Archivo mensual: septiembre 2018

La transubstanciación

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El trumpismo es un invento español, como el chupachus, la fregona o el futbolín. Lo inventó un inspector de Hacienda llamado José María Aznar que, cuando ejercía en Logroño junto a su amigo Blesa, escribía artículos en el rotativo provincial en contra de una Constitución inédita a la que muchos años más tarde de su refrendo y publicación elevaría a los altares.

Aznar fue entronizado en el PP, “porque no hay tutelas ni hay tutías”. Sucedió después de una estrepitosa derrota electoral contra un sevillano que olía a establo porque se había hecho abogado laboralista entre el ordeño de madrugada y el de la puesta de sol. Ejerció de maestro de ceremonias Manuel Fraga, aquel ministro de Franco que hizo volar el Diario Madrid, aunque años más tarde abrazó la fe de la democracia tocado con un bombín en la embajada de la capital de la pérfida Albión. D. Manuel  esperaba que el recién coronado le sentaría en la presidencia del Consejo de Ministros. Pero el Borbón no quería a una persona a la que le cabía el Estado en la cabeza, quería a un chisgarabís. El problema es que hay chisgarabís, como Adolfo Suárez, que de jóvenes han acarreado maletas en Atocha y se transubstancian en el cuerpo del pueblo. Por eso cuando Suárez se puso la gorra de maquinista y pilotó el tren de la democracia, el Borbón se embutió el peto de guardagujas y, un 23 F, hizo un cambio de vías para que el tren de la democracia transitara por la vía estrecha. Y es que los trenes de vía ancha tienen los vidrios de las ventanas limpios y no quería que viéramos transcurrir, en sentido contrario, el tren de vida de las Martas, Bárbaras, Corinas… a costa del erario público, tampoco quería que viésemos pasar el Talgo que, de Golfo a golfo, le llevaba los petrodólares hasta Ginebra o Zurich (Corina dixit).

Cuando el bigote de Aznar se reflejó en el barniz de la mesa del Consejo de Ministros a mí ya me habían defenestrado y tenía un jefe psicópata, entonces los directivos de banca que no tenían rasgos psicopáticos duraban entre un santiamén y lo que dura el polvo de un eyaculador precoz. Los españoles por fin nos desestresamos porque con el oropel del poder al Sr. Aznar se le relajó el ceño y también se le cambió el discurso que gastaba en la oposición, un discurso de verbo duro, añejo, de la misma calaña del que sufrí en el año 1971, en Salamanca, al amparo inocente de unos ejercicios espirituales: lo articulaba un predicador apuntándote con el índice en ristre, primero rumiaba el apocalipsis, después fermentaba en sus cuatro estómagos y, por fin, te lo escupía en un salivazo verde que  contenía todas las penas del infierno.

En los años de gloria, aquel Presidente otrora articulista ocasional y provinciano que disparaba con la pluma venablos envenenados contra el feto de la Carta Magna, pasó a transusbstanciarse en Roberto, Alcázar y Pedrín defendiendo a muerte las bondades de nuestra Constitución. También nos deleitó con sus amores locos. Así vimos, como si de una telenovela se tratara, el adulterio público con Arzallus, aquel amante deslenguado y agitador del nogal etarra, que nos confesó haber conseguido más de Aznar en una noche que en trece años con Felipe. El delirio de aquella mancebía le ofuscó de tal manera que confundió a la banda criminal vasca con un Movimiento de Liberación. Supimos también que vivió un concubinato con Pujol y, en los momentos íntimos, le susurraba al oído palabras dulces en catalán. Durante el aznarato, aquel amante fue el estandarte de las Españas hasta tal punto que el  ABC le otorgó, en 1984, el título de español del año; antes había tenido amores con Felipe González que le libró de las fauces de la justicia, encarnada en el fiscal Jiménez Villarejo, por el latrocinio de Banca Catalana; después se sabría lo que todos sospechaban: que  mientras inventaba una patria, alicataba hasta el techo los riñones de toda su prole y de la prole de su prole por los siglos de los siglos, amén.

