Archivo mensual: junio 2015

Rajoy, el caballero desencarnado

RAJOY

Un día de estos nos despertarán con la mala noticia de que el cáncer de hígado ha borrado las constantes vitales de Oliver Sacks. La necrológicas se harán eco, sin duda, de estas palabras con que concluía su carta de despedida: Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura. Uno de los textos más hermosos, más humildes y con más sustancia que he leído en mi vida.

En su libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, narra la historia de La dama desencarnada. Se llama Christina, y de la noche a la mañana, pierde la noción de su cuerpo; no lo siente, desconoce la posición de sus manos, sus piernas, su tronco…, salvo que mantenga fija la vista en sus miembros. Se siente rara, desencarnada, no puede comer porque nunca sabe donde tiene la mano ni la boca, no puede dar un paso, ignora en qué posición están sus pies y sus piernas. Le diagnostican una polineuritis aguda que afectaba a las raíces sensitivas de los nervios craneales y espinales, lo que provoca la pérdida del sentido de la propiocepción. Este sentido funciona como los ojos del cuerpo y nos permite conocer, a través de la sensibilidad de cada tendón, cada músculo y articulación, en qué posición espacial está cada parte del cuerpo. Si se pierde este sentido, como le pasó a Christina, nos convertimos en un muñeco de trapo.

He visto y he oído a Rajoy estas últimas semanas, parece un hombre desencarnado. Ignoro cuál es el diagnóstico de su enfermedad, pero sus síntomas son claros: Ha perdido la percepción del cuerpo social. Parece un pelele, desarticulado, intenta llevarse la mano del trabajo a la boca y no la encuentra, quiere adelantar la pierna de la educación para dar un paso, pero ignora en qué lugar del espacio se encuentra y trastabilla, pretende llevar el brazo de la justicia hacia adelante para amortiguar el golpe y no se lo encuentra, no lo siente. Todos sus miembros son como elementos extraños pegados entre sí, desmadejados y moviéndose a cada golpe de viento como los miembros de un pelele. Sólo mueve la boca, con los labios acartonados, recitando datos macroeconómicos que le proveen el FMI, la OCDE y la UE, las mismas instituciones que le inocularon la insensibilidad al cuerpo social.

Oliver Sacks y su equipo recetaron a Christina que utilizara el sentido de la vista para posicionar cada parte del cuerpo en el espacio y, después de un año de rehabilitación y de fijar automatismos, llegó a hacer una vida casi normal. Sigue sin percibir su cuerpo pero es capaz  de que sus miembros hagan parte de lo que se requiere para vivir con una cierta autonomía, gracias a la reeducación de sus ojos y de sus reflejos.

Rajoy, el hombre desencarnado, ha preferido ignorar el cuerpo social. En vez de poner la vista en cada uno de sus extremidades para fijarlas espacialmente y trabajar la rehabilitación fomentando los automatismos reflejos, ha preferido utilizar la boca para ordenar a cada una de sus extremidades que se muevan. Como su voz no llega muy lejos, ha puesto a gritar a unos cuantos voceros jovencitos para que se desgañiten hasta ver si se hace con el cuerpo social y deja de bambolearse como un gallo sin cabeza. Es tal su desvinculación con el cuerpo que,  si un pie está a punto de hundirse por culpa del río de la corrupción, se tapa los ojos; si una mano se agita contra los recortes, procede a atarla con la Ley Mordaza; si un brazo está a punto de ser amputado por la guadaña del paro, lo ignora rebajando los subsidios; si una pierna está a punto de quedarse sin educación universitaria, le sube las tasas; si el tronco enferma le pone en la lista de espera y le exige un copago; si unos brazos están dispuestos a trabajar les sugiere que practiquen la “movilidad exterior”.

Oliver Sacks diagnosticaría a Rajoy como el caballero desencarnado porque es incapaz de percibir el cuerpo social y, seguramente, le recetaría que se quitara la venda de los ojos y mirara a cada miembro para empezar a descubrirlos. Si lo hiciera caería en la cuenta de las heridas infligidas durante casi cuatro años y observaría un cuerpo inerte, desmadejado, hecho un pelele.

Puede gritar o cantar loas a mayor gloria de sí mismo, los miembros del cuerpo social no se van a mover, necesitan a alguien que los perciba y que los sienta como propios, como se siente y se percibe el propio cuerpo.

