Archivo mensual: mayo 2016

Un sueño

Televisor curvo

La evolución que nos ha traído hasta aquí sólo tiene una regla, adaptarse al medio y multiplicarse. La durabilidad, la belleza, el orden, la armonía son conceptos que no entran en su vademécum. Vamos, que la evolución es un poco chapucera, te cuida con esmero hasta que estás en sazón para poner tu semilla y transmitir tus genes; después, si te he visto no me acuerdo. Desde aquí elevo mi más enérgica protesta a la madre Naturaleza por la chapuza del tracto urinario. Ya es de mal gusto que diseñe las cloacas del cuerpo y las haga coincidir con el conducto que transmite el placer de la vida y la vida misma. Pero hace falta tener mala leche para sacarte cada noche de la cama para vaciar la vejiga, por el simple hecho de contar los años en décadas. Como no hay mal que por bien no venga, ahora tengo la posibilidad de anotar dos veces mis sueños, a la llamada fisiológica y cuando suena el despertador.

La noche del lunes pasado, a la luz de los dígitos azules del reloj que marcaban las dos y veinte, garabateé unas líneas para recordar mi sueño. Ya te advierto que era estrambótico como todos los sueños. Sospecho que fue inducido por una estúpida teoría que se me ocurrió en uno de esos despertares mingitorios y, según la cual, hay una relación directamente proporcional entre el adelgazamiento y la curvatura de los vidrios de los televisores y la idiocia del pueblo. Te confieso que  deseché la teoría por absurda tan pronto como bajé la tapa del váter.

El sueño transcurría en un país donde el personal gastaba gran parte de su tiempo, en ver los programas que se emitían en pantallas estrechas y curvas como cuerpos de modelos de alta costura. Lo más granado de la programación  eran los coloquios eviscerados con un tufillo entre corrala y patio de vecinos. Horas interminables en que se sacaban los hígados los unos a los otros y luego lloraban, se abrazaban y besaban. En las series y películas estaban ausentes las pulsiones humanas, dominaban las cataratas de imágenes catastróficas, aderezadas con violencia y casquería. Los catedráticos, maestros, escritores, poetas, científicos y músicos estaban proscritos, a los espectadores no les alcanzaba el entendimiento y se aburrían. Para fomentar la participación del personal, sacaban los micrófonos de paseo y preguntaban a cualquier analfabeto por temas de especial relevancia, el entrevistado agarraba el micrófono como si fuera la teta de su madre y expelía  por la boca frases inanes, cojas de sujeto o de verbo o de predicado. Los espacios donde se tertuliaba sobre la gestión política, estaban copados por cuatro sabidillos cuya nómina y permanencia dependía del tono de voz, del insulto procaz y de la habilidad para tergiversar cualquier dato. Retransmitían un único espectáculo deportivo donde veintidós contendientes, en calzón corto, corrían detrás de una esfera de cuero con el afán de encajarla en el vano formado entre tres postes. Estos mozalbetes ganaban en un solo partido más de lo que cualquiera de los asistentes en toda su vida; aún así los jaleaban, vitoreaban y aclamaban como si hubieran descubierto la penicilina o la fisión nuclear. Los relatores del evento en la televisión, le ponían más devoción y adjetivos guerreros que si estuvieran contando in situ la batalla de las Termópilas. Horas después los comentaristas, exhaustos y roncos, seguían gritándose en el plasma curvo si la esfera había tocado una línea pintada de yeso sobre la hierba, mientras la imagen, captada por más de cincuenta cámaras, se proyectaba hipnóticamente. A nadie le importaba si con el coste del encuentro se hubiera podido construir y mantener un hospital durante un año. Daban otros espectáculos que levantaban pasiones, como el de torturar y matar en un coso de arena, por un carnicero vestido de luces, a un herbívoro hasta la muerte. Los había que sacaban en andas imágenes de madera seguidas por hileras de encapuchados, algunos se desnudaban la espalda y se la desollaban a latigazos. Los informativos eran tan sosos y estaban tan mediatizados que, habían creado un programa de humor para dar las noticias con píldoras de cachondeo. Incluso, emitían espacios de debate donde cedían el púlpito a delincuentes convictos que impartían clases de ética y moral públicas.