Por aquellos mismos años yo tenía un amigo que acreditaba amores secretos e invertía una parte del tiempo que le sobraba en escribir poemas, el resto se le iba en inventarse coartadas.

Para desdicha de nuestro prohombre -aunque su ego nunca lo admita- y para desgracia nuestra, la economía española venía desbocada con un viento de cola huracanado. Para ponerla a rebufo del Thatcherismo más cruento malvendió las joyas de la corona, donde colocó a sus amiguetes (Blesa, Villalonga, Pizarro, González…). Éstos, en el ínterin, se hicieron ricos con nóminas astronómicas, o más ricos todavía, y engrasaron las puertas giratorias para franquear el paso a familiares, conmilitones, amigos, simpatizantes o meros ponedores de carteles electorales; es sabido que la Administración paga poco y, en el fondo, es un recurso pobre para colocar sólo a los más lejanos o más desafectos. Eran días de vino y rosas en los que formaba gobiernos que, vistos en perspectiva, fueron un casting insuperable de carne de cárcel.

Por entonces decidió que toda la piel de toro constituía un único solar susceptible de ser urbanizable. No vio o no quiso ver o nadie le explicó que acababa de inyectar el veneno de la corrupción en cada Ayuntamiento, Diputación, Comunidad, etc. No vio o no quiso ver o nadie le explicó que el crédito se iba a inflar como un globo de helio que estallaría en los morros de casi todos los españoles.

Como la soberbia y Aznar se transubstancian la una en el otro y el otro en la una, perpetró lo del desposorio de su hija en El Escorial. Ahí, me perdonarás, pero en mis recuerdos no soy capaz de distinguir entre la boda real y la rodada por Coppola. Tampoco me acuerdo si el padrino era J. M. Aznar y el novio un tal A. Agag o viceversa. Lo que no se me olvida era que, si el casting del Consejo de Ministros era de prisión de cuello blanco el del enlace fue de trena de país bananero. A renglón seguido se fue a Texas a poner los pies encima de la mesa del emperador Bush y le sucedió como a los apóstoles, adquirió el don de lenguas. No es que sucediera el milagro de verbalizar en la lengua de Shakespeare, no. Fue sólo que le brotó del bigote un acento tejano, o mejicano, o una mezcla de ambos. Después se fue a las Azores a hacerse un trío, el de los tres tenores, para cantar al mundo aquella ópera bufa de las armas de destrucción masiva.

La decisión de meternos en el avispero de la guerra de Irak espantó a media España y la otra media se quedó perpleja, aunque todos los diputados que debían su escaño a la caligrafía de su cuaderno azul, le dedicaron un aplauso cerrado puestos en pie como si de una estrella de rock se tratara.

Hasta ese punto del tiempo y el espacio la aznaridad era una simbiosis de simpleza intelectual, gónadas, un ego desatado y la perenne confusión del caudillaje chusquero con el liderazgo carismático, que es como confundir la autoridad con la auctoritas. Los sucesos del 11 de marzo de 2004, que dejó las traviesas del ferrocarril madrileño alfombradas de cadáveres, envolvió la aznaridad en la niebla densa de las mentiras. Y perdió las elecciones. A partir de esa línea del tiempo y el espacio empezó a caer sin remisión en el agujero negro. Apenas emitía algún vestigio de luz de tarde en tarde, así supimos de su enriquecimiento con consejos áulicos en empresas de tronío, y envidiamos la espesura de su cabello azabache, y admiramos su musculatura abdominal tableteada. Hasta su partido comido por la pandemia de la corrupción le negaba el pan y la sal y le acusaba de que la cepa vírica había incubado durante sus años de mandato. El resto de los españolitos detestábamos su soberbia, su adustez y el desprecio con que menoscababa al sucesor ungido por él mismo; detestábamos que nos tomaran por imbéciles negando la evidencia con la constancia de un martillo pilón; pero, sobre todo, detestábamos y detestamos que  el paso del tiempo parece quitarle los años de encima mientras al resto de los mortales se nos acumulan como losas. Todo lo cual le acercaba al horizonte de sucesos, en el que según Hawking ya no hay vuelta atrás. Estábamos expectantes para verlo desaparecer en el agujero negro.

