Archivo mensual: octubre 2015

El más allá

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Casi todas las religiones, unas con mejor y otras con peor fortuna, nos ponen delante de las narices la zanahoria del más allá, lugar etéreo donde seremos felices ad eternum. Casi todas las religiones nos enseñan que sus dioses nos han metido en materia hecha carne y nos han arrojado sobre una mota de polvo del universo, con el fin de que, esos mismos dioses, puedan juzgar si en la oposición de la vida hemos aprobado o suspendido. Si ganamos la oposición, sea por nuestras virtudes, sea por rebanar los cuellos de los infieles, resucitaremos en un lugar paradisíaco donde la felicidad está garantizada, como el sueldo de los funcionarios.

Días antes de que las moscardas y las moscas de la carne dejen sus huevos bajo nuestra piel para que, cuando rompan el cascarón sus larvas, nos dejen los huesos mondos y lirondos. Horas previas a que las bacterias anaeróbicas se den un festín con nuestras células. Minutos antes de que las bacterias que vivían realquiladas en nuestros órganos se coman sus paredes. En los segundos que preceden a que nuestras enzimas comiencen a comerse las membranas de nuestras propias células. Para ser exactos, en el preciso instante en que las neuronas cesen su parloteo eléctrico, cuentan, casi todas las religiones, que exhalaremos un hálito, llámalo alma, cuyo primer empeño será volar hacia el tablón donde cuelgan las listas de opositores. Allí comprobarán si al lado de su nombre luce un emoticono con el pulgar hacia arriba o hacia abajo.

Esto de que tu cuerpo en putrefacción sea útero de millones de otras formas de vida es muy natural. Cada bacteria se divide como loca después del condumio y cada mosca pone doscientos cincuenta huevos. Ya sabes, la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma y, la vida, sólo tiene una ley, propagarse. Que a ti, un eslabón más en la cadena, te joda ser una mera correa de transmisión de la vida y de la energía, le importa un bledo al Universo. Le puedes maldecir por haberte dado conciencia de que existes. Él te replicará que la energía es muy suya, se transforma como quiere y que la conciencia no deja de ser una probabilidad cuántica, así que pueda estar viva o muerta al mismo tiempo, como el gato de Schrödinger.

Ayer estuve en un cementerio. Había lápidas que habían colapsado sobre las tumbas y dejaban al descubierto un montón de tierra parda. Flores sintéticas de colores imposibles, compradas en los Chinos, rompían la monotonía gris de los sepulcros. Coronas de flores frescas, rojas y blancas, testimoniaban lágrimas recién vertidas. Gente silenciosa que baldeaba mármoles y granitos y, con un cepillo, rascaba el musgo de las junturas. A la salida, observé a un gato que descansaba sobre una tumba, ajeno a la paradoja de Schrödinger. Estaba vivo. Fue entonces que caí en la cuenta de que la Naturaleza es muy sibilina, muchos de aquellos cuerpos comidos por los gusanos, todavía andaban en los parloteos eléctricos de las neuronas de los vivos. Formaban parte de sus recuerdos, seguramente seguían suscitando emociones y querencias y dolor. Así que se cumplía la paradoja de Schrödinger, si levantas la lápida constatas que están muertos, pero si levantas la tapa de los sesos de quienes lo quisieron sigue allí vivito y coleando.

Si te soy sincero, no me importa perderme ese cielo de felicidad eterna que predican las religiones. Eso sí, como soy de natural curioso, me fastidia perderme el desarrollo y el desenlace de esta novela, que llamamos vida, en la que durante unos años fui un personaje más. Y, lo que más me jode, es que tampoco sabré qué pensaban, en realidad, aquellos con quienes coincidí. Sólo puedo suponerlo.

J. Carlos

Mi móvil

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Mientras leía se ha amustiado el tiempo. Me lo ha dicho el móvil. Ha encendido la pantalla y ha sobreimpresionado un icono de nube con trazos de agua. He mirado por la ventana. Llueve. La rosa que brotó hace días en la jardinera del despacho tiene los pétalos cuajados de gotas chiquitas que, cuando rompen su tensión superficial, explotan y dibujan un reguero minúsculo antes de caer.

