Archivo mensual: marzo 2019

Ecología y calendarios

JCBA-0065

El mundo vegetal pasa de nuestro calendario. No tienen un reloj que dirija su vida  al compás de unas manecillas. Son más inteligentes. Este año, como el invierno ha estado ausente y los recursos hídricos son muy escasos, han adelantado su actividad floral. Acabamos de entrar en la primavera y llevan un mes florecidos y unas semanas hojeados. Prefieren correr el riesgo de una helada a destiempo que quedarse sin el agua necesaria para que engorde su fruto. Mientras, nosotros, en vez de mirar el reloj natural que nos advierte del holocausto climático, seguimos emponzoñando la atmósfera con los residuos fecales que arroja la digestión del carbón y del petróleo.

Greta Thunberg, una niña sueca de 16 años, asustada por la ola de calor del pasado verano en su país  y por los inusuales incendios forestales, decidió no asistir al colegio desde el 20 de agosto hasta el 9 de septiembre, fecha de las elecciones generales de Suecia. Durante la jornada escolar permanecía frente al Parlamento sueco (Riksdag) portando una pancarta que rezaba: “huelga escolar por el clima”. Aún sigue haciéndolo todos los viernes.  Ya no está sola. Su ejemplo, como el de Rosa Parks, está calando en la sociedad. El pasado 15 de marzo, estudiantes de más de 100 países secundaron una marcha por el clima, con el propósito de clavar el estandarte de un 15M climático en el imaginario colectivo. No pudo ser. Tuvo su atención mediática, pero se desvaneció enseguida. Esperemos que no decaiga.

En el calendario de mi vida hubo un tiempo en que el balance ecológico era favorable. Allá en el pueblo la economía era simbiótica y casi autárquica. Era simbiótica porque comías el pan hecho de la harina de trigo que habías recogido; bebías la leche de los animales que guardabas en las majadas; comías las carnes de los cerdos y aves que tenías en tu corral; vestías la lana de la oveja que habías pastoreado; la energía para el trabajo salía de tu cuerpo y de la fuerza de los  mulos de tus cuadras; respirabas el oxígeno que exhalaban el trigo, la cebada, el maíz, la avena y unos pocos árboles frutales. Era una economía casi autárquica porque al panadero, al herrero, al carpintero, al hojalatero, al médico, al sastre… le pagabas con unos costales de trigo. Y era circular porque todos tus deshechos y los de tu ganado se almacenaban en muladares que, en otoño, esparramabas en tus campos como abono para que germinaran y crecieran los frutos que sembrabas.

Como te digo, en el calendario de mi vida hubo un tiempo en que mi huella dejaba un superávit ecológico. Las únicas combustiones que generaban CO2 a la atmósfera salían de los humeros de las lumbres de las casas, donde se quemaba paja, sarmiento y, de tarde en tarde, alguna leña de cepa. Vale, añade los braseros y las glorias que gastaban cisco para calentarse en aquellos crudos inviernos. De acuerdo, pon también que en las fraguas se utilizaba ya el carbón como combustible para poner al rojo vivo el hierro y moldearlo a martillazos. Con todo, te aseguro que el mar de espigas que oleaban por todo el término en primavera, necesitaban mucho más CO2 para crecer y granar que el producido en esas combustiones. Si hasta el jabón se hacía de forma artesanal a base de grasa de cerdo o aceite vegetal y un poco de sosa caústica. No te digo más.

Después vinieron los tractores que echaban un humo negro por los tubos de escape, dejaban en la atmósfera un tufo oleoso como a rancio y, en las cocheras donde se guardaban, quedaba sobre el suelo de tierra una costra verduzca como de cáscara de ciruela pasada. Y llegó el Gior, un bote de plástico blanco que envasaba un detergente líquido. Fue el primer polímero que recuerdo. Pasaban los meses y los años y seguían los botes amontonados sobre los muladares; se volvían marrones, casi negros; se cuarteaban, se partían, pero no acababan de extinguirse como si les costara morir del todo y desparecer.

Luego vino todo lo demás.

No, no me pidas que contabilice el daño que mi huella ha dejado hasta ahora en el planeta. No sería difícil. Pero prefiero esconder la cabeza, como el avestruz, para que mis nietos y los nietos de mis nietos no me pidan cuentas de cuánto corrompí el planeta y cuánto comprometí su futuro.

       J. Carlos

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Crónicas de una semana: Entre la ciencia y la muerte.

Tarrant

El lunes supimos que los astrónomos andan a la busca y captura del planeta nueve del sistema solar. Está tan lejos que no se deja ver, pero deducen su existencia por la extraña alineación de los objetos rocosos que están más allá de Plutón. Algún tipo de fuerza les mantiene encarcelados en la órbita solar, sin que puedan escapar, ni tampoco estamparse contra el Sol. Resumiendo, se busca un objeto doscientas veces más masivo que la Tierra y que da una vuelta alrededor del nuestra estrella cada cuarenta mil años. El que lo encuentre alcanzará la gloria.

