Archivo mensual: julio 2020

Mercadotecnia

Escribí un microrrelato con un solo personaje, un ladrón de poca monta que atracaba bancos para llevarse los bolígrafos y los folios; de las joyerías no le interesaban los relojes de Cartier ni los pedruscos de diamante sólo robaba las bolsas de cartón dorado con la marca estampada y los estuches vacíos forrados de terciopelo. Era habilísimo, en el Metro  distraía uno o dos cigarros de un paquete de Malboro que descansaba en un bolsillo o, afanaba el marcapáginas de un libro mientras la lectora lo leía, sin que nadie se diera cuenta. Lo terminé y lo dejé reposar. Al día siguiente eché de menos el lapicero rojo del plumier y me pareció que el taco de los post-it había menguado. Tuve un presentimiento. Lo imprimí y lo guardé en la carpeta de “posibles” que descansa en la balda inferior de la librería. Dejé delante, como al descuido, una pareja de clips. También se esfumaron. Como la editorial me había pedido un micro para incluir en una antología le envié “El ladrón de poco monta” sin repasar siquiera. En la presentación del libro, el editor, al que yo le había comentado estas misteriosas evanescencias, ilustró mi relato con ironía y humor destacando que desde que mi folio llegó a la editorial había disminuido sensiblemente el stock de sacapuntas, rotuladores y bolígrafos, es más, juró por sus hijos que durante el tiempo que permaneció sobre su escritorio se demedió la caja de pañuelos de papel. La historia siguió rodando como bola de nieve. Algunos libreros, y también un pequeño número de lectores, llamaron a la editorial para advertir de que, efectivamente, les desparecían cosas de poca monta. El País lo publicó un domingo con el consiguiente goteo de lectores que escribían quejándose de súbitas desapariciones de cosas sin importancia. Esta mañana he leído la noticia de que se ha constituido una asociación de afectados para demandarme. Asustado he llamado a mi editor. Me ha echado la carcajada en el oído. Una vez que se le ha acabado la risa me ha dicho en confidencia: Ni te preocupes hombre, esa asociación la hemos constituido nosotros en secreto, es sólo mercadotecnia.

        J. Carlos

La mosca y La pluma

                                                           La mosca

La gata Linda la acorraló entre el vidrio y el marco de la ventana. De un zarpazo la tiró al suelo. La olisqueó. Cada vez que la mosca aleteaba a la gata se le hinchaban las pupilas y se la pasaba de una garra a otra como si fuera una pelota de papel. Espanté al animal, recogí la mosca del suelo y la subí al escritorio. No podía volar, andaba a saltitos. Con la lupa descubrí que tenía un ala rota. Le puse en un platito de porcelana blanco con el ribete dorado un dedal de agua y una pizca de miel. Como era incapaz de salvar el pequeño repecho, la tenía que coger con dos dedos y auparla para que bebiera y comiera. También la subía al ordenador mientras escribía porque le daba calor y lo dejaba encendido y abierto cuando me iba a la cama. De día se paseaba entre las teclas y, a ratos, se quedaba ensimismada mirando la fluorescencia de la pantalla. Yo creo que leía mis cuentos. Uno le debió parecer tan horroroso que huyó a saltitos del teclado y siguió progresando por la mesa hasta que se acabó la madera y se despeñó. Hube de recogerla entre mis dedos del suelo y alzarla de nuevo. El cuento lo mandé a la papelera de reciclaje.

Esta mañana yacía de costado entre la canaladura que forman las teclas de la h y de la j. Las burbujas de colores del salvapantallas se reflejaban en los miles de ojos que se apretujan dentro de sus glóbulos oculares. No pude cerrárselos, no tiene párpados. Descanse en paz.

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                                                            La pluma

Heredé la pluma de papá, una Mont Blanc. La verdad es que estaba en el bolsillo superior del traje de espiguilla azul noche con el que lo amortajamos. Me gusta escribir con ella porque el sonido de su punta de oro al deslizarse sobre el papel es como el de la lluvia fina sobre la nieve. Además, me inspira. La novela que mandé a la editorial la publicaron de inmediato y se convirtió en un best-seller. ¿Cómo iba yo a sospechar que aquellas páginas serían la causa de mi infortunio? Había un crimen cometido como en toda novela negra que se precie y un padre que sobornó e intimidó para tapar el crimen cometido por su hijo. Mi único error fue enviar los folios manuscritos a la editorial. Un inspector, que llevaba años amargándonos la vida a papá y a mí, consiguió una orden judicial y se hizo con ellos. Demostró que la letra era de papá y que la tinta estaba seca mucho antes de su muerte. Era su diario. ¿Querrás creer que las cifras de ventas de la novela se han disparado?