La foto que ilumina mi teléfono es una estampa de los pirineos franceses nevados, la tomé desde el observatorio del Pic du Midi de Bigorre. Se ven las cumbres enardecidas por el sol, una colcha de nubes abrigando el valle y, arriba, un azul turquesa limpísimo, ni un penacho de nube ni una estela de avión. La imagen es tan magnética que llevo años usándola de salvapantallas en algún dispositivo. Lo curioso es que no se ven signos de vida. Adivinas que allá abajo o, que al lado, o arriba habrá aves, árboles, insectos, gente.

La pantalla se ha fundido en negro. Para no gastar batería se apaga en segundos, salvo que sienta en el vidrio el tacto de tus dedos. De tanto en tanto parpadean unas lucecitas. La verde te informa de que ha entrado un Whatsapp o un correo. La azul indica que alguien le gusta lo que has compartido en Facebook o te pide amistad. Ya sé que también te puede avisar a tonos. Yo lo tengo enmudecido. Bastante estúpido es escuchar en el metro, en el autobús, en el bar, en el supermercado, en la calle, en el cine, en los entierros, la orquesta desafinada de los móviles con silbos y otros sonidos metálicos avisando desde los bolsillos a sus dueños.

Estoy harto de que me chillen los chismes. Me pita el frigorífico si dejo la puerta abierta un tiempo. Me silba el coche si arranco con el freno de mano puesto, si dejo las luces prendidas, la puerta abierta o no me he puesto el cinturón. Me campanillea el microondas, el horno, la cocina. Me tañe el ascensor, el reloj, el ordenador. Me chifla la cafetera, el tren, el metro. Me grita la tragaperras, la máquina dispensadora y hasta el cajero. Me chillan como sirenas de ambulancia los arcos de seguridad, los sistemas de alarma y algunos semáforos. Me abroncan la radio y la televisión. Todo es un griterío. A estos artilugios deberían ponerle el ronroneo de un gato, o el tañido breve de una campana cuyo sonido acuna el viento y se bambolea en un ir y venir. Mejor no dar pistas que enseguida te venden el siseo de la cobra, el barrito del elefante o el rugido del león, y el metro en hora punta va a parecer un zoo. Además, hasta el más tonto intuirá que si suena el siseo es  la suegra, si se oye barritar es que te requiere la santa y el rugido es, seguramente, el reclamo del jefe.

A mi móvil le pasa lo que a la foto que te describí más arriba, adivinas –sabes- que a miles de kilómetros o a veinte centímetros hay gente que se acuerda de ti, te lee o, simplemente, le gusta algo que has subido. Pero la pantalla de mi móvil no tiene piel, sólo aristas duras y frías. No tiene dedos que te acaricien y te desordenen el pelo. No tiene gestos, ni miradas, ni siquiera tiene besos de verdad, sólo emoticonos sucedáneos con bocas pintadas. Cuando te reclama la lucecita azul o verde, presionas el icono con el dedo, en ese momento estalla la ilusión como la gota de lluvia en los pétalos de rosa y deja un reguero de palabras. Los gestos, las caricias, las miradas y los besos quedan abortados a miles de kilómetros o a veinte centímetros. Sales de la aplicación, el vidrio luce un azul turquesa limpísimo con cumbres nevadas enardecidas por el sol y una colcha de nubes abrigando el valle. Sigue sobreimpresionado el icono de una nube con trazos de agua. Sólo dura unos segundos, luego se funde en negro para ahorrar batería.

J. Carlos

Puertas en el campo

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A Lucas le desahuciaron sin violencia hace cinco días. Vivía solo en un apartamento de la calle Fuencarral.