En la Gran Bretaña, los gentelman andan con los papeles del divorcio. Se tiran los trastos a la cabeza entre sí porque, aunque  saben que una Europa fuerte dinamita sus privilegios imperiales y sus patentes de corso financieras, intuyen que fuera del matrimonio hace mucho frío. Se debaten en la duda Hamletiana, “be or no to be”. Lástima que despreciando la excelsa prosa de Shakespeare, estén cayendo en  un parlamentarismo barriobajero, bravucón y mentiroso. Después de tres días de votaciones consecutivas, martes, miércoles y jueves, aprobaron solicitar una prórroga para el Brexit. Lo que no se entiende es que los europeos se la concedan y estén tristes por el divorcio. Yo no quepo en mí de gozo, quitarse la rémora de la Pérfida Albiol es comparable al glorioso momento en que Europa se sacudió el yugo feudal. Cuando se firme, por fin, la separación, los europeos estaremos más cerca de la gloria.

Un grupo de físicos rusos, suizos y estadounidenses, hicieron público el martes que han conseguido revertir el tiempo una fracción de segundo. Afirman que  si observaras diez mil electrones cada segundo durante toda la vida del universo, serías testigo de un suceso extraordinario, un electrón retrocedería en el tiempo una diezmillonésima de segundo. Con esta idea y un ordenador cuántico han revertido el tiempo. En una primera etapa los qubit están ordenados, después inducen el caos entre ellos y, con un programa especial, vuelven de nuevo a la situación ordenada inicial. Es como si las bolas de billar americano después de ser golpeadas por la bola blanca se dispersaran caóticamente y, después, volvieran a su formación de triángulo equilátero. Da miedo porque, de seguido, te imaginas lo imposible: la flecha del tiempo huyendo para atrás y tú vomitando todo lo comido y absorbiendo todo lo expelido por salvas sean las partes. A mí que no me toquen la segunda ley de la Termodinámica.

Decía Manuel Jabois, el pasado miércoles en la radio, que a él le dan miedo los sucesos inesperados. Por ejemplo, que un zorro hambriento entre en un corral de pollos y el averío lo acribille a picotazos. Ocurrió en una escuela apícola en el noroeste de Francia. Los acontecimientos imposibles suelen preceder a situaciones desastrosas, así, cuando el mar se repliega es preludio de un tsunami. Y, claro, asustan. No hay más que leer a Manuel Rivas, que tiene acuñada una frase lapidaria: “el verdadero reflejo del miedo fue ver la playa de Riazor vacía un día de verano de 1936”, para constatar que, a veces, el caos tiene un reflujo que aparenta un falso orden, luego, se desencadena la catástrofe. Por eso, a mí que no me quiten la segunda ley de la Termodinámica.

El Génesis abunda en narraciones de una crueldad que raya en lo miserable, como cuando Dios le pidió Abraham que sacrificara a su hijo Isaac. Allá fue el patriarca hasta la tierra de Moria, cortó leña, cogió un cuchillo y se dispuso a ofrecérselo a su Dios como si fuera un cordero. Primero se rebana el cuello para que se desangre y después se asa lentamente a la lumbre de leña. Menos mal que el ángel llegó a tiempo y lo detuvo. Por esta muestra de amor, el Señor le prometió la bendición y que multiplicaría su descendencia.

María Gombau vivía en Godella con su novio Gabriel Carvajal y con sus dos hijos, Amiel de tres años y Rachel que había nacido hacía seis meses. María mató a sus hijos el jueves de madrugada. El cerebro de María, que es su Señor, les había pedido que libraran a sus niños de una secta que practicaba la pederastia. Velaban cada noche como centinelas para que la secta no depredara a sus hijos. El cerebro de María, que es su Señor, o los de ambos, porque la paranoia no se contagia pero las drogas psicotrópicas alteran la química del cerebro, les informó de que la secta se había propagado como una epidemia; todo el mundo estaba concernido, incluida la madre de María. Los niños eran queridos, estaban limpios y bien cuidados, a pesar de que la luctuosa noticia se ilustraba en los medios con una foto de un almacén medio derruido, para hacernos creer que  habían vivido en la mugre, el hambre y el desamparo. Falso. Finalmente, ante la imposibilidad de huir de la persecución de la secta, el cerebro de María, que es su Señor, le conminó a que sacrificara a sus niños para que resucitaran y se reencarnaran en ella misma. Esta vez no hubo un ángel que le gritara: ¡Detente! Por esa muestra de amor María, o María y Gabriel, serán tratados por el ángel de la ciencia médica. Lástima que llegara tan tarde.