Luego el sueño me trasladó a un almacén inmenso sito en los arrabales. Las calles de las ciudades se habían quedado huérfanas de bares, restaurantes, mantequerías, fruterías, farmacias, librerías… Allí, en una mole de cincuenta pisos, tenías de todo. En la planta cuarta firmaba su libro la autora más vendida, la Princesa del pueblo, una iletrada que a duras penas sabía distinguir un sustantivo de un adjetivo, y que vivía de relatar los pormenores de un polvo añejo con un torero. En la undécima, el hijo de una folclórica, con pinta de pastor de cabras, convencido de que un pentagrama es un sudoku de cinco números, firmaba un disco que llevaba meses como número uno. En el piso vigésimo octavo servían tragos de botellas de colores rotuladas en inglés. En realidad agua con colorantes, unos centilitros de alcohol y unas pizcas de azúcar. La gente hacía cola a 5 € el chupito, convencida de que compraban unos sorbos de paz, de cariño, de paz o de armonía. En la terraza soleada de la última planta la gente depositaba su voto para elegir alcalde. Los rostros de los dos contendientes debatían en un plasma curvilíneo, de cuatro metros por seis, a ver quién era más corrupto, exhibían documentos de bancos suizos contra listas de papeles de Panamá. Sabían que aquel que demostrara más destreza en las artes del latrocinio público tendría las de ganar, los electores lo considerarían más listo y un buen ejemplo para los ciudadanos.

Cuando se lo conté a mi mujer exclamó: “¡Vaya pesadilla! Es como el Gran Hermano de Orwell”. Un mal sueño lo tiene cualquiera, le dije; además, añadí, nuestro televisor es plano como una tabla y obeso como una morsa.

J. Carlos

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Alcantarillas

Alcantarilla

-Lo peor era el pestazo que se te metía en la ropa y en la piel. No había jabón que te lo quitara de encima.

Segis está sentado en un butacón de orejeras entelado en gris. Es delgado y de cuerpo menudo, tiene la piel cetrina; mueve los brazos y gesticula con las manos para hablar; las pocas veces que guarda silencio se reclina contra el respaldar, se queda tan quieto que parece como si el mueble lo hubiera engullido.

-La primera vez que bajé a las cloacas con mi padre tenía siete años, fue en el cuarenta y cinco. Al olor te acostumbras enseguida, pero las ratas son tan grandes como conejos. Yo he visto a tres ratas merendarse un gato.

Gertru, su mujer, es morena, pequeña y rechoncha. Tiene media melena lisa y muy blanca, con una raya en medio. Trae un platillo con un vaso de café con leche  para Segis lo deposita con mimo en una mesita auxiliar. Me pregunta si quiero un café.

-Gracias, pero ya he desayunado.

Se oye saltar el resorte del muelle de la tostadora en la cocina, la mujer se da la vuelta y encara el pasillo. Con una agilidad felina Segis coge la muleta que descansa sobre el lateral del butacón y se incorpora, camina hacia el armario botellero del mueble de donde saca una botella de Chinchón, hecha un chorro de anís en el café y desanda el camino para guardar la botella. En el momento que Gertru cruza la puerta del comedor con las tostadas, el aceite y el tomate, mi entrevistado ya se inclina hacia mí, trae en la mano una cajita de terciopelo.

– Es la medalla civil al mérito policial. Ya ve, me pasé más de treinta años esquivando a los maderos y, al final, estuve otros tantos colaborando con ellos.

Su mujer le deja el plato al lado del café, le tiende el brazo para que se apoye al sentarse y, aunque se resiste, le prende el pico de la servilleta en la camisa a cuadros, rojos y negros, para que no se manche. Mientras él unta el tomate en la tostada y se queja de que el matasanos le tenga prohibida la sal, ella me hace un gesto de complicidad llevándose los dedos a la nariz. Sonrío. La fragancia del anís se ha extendido y pica en el olfato.

-Hombre de tanto oler la mierda de toda la ciudad, la nariz se termina gastando –Afirma rotundo como un niño pillado en falta.

No le ha gustado el gesto de complicidad, ni mi amago de sonrisa. Ha fruncido el ceño, los ojos casi negros se le han hecho más chicos y me ha soltado de corrida:

-Pues sepa usted, plumilla, que en esta humilde casa entró un día Don Miguel Delibes y me dejó un libro dedicado, con su firma y todo. Las ratas, se llama. Anda Gertru acércaselo.