Mas, hete aquí que, en mandando la izquierda, la derecha se amontona y se hermana. Y si aparece un chulo de discoteca a repartir ostias dialécticas lo erigen en caudillo y le rinden vasallaje.  Aunque jure que la tierra es plana y que el J. M. de los papeles de Bárcenas es un tal Juan sin Miedo. Aunque niegue que la fórmula química del agua es H2O y que hay miembros de sus gobiernos en chirona o a la espera. Aunque presuma de humildad o asevere que no metió a España en la guerra de Irak. Aunque alegue no ser hijo de su padre y de su madre y atestigüe que el partido que acaudillaba con mano férrea nunca tuvo contabilidad B. Aunque te diga que Marx fue un monje cartujo y que Correa no era su conseguidor premium. Aunque asegure que el Sol orbita alrededor de la Luna o que Álvaro Lapuerta y Barcenas ejerecían de porteros en la sede de Génova. Aunque no admita que el cielo es azul o que el desposorio de El Escorial se hubiera quedado a oscuras y en silencio sin la dádiva de la Gürtel.

La izquierda invitó al circo del Congreso al Sr. Aznar y sucedió el milagro de la transubstanciación. La aznaridad se hizo carne en Casado y despegó del horizonte de sucesos hacia las estrellas, alejándose del agujero negro.

Y el inventor del trumpismo habitó entre nosotros.

 J. Carlos

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La vendimia

Tormenta

Fue la penúltima tarde de septiembre de 1959. El sol estaba casi gastado y una nube negra como la sotana de Don Ángel avanzaba desde el norte. Se levantaron tolvaneras de polvo en el suelo. Los niños jugábamos a perseguirlas y a huir de ellas cuando se te echaban encima. Tenían un discurrir errático tan pronto zigzagueaban o describían circunferencias como volvían sobre sus pasos, casi siempre terminaban pillándonos y nos cegaban los ojos de tierra. El viento arrastraba un olor a paja mojada. El primer relámpago sucedió casi al mismo tiempo que el sol se apagaba del todo. A los segundos atronó con el mismo ruido que harían cien carros llenos de piedras descargándolas a la vez. El eco devolvió el sonido del trueno un poco más amortiguado. Con el pecho todavía percutido y temblando nos dispersamos sin despedidas y cada cual se fue, a la carrera, a buscar el falso cobijo de la casa.

Mi madre estaba en la calle esperándome, me echó por la cabeza la toquilla con que se cubría de los goterones de lluvia. Ya en la cocina, a oscuras porque siempre cortaban la luz en las tormentas, los relámpagos iluminaban todo de un blanco crudo a la manera que lo hacen las lámparas estroboscópicas. Antes de que se desvaneciera la luz veía congeladas la figura de mis padres. Temblaba. Me apretaba contra sus piernas. La lluvia arreciaba en las paredes del corral descarnándolas. De súbito, volvía a percutir el trueno. Instintivamente me tapaba la cabeza porque pensaba que las vigas del techo cederían y todo se vendría abajo. Ni las manos de mis padres que acariciaban mis hombros y mi espalda, ni la serenidad en sus ojos que yo sorprendía con el estallido del relámpago me tranquilizaban. Mi antídoto era una jaculatoria que yo repetía como un mantra: “Yo quiero vivir en Madrid”.

Con cuatro años recién cumplidos ignoraba que algunos deseos tienen la osadía de cumplirse. Terminamos viviendo en Madrid, teniendo hijos y nietos en Madrid. Por desgracia, no todos. Nueve años más tarde a mi padre se le agotó el tiempo cuando faltaban días para mudarnos a la capital.