Habíamos coincidido durante dos cursos en el internado del colegio. Él venía del seminario del que trajo la costumbre de caminar para atrás cuando paseábamos por San Torcuato. Para poder mirarnos a la cara, decía. Era espigado, tenía la voz dulce, los gestos contenidos y el andar pausado como si diera los pasos sobre terciopelo. Parecía llegado de otro planeta. Aborrecía las discusiones y nos reconvenía cuando nos bullían las hormonas y les propinábamos frases subidas de tono a las chicas que pasaban: Sois como las vacas que mugen cuando ven la hierba a lo lejos. Se le amustió el ánimo después del episodio del río. Fue por mayo, estábamos Lucas, Ventura, Juanmi y yo tomando un baño en un remanso del Duero, al lado de una familia que tenía la comida dispuesta sobre un mantel a cuadros extendido en la hierba. Los dos niños jugaban en la arena. La mujer, con bañador negro y el pelo recogido en una coleta, se levantó con la toalla desplegada para recibir a su marido que chapoteaba lejos de la orilla. El marido era corpulento y tenía el cuerpo cuajadito de pelo, perdió pie cuando ya regresaba haciendo aspavientos para espantar el frío. La señora empezó a gritar con desespero. Que se lo lleva el remolino, que se lo lleva. Lucas se tiró en plancha sobre el agua y nadó hasta el punto en que el hombre había desaparecido. Buceó para encontrarlo. Pasaron unos segundos que se atascaron en el tiempo hasta que logró sacarlo a la superficie. El hombre se le agarró del cuello y los dos volvieron a hundirse. Por segunda vez Lucas consiguió que sacara la cabeza, pero se le enroscó con manos y piernas y, ambos, se sumergieron de nuevo. Del grupo, nadie más sabía nadar. Nos acercamos braceando a duras penas, sin perder pie. Juanmi tropezó y tuvimos que levantarlo. Nuestros gritos hacían coro con los de la señora. Pasaba más de un minuto y las aguas terrosas del río seguían su curso como si nada. La señora hincó las rodillas suplicando al Señor. Ventura daba puñetazos al río. Juanmi y yo, agarrados de la mano seguimos caminando sobre el limo con la raya del agua lamiendo nuestras bocas. Temblábamos. A una treintena de metros vimos emerger a Lucas que, con la boca abierta, se daba un atracón de aire. El señor apareció río abajo, en otro término municipal, veintiocho horas más tarde. Dicen que lo encontraron hinchado como un globo.

El agente judicial que levantó el acta se sorprendió porque faltaban todas las puertas y sus marcos, incluso las de los armarios. En cambio, permanecían intactos muebles, electrodomésticos, ropa, libros, cuadros, fotos enmarcadas… que tomó su tiempo enumerar. Evitó la relación prolija de los utensilios de cocina y de baño “dado su escaso valor económico para el banco acreedor”. Baste señalar, concluía, que hasta el cepillo de dientes sigue en un vaso de plástico en el estante de vidrio del baño.

Después del suceso del río, por la tarde, fuimos a la discoteca. Era la rutina de los domingos. Íbamos dispuestos a olvidar y emborracharnos. Estaba en un sótano. Lucas empezó a marearse en el último tramo de escalera. No puedo respirar, me falta el aire, sacadme de aquí. Lo arrastramos hacia arriba, peldaño a peldaño, hasta el espacio abierto de la calle. Ventura y Juanmi volvieron dentro. Me quedé con él esperando que se le pasara. No quería volver adentro. Aunque parecía un ataque de claustrofobia llegué a pensar que, tal vez, fuera una treta de Lucas. Siempre se quedaba bebiendo en la barra cuando ponían música lenta, y detestaba que, a la salida, hiciéramos alarde de las audacias en arrimos y manoseos. De hecho, cuando votamos que los domingos iríamos a la discoteca, fue el único que votó en contra. Vendimos nuestras entradas y nos fuimos a abrevar en las barras de los bares de la calle los Herreros. Dimos fin al vía crucis alcohólico en un  bar de la plaza Mayor. Allí, acodados sobre una cuba a modo de mesa, con la modorra encima, permanecimos un buen rato en silencio. Lucas miraba a un punto indefinido de los estantes donde formaban en fila las botellas de alcohol blancas, verdes y cobrizas. Cuando arrancó a hablar tenía en los ojos telarañas de agua. No podía deshacerme de él, tenía mucha fuerza, me arrastraba. Le pateé, le alcancé la mandíbula con un puñetazo, me ahogaba y seguía enroscado a mí como un pulpo. Le tuve que estrujar los huevos para que me soltase. Sorbió los mocos y pasó el dorso de la mano por la nariz. Se hundió con las manos extendidas, asiéndose al agua, y esos ojos abiertos como platos me miraban, perplejos, como se mira a un asesino.

Más arriba en el acta, el agente judicial había reseñado que, el deudor les esperaba en el portal trajeado y con corbata. El demandado había extendido en la escalera una alfombrilla roja de felpa que llegaba hasta el 2º D. Se ofreció para acompañar a la comitiva y, ante el vano de la puerta, hizo formal entrega de la posesión de la casa, excusándose por no entregar las llaves. Resulta del todo innecesario –alegó.

Esa misma mañana me llamó a la redacción mi contacto en los juzgados para contarme el extraño desahucio. No lo consideré noticiable. Hay quien se lleva los grifos, los lavabos, el parquet o, deja el piso destrozado a martillazos. Fue por prurito profesional que le pedí el nombre del desahuciado.