Junto con el libro, Gertru trae la botella de anís y dos copas, después de mediarlas y escanciar en el vaso de café hasta casi desbordarlo, se sienta en el brazo del butacón de Segis y brindamos los tres por la memoria de Don Miguel.

Es un libro de tapas duras forrado en plástico transparente. En la primera hoja, con grafía menuda y clara, Don Miguel había escrito: “Para el ratero de ciudad que conocí una tarde y me descubrió que la vida de las gentes se prolonga en las alcantarillas. Con profundo afecto”.

-Como le digo, empecé con ocho años, bajábamos con un farol de aceite; buscábamos pulseras, anillos, medallas o cadenas de oro y de plata. Los metales no abundaban. Y eso que, entonces, se lavaba a mano y era más fácil que las alianzas se colaran por el baño o por el fregadero.

Gertru le entrega una pastilla blanca.

-Es para el reúma, sabe usted. Pasó muchos fríos allá abajo. Aquello está siempre húmedo en verano y en invierno. Volvía siempre empapado.

Mientras Segis se toma la pastilla con un trago de café, Gertru se levanta y coge en su regazo una foto enmarcada en madera que ocupa el centro de la mesa de comedor, junto a un florero con magnolias de tela blanca.

-Es nuestro hijo Moisés. Éstos son nuestros nietos, Andrés y Julio. Y ésta es Maika, su mujer. Hacen muy buena pareja, trabajan en La Paz. Ella es enfermera y él celador, por eso los niños estudian medicina. Con un poco de suerte, terminan este año. Son mellizos, ¿Sabe?

-Qué guapos, le digo –Por hacerle la gracia a la abuela.

Son muy estudiosos. Mire qué ojazos azules y qué guapos y qué rubios. Son la viva estampa de su padre. Y tienen su misma estatura. A los abuelos nos sacan cabeza y media, a su lado parecemos enanos de circo.

Advierto que Gertru, mientras vuelve a poner la foto en su lugar, se seca una lágrima con la manga de la chaqueta de lana, se excusa y se pierde por el pasillo.

-¿Dónde estábamos –prosigue Segis- Ah, sí, durante la posguerra andábamos la mitad del tiempo con las tripas vacías, así que he cazado ratas, he comido su carne y la he vendido a carnicerías que la hacían pasar por gato o por liebre.

Se retrepa en el sillón, se queda pensativo, luego se acerca hacia mí y me confidencia.

-Perdone a mi mujer, es que a nuestro hijo, Moisés, le quitaron un riñón hace ocho meses y el otro lo tiene averiado. Está con eso de la diálisis a la espera de un trasplante.

Lo siento –dije-

En cuanto lo supimos, fuimos echando leches al hospital para ofrecerle nuestros riñones. Nos sacaron sangre y nos miraron por dentro con esas máquinas con que ven a los niños dentro de las barrigas de sus madres. Resulta que nos somos compatibles. No se lo hemos dicho todavía. Cómo se le dice a un hijo que los padres no son compatibles, siendo él de la profesión.

Gertru vuelve, ya sosegada, toma asiento sobre el brazo del sillón de Segis y, mientras le acaricia el cuello con la mano, le pide que me cuente las cosas extrañas que ha encontrado en las alcantarillas. Segis adelanta el tronco y va dibujando en el aire con las manos las cosas que se ha ido encontrando.

-De todo, mire usted, pistolas, cuchillos, móviles, serpientes. Antes de que me pregunte por los cocodrilos y caimanes le diré que jamás he visto a esos bichos. Eso sí, allí dentro he visto una familia de gitanos que estuvo viviendo durante unos meses en una galería, al lado del colector de Legazpi, muy cerca del río. Y alguna vez he tropezado con mendigos que pasaban las noches duras de invierno en las alcantarillas.

Da otro sorbo de café y anilla el brazo a la cintura a su mujer. Los dos vuelven los ojos hacia la foto que preside el salón.

-Mire qué color tan sonrosado tiene en la foto –dice Gertru- El domingo estuvieron aquí comiendo todos. El pobre Moisés tiene ahora la piel amarillenta, como de cera. Si fuera posible, le daría los dos riñones y me iría más contenta que unas pascuas al otro mundo. –caigo en la cuenta de que Gertru tiene el oído muy fino y ha escuchado nuestra conversación.