A la edad de cuatro años los padres son eternos y no los puedes cambiar, tampoco cambian físicamente. Ellos gastaban la ropa porque no crecían, mientras que tú heredabas la de tu hermano y se te quedaba pequeña antes de romperla. A la edad de cuatro años no sabía que en las ciudades los truenos chocan contra tantos elementos que las ondas sonoras reflejadas se anulan y por eso pierden su eco. Tampoco sabía que la luz de los relámpagos se difumina con la luz artificial de las farolas y  no dan miedo. Pero sabía que en Madrid las casas no eran de adobe, estaban hechas de materiales nobles como el ladrillo y el cemento y la fuerza de la naturaleza las respetaba. Sabía que sus calles estaban asfaltadas y que el agua se drenaba por alcantarillas y no con un sistema de gateras minúsculas por las que discurría el agua de casa en casa y, con frecuencia, las que estaban más abajo, como la mía, se inundaban. En esos momentos en que la casa crujía me vencía el terror y odiaba a mis padres, odiaba sus palabras para tranquilizarme, odiaba sus caricias. Quería haber tenido otros padres que vivieran en Madrid porque allí las casas aguantaban las tempestades.

El cerebro del niño tiene la habilidad del olvido. Terminaba la tormenta, volvía la luz eléctrica y la angustia se desvanecía como un mal sueño. Supongo que esos terrores se reciclaban en pesadillas nocturnas. Volvía la armonía de la cena, las risas, los halagos, el dar comida a hurtadillas al gato que frotaba el costado contra las patas de la mesa camilla y, ese día, tus padres no te lo reprochaban porque te habían visto temblar como una hoja y habían escuchado el rechinar de tus dientes.

Qué poco dura la alegría en el corazón del niño. En esa cena se habló de que al día siguiente irían juntos a vendimiar al viñedo del abuelo mis padres, los tíos y los primos. También iría mi hermano. Yo no podía ir porque era muy pequeño. Nueva ración de odio a los míos y rabieta antes de ir a la cama. En venganza, ese día cambie el cuento que me inventaba cada noche antes de que me cogiera el sueño. En vez de contarme que araba las tierras con un tractor rojo, hecho a mi medida, para evitar a mi padre los madrugones y los fríos, me limitaba a llevar a mis amigos sentados en los alerones que cubrían las ruedas hasta Malva. Allí comprábamos raíces de regaliz.

El 30 de septiembre de 1959 me levantaron muy temprano por eso vi cómo amanecía detrás del teso de San Pelayo. El cielo estaba despejado, tenía ese azul desleído del otoño que no presagia ningún desastre. Fuimos a casa de los abuelos a preparar los aperos, subir los cestos a los carros y ayuntar los mulos. Pensé que mis primos mayores o mi hermano abogarían para que me dejaran ir a la vendimia. Me equivocaba. Se reían de mi pretensión y me llamaban enano. Si hubiera sido mayor les habría retorcido el pescuezo como a los gallos hasta que estiraran la pata. Supliqué, lloré, pataleé. Cuando se fueron me di la vuelta para no ver rodar los dos carros calle abajo. La abuela los despedía desde la puerta cochera con una mano en el aire. Iban cantando “La polvareda madre se ha levantado y hasta los arbolillos se han deshojado”. Mentían, no había árboles en el camino de Valcuevo. No había apenas árboles en todo el término, sólo los álamos de la carretera, el almendro de Isauro, un chopo en la laguna del árbol y unos pocos arbustos en el pozo del tío Sixto. Mentían, aunque yo quería cantar mentiras con ellos subido al carro y después caminar entre las vides, arrancar los racimos, llenar los cestos y comer la tortilla de patata que había hecho la abuela.

Llegué de los primeros a la escuela de Marta, nuestra maestra. Tenía mucho sueño. De no ser por el rencor que rumiaba contra mi parentela me habría quedado dormido. Pasé media mañana tejiendo venganzas contra mi hermano y cada uno de mis primos. No contra mis padres, ni contra el abuelo y los tíos, ellos eran mayores y su destino en la vida era prohibir hacer cosas a los pequeños. Pero me indignaba que quienes apenas levantaban un palmo por encima de mi cabeza, aquellos que deberían ser mis afines, se hubieran confabulado contra mí. Cuando ya tenía casi todos los proyectos de venganza bien urdidos escuché que la maestra nos explicaba a Dios, Nuestro Señor. Entonces le pedí a Él que se vengara en mi nombre. Dejarlo en manos del todopoderoso fue un bálsamo. Se disolvió la fuerza que me mantenía con el ceño fruncido, las mandíbulas soldadas la una contra la otra y los puños cerrados.