J. Carlos

Conducta

Conducta

Conducta es una película cubana, dirigida por Ernesto Daranas, que ha ganado la Biznaga de plata en el Festival de Málaga de 2012, en la Sección Territorio Latinoamericano. Pertenece a esa rara avis de películas que segrega un régimen político agotado, con el cuerpo ideológico viejo y esclerotizado, no sé si para intentar la redención o porque sabe que la muerte le pisa los talones.

Es una película poderosa. Curiosamente financiada por ese régimen que, en su agonía, sigue pensando que le queda la baza de un cierto aperturismo ético que impedirá su disolución. Su factura técnica es impecable. Se sustenta en un guión redondo que cuenta con una partitura que, como las buenas obras musicales pauta los tiempos y los silencios. Entrelaza varias historias que se van sucediendo, con un ritmo sosegado, y que se sustentan las unas a las otras, multiplicando su visión dentro de ese caleidoscopio que es la vida. Está Chala, el niño protagonista, con once años, que cuida perros de pelea para dar de comer a su madre drogadicta que, seguramente, se prostituye para chutarse. Está el colegio y la maestra Carmela que antepone la realidad y el sentido común a la burocracia política y el endemismo ideológico. Yeni, la niña inteligente, hija de un palestino –que viene de otras provincias sin permiso- que apenas puede ganarse la vida y, aún, ha de sobornar a la policía para que no le expulsen de la Habana. No falta la comisaria política en la escuela, la joven y nueva maestra, el director de la escuela de conducta –que fue alumno de la propia Carmela-. Y está la Habana mísera que se levanta todos los días y trabaja, o se busca la vida, y se ríe y aguanta y chanchullea… Todo ello desgranado al través de la lectura de la carta de despedida de la maestra Carmela, en un largo flash back.

La fotografía en sepia refleja la vida pobre del barrio, como de un tiempo remoto, que contrasta con los colores del uniforme de los niños, las camisas blancas de la inocencia, los pañuelos rojos que, aunque símbolos ideológicos de la revolución, representan la pasión y la sangre de los jóvenes. El cielo tiene una azul purísimo –la esperanza y el futuro-, a veces, pespunteado de nubes blancas, que el niño mira desde la terraza donde da de comer a los perros y cuida de sus palomas mensajeras, con las que también trafica. El rojo de los abanicos con los que bailan las niñas ritmos flamencos.

Los movimientos de la cámara, lentos, audaces, con planos largos que captan, a pleno zoom, el movimiento lejano de los personajes, a través de la celosía que producen los trenes, los coches, las bicis, los carretillos o las personas que pasan delante del tiro de cámara. A veces, la lente enfoca tan lejana que llega a deformar la realidad, tal sucede cuando los vagones de los trenes  parecen rodar por vías que dibujan curvas imposibles.

El trabajo de los actores es encomiable en general, pero extraordinario en el caso de Alina Rodríguez que borda el personaje de Carmela, la maestra, con una interpretación impecable y es que, Alina tiene una capacidad sobrenatural de transmitir emoción al espectador con sus ojos, sus gestos, su voz y con su lenguaje corporal. Armando Valdés Freire, que encarna al Chala, es un prodigio de espontaneidad y logra desenvolverse con la misma naturalidad en todas las tesituras. En general la interpretación de todos los niños alcanza un grado muy notable; o son muy buenos actores o, hay que meritar el trabajo del director de casting y del propio director de la película, también pudiera ser que, los tres factores hayan confluido. Es preciso destacar también el trabajo de Juliet Cruz en el personaje de Sonia, la madre drogadicta, que no por fácil resulta menos creíble.

La localización es otro beneficio de la película. Se trata de un barrio alejado de la parte turística de la Habana, donde se desarrolla la sufrida vida “real” del pueblo cubano. Está formado por un dédalo de calles, casas, patios, plazas, colegios, monumentos, estaciones…, que forman una estampa desvaída como si hubieran salido de una postal antigua, permanecen en pie a base de  tesón, por pura necesidad, desvencijados, arruinados por el tiempo y la pobreza, pero vividos, casi agotados de tanta vida

Película que, con una apariencia modesta, como de ligereza,  resulta muy compleja por la cantidad de temas que aborda:

El tema educativo, sin adentrarse en temas conceptuales farragosos, lo sintetiza y concreta con lucidez en una lección básica de afectos, emoción y ternura. Es el relato crudo del  viaje a la madurez de un preadolescente, seguramente abocado al fracaso, a quien redime la bondad, el sentido común y la experiencia de la maestra Carmela, frente a la burocracia y la represión de la Escuela de conducta –reformatorio-. “Si se le trata como a un delincuente terminará siendo delincuente” –manifiesta Carmela-, y sigue: “La educación tiene cuatro pilares: casa, escuela, rigor y afecto”. Imposible resumir mejor la labor pedagógica. La conclusión de la película es dura, el sistema es rígido, no tiene empatía, aunque el Chala se redima, como tantos otros, los será por la heroicidad y la lucha individual de la maestra. Si bien, y esto es lo bueno, el ejemplo y la ética de Carmela termina permeando las mentes de aquellos que, por no perder el cargo, porque lo que manda el partido o, por miedo a las represalias, estaban dispuestos a cumplir con lo establecido a sabiendas de que iban a condenar al chico a una segura delincuencia.

Muestra el agotamiento de un régimen cuyo compromiso ético, como les ha pasado a tantos, ha quedado varado en las grandes palabras y no en los valores reales, y que no duda en utilizar la represión y la persecución ideológica para mantenerse.

La película no escatima los brochazos de realismo sucio que también se dan en esa pretendida sociedad “igualitaria”.  Hay alcoholismo, droga, violencia y, sobre todo, subsiste la necesidad de buscarse la vida más allá de los cauces legales, sea con la lucha de perros, la prostitución o, teniendo que emigrar al país rico del norte para gozar de una vida más cómoda. Están presentes, asimismo,  la corrupción y el acoso policial en forma de soborno al padre de Yeni por ser “palestino”. Aparecen también cuestiones adláteres como la religión, la violencia, la paternidad, la enfermedad, la lejanía, la soledad, el amor… Nunca falta el sentimiento hondo, la ternura y la crudeza salpicada con diálogos cortos, breves y, a veces, agrios como la vida misma: “No tengo tanto tiempo en el aula como el que llevan en el poder las personas que dirigen el estado” –afirma Carmela cuando quieren jubilarla-.  Una de las escenas más logradas es la de la apuesta de los dos muchachos de cruzar a nado el malecón y, cuando el niño adversario del Chala está sin fuelle, a punto de ahogarse, éste le echa un pie para que llegue hasta la boya.

El desarrollo de la película se hace lento en ocasiones, con planos largos, que reitera como si el espectador necesitara más tiempo para “meterse” en el ambiente, desconfiando, tal vez, de sus propias cualidades técnicas o, pensando que el espectador no tiene todavía claves suficientes para bucear de lleno en el relato. Al contrario, el metraje está plagado de metáforas que explican, adornan y redondean la obra. Las palomas mensajeras que cuida el Chala en la terraza del edificio donde vive y con las que también se gana la vida, son un símbolo de la falta de afectos y de la incomunicación familiar; no pude mantener una conversación con su madre, o está borracha o está cansada, no tiene padre o, mejor, no  sabe quién es su padre, cuando le pregunta a quien le paga por cuidar a los perros de pelea, le contesta que tampoco está seguro que él sea  su padre; significan también el ansia de libertad, de volar y huir de esa vida que lleva; las palomas vuelven a su mano cuando las llama, se siente importante porque hay algo que controla, algo que le responde, que hace caso a su llamada. Los perros son la violencia gratuita, pero son su medio de subsistencia y el de su madre; sabe que pueden morir en la pelea, pero se cae del caballo, como Pablo, cuando observa que uno de “sus” perros muere, pero el dueño–su posible padre- ha apostado contra él, es decir, ha hecho trampas porque ha antepuesto el dinero a la vida del perro. Los trenes viejos, caducos y lentos, que trascurren por bucles de vías, están siempre pasando, al fondo, en muchos de los planos; son una posibilidad remota de huir, pero también simbolizan la dificultad de romper con la forma de vida y una tentación latente. El lugar entre vías donde vive Yeni, allí habla con ella a solas, es un cruce de caminos que no lleva a ninguna parte, un pequeño oasis de césped y maleza, donde los dos pueden sentirse aislados, alejados de los problemas, un pequeño resquicio para la esperanza, para la huida, quizá. El abanico rojo que le regala Chala a Yeni para que pueda acariciar el aire con su mano en el vagón donde se reúnen con sus amigas a bailar; símbolo del compromiso, el te quiero que se funde con la estética del ritmo y el movimiento, con el arte y la creación que surge en medio de la fealdad y la monotonía del barrio, como la rosa puede brotar en medio de un muladar; por eso a él le gusta contemplarla, desde lejos, sin que ella le vea, bailando los ritmos flamencos con sus amigas en el proscenio de un vagón abandonado. El libro que Yeni le regala a Chala, Colmillo blanco, para que aprenda que los valores son lo más importante, incluso, que están por encima de las necesidades.