             J. Carlos

Alba

Quisiste irte al alba.

Decías que ver la salida del sol era asistir al parto de la luz y que cuando la luz nacía recreaba todo lo demás. Te parecía paradójico que ese milagro estuviera casi desasistido de observadores y, sin embargo, siempre hubiera millones de ojos congregados para ver el ocaso, la muerte de la luz y la llegada de las sombras. Pero no buscabas sólo para ti la emoción estética de ese instante, siempre mirabas amanecer a través del visor de tu Cannon. Buscabas la foto para comulgar ese instante con los demás.

Hay un único momento en que el viento se aquieta, como si se mantuviera expectante, la atmósfera está limpia de polvo, de bruma, de polen y la primera luz se derrama nítida reflejando los colores exactos de cada planta, de cada roca, de cada pluma. Me lo dijiste la madrugada en que te conocí, yo venía de una mala noche de estudio, tú habías viajado cuatrocientos Km, hasta la playa, sólo para llenar la cámara de cielos con nubes rojas como cabellos de diosa vikinga y gajos de sol que emergían del mar. ¿Me echas una mano con el trípode? Desayunamos, comimos, nos acostamos. La luz, me explicaste, se va ensuciando con las horas y a la cámara hay que ponerle monóculos para filtrar esa pátina roñosa. El crepúsculo dibujó en tu cuerpo desnudo lamas de luz que se filtraban entre la persiana. Disparé tu cámara más de cien veces apuntándote a la cara, al cabello, a tus senos, a tus muslos, a tus nalgas, a tus pies. Volvimos juntos a Madrid. Suspendí el examen.

Nunca había hecho la cama antes de irme a vivir contigo. Hijo único, dúplex en Aravaca, la planta superior para mi exclusivo uso y disfrute. Disgusto de mamá que se acogió al síndrome del nido vacío y se hizo adicta al psicólogo. Me hizo prometer que no faltaríamos a la barbacoa del sábado y a la paella del domingo. El apartamento al final de Canillejas era minúsculo, tú lo calificabas de minimalista, dos piezas y un baño. Una habitación era tu estudio fotográfico, en la otra cabía la cocina, el colchón, un velador de un solo pie como los de las terracitas de los bares de París y dos sillas en las que no entraban nuestras nalgas. Eso sí, tenía una terraza orientada al este y lindaba con un campo yermo que terminaba en el infinito. Quietud, silencio, sosiego. Cuando no hacías arte con las fotos, pintabas frescos en los techos o llenabas las páginas de tu cuaderno con rostros a carboncillo. Me dibujaste desde todos los ángulos, me fotografiaste en todas las posturas, sobre todo, escribiendo y borrando fórmulas a tiza en esa pizarra grande que ocupaba media pared y que hubieron de alzar a cuerda para entrarla por la terraza. Te admiraba mi concentración, daba igual que sonara el piano del enigmático Thelonious Monk, del prolífico Duke Ellington o el ruido de la aspiradora. Nada me distraía, salvo tus labios en mi cuello o el vuelo de tu falda cuando bailabas sola. Los primeros meses tenías blindado ese corazón manso donde se acumulaban muchas capas. Me las dejaste abrir de a poquitos. Huida de un padre bárbaro, vida áspera en México DF, camarera en un club del Bronx para pagarte la Universidad y vuelta a Madrid para enterrar a tu madre.

