondo, doctor, contesta. Verá, éramos dos hermanos, nos llevábamos menos de tres años. En el autobús que nos llevaba al colegio íbamos juntos en los mismos asientos, él pasillo, yo ventana. Aquel día me pidió que le cambiara el puesto porque era primavera y quería ver el verde del campo. El autobús volcó en una curva. Yo quedé intacto, sin un rasguño. Él, no. Abracé a mi hermano muerto con todas mis fuerzas, me tuvieron que separar de él como separaron a Nietzsche del caballo fustigado de Turín. Desde aquel instante me negué a crecer, se lo debía.

Quedo sobrecogido. Silencio. Benito recoge el bisturí manchado de sangre y me pasa el costótomo para abrir la caja torácica. Mientras examino el corazón y los pulmones del cuerpo abierto en canal, pienso que hay más fuerza en el hombre escaso que en toda la obra del filósofo y, desde luego, tiene mucha más belleza plástica la imagen abrazando a su hermano muerto que la de Nietzsche abrazado a un caballo. Tengo un agujero negro en el estómago pero descubro, paradójicamente, que nunca me he sentido mejor en mi trabajo. Al terminar la autopsia subiré a Administración por si aún estoy a tiempo de renunciar al traslado.

                                              Corazón enamorado

Tiene diecisiete años y un corazón demasiado chiquito porque una cardiopatía congénita le ha impedido crecer. Es alta, escasa de carnes, cabello ambarino que ondula sobre los hombros y los ojos de lapislázuli, grandes y tristes. Hace dos cursos que abandonó los estudios y apenas sale de casa porque se cansa, últimamente ni se levanta de la cama. Cada tarde abre los librillos de lamas de madera de la ventana para que los rayos de sol incendien su piel pálida, casi transparente. Su único consuelo son unas cartas fogosas de un remitente desconocido que le permiten soñar con un trozo de futuro, aunque ella sospecha que las escribe su madre para que no pierda las ganas de vivir. Son tan tiernas y arrebatadas, piensa, que sólo puede escribirlas una mujer. En la última le dice que le ofrece su corazón enamorado y le promete romper su anonimato si esa noche deja una vela encendida en el alféizar de la ventana. Al amanecer se oye un disparo que levanta en vuelo a toda la pajarería del pueblo. Al rato llega la noticia, el hijo del cabrero se ha descerrajado un tiro en la sien y han encontrado prendida en la solapa de su zamarra de piel de cordero una hoja de papel en la que, entre salpicaduras de sangre, se lee: Sacadme el corazón y dádselo a Isabel para que me lleve en su pecho para siempre.

               J. Carlos

Despistado y Terapia para soportar la realidad

 

Despistado

Mario es profesor de literatura y poeta. Tiene una capacidad asombrosa de ensimismarse. Cuentan que de niño se quedó mirando a una gallina que incubaba un huevo durante toda una noche en un pajar, mientras el pueblo entero lo buscaba por la pinada y entre los juncales del río. Margarita no le perdona que los invitados a la boda no comentaran su vestido de novia de tafetán y su larga cola de tul sedoso, sólo se hicieron eco de la desnudez de los tobillos que Mario exhibió al arrodillarse para tomar la sagrada comunión. Un verano, en la playa, mientras la familia dormitaba bajo la sombrilla azul, tomó de la mano al hijo pequeño y se fueron a pasear, fue el abuelo al verlo regresar el que cayó en la cuenta de que el niño que traía no era el suyo. Margarita le ha puesto sensores a las llaves de casa y a la cartera, también lleva una aplicación en el móvil para no equivocarse de aula en el instituto. Escribe todas las tardes desde las seis hasta las diez de la noche. Compone versos de una métrica perfecta que expresan emociones sublimes pero sobre el papel quedan confusas, cuando no averiadas, y los poemas chirrían como los goznes oxidados de las puertas viejas. Cada mañana Margarita entra en su ordenador y reescribe las estrofas para que los instrumentos de cuerda resuenen con los sustantivos, los de viento arranquen el timbre metálico de los adjetivos y los de percusión hagan vibrar a preposiciones y adverbios. Así compone una melodía ondulada, como el vaivén de las olas, en la que los instrumentos dialogan entre sí y entran a su debido tiempo. El poeta ha sido laureado varias veces. En el último homenaje se le saltaron las lágrimas al cruzarse con la mirada de Margarita cuando el alcalde le imponía la medalla de oro de la ciudad. Ella duda de si las lágrimas son porque es sabedor de que cada mañana convierte sus ripios en poesía o, para hacerse perdonar que la mujer que inspira sus poemas es la profesora de Química Orgánica del instituto.