En suma, una película extraordinaria, donde la única disonancia reseñable es, que muchos  de los diálogos de los chicos se pierden para nuestras entendederas por estar grabados en exterior y, porque su lenguaje está plagado de giros y modismos urbanos de allá.

J. Carlos

Contrastes

IMG-20150602-WA0021El mundo encoge con el progreso como la ropa de lana con el agua caliente. No es sólo que nos hayamos convertido en una aldea global mediática que ya atisbó Herbert Marshall Mcluhan en los 70, es que te tiras un pedo en la red y suena en las antípodas al instante, como si un agujero de gusano uniera Madrid con Canberra. El mundo también ha encogido físicamente; te sientas en un avión en Barajas, tomas un café en Heathwrot y te aterrizan en un cuerno de la península arábiga, en el mismo tiempo que tardaba mi padre en salvar la distancia del pueblo a la capital, a lomos de una caballería, hace tan sólo sesenta años.

Sales del avión con la sensación de que has metido la cabeza en un horno. A partir de ahí, vas a estar saltando de burbuja en burbuja de aire climatizado; del coche al hotel, del hotel al centro comercial, del centro comercial a la noche; así que ves el desierto a través de cristaleras con veinte grados en la superficie cercana a tus ojos y casi cincuenta en la opuesta. En Salmiya, la luz es de un dorado sucio desvaído porque la gravedad no puede con el polvo de arena y se queda flotando en el aire. Ahí empiezan los contrastes. Edificios que rascan el cielo con toneladas de metal, vidrio y mármol, calcados a los de Manhattan, Berlín o París, pero que enturbiados por la luz tamizada en el velo de arena parecen gigantes en un espejismo de desierto. También están deslucidos los arcos ojivales, los minaretes y las bóvedas de los cuatro palacios idénticos que un jeque ha construido para cada una de sus cuatro esposas a dos leguas del centro de Kuwait city. Lo que más perturba la vista es la estructura urbana de aluvión sin geometría aparente, sin aceras, sin pasos de cebra ni semáforos de peatones, sin espacios para el paseo y la convivencia que no sean los religiosos de las mezquitas, o los del consumo de los centros comerciales. Desconcierta que la ciudad esté cosida por cicatrices de autopistas, insalvables para los pies, con cuatro carriles por sentido, donde los atascos se aprovechan para ligar lanzando un papel con el número de móvil de ventanilla a ventanilla. Sorprende la precariedad del transporte público, reducido a unas pocas líneas de autobuses añejos, donde los hombres y las mujeres no pueden sentarse juntos. En el desierto no hay mies que sembrar ni espigas que recoger, basta con introducir un tubo por el culo de la tierra y extraer los deshechos de las plantas y otros organismos enterrados hace varios millones de años. De ello viven, sin sembrar, casi sin trabajar, como si no hubiera un mañana. El crudo es negro y sucio pero les provee de dólares limpitos, recién impresos, mientras el sol les alumbra todos los días con una energía limpia que calienta la atmósfera a cincuenta grados y, en vez de utilizarla, la combaten con aire acondicionado quemando petróleo. Contrasta la túnica blanca (dishdash) de los hombres, tocados con un ghutra, del mismo color, que les deja a la vista el cuello y el rostro, frente al albayal y el hijab, negros, de las mujeres con que se cubren el cuerpo y se tapan el cabello y el cuello; algunas también se cubren el rostro con el niqab, dejando sólo a la vista los ojos negros de mirada brillante y profunda. Se perfilan los ojos con khol (galena molida mezclada con otros ingredientes) que penetra en el lacrimal y crea una lámina de agua en la córnea. Conturba que la mujer use un color que absorbe toda la radiación del sol y el hombre se vista con el color que la repele, pero inquieta más que la religión ordene a la mujer esconder sus formas y parecerse a un saco de harina o a un costal de grano para que el instinto de los hombres permanezca silente y la tentación decaiga. Extraña que los alminares de las mezquitas estén infestados de altavoces como nódulos en una cuerda vocal para que, desde las tres de la mañana hasta las siete de la tarde, amplifiquen la voz tronante del almuecín cinco veces llamando a la oración; del mismo modo te parece raro que, dentro de los templos del consumo (Mall), haya una habitación para elevar preces situada entre las tiendas de Zara y de Gucci, o que en el hotel haya un Corán sobre una alfombrilla doblada y, en el techo, se dibuje una flecha que indica la orientación de La Meca.