Desde el salón de clase no se veía el cielo. Es cierto que menguó la luz que entraba por la ventana pero nada hacía pensar que después se desataría el diluvio. Las primeras gotas restallaron como látigos en la fachada, Marta, apoyada en sus muletas, fue hasta la puerta cristalera de la calle y volvió con cara de preocupación. Después la lluvia arreció contra los vidrios del ventanal con tal violencia que parecía granizo. Toda la clase enmudeció un momento. La maestra extendió los brazos como quien dirige una orquesta y empezó a cantar “Que llueva que llueva, la virgen de la cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan…” Como notó cierta desgana nos pidió que eleváramos la voz: “más fuerte, más fuerte”. Intentaba que nuestro canto ocultara el estruendo del aguacero. Algunos niños se habían quedado con los ojos clavados en los cristales temiendo que se rajaran, Marta volvió a montar sobre sus muletas y corrió los visillos. El chaparrón no cesaba y no sabíamos más canciones así que rezamos el Padrenuestro. Tampoco lo sabíamos. La maestra recitaba frases cortas y nosotros las repetíamos. El reloj de pared había dado la una cuando amainó. Algunos padres habían venido ya con paraguas y botas de goma a buscar a sus hijos. Yo caminé hasta la casa de la abuela, resguardándome bajo los aleros, con el jersey por encima de la cabeza y el Catón bajo la camisa porque el agua caía a chorros de las tejas y canalones.

Estábamos empezando a comer la abuela y yo cuando volvieron de la vendimia. Venían empapados y ateridos de frío. En los carros apenas dos cestos de uvas. La abuela sacó toallas y sábanas de hilo para que se secaran. Al primo más pequeño, Javier, se le había ido el color y todos le tocaban la frente por si tenía fiebre.

En aquel momento fui inmensamente feliz, creo que me olvidé hasta de comer. Nunca me habría imaginado mejor venganza. Le di gracias al Señor por haber escuchado mis súplicas y le prometí mi amistad. Aquel día aprendí a sonreír con ironía y a responder con sarcasmo. Mis padres decían: “Mira lo que te hubiera pasado si te hubiéramos dejado venir, ¿ves qué suerte has tenido?”. “Claro”, contestaba yo, con los labios estirados.

A la tarde volvió a salir el sol. No jugamos a las canicas porque el suelo estaba embarrado. Decidimos saltar a piola. Gané. Nunca ganaba. Aprendí que la felicidad proporciona un cierto grado de ingravidez.

No sé si ese mismo año, o el siguiente, el abuelo decidió arrancar las cepas porque el vino se vendía mal y barato. Me quedé sin vendimiar, hasta hoy.

 J. Carlos

Equidistancia

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La inteligencia artificial nos resulta inquietante porque es capaz de acceder de forma instantánea a toda la información, en forma de datos, en cualquier parte. Lo demás es capacidad de computación y algoritmos. Nuestros cerebros aislados no pueden competir. Por eso cuando las cámaras y el radar de un coche autónomo detectan un bulto en el asfalto a trescientos cincuenta metros, su algoritmo busca en la nube y de inmediato reconoce que se trata de una cría de conejo de angora de un kilo de peso, y como está censado con un chip subcutáneo, sabe a qué familia pertenece, filiación, color de pelo, fecha y lugar de nacimiento. Pero no te aflijas, a pesar de que te hayan inoculado el miedo las películas de ciencia ficción, las máquinas no tomarán el poder. Son incapaces de crear ficciones y creer en ellas. Ya te tengo escrito que la ficción es el motor de la historia, la argamasa que nos une a los humanos para cooperar. En 21 lecciones para el siglo XXI nos dice Yuval Noah Harari que: “somos los únicos mamíferos que podemos cooperar con otros extraños porque solo nosotros podemos inventar relatos de ficción, difundirlos y convencer a millones de personas para creer en ellos.” Ahí incluye desde la Biblia a Don Quijote de la Mancha, El Corán o Harry Potter.