                               Terapia para soportar la realidad

Cuando los relojes marcaban las diez horas y diez minutos en este meridiano, toda la humanidad se quedó dormida. Veinticuatro horas más tarde nos despertamos todos a la vez. Los aviones en vuelo habían aterrizado, las mujeres que estaban pariendo tenían a sus hijos sobre sus pechos desnudos, los que estaban en los quirófanos con las carnes abiertas se despertaron con las carnes cosidas, los coches en las autopistas habían parado ordenadamente sin chocarse. Curiosamente en todo el globo la especie reaccionó como si no hubiese pasado nada. Nadie quería que lo tomasen por loco. Es verdad que en los informativos se dio cuenta de que manadas de lobos y jabalíes habían bajado hasta las ciudades, y que algunas parejas se rompieron porque ese día desaparecido era su aniversario y no se habían felicitado. También nos consta que hubo muchos niños que se chivaron, decían que se les había quedado un día en blanco, sin recuerdos. La mayoría se olvidaron pronto y dejaron de hablar del asunto, otros, seguramente aconsejados por sus padres, optaron por el silencio. A los niños insistentes se les sometió a terapia.

     J. Carlos

 Hasta aquí llegó el agua

Me desayuno con las curvas de contagiados y de muertos, observo que se parecen a las señales que hay en los aledaños de los ríos: Hasta aquí llegó el agua. Esa marca, como las buenas novelas no dice los muertos que provocó ni las pérdidas económicas, solo es una raya horizontal, negra, que está por encima del nivel de los tejados. Cuando el corona termine vencido y desarmado por la subida de las temperaturas y por las defensas de los contagiados, habrá otra marca negra donde se asiente el número final de muertos. Como buenos lectores adivinaremos que debajo de esa señal se habrán asfixiado miles de empresas y perdido millones de puestos de trabajo. Y si no somos buenos lectores, es igual, lo sufriremos en nuestras carnes porque la coda de esta emergencia mundial es que, sanitariamente el artefacto vírico es poco letal pero económicamente es un misil en la línea de flotación que nos dejará casi tan devastados como la crisis del 2008.

De las situaciones desesperadas también se aprende porque te obligan a ver las cosas desde otra perspectiva, y ésta nos está dejando gratis unas cuantas lecciones, a saber:

De los eventos deportivos a puerta cerrada, especialmente el fútbol donde los ídolos están remunerados obscenamente, hemos aprendido que el protagonista es el aficionado porque sin el bullicio y el fanatismo ciego de los espectadores, las evoluciones del equipo resultan tan absurdas y tan cómicas como las de una coreografía de chimpancés; es pura física cuántica, si no lo mira el observador no existe. Resulta paradójico que el aficionado siendo el alma de la fiesta, su razón de ser, no sólo no recibe nada a cambio sino que paga, y muy caro, un espectáculo que sólo tiene sentido si él participa. Pasa también con las redes sociales, sin nuestra interacción y los datos que les regalamos son un cero a la izquierda, pero en bolsa valen más que todo el PIB español y, por encima, no pagan un euro por las infraestructuras que también les regalamos.

En este confinamiento, que ya debería ser obligatorio por solidaridad y sentido común, estamos descubriendo que la presencia en el trabajo y los viajes de empresa son una anomalía que no nos podemos permitir. Tenemos medios tecnológicos de sobra para evitar millones de desplazamientos diarios que, además de ser una pérdida de tiempo, manchan la atmósfera con millones de toneladas de CO2. Esos mismos medios tecnológicos son también una ayuda inestimable para encauzar y salvar esta crisis; así, en Corea del Sur los enfermos utilizan una aplicación con la que los contagiados reciben información de su médico y por ella envían su evolución, temperatura, etc. para hacer un seguimiento personalizado y evitar colapsar los hospitales. Con la información de nuestros móviles se pueden rastrear los desplazamientos previos si estamos contagiados, lo que permitiría decidir si se ha de aislar a personas o establecimientos o, pensemos en el valor que tiene para las autoridades sanitarias el conocimiento de la ubicación en masa de población en cada momento.