Vuelves a Madrid, donde el calor diurno del que se queja todo quisque te parece más refrescante que una noche Kuwaití. Madrid está plagada de iglesias, más de quinientas, y hay mujeres, pocas, que visten túnicas que le desdibujan las formas y tocas que esconden su cabello y su cuello. Recuerdas que has estado leyendo estos días, cuando el sol sofocaba y estabas en el hotel a la espera de que una burbuja de aire fresco te llevara de aquí para allá, Un silencio inquietante de Paul Davies, donde el científico elucubra sobre la posibilidad de que los alienígenas nos hayan dejado algún aviso, en el genoma de un virus por ejemplo; o que de las inciertas civilizaciones exteriores no quede inteligencia biológica, sólo máquinas auto replicantes que, tal vez, nos observen escondidas desde el frío espacio alimentadas por la energía de los rayos cósmicos. ¡Qué contraste¡ la ciencia sometiéndose a la prueba del algodón de la consistencia, devorando como Saturno a sus hijos cuando sus teorías no concuerdan con lo observado; mientras el Dios único, mudo, sin rostro y sin cuerpo, es omnimegasúperpoderoso y no tiene que someterse a prueba alguna, aunque a algunos incrédulos nos resulte un poco infantil su necesidad de que le hagan loas, lo adoren y le rueguen como a una diva.

Imagina que los templos fueran laboratorios, escuelas, universidades… Imagina que los imanes, los curas y los rabinos se hubieran dedicado a cultivar la inteligencia en vez de preservar en la fe. Cuánta sangre nos habríamos ahorrado por un quítame allá un versículo de más o de menos, o por un vocablo mal traducido. Cuánto odio se hubiera dejado de destilar si no comparásemos que dios la tiene más larga y mea más alto. Cuánta materia gris no se hubiera malogrado en debatir sobre el sexo de los ángeles o determinar el tipo de interpretación (Pardes) de la Torá. Cuántos cadáveres como el de Giordano Bruno o Miguel Servet no hubieran olido a chamusquina. Cuántas cabezas de millones de personas habrían permanecido sobre su cuello. Te has fijado que los dioses y sus delegados en la Tierra no suelen tener sentido del humor, y que en los templos la risa suele estar ausente. No me extraña, ambos son síntomas de escepticismo.

Hay una relato de Thomas Mann, Las tablas de la ley, donde nos alumbra un Moisés de carne y hueso, un hombre resentido, un pastor fanático que sabe apacentar rebaños. Primero convence a u grey de que están esclavizados por un enemigo común al que hay que vencer, el victimismo es la espoleta; luego les promete la Arcadia feliz en una tierra fértil y abundante; en tercer lugar, les asegura que hay un dios invisible que sólo habla con el propio Moisés, que les ha elegido de entre todos los pueblos y vela por ellos a cambio de que lo adoren y cumplan sus preceptos; por último, les transmite la ley en forma de decálogo esculpido en piedra. Moisés es fanático pero no estúpido, tiene a su lado a Josué que se encarga de la impedimenta militar y de hacer creíbles sus aparentes milagros.

Como digo, vuelves a Madrid, ha pasado una semana y los pitos al himno siguen rebotando de oreja en oreja, y sigue dando vueltas por la red, como un tiovivo, la foto con la sonrisa autocomplaciente del Moisés catalán. Ese Moisés que delira con que está atravesando el desierto al frente de su pueblo y, que el 27 de septiembre, subirá al Sinaí y no bajará hasta que su Dios le entregue las tablas de la ley. Lo que Artur Mas tal vez ignora es que, según el relato bíblico (Éxodo, Números y Deuteronomio), Moisés no llegó a pisar la tierra prometida; tampoco los hebreos que vivieron el éxodo, todos ellos murieron en el desierto. Lo que no ignora es el Evangelio de Juan, según el cual, Jesús le dice a Simón Pedro: “pastorea mis ovejas”. Artur Mas regala silbatos a su grey y la grey silba; el otro rebaño pita a Piqué en León y la grey catalana bala furiosa. Un buen mastín ha de mantener el rebaño a buen recaudo en su majada.

