Archivo mensual: julio 2017

Con capa y sombrero de ala ancha

blesa-caza

Las dictaduras tienen las digestiones lentas. Cuando el pueblo consigue desalojarlas, sea por las bravas o por la muerte en la cama del dictador, cree que basta con tirar de la cadena del váter de la historia para que sus excrementos fluyan bajo tierra en las cloacas y, en el mejor de los casos, abonen como metáforas de la maldad humana los libros de texto.

En España, por ejemplo, hoy hace cuarenta años que estrenamos Cortes e Instituciones democráticas, los mismos años que duró la dictadura. Y aún seguimos corroídos por el ácido clorhídrico de la corrupción. Los partidos políticos se han travestido de Movimiento Nacional y han tejido una red clientelar que tupe todo el entramado de Administraciones Públicas. Mientras los partidos anglosajones cuando acceden al gobierno sólo pueden nombrar de Director General para arriba, en nuestro país cualquier puesto de trabajo en la Administración es de libre designación y, de existir algún reglamento específico que lo impida, se crea una empresa pública donde colocar a los familiares hasta el cuarto grado de afinidad y más allá. Las comisiones y regalías no son más que el corolario de este sindiós. O se apoquina la coima o no se trabaja con las Administraciones. Por eso, cuando veo una obra pública, una privatización o una subvención, por instinto, me echo la mano a los bolsillos con la certeza de que me están birlando un 3%, un 6%, un 10%. En ese sumidero desaparecen unos 8.000 millones de € al año.

Hay otra corrupción más dañina, heredada también de la dictadura, pero enraizada desde hace siglos en aquel rasgo patrio que universalizó la literatura del Siglo de Oro, la picaresca. Según el Sindicato de Técnicos de Hacienda (Gestha), la cuarta parte del edificio económico no paga los gastos de comunidad. Es decir, 25 de los  100 vecinos utilizan los servicios comunes sin pagar un duro y, cuando los paganos los saludamos en el ascensor o en la escalera o en el portal se nos ríen en nuestra cara. Y eso no es un sumidero, es un pantano de tierra porosa por el que perdemos 90.000 millones de € al año (30.00 en cotizaciones a la Seguridad Social y 60.000 en Impuestos). Con ese pastón acabaríamos de un plumazo con el déficit de las pensiones, y podríamos revertir en un solo año todo lo recortado en educación, sanidad, inversión, obra pública, etc. durante la crisis y, todavía nos sobrarían para amortizar deuda.

Aquí, pues, se da la paradoja de que enterramos bajo tierra la cuarta parte de nuestra economía para esconderla, mientras las cloacas económicas discurren al aire libre por mitad de las calles, con la misma impunidad con que las aguas negras se arrojaban desde los balcones hace dos siglos y medio.

En marzo de 1766, el pueblo amenazó con asaltar el palacio real si no se destituía al Ministro Esquilache, que pretendía prohibir la tradicional capa y el sombrero de ala ancha por la facilidad de esconder armas. El rey, Carlos III, tuvo que destituirlo, amén de disolver la guardia valona y disminuir los precios de los alimentos básicos. Nadie le explicó al Marqués de Esquilache que aquella indumentaria no era un receptáculo de armas, sino un simple parapeto contra la carga que disparaban los orinales al grito de “agua va”.

Los medios de comunicación y los jueces llevan años mostrándonos como los orinales del Poder y del Dinero nos han estado enmerdando. Nos resbalaba por ese sombrero de ala ancha con el que nos inclinamos servilmente y escurría por esa capa hecha de paciencia secular. Pero algo está cambiando. Se amontonaron los abuelos, pancarta en ristre, alrededor de los coches que traían y llevaban a los corruptos a comparecer en el banquillo. No fue un motín, pero se te helaba la sangre. Comparecieron los delincuentes de cuello blanco ante los jueces gastando soberbia, perdonándonos la vida, con sus muletillas aprendidas en las películas de mafiosos: no sé, no me consta, no recuerdo… Leímos sus correos, escuchamos sus conversaciones… Y caímos en la cuenta de que su simpleza no daba para un guión de película de tercera. De todos los gastos con la tarjetas Black ni un mísero euro para comprar un libro o para ir al teatro o para pagarse un curso. Vinos caros, viajes, billetes de cajero, restaurantes de lujo y lencería con puntilla.