-Mujer, no te apures, ya lo han puesto en lista de espera. Pronto habrá un donante compatible y lo dejarán aviao –dice Segis-

-No Segis, ya decía Don Melchor, el cura de la parroquia, que en paz descanse, que los pecados tarde o temprano se purgan.

Acaricia el pelo a su mujer con una mano y con la otra levanta el vaso de café para que brindemos todos.

-Brindo porque aparezca pronto un riñón para Moisés. Y ahora sigamos que este señor –apunta hacia mí- tiene que llenar su columna dominical. ¿Cómo se titula su columna? Ah, sí, vidas estrafalarias o algo por el estilo, ¿no?

Así es, Vidas estrafalarias –asiento-

-En la etapa de colaboración con la policía hemos sacado de las cloacas manos cortadas y brazos y pies, bolsas de droga, armas, bombas, algún botín de joyería y documentos a medio destruir o chamuscados. Hasta una pintura famosa robada de un museo apareció dentro de un cilindro de aluminio. Estaba bien envuelto en cinta americana de la buena, de color plata. Pero cadáveres enteros no, nunca encontré cadáveres enteros.

-Cómo se enroló en la policía –le pregunto-

-No me enrolé, digamos que me dejaban hacer mi trabajo y yo, a cambio, colaboraba. Sepa usted que hay bandas de traficantes y terroristas que utilizan las alcantarillas como vía de escape y no diré más.

– ¿Le pagaban, le tenían en nómina?

-Digamos que después de perseguirme durante treinta años, se dieron cuenta de que tengo aquí, en el magín –se señala la cabeza con el dedo- todas las galerías y sus laberintos, con sus brazos, recodos y esquinas. Si cierro los ojos las recorro con la imaginación, lo mismo que usted puede recorrer con el dedo el mapa callejero de la ciudad. Y eso tiene un precio.

-Cuéntales lo del banco –le pide Gertru-

-Tal como lo dices, parece que lo hubiera robado yo –se ríe Segis-. Fue unos días después de lo del niño…

Gertru le da un codazo. En un instante, a la mujer se le ha ido toda la sangre de la cara. Él aborta la sonrisa, se muerde la lengua y se queda callado mirándola a los ojos. Sólo cuando advierte el gesto de ella haciendo girar el dedo índice sobre sí mismo, prosigue, aunque le tiembla la voz.

-Como le decía, vi una bolsa negra hundida en el agua estancada, la cogí con mi garfio, siempre llevaba un palo largo con un garfio en el extremo y, en el otro, una red de cuerda trenzada. Cuando la abrí me encontré quinientos billetes nuevecitos de a mil pesetas. Estamos hablando de pesetas del año sesenta y nueve, una fortuna ¿sabe usted?  Estuve una semana sin salir de casa. En la radio no daban noticias de ningún robo.

Gertru se ha apaciguado con el relato del marido, le han vuelto los colores y parece que está embebida en la memoria de aquellos recuerdos.

Con ese dinero –prosigue Segis- nos compramos este piso y los muebles. Meses más tarde se habló de un desfalco en el banco Urquijo de dos millones. Según dijeron, el cajero, antes de abrir la oficina, sacaba cada día de la caja fuerte cinco fajos de cien billetes, los metía en una bolsa de basura negra con varios ladrillos y la tiraba por una arqueta del patio. Por la tarde bajaba a las cloacas y la recogía.

¿Y lo del niño? –pregunto

-Tonterías de Segis, que ya chochea, va para setenta y nueve –intenta el quite Gertru- ¿Quiere otro poquito de anís o un café?

No, gracias. Dice usted que también aparecían niños. Pero ¿vivos? –pregunto-

-Sólo ocurrió una vez –toma la palabra Segis con la mirada clavada en la lámpara, seguramente para evitar los ojos de Gertru. A ella le tiemblan los labios.

– Había un cesto de mimbre varado en una isleta de basura que se acumula en un recodo del colector de Lagasca. Era verano, el agua no levantaba ni una cuarta. Dentro estaba un niño envuelto con sábanas bordadas, sólo se le veían los ojitos cerrados. Creí que estaba muerto, le toqué los mofletes, los tenía calientes. Subí a la calle por la primera atarjea, no me entretuve ni en cerrarla y, con el cestito bien apretado entre el brazo y las costillas, no paré de correr hasta casa. Gertru me mandó a la farmacia a por un bote de Pelargón.