J. Carlos

Yo confieso de Jaume Cabré

Yo confieso

La literatura nos permite ejercer la capacidad más diferencial del ser humano como especie, la de construirse un relato de su pasado y la de ser capaz de proyectar diversos escenarios –relatos- sobre el futuro. Los escritores tienen la habilidad de crear escenarios e historias por los que transitan personajes que se convierten en nuestros alter egos; pero sólo los grandes poseen la destreza de involucrarte en cuerpo y alma en su juego de emociones y, de resultas, sentir empatía con los actores del relato, de forma que reflexionas con ellos y te preguntas sobre los porqués y las causas, sobre la vida, sobre ti mismo…. Cuando concluyes un buen libro eres un poco más sabio, porque en tu viaje a través de las páginas has metabolizado las vivencias y has aprendido un poco. Cuando concluyes un buen libro y te repiensas, adviertes que has cambiado, que tu campo de visión es un poco más ancho, que ahora comprendes mejor, toleras más, y también perdonas más.

Yo confieso de Jaume Cabré es Gran Literatura, la que te deja poso, la que te cambia, la que te plantea interrogantes, la que te ensancha horizontes. Está a la altura de la Montaña mágica de Thomas Mann o Cien años de soledad de García Márquez, incluso como Cervantes en El Quijote, también plantea un viaje épico, en este caso a través del mal y, como un quijote, trata de “desfacer entuertos” buscando la expiación, aunque sepa que es imposible expiar un pecado tan aberrante.

La acción transcurre fundamentalmente en la Barcelona de la posguerra, pero se desarrolla a lo largo de seis siglos con una urdimbre de personajes, tramas, situaciones y espacios muy diferentes, impregnados siempre por el mal como elemento ubicuo. Los juncos guía sobre los que se va tejiendo la trabazón de mimbre que arma la novela son objetos: La medalla con la Virgen y la semilla de arce, el tronco de arce del que saldrá el violín, el papiro que contiene la cédula de constitución del Monasterio; el violín Storioni, el cuadro de Urgell, el testamento en arameo del padre, el pañuelo sucio de la niña, las estampas del cheriff Carsson y el indio Arapahoe. Objetos que se consustancian con las personas que los poseen y se transforman en testigos cruciales de los fanatismos que conducen a la barbarie.

Utiliza un lenguaje muy íntimo, de confesión, en primera persona. Traba con increíble facilidad los flujos del relato como si ensartara perlas en un hilo de seda. Pasa de una época a otra, de una escena a otra, sin solución de continuidad, no para jugar con el lector, sino para que el lector juegue, se interrogue y participe. Maneja la primera y la tercera persona en el ámbito narrativo cambiando el registro en la misma línea, sin que la narración sufra el más leve menoscabo, antes al contrario, encaja en los vericuetos mentales, capitidisminuidos, del personaje que escribe y que ya está en los primeros albores del mal de Alhzeimer. Aunque tengas la sensación como lector de perderte entre tantos cambios de épocas, territorios y subtramas, la inteligencia narrativa de Cabré permite ensamblar el puzle en un cuadro único y armónico, a base de repeticiones, de volver a las intrahistorias, de ofrecer nuevos puntos de vista, de seducirte con otras voces, como si cada historia creciera con el lector al encontrar nuevos detalles y diferentes perspectivas; además, tiene la habilidad de romper las tensiones extremas con una fina ironía, así, cada vez que te encoje el corazón, suele terminar arrancándote una leve sonrisa con un diálogo irónico o con una situación extravagante.

No hay subterfugios, ni engaños. No es un narrador omnisciente, te desvela cada misterio en la misma medida que hace memoria y lo evoca. Todo lo que cuenta lo ha vivido en persona, o lo ha escuchado de niño escondido detrás del sofá, o se lo han ido relatando otros personajes, o lo ha estudiado e investigado personalmente como un buen erudito.