El pasado 19 de julio, cuando faltaban tres días para la efeméride de los cuarenta años de Cortes democráticas, Miguel Blesa se pegó un tiro. Fue durante trece años Presidente de Caja Madrid por méritos propios: Había estudiado la oposición con Aznar y era su amigo. Sus conocimientos bancarios iban más allá de lo que se podía presumir en un fontanero o en un echador de cartas, pero no mucho más. Supo corromper a sus aledaños para mantenerse en el cargo y regó con préstamos “incobrables” a sus íntimos, ente otras fechorías. El penúltimo corte de mangas que nos hizo desde su coche oficial blindado de medio millón, fue la estafa de las preferentes. Si sumamos toda su ruinosa gestión resulta un saldo de más de 1.000 millones de € por año que se mantuvo en el cargo. Rato vino después a redondear la cifra y duplicarla. El último corte de mangas nos la hizo con su escopeta, se cazó a sí mismo y, de paso, birló a las arcas públicas unos cuantos millones que resultarían de las responsabilidades civiles. Éstas se extinguen junto con las penales por el fallecimiento del reo ya que no existe condena en firme. Todo un acto de amor a la familia.

Estoy convencido de que si en vez de haberse cazado a sí mismo, hubiera cazado una cierva de descarte, habría llamado a su taxidermista de confianza. Lo que ignoro es, a quién o quiénes les hubiera mandado el trofeo de su cornamenta.

Hoy hace cuarenta años que estrenamos Cortes democráticas y aquí seguimos, embozados con capa y sombrero de ala ancha para no mancharnos.

J. Carlos

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Génesis

Tierra

Si no fuera por Júpiter y por Saturno no estaríamos aquí. Parece ser que, Júpiter venía como un loco desde el extrarradio a estrellarse contra el Sol y en el camino hizo trizas a varios planetas más pequeños. Al concatenarse su órbita con la de Saturno, éste primero le frenó cuando ya estaba, como aquel que dice, a tiro de piedra del Sol y, después, lo lanzó a su órbita actual, lejos del astro rey. Con las escombreras de aquel desaguisado se formaron los planetas rocosos, entre ellos la Tierra. Sucedió hace unos 4.600 millones de años.

Te digo más, si no fuera por la Luna tampoco estaríamos aquí. Unos millones de años después de que Júpiter quedara atrapado en el sistema solar, la Tierra colisionó con otro cuerpo menor y la quebró. Un gran trozo salió disparado tratando de sortear el agujero en el espacio que produce la masa de nuestro planeta. No lo consiguió, quedó orbitando en ese punto en que ni cae sobre nuestras cabezas ni puede zafarse y huir, como si le uniera con la Tierra un cordón umbilical. Gracias a esa luna que cantan los poetas y levanta las aguas de los océanos, el eje de la Tierra está estabilizado, de otro modo, la influencia gravitatoria del Sol y de Júpiter lo habrían convertido en un mundo sin vida debido a los bruscos cambios de temperatura.

Mil millones de años después surgía la vida en el agua de nuestro planeta, sin que tengamos muy claro cómo brotó. Parece ser que unos cuantos átomos se ordenaron en moléculas orgánicas simples que, más tarde, adquirieron la habilidad para replicarse y copiar su material genético.