Un día llamó a la puerta un americano de metro ochenta y tantos, cara cubierta de pecas, melena pajiza que lindaba con el cuello de una camisa a rayas rojas, negras y blancas, colgaba al hombro una bolsa gris de las de material fotográfico. Estabas en el cuarto oscuro revelando fotos, le serví un té. Me miraba desde lo alto de sus ojos azul turquesa, observaba con desprecio las paredes y el colchón y la pizarra verde y el velador. Soltó muchos beautiful y casi se le descolgó la mandíbula del asombro cuando se fijó en el fresco del techo y preguntó si era obra tuya. Alabó los caballos alados, las ninfas con vestidos vaporosos y  con los pechos al aire y cada uno de los doce dioses del Olimpo. Me pidió permiso para sacar la cámara e inmortalizar aquel fresco. Antes me había confesado que trabajaba en la National Geographic y venía a ofrecerte un trabajo documental en el cuerno de África. Al cabo saliste, demudada, sin duda habías estado oyendo ese vozarrón metálico. Ya nos habíamos presentado. Repetiste la ceremonia: Aquí Daniel, mi compañero, aquí un amigo, Patrick. Volvimos a darnos la mano. Puse una excusa y me fui. A la vuelta supe que habías tirado tu carrera de fotógrafo por la borda. Supe también que habías salido huyendo del americano de ojos turquesa un año y medio antes. Te vi llorar por primera y única vez contándome los recueros de una bata azul y un quirófano y las piernas abiertas y una vida sin empezar que te hiciste arrancar de las entrañas para tirarla a la basura.

Me seguiste a Ginebra con una beca para mi tesis doctoral sobre los neutrinos. Mi tutor, el profesor Fontaine, se enamoró de ti y, al poco, nos dejó una casita pequeña de madera roja, en Coppet, a la orilla del lago Leman. También te consiguió un permiso para hacer un reportaje en el Colisionador de Hadrones con ocasión del descubrimiento de la partícula de Dios en 2012. Fotografiaste por dentro un tramo de las tripas de cables, bovinas y magnetos de ese anillo subterráneo de veintisiete km que está más vacío y más frío que el espacio sideral. En las cenas sabatinas con los colegas de la Facultad de Físicas nos hacías reír contando las dificultades para hacer tu trabajo con un traje como de astronauta. No nos perdimos ni una sola salida del sol sobre el lago de lunes a viernes. Hacías fotos limpias en primavera y verano con el sol lamiendo las aguas. Hacías fotos crudas en invierno con rizos de niebla peinando la escarcha. En otoño la luz encendía los cristales de las nubes y parecían panales de miel y el lago una lámina de zinc. Los fines de semana esperábamos el sol, arriba, en La montaña de la Salève. Desde allí Ginebra es como una ciudad liliputiense que puedes tapar entera con la yema de un dedo. Tú la pintaste durante doce meses y, como Antonio López, la ibas retocando con la luz de las estaciones. Al final el cuadro se lo regalaste al profesor Fontaine. Él quería tu cuerpo, tú le diste un poco de tu arte.

Estabas embarazada de Isabel cuando empezaste a notar que te dolían las articulaciones y perdías el equilibrio. Aceptaste un encargo en París para Cartier. Fueron dos meses y les gustó tanto tu trabajo que te ofrecieron más. No aceptaste. Volviste hinchada, dolorida, extenuada. Los médicos atribuyeron tus males al embarazo. Fíjate que yo me arrepentí de ser futuro padre, que Isabel me perdone. Estaban tus dolores. Y estaba el hecho de que tu mejor amiga en Ginebra, Colette, la vicedecana, a la que pediste que me cuidara en tu ausencia, me cuidó, vaya se mi cuidó. Me sentí tan culpable que dejé de tocarte por si te rompías como un cristal y por si yo mismo me delataba. Cómo te lo iba a contar en tu estado. Me callé y ya fue para siempre. Llegó Isabel a nuestras vidas en verano. Mi madre voló desde Madrid para ayudarnos. Tú no mejorabas. Colette me ofreció una plaza de profesor de Física de partículas en la Universidad. Fue ella la que en septiembre te llevó al médico para que te pidiera analítica, punción lumbar y resonancia. Un cuatro de octubre de 2013 el doctor Honoré Dupont, del Hospital Universitario de Ginebra, firmó los resultados: Mujer caucásica, 27 años. Esclerosis múltiple.