Al terminar el colegio Lucas se fue a estudiar a Salamanca, yo a Madrid. Mantuvimos durante unos meses correspondencia. Fui yo quien cortó la relación epistolar cuando un compañero del colegio me previno que viajaba a Zamora los fines de semana para ver a Eva, con la que yo me carteaba en plan novios en la distancia. También corté con ella en dos páginas muy dolidas plagadas de supuestos agravios. No volví a tener noticias de Lucas hasta la fiesta del veinticinco aniversario de nuestra promoción. Él no acudió. Fue en las nuevas instalaciones del colegio, el antiguo lo demolieron para levantar edificios de seis pisos. Al reencontrarnos los compañeros, a modo de saludo, nos dijimos lo bien que nos veíamos los unos a los otros. Se notaban los gestos de espanto al reconocer los estropicios en los cabellos y en las caras. Seguramente cada cual pensó  que el paso del tiempo había sido más indulgente con él. En las copas que se sucedieron tras el almuerzo, Rendueles me aseguró que Lucas era homosexual y había tenido varias parejas. Siempre fue muy discreto –añadió- pero ya en el colegio sus andares y esos gestos tan delicados suscitaban recelos y corrió algún rumor malicioso.

Cuando escuché de boca de mi informante en los juzgados las tres palabras: Lucas Pareja Seisdedos, se me volteó el estómago. El cerebro empezó a tejer y destejer imágenes de Eva con su pelo negro al viento, de sus ojos como canicas de ámbar, de los versos que me escribía y que todavía sé de memoria y, del buzón vacío que fue, durante años, la misma definición del olvido. Todavía duele en el recuerdo. Regurgité un poco del café con leche del desayuno. Cuando me rehíce busqué en los archivos del periódico y pedí a Elvira, la documentalista, que me preparara un breve informe. Lucas era un dirigente destacado de la Plataforma Anti desahucios. Allí me dieron noticia de su particular paradero y un número de móvil. No le llamé, preferí presentarme de incógnito para hacerle una entrevista.