Cosa distinta es que, anestesiados por el espejismo de la pantalla táctil del móvil, no veamos el caballo de Troya que llevamos en nuestros bolsillos. Algún día, poco antes del amanecer, se abrirá en canal su barriga y de sus tripas saldrá un ejército invisible que arrasará con los puestos de trabajo y jibarizará los salarios. Ya está pasando.

Lo que a mí me intriga y no cuenta Yuval es cómo se imponen y superponen unos relatos sobre otros. Sería interesante conocer qué elementos persuasivos o represivos posibilitaron que el Cristianismo barriera de un escobazo todos los dioses de Roma. Por qué el Corán se superpone a la Biblia. Qué factores posibilitaron que Don Quijote se convirtiera en el icono de la novela durante cinco siglos. O cómo fue que el Impresionismo se impuso a la Academia. Ya sé que hay historiadores que han estudiado de forma prolija qué acontecimientos y en qué contexto se sucedieron para que apareciera un nuevo relato y tapara al antagónico o, al menos, lo intercalara.  También sé que el márquetin no es más que un conjunto de técnicas para difundir un relato que se afiance en el imaginario popular y convenza a la gente. Pero en este proceso de asentar un relato frente a otro ya existente hay un elemento clave que, a veces, se nos olvida: la equidistancia.

Ahí tienes el independentismo catalán que en 2009 representaba el 13,9% de la población se triplicó en tres años hasta alcanzar el 34% en 2012. Dos años más tarde, en 2014, suponía ya el 48,5%. Ni los creadores de los anuncios de Coca-Cola soñarían nunca con unos índices de ventas tan altos en tan poco tiempo. Saben que sólo es posible si silencia al resto de marcas. Es decir, rompiendo la equidistancia. Cuando el relator del estado social y democrático de derecho que es España dejó de vender su relato en el nordeste de la península, los independentistas difundieron el proces a diestro y siniestro con armas y bagajes. Y es forzoso reconocer que como estrategas del márquetin y la publicidad son insuperables, no en vano es tierra de escritores, teatreros y grandes comunicadores. Por el contrario, los guionistas a este otro lado del Ebro son patéticos, en vez de llenarles las calles con lacitos rojigualdos van a la batalla perdida de desprender los amarillos de las farolas y de las verjas.

Guardar la equidistancia no está en el ADN de nuestros medios de comunicación. Ellos son más de trincheras. Los hay que abonan la audiencia subiendo el nivel de mentiras y exabruptos, así que el periodista está a la caza y captura del vitriolo para servírtelo en bandeja sin filtros ni matices. Los hay que son la voz de su amo. Y tanto los unos como los otros si el xenófobo Quim Torra tose se retrasmite a toda España, pero para ver en pantalla a Juan Vicente Herrera –pongo por caso- tiene que desplomarse el cimborrio bizantino de la catedral de Zamora y pillar debajo a toda la parroquia. Por eso en cualquier menú periodístico tienes que tragarte el relato indepe donde la realidad se amolda al discurso como cualquier dictadura que se precie o, comerte la ficción de una España donde todavía ondean las banderas victoriosas al ritmo alegre de la paz.

Hasta con Franco, que va a cumplir 43 años bajo tierra, las equidistancias mediáticas ne están ni se les espera. Aprueba el Parlamento, sin ningún voto en contra, exhumar la momia del dictador de ese mausoleo que es como una patada en la boca a la democracia y, en el momento en que el Gobierno siguiendo el mandato de los representantes del pueblo aprueba el decreto ley, nuestros medios se meten en un agujero de gusano y nos vuelven al No-Do. Entrevistas al nietísimo que amenaza al Gobierno sin que el periodista le señale sus desafueros, comparecencias de Asociaciones franquistas que se cagan en la democracia y propalan libelos en la mejor doctrina del fascio, señoras fachas salidas del Frente de juventudes que chupan cámara mientras echan bilis por la boca sazonada con unos pellizcos de odio.

Y no te cuento la caterva de plumillas que llevan semanas abonados a la nostalgia en el cenagal de la dictadura, lo que no sé es cómo se las arreglan tecleando con una sola mano porque es escuchar el nombre de su caudillo y se les extiende el brazo derecho, cara al sol.

J. Carlos