El personaje principal es Adriá, un humanista que a falta de afectos paternos y maternos, se sumerge en el vicio del coleccionismo y en el del estudio; ambos los hereda de su padre, como se hereda el mono de heroína. Le cuesta socializar porque no muestra sus emociones y sentimientos y, cuando los muestra, los transmite a través de la criba del raciocinio. Vive, sobre todo, a través de los objetos que han sido testigos de otras vidas, y va cargando con el lastre de la culpa derivada de la maldad que va descubriendo y la hace propia, tratando de espiar los pecados de la humanidad o, al menos, los de su familia. Adriá es un prodigio desde niño, sabe ocho o diez idiomas y se convierte en un reputado profesor, una inteligencia superior, aunque a él lo que le gustaría es ser un virtuoso del violín. Lo contrario de lo que le sucede a su íntimo amigo Bernat, que siendo un maestro del violín, lo que quisiera es ser reconocido como un buen escritor. Siempre se desea lo que no se tiene, otra debilidad humana. Con toda su erudición, su inteligencia superlativa y su lógica de hombre de ciencia, conserva desde niño, por contraste, dos estampas con las que jugaba solo, el cheriff Carsson y un indio Arapahoe, que le hablan y gesticulan y constituyen su conciencia, su yo más profundo y verdadero.

Yo confieso encierra una rebeldía contra el fanatismo que conduce a la maldad, ya sea el fanatismo religioso, ideológico, nacionalista, o económico. Es también una metáfora sobre la culpa y el remordimiento, sobre Europa  y su construcción a base de violencia y odio, sobre el poder absoluto que se instaura en las instituciones: La Santa Inquisición, El Vaticano, El Nazismo, el Franquismo, el Islam… Es una búsqueda de la verdad hasta las últimas consecuencias, aunque sea amarga. Y todo ello expiado con el Amor, la Belleza y el Arte. El amor es el de una mujer, Sara. La belleza y el arte están sublimados en lo que Adriá llama su universo, su caserón en Las Ramblas, atestado de libros y objetos valiosos, que le proveen de filosofía, literatura, música, pintura, historia.

En esencia, es un tratado sobre la maldad a que conducen el fanatismo y la intolerancia, esa maldad que impregna todas las épocas y se propaga a través de los poderes absolutos, como un aire viciado. Es una maldad contada no sólo desde la voz de las víctimas, sino también y, sobre todo, desde el lado de los verdugos; con sus secuelas como el sentimiento de culpa o el remordimiento. No falta la gran historia de amor, los desafectos, los afectos mal resueltos, la soledad, las pequeñas traiciones, la amistad, los prejuicios, los malentendidos…; en suma, toda la escala de emociones humanas con sus complejos y contradicciones destiladas en una carta de amor hasta vaciarse por dentro.

J. Carlos

La vida en un suspiro

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Es mi madre. Andará por la treintena, ya mediada. La estoy viendo reírse, sentada en un escabel sobre el poyete de la cocina, con el tronco doblado hacia adelante y las manos extendidas con las palmas buscando el calor de la lumbre. Siempre que le estalla la carcajada, cierra los ojos verdes, levanta un poco el tronco y vuelve la cara a los azulejos blancos que mi hermano y yo hemos adornado con las calcomanías que vienen en el envoltorio de lo chicles.

Es menuda, risueña, cuando viene de dar clase de la escuela de las niñas camina deprisa como si se fuera a acabar el mundo. Ya en casa se cambia en un santiamén y, juntos damos de comer a los cerdos. Voy a por el agua, ella trae el pienso, los vertemos en el comedero y me enseña a mezclarlos con una paleta de madera. Me quejo de que no me haya dado sus ojos verdes. Luego abrimos con cuidado la puerta de las conejeras y les echamos una ración de alfalfa a los conejos. Antes de preparar la cena me pone una madeja en los brazos y la va devanando en un ovillo que se hace cada vez más grande, a veces no acompaso bien sus movimientos y se rasga el hilo, tiene que atar los dos cabos con un nudo, mientras yo le vuelvo a preguntar por qué no tengo sus ojos verdes. Ella ordeña la cabra mientras yo intento sujetarla contra la pared, a veces se escapa o mete la pata en el recipiente y se desparrama por el suelo la mitad de la leche. En la lumbre me enseña a darle varios hervores, que burbujee durante varios minutos para evitar las fiebres amarillas, después de cada hervor se forma una capa de nata, si se extiende sobre una rebanada de pan y se le espolvorea unas pizcas de azúcar sabe a gloria. Eso me lo enseñó la abuela, le digo, para hacerla rabiar. No, eso te lo enseñó tu madre, y yo  vuelvo a preguntarle por qué no tengo sus ojos verdes.