Vivía entre Getafe y Villaverde, en el campo. Había plantado todas las puertas del piso desahuciado, con sus marcos y sus jambas, en un huerto de cien metros cuadrados en las afueras de la ciudad. El uso y disfrute de la pequeña finca le había correspondido, por riguroso sorteo, en virtud de cesión del ayuntamiento por dos años, para su solaz. Era extraño ver las puertas plantadas en el campo, sin la continuidad de las paredes. Resultaba inquietante, como esos pensamientos raros, fuera de contexto, que, a veces, se suceden en la duermevela. Formaban una figura geométrica que semejaba, vagamente, una ele dibujada con trazos discontinuos. Llamé con los nudillos a la puerta principal. Lo hice con sumo cuidado, temía que se me cayera encima. El marco era lo único anclado en tierra, no había tiradores ni vientos. Era de las blindadas, tenía el barniz picado por debajo de la cerradura. Me quedé esperando frente a la mirilla, me parecía deshonesto mirar a través de la pared inexistente. Escuché unos pasos blandos y que descorrían los cerrojos. Cuando abrió la puerta se quedó paralizado un instante. Yo lo había visto en fotos al documentarme. Él hacía más de treinta años que no me veía. No obstante, me reconoció. Nos dimos un abrazo. Pegó tanto su cara contra la mía que se le cayó el sombrero de fieltro azul. Estaba igual que en las fotos, moreno, flaco, la nariz larga, el mentón picudo, las mejillas descarnadas y el pelo largo con un cierto desaliño. Con un gesto me franqueó la entrada a un pasillo en el que florecen seis rosales dispuestos en una línea que se acoda a la derecha. Se adelantó para abrirme la puerta de la cocina, está a la izquierda, es la única que tiene un vitral traslúcido en arco. Dentro hay un espacio donde hojea un viñedo con nueve cepas dispuestas en un cuadrado de tres por tres. Al fondo de la cocina, sobre una calva de tierra, una bombona azul de camping gas con quemador y una tinaja llena de agua con una tapa de madera donde descansan tres botellas de vino. Abrió una botella de vino de Toro, Colegiata, llenó dos copas. No brindamos, ni hablamos del pasado. Me pidió que le hiciera un reportaje muy visual. Es mi forma de luchar contra los desahucios. Ya pasó el tiempo de las manifestaciones, además, en las grandes ciudades ya mandan los nuestros. Les haríamos un flaco favor con imágenes de los policías municipales repartiendo estopa mientras echan de su casa a una anciana que vive con sus nietos. Quiero crear un lugar icónico que se meta en las pupilas de la gente. Un hombre solo que vive en un huerto, sin paredes, sólo puertas. Una casa transparente, sin intimidad, donde se me puede ver mientras me ducho, leo, toco la guitarra o, cago como un animal en el zoo. Ese es el icono que busco, que la gente comprenda que a un desahuciado se le condena a regresar al estado de un animal. Ojalá los sentimientos, como esta casa, no estuvieran emparedados y fueran transparentes o, al menos, –y aquí esbozó una sonrisa- traslúcidos. Con la copa en la mano, salimos de nuevo al pasillo. Me mostró, a la derecha, el baño. Se accede por una puerta abatible de dos hojas con espacios vacíos arriba y abajo, como la de los salones de las películas del oeste. Detrás no habrá más allá de cuatro metros cuadrados en los que caben dos filas de pimientos y una de cebollas, también un cuenco de barro cocido con ribetes de esmalte azul, una regadera y un palo clavado en tierra en el que se enrosca una manga de agua. La puerta del comedor está en el pasillo, a la izquierda. Es corrediza, abierta deja ver un terreno amplio con tres espacios diferentes, uno sembrado de patatas, otro de maíz y, el tercero, reservado para una mesa de listones sueltos de madera sobre dos caballetes, y cuatro asientos de tocón de árbol, en uno de los cuales descansa una guitarra de siete cuerdas. Al salir cierra la puerta con cuidado como si tuviera miedo de que se viniese abajo, aunque me cuenta que, todos los marcos están reforzados con barras de hierro que se anclan a la tierra y se hunden más de un metro y medio. El dormitorio está al final del recodo del pasillo. Tras la puerta hay cinco camellones, tres brotados de tomates, uno sembrado de lechugas y otro de calabacines; a un lado un tablón grande con un saco de dormir azul recogido encima. Aunque no existen paredes que jalonen y dividan los espacios, las cuatro hileras de los contornos de la finca están pespunteadas de naranjos y melocotoneros, un granado, dos almendros y una higuera enorme. Las puertas de los armarios están ancladas a medio metro de los árboles que dan al baño y al dormitorio. Están cerradas, allí guarda su ropa dispuesta en perchas que cuelgan de unas cuerdas atadas a las ramas.

En el quicio de la puerta de entrada, antes de despedirme, le pido autorización para enviar a Irene, la fotógrafa que hará el reportaje gráfico. Los iconos necesitan muchas imágenes y pocas palabras, le digo. Y no te preocupes, concluyo, escribiré un reportaje muy profesional, sin rencor. Aparta la mirada y se muerde el labio inferior. Para romper la incomodidad que le han producido mis últimas palabras, le pregunto si necesita algo.

Sí, contesta irónico, no me vendría mal un bote de Tres en uno, porque las bisagras de la puerta principal chirrían y rompen el silencio del campo. Nos damos la mano, él esboza una sonrisa forzada y fría. Anudo mi brazo a su cuello y nos fundimos en un abrazo. Vuelve a pegar su cara y quedan nuestros pómulos separados sólo por el ala del sombrero. Con la voz quebrada y los labios pegados a mi oreja, me dice: Han pasado los años, pero sigues siendo igual de gilipollas. Hace una pausa, se separa y despacio, muy despacio, sube sus manos abiertas hasta mis mejillas y las aprieta con un poco de rabia. Me acerqué a Eva porque estaba enamorado de ti. Aquellos domingos que viajaba a Zamora desde Salamanca nos íbamos a pasear al bosque de Valorio. Nos leíamos tus cartas el uno al otro. Tú eras nuestro único tema de conversación. Aquella muchacha estaba loca por ti y a mí, entonces, me bastaba con estar cerca de lo que más querías. Retira las manos, arrastra con sus dedos por detrás de las orejas el pelo entrecano que todavía tiene irisaciones doradas y se da la vuelta. Antes de dar un portazo y de que el marco tiemble peligrosamente me espeta: Siempre fuiste un orgulloso y, si me lo permites, un poco estúpido. ¡Ah!, y me tiré al agua por ti, para que me admiraras un poco. Sólo por eso.

J. Carlos