Fuimos juntos a recoger las pruebas. Llevabas a Isabel en brazos. Se empañaron tus ojos con una veladura de niebla pero sin llegar a formar una lágrima. Yo sí lloré, a escondidas, mientras te abrazaba y nos íbamos encogiendo dentro de nuestros brazos como si se nos hubiesen plegado por dentro todas las vísceras sobre sí mismas. Llamé a la Facultad para avisar de que esa mañana no podría dictar mis clases. Vino Colette. Nos invitó a almorzar. De camino ya había conseguido cita con el mejor especialista en Zurich. Esa misma noche, después de cenar, sentados en el jardín al calor de una buena manta y con una copa de absenta en la mano dijiste: “Ya no soy Alba a secas. Me llamo Alba Esclerosismúltiple. Ya no tengo una vida por delante. Tal vez cumpla cinco o siete años más en un cuerpo que se irá envarando hasta petrificarse, un cuerpo sin esfínteres, con agujeros como grifos abiertos y letrinas averiadas. Hasta aquí navegamos juntos, Dani. Mañana cogeré mis bártulos y volveré a Madrid. Suiza es muy cara para doña Esclerosismúltiple. Ah y me llevo a Isabel mientras me baje la leche y pueda sostenerla en mi regazo, después ven a por ella”. Posó su mano en la mía y, con una sonrisa, concluyó: “Serás un buen padre. Siempre te querré”.

Tardamos como un mes en arreglar todo el papeleo para casarnos. Ofició el Alcalde de Coppet en la Maison Michel, el museo local. Esa noche dormimos en el Montreux Palace donde vivió Novokob hasta su muerte. En la habitación encendieron cien velas para nosotros y me hiciste el amor con avaricia como si se te acabaran los días. También te dedicaste desde entonces, con una avidez desmedida, a transmitirme todo lo que sabías de fotografía que era mucho, lástima que no pudieras transmitirme tus ojos que siempre veían el mejor encuadre. En primavera compramos una barca de ocasión con motor fuera borda. Los fines de semana navegábamos para ver los amaneceres desde los amarres de cada uno de los pueblos que circundan el lago Leman, tanto de la parte suiza como de la francesa. En verano vinieron mis padres y, juntos los cinco en una Roulotte, recorrimos el norte de Italia. Guardaste en tu cámara todos los canales de Venecia, todos los mosaicos bizantinos de Rávena, los pórticos infinitos de Bolonia y sus palazzos y sus basílicas. En Florencia sucumbiste, te nos quedaste sin fuerzas, ironizaste alegando que te había quebrado tanta belleza como a Stendhal

Los doctores de Zurich te enseñaron que las enfermedades se clasifican por sus rasgos comunes por pedagogía, pero en realidad cada enfermedad era personal y sus manifestaciones dependían de cada quien. Había, eso sí, un cierto consenso en que este tipo de esclerosis cuanto más joven te cogía con más virulencia te atacaba. Así fue. Destetaste a Isabel a los dos años y medio y los músculos se te acartonaron como si hubieran esperado a atrofiarse cuando la niña ya no te necesitara. Después vinieron las papillas y las pajitas, las grúas para moverte y las enfermeras para cuidarte. Había que evitar, incluso, hacerte reír para que no te asfixiaras atragantándote con tu propia saliva. Mis padres vendieron el dúplex para soportar los gastos. Nunca lo supiste. Cuando se agotó el dinero volvimos a Madrid, era la primavera de 2017. Alquilé un pisito en Canillejas con nuestro dormitorio orientado al este para seguir velando las madrugadas. Habías sacado el tema hace mucho tiempo pero yo no quería perderte. De sobra sabías que no me importaban las consecuencias, ni la cárcel, ni que durante un tiempo me viera expuesto a la conjura de los medios y las redes sociales. A principios de junio me llamó un Notario para citarme en su despacho. Allí me leyó un acta con unas manifestaciones que tú le habías hecho en nuestra propia casa y en uso de tus plenas facultades, según dijo. Después me advirtió de que tal acta no me exoneraba de responsabilidades penales en caso de que yo coadyuvara como autor o como cómplice. Lloré delante del Notario. Me sentí un egoísta que sólo quería tenerte para mí como se posee una mascota, sin querer admitir que tú ya no tenías vida, sólo tenías la tortura que te infligíamos prolongando lo inevitable. Volví a casa. Te pregunté: ¿Cuándo? Se abrieron tus párpados, tu mirada esmeralda se inundó de luz, me pareció que estirabas los labios en un amago de sonrisa. Te abracé tan fuerte que casi te asfixio sin querer. Después de soltarte y de recuperar el hilo de aire, balbuceaste: El día del solsticio de verano, al alba.