-Fue hace cuarenta y siete años –prosigue Gertru-. Por la tarde, una vez limpio y comido, lo entregamos en un convento de las Hermanitas de la Caridad o de los pobres, ya no me acuerdo. Ellas sabrían qué hacer con él.

¿Y no le preguntaron de dónde procedía o dónde lo habían encontrado?

-A finales de los sesenta las monjitas no preguntaban nada –concluye Gertru para dar por zanjada la conversación.

¿Dónde estaba el convento? –pregunto.

Se miran ambos. Él se hunde en el sillón y carraspea. Ella se estira el vuelo de la chaquetilla de lana gris,

-Por Chamberí, creo –contesta en un titubeo

¿En qué calle?

-¿Tú te acuerdas Segis?

-Qué va. Ya sabes que tengo la memoria con más agujeros que el subsuelo de Madrid –contesta Segis.

Pues, dígame, al menos qué hábito llevaban las monjas? –le pido a Gertru

-Huy, es que nosotros –se acaricia nerviosa las manos- nunca hemos sido mucho de curas y monjas. No sé muy bien. Supongo que negro o, quizá, pardo. No nos acordamos. Perdónenos, hace tanto tiempo.

Gertru Se cruza de brazos, está a punto de las lágrimas. Segis permanece callado, inmóvil, metamorfoseado en el sillón.

Cerré la libreta, me levanté y le acaricié la cara con las dos manos

-Ahora sí me tomaría un café -le dije.

Volví a sentarme. Me tomé un café. Gertru me ofreció otra copa–pero de brandy, esta vez, por favor- Y me siguieron contando historias de cloacas por más de hora y media.

En el quicio de la puerta, a la despedida, les dije que, según mis pocos conocimientos de medicina, la sangre de los padres no tenía por qué ser compatible con la de los hijos. Gertru me plantó dos besos, Segis apoyó la muleta en la pared y me apretó tan fuerte la mano que me hizo daño en los nudillos.

J. Carlos

Conciencia

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La conciencia es esa tormenta química y eléctrica que sucede en nuestro cerebro y que nos hace sentir vivos, diferentes y únicos. Es la gran maga en el teatro de nuestra vida. No sólo nos ilusiona haciéndonos creer que todo lo que hacemos y decidimos se debe a nuestro libre albedrío, sino que  de un lugar casi vacío, apenas transitado por ondas y partículas separadas entre sí por distancias astronómicas, nos recrea un mundo repleto de imágenes en color que adquieren solidez si las tocamos, exhalan fragancias, emiten sonidos, gustan… La misma magia, más sofisticada eso sí, que la de la lluvia de fotones que rebota en una pantalla de cine y, al permear nuestra conciencia, ésta se saca de la chistera una película con la que reímos, lloramos, reflexionamos.

La conciencia es vaga. Se pasa más de la tercera parte de la vida hibernando. Se va a la cama contigo cada noche y se apaga, del mismo modo que tú apagas la televisión o una lámpara, para no gastar. Pasa de la gran empresa de tu cuerpo. No está ni se le espera cuando un ejército de glóbulos blancos lucha encarnizadamente contra el virus de la gripe. Tampoco le interesa el proceso de coagulación de la sangre para sanar tur heridas. Por no interesarse, ni siquiera se interesa por el intercambio de oxígeno de los glóbulos rojos en los alvéolos, ni de las sístoles y diástoles de tu corazón, ni de tus inspiraciones y espiraciones, ni de los movimientos peristálticos de tus intestinos. Suele despertar de su sopor cuando algún órgano le manda señales de dolor para hacerle saber que algo anda mal en la sala de máquinas. En los procesos externos también se desentiende en cuanto consigue que se conviertan en rutina, deja de estar pendiente de andar, montar en bici, conducir, escribir, teclear.

Es perezosa, sí, pero también “è mobile qual piuma al vento”, como nuestro Presidente en funciones. Rajoy sabe que existe, que es cabeza de un gobierno y de un partido, pero ignora todo lo demás. Ignora la diarrea crónica en las tripas del partido, desconoce el cáncer de la desigualdad que envenena la sangre del cuerpo social. Aunque dijo que no subiría los impuestos, ni recortaría en sanidad, educación y pensiones, fue aposentar el culo en la poltrona monclovita y dedicarse con alevosía a practicar a viceversa de lo predicado. Y así sigue,  ignorando las punzadas de dolor en el riñón de la sanidad, en los pulmones de la educación, y en el corazón del empleo; antes al contrario, en vez de sanar sus heridas les echa puñados de sal con los recortes, mordazas, reformas laborales, Wertadas, impuestos al sol.

