El cine

El cine llegó una tarde de verano a la plaza del pueblo, vino en una furgoneta destartalada de la que bajaron una máquina que se llamaba proyector, y unas latas de latón donde se guardaban las bobinas de celuloide. A la noche mi padre me llevó de la mano a la panera donde se proyectaba la película sobre una sábana blanca. Estábamos al fondo y la gente delante se apelotonaba de a pie. El señor Felipe, un hombretón más alto que mi padre, me subió a hombros y desde allí vi el prodigio de un nuevo mundo que nacía en la superficie de la sábana y se extendía tras ella, hasta el infinito. Recuerdo que esa noche soñé que me había metido en el mundo de la película, vivía encerrado en el celuloide y viajaba de pueblo en pueblo dentro de una caja de latón. Mis padres me buscaban en la orilla de las lagunas y se asomaban, gritando mi nombre, a los brocales de los pozos.

Dos o tres años más tarde volvió el cine en la misma furgoneta, más ajada y sucia. Entonces vimos montar aquellas bobinas en la máquina y miramos al trasluz los fotogramas troquelados. Un operario nos explicó que el cerebro nos engañaba porque retiene unas milésimas de segundo cada imagen y al pasar 24 fotogramas por segundo se crea la ilusión del movimiento. Mirad esa nube –dijo- y cerrad los párpados para comprobarlo. Yo miré al sol y lo tuve dentro de los ojos toda la tarde. Esa noche, durante la proyección, abrí y cerré los párpados lo más rápido que pude para fijar un solo fotograma. No lo conseguí, pero se me quedó hospedada la idea de que era una ilusión ver las cosas como un suceso continuo, pensé que el mundo, como el cine, iba a 24 fotogramas por segundo. Cada tanto parpadeaba rápido en la calle, en la escuela y en las eras para parar el mundo y congelarlo en un solo fotograma. Mi madre creyendo que era un tic nervioso llamó a Don Javier, el médico. Me auscultó, sujetó mi lengua con el mango de un tenedor para mirar mi garganta y me hizo unas preguntas. Le dije la verdad. Le dio un ataque de risa.

Tuve que hacer la primera comunión para parar el mundo. Unos días antes fuimos a la capital en el autobús de línea, mamá llevaba en el regazo, envuelto en papel de seda rosa, el traje blanco de marinero herencia de mi hermano. En el estudio fotográfico me lo puse con mucho cuidado para no arrugarlo. Después de la sesión lo dobló con primor y lo volvió a guardar en el papel de seda. A la semana llegaron las fotos en un sobre duro. A mamá le parecieron caras, a papá estupendas, a mí se me hizo raro verme fosilizado en blanco y negro. Antes de devolverlas al papel cebolla en que venían envueltas caí en la cuenta de que la máquina de aquel fotógrafo parpadeaba más rápido que yo. Así que ya habían inventado una manera de parar el mundo.

Muchos años después habría de acordarme de aquella tarde en que llegó el cine a mi pueblo y de aquella otra en que intuí que el mundo iba a 24 fotogramas por segundo y que si parpadeaba tan rápido como una máquina fotográfica podía parar el mundo. Sucedió en el colegio, cuando el padre Eloy nos explicó que la energía no fluía continuamente sino que iba a saltos, en paquetes o cuantos, y que los electrones saltaban de una órbita a otra sin pasar por ningún camino intermedio. Imaginad –concluyó- que el espacio tiempo fuera una tela compacta pero vista al microscopio está llena de huecos entre los hilos. El empollón levantó la mano para manifestar que aquello resultaba antiintuitivo porque si la luna cambia de órbita tenía que seguir una trayectoria entre ambas. Se quedó tan ufano. El padre Eloy se encogió de hombros. Los demás guardamos silencio. Cerré los párpados con todas mis fuerzas y, antes de volver a abrirlos, volví a tener en los ojos el sol de mi niñez. Comprendí que mis recuerdos eran la bobina de la película de mi vida y podía volver a verlos en continuo o fotograma a fotograma. Lástima que, al igual que las tramas de las telas y que el espacio tiempo, tengan más huecos que un queso Gruyère.

J. Carlos

Una respuesta a “El cine

  1. Con el paso del tiempo disminuyen las fuerzas y la capacidad física de nuestro cuerpo, aquel que tanto nos apoyo en nuestra niñez, juventud y madurez.
    Es en estos momentos donde nace la precariedad física cuando renace con fuerza nuestros recuerdos.
    Es así y lo seguirá siendo porque todo en esta vida es una balanza que busca, por intuición, el equilibrio.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s