Desde la perspectiva insólita de estar encarcelado entre cuatro paredes caeremos en la cuenta también del valor del trabajo ajeno: Los padres que tengan hijos en edad escolar no lograrán entender de qué pasta están hechos los profesores que aguantan a cuarenta o cincuenta niños como los suyos confinados en un aula cinco días a la semana. La labor de los que extraen los frutos de la tierra y el mar, los que los elaboran, los que los transportan, los que los reponen en las tiendas e, incluso, los que nos los traen a casa. Aquellos que nos cuentan historias, como los personajes del Decamerón, que ahora podemos disfrutar en las plataformas para evitar el tedio. A los policías que doblarán turnos para evitar que los desaprensivos los estúpidos e insolidarios rompan las reglas y nos jodan a los demás. Los epidemiólogos y científicos que seguirán sin dormir buscando soluciones. Los sanitarios que se juegan la vida para salvarnos, especialmente al movimiento de batas blancas que evitó, en parte, que la política depredadora de los gobiernos de Rajoy y de Esperanza Aguirre desangrara todavía más la sanidad pública (ya sé que nunca habría sido suficiente para hacer frente a esta pandemia pero sus recortes de ayer cuestan vidas hoy). Etc. Todos ellos no se pueden confinar en sus casas porque se sacrifican para que nosotros sigamos haciendo la vida dentro de nuestras cuatro paredes sin correr el riesgo de contagiarnos.

Gana la ciencia, la tecnología, las plataformas de televisión que tendrán más espectadores que nunca y los abogados de familia porque la convivencia obligada fomenta el divorcio. Ganan los ecosistemas y la atmósfera que ensuciaremos un poco menos los próximos dos meses; el índice de natalidad porque no todo va a ser Netflix y las hormonas no perdonan las ocasiones, que ahora las circunstancias multiplican; la literatura que es una fuente de placer, relajación, reflexión y enseñanzas. Ganan los especuladores que juegan en el casino del capital con las cartas marcadas; los liberales que acudirán al papá Estado, como siempre, para hacer valer su cínico programa,  aquí todo el mundo va a lo suyo, salvo yo que voy a lo mío; y ganan los “cuñaos” porque ellos siempre saben lo que hay que hacer, cómo y cuándo sin parapetarse en la ciencia.

Dos plegarias económicas:

Sra. Calviño: prohíba ya las posiciones en corto. Ora pro nobis.

Sres. de la Comisión Europea cesen ya a la Sra. Lagarde, fue tan inútil como Rato en el FMI y lo es más aún al frente del BCE, y que vuelva Draghi. Ora pro nobis.

Amén.

No olvides que, como dice mi hermano, morir es una consecuencia de haber nacido. Y recuerda que, la vida perjudica tu salud y haber vivido mucho la perjudica seriamente.