Eso sí, la conciencia humana es altiva. Hasta Galileo nos creíamos el centro del universo. Y gran parte de la humanidad está convencida de que entre los trillones de átomos que simbiotizados nos conforman, se esconde un soplo divino y, cuando aquella simbiosis siguiendo la ley de la entropía, se desordene y cese el parloteo entre nuestras neuronas, nuestra conciencia volará impoluta y sabia al reino de los cielos y vivirá feliz ad eternum. Impensable para esta ideología antropocéntrica asignar al resto de formas de vida algún atisbo de conciencia. Todos los demás seres, sean animales o vegetales, los puso el Hacedor a nuestra disposición y servicio, así que los podemos desollar, hervir vivos como a las langostas o, torturar hasta la muerte entre vítores y aplausos como a los toros.

Hay otra conciencia más compleja, pero tan indolente y voluble como la de Rajoy, es la conciencia social. En la década de los 70, Milton Friedman, consiguió introducir en la gramática económica una serie de usos y giros que se conjugaban mal con la lengua real, al igual que conjugan mal los anglicismos estúpidos que importamos sin rubor a nuestro castellano, siendo que siempre hay en nuestro diccionario vocablos más precisos. Después vinieron Thatcher, Reagan, Blair, Bush, Aznar… y nos inocularon el nuevo abecedario como quien ha visto la luz y baja del Sinaí con las nuevas tablas ortográficas.

A resultas de lo cual nuestra conciencia social, aletargada, ha ido asimilando la nueva lengua como las tablas de la ley. Nos dicen que el dios mercado es omnipotente y perfecto, que funciona como el movimiento continuo sin gasto de energía; de forma que, cuando estalla una de sus múltiples burbujas, que pagamos a escote los ciudadanos, es algo positivo porque al igual que el bosque se quema para regenerarse, el mercado también necesita de vez en cuando un incendio para brotar con más brío. En el diccionario económico al uso se nos alerta de que, en cualquier sistema público, por obra de birlibirloque, se asientan sólo los vagos y maleantes, circunstancia que unida a la falta de competencia hace que, su gestión resulte más costosa y menos rentable que en la empresa privada, porque ésta es capaz de prestar un servicio mejor al mismo coste y obteniendo, además, un beneficio. Y nos lo creemos aunque cualquier ejemplo nos muestre lo contrario, sea la sanidad americana que es la más cara del mundo y la menos eficaz; aparte de que sea un sindios mercadear con la salud; sea la privatización sanitaria en Valencia o Madrid que es un fiasco y sale por un ojo de la cara; sea la privatización de la basura en cualquier municipio.

En el nuevo orden gramatical, hay una oración con su sujeto verbo y predicado bien ahormados, la de que el directivo que cobra quinientas veces más que la media de la plantilla de su empresa es porque él lo vale y aporta, al menos, el mismo valor que lo cobrado. Se constata machaconamente que estos directivos quiebran sus empresas o las hunden en bolsa o destruyen empleo, pero seguimos conjugando los dos mismos verbos: será porque lo vale. Así, mientras los salarios cayeron en España de 2010 al 2014 un 7%, los directivos del Ibex se subían el sueldo un 10%. Con esos salarios, que ya es halago, padecen el síndrome de hybris, aunque hay que ser idiota para pensar que un cerebro pesa más que otros quinientos cerebros tan bien amueblados como el suyo. El idiota no es el directivo que lo sabe o lo sospecha, el idiota eres tú que te lo crees.