          J. Carlos

 

Trascendencia y Nada le pregunté, nada me dijo

                                                 

                                                    Trascendencia

Era la primera vez que me sentaba a tomar un café en una terraza durante esta pandemia. La mesa del al lado estaba muy distanciada pero no tuve que aguzar mucho el oído porque la gente tenía la voz más chica por la falta de costumbre. La ocupaba una pareja joven. Ella estaba atenta a sus palabras acariciándole la mano, él le confiaba que había vivido días muy duros que no eran para contar, aunque en medio de la catástrofe, dijo, siempre surgen situaciones absurdas que te disparan el mecanismo de la risa como sucede en los funerales. A continuación refirió que, una paciente muy mayor acudió al hospital de urgencias porque se había rebanado la falange superior de un dedo cortando jamón. Cuando le preguntaron por qué no la trajo consigo para cosérsela, la viejecita confesó que se la había comido el gato. A los pocos días la volvieron a ingresar con un nuevo corte de otra falange. Después de curarla me la enviaron a psiquiatría. Resulta, relataba el hombre con un tono de perplejidad, que quería trascender. Como había comprobado que durante la pandemia incineraban a todos los cadáveres sin acatar las últimas voluntades de los finados, decidió desprenderse poco a poco de alguno de sus huesos en vida para enterrarlos en el sepulcro familiar.

En este punto vino el camarero a ver si me apetecía algún bollo para acompañar el café, le contesté con una áspera negativa. Volví a poner el oído. La buena señora, seguía contando el galeno, que había sido bióloga de profesión, me explicó que la calidad del esperma de los hombres está mermando tanto que los expertos pronostican, como mucho, dos décadas para que la humanidad deje de reproducirse. Estaba convencida de que, en breve, tendrán que clonar a los humanos ya muertos. Mire, me dijo señalando displicente con el dedo, y el hombre la imitaba apuntando con el dedo a su pareja: yo no creo en la resurrección de los muertos ni en la vida eterna ni demás zarandajas, pero si necesitan mi ADN lo encontrarán en mis huesos, no en mis cenizas. Y, visto lo visto, ya no me fio de que me entierren.

Pidieron la cuenta y pagaron. Cuando la pareja se levantó de sus asientos todavía les duraba la sonrisa. Llamé al camarero y pedí un croissant. Mientras lo mojaba en el café llamé por teléfono al notario. Quiero cambiar mi testamento, le espeté tras los saludos de rigor. En qué sentido, preguntó. Para que mis herederos reciban mis bienes han de cumplir mi última voluntad: ser enterrado en el desierto de Atacama. He leído que allí los cuerpos se momifican porque es el sitio más seco y caluroso de la Tierra y han extraído ADN humano con cinco mil años de antigüedad.

 

                                  Nada le pregunté, nada me dijo

Eran las dos y diez de la tarde cuando Elisa me dejó. Se fue sin comer, sin llaves, sin maletas, sin móvil. Al cabo de dos años, tres meses y cinco días llamaron a la puerta. Abrí pensando que sería el repartidor. Estaba luminosa, tenía las carnes blancas en vez de morenas, los ojos azules en vez de castaños, la voz más lánguida y era bastante más alta. Al posar sus labios de color cereza sobre los míos casi me dio un vahído. Me hice a un lado para sujetarme en la pared. Entró. Me preguntó si tendría algo de andar por casa para ponerse. Le señalé el dormitorio. Puse dos servicios en la mesa. Cuando volvió llevaba la bata de seda roja de Elisa que le quedaba muy corta y unas zapatillas a juego. Comimos. Ella fregó los platos. Después se secó las manos, se acercó a mi butaca, se acurrucó conmigo y me dijo, con una caída de párpados, es la hora de la siesta. Nada le pregunté. Nada me dijo. La llamo Alba porque desde que llegó nunca nos perdemos la salida del sol. Y así van pasando los días.

                J. Carlos