       J. Carlos

Corona y Corinna

El lunes volviendo de Copenhague, a mitad del viaje, el piloto se dirigió al pasaje para informar de la altura y velocidad. Es un protocolo balsámico para que dejes de cebar el miedo al contrasentido de que un tubo de metal de 50 toneladas se sustente en el aire. Años atrás, el cirujano que me intervenía de una hernia inguinal me informó, a mitad de faena, de que todo iba bien. Es el mismo protocolo, se trataba de que olvides que están hurgando en tus carnes abiertas y que tu vida pende del hilo de araña de su destreza. Fernando Simón es el hombre necesario y, seguramente, suficiente que oficia cada día de ansiolítico en televisión para rebajar los niveles de ansiedad que nos produce la información y desinformación sobre el coronavirus. Es un acierto porque, además de su sobresaliente currículo y sentido común, tiene la imagen del científico decimonónico: pelo revuelto, cejas pobladas, voz rasgada, ojos transparentes y viste como si acabara de dejar la bata del laboratorio colgada en el perchero para salir en la tele. Resulta paradójico que no haga esas funciones un famoso o un ídolo de masas de los que diariamente salen en pantalla para “aconsejarnos” toda clase de productos. Yo me esperaba, al menos, un tertuliano de Sálvame o de La Sexta Noche que parecen saberlo todo. Pero claro, el circo de la idolatría, del famoseo y de la política no es más que una hoguera de vanidades, cuando está en juego cambiar del barrio de los vivos al de los muertos sabes que quien te puede ahorrar el viaje no es Nadal, ni Belén Esteban ni Eduardo Inda. Podían haber elegido al arzobispo Cañizares presidiendo bajo palio, con su capa magna de cinco metros, la procesión de San Roque o, leyendo una homilía donde después de  explicarnos que el virus es la manifestación de la ira de Dios por nuestros pecados, se nos exhorte a rezar unidos en las iglesias y a besar los pies a cristos de madera y a vírgenes de escayola. Si la vida está en riesgo, milagrosamente, la ciencia gana adeptos y la fe se amolda porque la voluntad de Dios es como el agua que adopta la forma de sus recipientes; así se entiende al papa Wojtyla quien decía tener unas ganas locas de ir al cielo, pero en cuanto le rondaba la muerte se hacía trasladar al hospital para que prolongaran su agonía y ofrecérnosla en directo, o a Teresa de Calcuta que cuidaba a sus pupilos para que murieran reconfortados sin auxiliarles médicamente, pero cuando a ella le llegó el trance no dudó en ponerse en manos de los mejores especialistas. Esta crisis suma paradojas al mismo ritmo que lastra las bolsas y deteriora la economía. Ahí tienes a los activistas antivacunas ansiosos porque los laboratorios den con una antes de que se les hospede el bicho en el cuerpo. Y a los “liberales” que ya no reivindican la sanidad privada ni acuden a sus consultas y hospitales. ¡Ah!, que la sanidad privada no cubre pandemias, vaya. Supongo que siguiendo su máxima de que cada perro se lama su culo y cada cual sus heridas, estarán dispuestos a perder el patrimonio que tienen invertido en las empresas que por causa del corona se vayan al garete sin pedirle ayuda al estado.

Como las desgracias no vienen solas y a perro flaco todo se le vuelven pulgas, un fiscal suizo le anda buscando las secuelas de un corinnavirus que el rey Emérito lleva hospedado demasiados años en sus entretelas. Si lo analizas con rigor, aplicando el método científico, se trata de una venganza o un maleficio perpetrado por el elefante que abatió en abril del 2012 en el delta del Okavongo. Sólo así se explica que ese mismo día se le rompiera la cadera y hubiera de volver a España para operarse. Con el revuelo informativo su banquero suizo se puso nervioso, porque las autoridades de su país empezaban a perseguir los dineros turbios, y le pidió que se fuera con su depósito de 100 millones de dólares a otro paraíso fiscal. Para arreglar el desaguisado se transfirieron 65 millones de Euros a una cuenta de la princesa Corinna en Panamá y otro millón a una cuenta en Suiza de otra amiga del alma. La venganza es un plato que se sirve frío y el elefante cabrón, que debía ser alguna reencarnación de la justicia poética, la ejecutó con la maestría del gran Shakespeare: Una vez repuesto le pidió a su princesa que se dignara devolverle sus dineros como haría cualquier buen testaferro, ésta le vino a decir, con su boquita de piñón, que lo que se da no se quita. El Emérito, por fin, ha aprendido el valor de las cosas, aunque un poco tarde: disparar siete balas del calibre 470 con que abatió al vengativo animal le costó la Corona, y por los encariñamientos principescos (las princesas son muy finas, sustituyen el basto verbo follar por el eufemístico encariñar) ha desembolsado 65 millones de Euros. Está por ver si el corinnavirus no termina desahuciando la monarquía del inmueble patrio.

No hay mal que por bien no venga, así que vamos a vivir unas días o unos meses más de vida porque mientras se colapsa la economía por el miedo al bichito, el aire se está limpiando y con ello nuestras vías respiratorias, y se constata que en los países con la sanidad pública raquítica, como USA, el desastre epidemiológico está asegurado, de paso, puede que Trump termine desaguándose por la gatera. ¡Ah!, y bienvenidos los crédulos en chamanes, charlatanes, adoradores de las pseudociencias y escépticos en general al mundo de la verdad científica.

En cuanto al Emérito ya me dirás si no tiene baraka, en la Bolsa mediática estos días sólo cotiza al alza el coronavirus, de modo que los polvos de la princesa se asientan en los lodos de las últimas páginas de sociedad, entre Tamara Falcó y Chabelita Pantoja.

        J. Carlos