La gramática parda de estos gurús económicos exige bajar los impuestos a los ricos y a las empresas, porque de lo contrario se van con su dinero a otra parte. Es como si en nuestra comunidad de propietarios viviera un rico por su casa y, para evitar que se vaya a vivir al edificio de enfrente, tuviéramos que pagar a escote sus cuotas de comunidad el resto de los vecinos. Del mismo modo, nos han inculcado la especie de que los impuestos sólo sirven para dar de comer a políticos corruptos, a funcionarios vagos e instituciones que no prestan eficazmente sus servicios. Lo que no dicen es que con los impuestos se mantiene nuestro patrimonio que trae turistas; se crean las infraestructuras que utilizan esas mismas empresas; se mantiene una judicatura y una policía que trabaja en mayor proporción para las empresas y los ricos que para la clase media; se remunera a los profesores que enseñan a nuestros hijos, a los investigadores que son la semilla de nuestro futuro, a los médicos que nos sanan; se pagan las pensiones con las que pueden vivir con dignidad nuestros mayores, a los legisladores que regulan los mercados y nuestra convivencia… Ya sé que hay quien se deja corromper entre los gestores públicos, también entre los que gestionan lo privado. Sin embargo, en la balanza de corruptores pesa mucho más el platillo de lo privado. Y si en una institución pública te trataran como te tratan cualquiera de los “centros de llamadas” de nuestras empresas más insignes, iríamos la mitad de la población a manifestarnos y correríamos a gorrazos a sus responsables públicos.

Esta lengua de nuevo cuño asevera que hay que grabar con el doble de impuestos a la riqueza que proviene del trabajo y del esfuerzo que aquella que produce el capital y la especulación; y de tanto oírlo nos parece tan natural como la salida del sol cada mañana. Hay otra máxima que nos sonrojaría si nuestra conciencia social no estuviera sumida en un sueño tan profundo, es aquella según la cual, las crisis económicas son tan naturales como las tormentas de verano. Nada tienen que ver la codicia, la especulación y la desregularización que permiten y alientan que unos pocos se jueguen nuestra riqueza en el casino del capitalismo con las cartas marcadas.

Estamos tan acostumbrados a santificar las leyes de la oferta y la demanda como se santifican las fiestas que, nuestras conciencias adormiladas ignoran que los oligopolios de telecomunicaciones, del sistema financiero, el eléctrico, el farmacéutico, etc. elaboran sus tarifas con la misma magia con que nuestros cerebros sacan de una lluvia de fotones una película de vaqueros. Si algún día se pudiera medir monetariamente la aportación real de cada directivo, cada empresa, cada institución a la riqueza colectiva, nos pegaríamos un tiro en el pie porque algunos directivos, empresas e instituciones no sólo no aportan valor, sino que restan.

Otra de las sandeces en las que caemos en el nuevo decurso idiomático es la de que las pensiones sólo han de sostenerse por los cotizantes, haciendo depender el condumio, la salud y la dignidad de las personas mayores del sólo esfuerzo de los trabajadores. Pareciera que la riqueza proveniente del capital y de las empresas hubiera caído como maná del cielo y fuera intocable o, como si los pensionistas no hubieran participado con su trabajo, su mente, su esfuerzo a la creación de ese bien tangible que se llama riqueza nacional. Pareciera que sólo el capital crea riqueza y puestos de trabajo y los pensionistas no contribuyeran a la economía colectiva vía consumo, con su experiencia y, a través de su colaboración en la ayuda y educación en la familia.

Y por no hacer la lista interminable, concluiré con un uso de este idioma del capitalismo salvaje que me sonroja sobremanera, la riqueza del trabajo es transparente para Hacienda y tiene una trazabilidad perfectamente delimitada, pero las otras formas de riqueza que, además, están gravadas a la mitad en los impuestos, gozan de opacidad y pueden tostar sus pieles al sol de paraísos fiscales.

¡Chapeau por Friedman y sus adláteres!, porque han creado una lengua con el orden subvertido de forma que, lo largo es corto y lo ancho, estrecho. Así que, nos tragamos sapos con la misma delectación que si degustáramos caviar beluga. Será porque tenemos la conciencia individual perezosa o porque la conciencia social está sesteando o, será que son unos magos geniales. Te apuesto un imperio a que quienes hablan con soltura ese idioma ganarán las próximas elecciones. Su gramática se basa en que la parte estrecha del embudo es para las clases medias esforzadas y trabajadoras, y el ancho para los ricos y especuladores. Es la misma lengua que se habla en los lupanares y en los casinos, aunque salpicada de anglicismos. Es la lengua de los trileros, te muestran en qué cubo está la bolita, pero cuando termina el juego, levantan el cubo y está vacío, tu dinero ha emigrado a sus bolsillos por arte de birlibirloque.

J. Carlos