Un supremacista blanco de extrema derecha, llamado Brenton Tarrant, de 28 años, entró el viernes, solo o acompañado, en dos mezquitas en la  ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda. Llevaba un rifle en las manos y una cámara Go Pro en la frente. Acribilló a 88 personas, 49 murieron, otras 11 están muy graves. Lo filmó en directo y lo retransmitió en Facebook. Es fácil adivinar en nombre de qué Dios y de qué ideología perpetró la masacre terrorista. Estoy expectante por leer el tuit de Donald Trump, Brenton Tarrant es uno de sus admiradores más ferviente. Me pregunto, ¿qué ángel de la Razón ilustrada los detendrá? ¿Llegará a tiempo?

        J. Carlos

Plásticos

Zoido

La plasticidad es un lugar común, quizás el más común de todos los lugares. Estamos tan acostumbrados a mimetizarnos con las verdades reveladas, que no advertimos cuánto amoldamos las percepciones para que se adapten a nuestras creencias como se adapta el guante a la mano.

Esa maleabilidad de nuestra mente nos permite carcajearnos de los terraplanistas, que andan fletando un crucero que navegue hasta los confines de la planicie, con el fin de asomarse a su precipicio y hacerse unos selfies; pero aceptamos con toda normalidad que el profesor de física, que es sacerdote, nos enseñe la teoría M de las Supercuerdas y, a la hora siguiente, nos ponga una oblea en la boca en la creencia de que digerimos a dios nuestro señor, y que oxidaremos su cuerpo en nuestro torrente sanguíneo para generar 0,7 kilocalorías y ganarnos el cielo.

Se plastifica el tiempo, por ejemplo, una hora con la letanía de un rosario en la niñez se dilataba como un globo lleno de helio, hoy, a mi edad, una hora de plácida conversación dura lo que tarda en templarse el café una mañana de invierno. También el espacio se estira y se encoge, de forma que se gasta el mismo tiempo en atacar el pico Peñalara desde Cotos que en volar de Madrid a Dublín. Plastificamos, cómo no, las esperanzas en función de las expectativas que nos venden, así hace ocho años ser mileurista era la condena de los parias, hoy, esa misma condición, es un privilegio que se añade a la suerte de tener un trabajo, del mismo modo que la corona es un privilegio que se añade al ser concebido en un polvo real, a condición de que abandones el útero en primer lugar y tengas una apéndice en la entrepierna.

Somos tan conscientes de la ductilidad de las ideas y de la flexibilidad de los argumentos, que hemos decidido coronar al plástico como rey de nuestros materiales porque se adapta a todo, como nosotros nos adaptamos a las ideologías conspiranoicas y a la mística. De resultas, consumimos material plástico  con la misma ansiedad que consumimos rumores, noticias falsas, homeopatía o divinidades mágicas. Su indestructibilidad y nuestra avidez están produciendo una plastificación de nuestras mentes y del propio planeta. Así que este polímero planea por los aires y serpentea en la tierra hasta quedar enterrado en el seno de labradíos, parameras y desiertos; flota en las aguas dulces y saladas; se deposita en el légamo de los ríos y en el fondo de los mares. Como pasto de aves y peces se pasea en volandas de la cadena trófica hasta nuestro torrente sanguíneo y, ahí se queda bogando en miríadas microscópicas como un dios comulgado que ni te aporta calorías ni te abre las puertas del cielo, pero con la certeza de que, al menos, parte de esa basura terminará en el contendor de nuestro cerebro.

Mucho daño tienen que hacernos los microplásticos que habitan ya en nuestras azoteas, para que no nos extrañemos de que el Sr. Zoido, en su deposición como testigo ante la Sala del Supremo, balbuceara como un adolescente o como un adulto deficiente mental y nos confirmara su ineptitud, de la que ya teníamos indicios fundados, porque ni hizo nada al frente del Ministerio del Interior ni se enteró de las decisiones que tomaron sus subordinados durante el golpe de estado perpetrado en Cataluña. Lo más significativo de su paso por el Departamento, mientras la burguesía xenófoba catalana violaba la soberanía nacional, fue ordenar que pusieran un grifo de cerveza Cruzcampo en los aledaños a su despacho para hacer patria. Tampoco nos extrañó que el banquero Rato confesara también, ante otro triunvirato vestido con toga negra y puñetas blancas, que él cobraba 2,4 millones de Euros al año en Bankia sólo para hacer de correveidile del Banco de España. O que otro banquero, González (salario medio 10 millones de Euros al año), mientras escribía libros de Ética y decretaba códigos de buen gobierno y de responsabilidad social corporativa en el BBVA, tuviera contratado a precio de oro los servicios de un tal Villarejo, presunto delincuente que se ha ganado a pulso los títulos de Audífono mayor del reino y Limpia culos de la élite política y financiera.

Va a ser que los españoles tenemos  el cerebro y las vísceras atorados de microplásticos, por eso no mostramos ni un ápice de indignación.

     J. Carlos