Hay ritos que se suceden todos los días. Para sacarnos de la cama a los dos hermanos, abre de par en par los dos librillos de las ventanas aunque nieve, luego comienza una batalla que madre siempre gana, ambos nos aferramos a las mantas y ella termina arrebatándolas y quedamos a la intemperie. Después de lavarnos en la palangana con el agua a punto de congelación, nos peina con una onda sobre la frente y nos pellizca los carrillos para que nos salgan los colores. Por la tarde hay que hacer un dictado del Miranda Podadera, aunque siempre salgan una decena de palabras que no has oído en tu vida. Por la noche antes de acostarnos madre mete unas piedras pulidas entre las brasas, cuando están calientes las saca con unas tenazas de hierro, las envuelve en una talega de tela y las introduce debajo de las sábanas.

Un día padre trajo de la capital una caja de cartón con la tapa salpicada de agujeros como pequeños cráteres, contiene una docena de pollitos amarillos, todos apelotonados alrededor de una bombilla encendida. Madre me conduce la mano, dentro de la caja consigo asir uno, está calentito como el pan recién hecho, tiene la pluma muy suave, se le desboca el corazón de miedo, lo suelto. Me está haciendo un jersey de rombos y hay que probárselo, le falta una manga entera y la otra tiene todavía las agujas enhebrando los puntos de la lana. Estate quieto, te tira un poco de la sisa. No voy a tener lana suficiente, vas a tener que ir mañana a por otra madeja, con lo que sobre te haré unos guantes.

En el otoño se desgranaba el maíz sobre la mesa camilla, se hacía con los pulgares o frotando con otra mazorca limpia, siempre acudían otras mujeres, amigas, familiares y vecinas; se formaba una parva de grano y si las palabras tuvieran consistencia se habría formado otra parva más grande con ellas. Por los Santos hacía dulce de calabaza, ella echaba el azúcar y yo removía con un cucharón aquella pasta de melaza sobre el fuego. En Navidad me compró mis primeros pantalones largos y los reyes siempre traían huchas en forma de bota o de casa; todavía conservo aquella que tiene pintada una ventanilla con su cajero y todo, si la abres le sale una bandeja, pones sobre ella la moneda, la empujas y se traga la moneda y se cierra la caja. En carnavales se horneaban madalenas y bollos, ella me enseñó a  preparar los recipientes de papel de las madalenas, con sus cuatro esquinas como picos de pájaro. En primavera me hacía pantalones cortos y chaquetillas de lana. En verano subía a la era con el pañuelo cubriéndole parte de la cara y el sombrero de paja, estaba mal visto que el sol oscureciera su piel tan blanca, nos traía el almuerzo en la fiambrera. Fue una noche de verano que murió mi padre, estábamos acarreando y el carro volcó, me tocó a mí aporrear con los nudillos, a las tantas de la mañana, los vidrios de la ventana del dormitorio de madre. Salió espantada y ya nunca fue la misma, desde entonces se le fue la risa.

Ahora está sentada viendo la tele, con los brazos cruzados, recostada sobre un cojín, casi tumbada. Los ojos verdes, apagados, con la voz débil y el temperamento entero. Y me roban hijo, entran porque tienen copia de las llaves aunque hayas cambiado la cerradura. Son muy listas, pero nunca me hacéis caso. Son malas.

El día que reúne fuerzas suficientes o el Bromazepán le ha rebajado los niveles de ansiedad, salimos a la calle cogidos de la mano como dos novios, se apoya con la otra mano sobre un bastón con la contera muy gastada. Camina despacito, el pelo muy blanco y muy fino formando una onda por encima de la frente, como la que nos enseñó a peinar de pequeños. Si no veo hijo, no veo. En la farmacia le toman la tensión y al despedirse les dice, adiós hijas, seguramente no os volveré a ver. Se le quiebra la voz y le lagrimean lo ojos. De vuelta le pregunto por La Torrecilla, aquel pueblo de Huesca donde ejerció el magisterio por unos años cuando apenas había iniciado la veintena. Me relata todos los pormenores, tiene un prodigio de memoria donde caben todos sus alumnos con todas las anécdotas y toda su parentela. Por momentos le vuelve la risa y los ojos verdes que no me dio se le encienden como dos ascuas.

J. Carlos