Por el estudio de los registros fósiles de los últimos 600 millones de años sabemos que ha habido cinco extinciones masivas de especies, cuyas razones hay que buscarlas en cambios climáticos que producían descensos y aumentos del nivel de los mares, impacto de meteoritos, explosiones volcánicas o, simplemente por la aparición de nuevos tipos de organismos que acababan con otras especies. La más letal fue la tercera que terminó con el 90% de las especies. La cuarta, paradójicamente, les vino de perlas a los dinosaurios porque se cargó a especies desafectas; ocurrió hace 210 millones de años. La última tuvo lugar hace 65 millones de años, la causa más probable fue el impacto de un cometa y provocó la desaparición de los dinosaurios que se las prometían tan felices. Todos estos avatares que afectaron a nuestros ancestros remotos nos traían al pairo porque no éramos todavía, nos faltaban algunos eslabones en la cadena de la evolución.

Se calcula que hace 3,5 millones de años apareció el primer homínido. Se llamaba Australopithecus, era enano, no levantaba más allá de un metro veinte; su cerebro también era pequeño, medio litro. Tuvo que transcurrir otro millón de años para que asentara sus reales el Homo Habilis y, sucesivamente, fueron llegando el Homo Erectus, el Heidelbergensis, el Neardentalensis, Denisoviensis y el Sapiens.

Nosotros, los Sapiens, somos unos recién llegados a esta nave, tenemos unos 150.000 años de antigüedad y contamos con un cerebro que alberga un litro más cuarto y mitad.  Los demás especímenes de la familia de los homínidos desparecieron sin dejar más rastro que un puñado de huesos y algunos utensilios. Nuestros primos más cercanos los Neardentalensis se esfumaron hace la friolera de 30.000 años. Antes de su extinción tuvimos ocasión de aparearnos con ellos, por eso en el genoma de los europeos se encuentra la huella genética Neardental. Al igual que los asiáticos y oceánicos tuvieron deslices con los denisovanos y así lo refleja su ADN. De lo que se deduce que siempre hemos sido de natural promiscuo.

Ha sido tal nuestro éxito en esta larga travesía que hoy somos la forma de vida más dañina que jamás pobló la Tierra. Sumados somos 7.350 millones de individuos y, cada día, crecemos a un ritmo de 158.000 personas –diferencia entre muertos y nacidos-. Nuestras prácticas gastronómicas exigen la tortura en campos de exterminio de 60.000 millones de animales al año, que se salda con un sacrifico diario de 345 millones, a lo que hay que sumar la ingesta de 140 millones de toneladas de peces. Cada kilo de carne, por ejemplo, exige el consumo de 15 kilos de cereal, 15.000 litros de agua, amén de abonos, pesticidas, fertilizantes y otros elementos contaminantes.

Dicen los expertos que caminamos hacia la sexta extinción masiva de especies. Esta vez no se esperan lluvias de meteoritos, ni impactos de cometas, ni nubes tóxicas exhaladas por erupciones volcánicas apocalípticas. Hemos allanado su hábitat, comportándonos como vulgares okupas, y seguimos esquilmando sus ecosistemas por tierra mar y aire; baste como botón de muestra la  tala de bosques a razón de 200.000 kilómetros cuadrados al año. Nuestras actividades agrícolas, ganaderas, industriales y de sistema de vida borran de la faz del planeta entre 30.000 y 50.000 especies al año y,  se calcula que en el año 2050 ya habremos exterminado a la mitad. El cambio climático, seguramente ya irreversible, sólo está acelerando el proceso. Desde la era preindustrial (1850) hemos incrementado la temperatura media global por encima de 1º C y, desde que existen registros se acredita que, 16 de los últimos 17 años han sido los más cálidos. Como epidemia somos letales para la vida en el planeta, mucho más que el Coronavirus, el Ébola y el Zika juntos lo son para los humanos.

Quién les iba a decir a los cronistas judíos escritores de El Génesis, que iban a ser los autores intelectuales de la sexta extinción, al poner en boca divina aquellos mandatos de: “Creced y multiplicaos”  y “Que (el hombre) domine a los peces del mar y a las aves del cielo, a todos los animales de la tierra, y a todos los reptiles e insectos».

No deja de ser notable que la vida haya sido fruto del azar y que se pueda extinguir por culpa de la inteligencia.

J. Carlos

Los catalanes y el punto de fusión.

Puigdemont y Junqueras

Los sociólogos deberían estudiar física y química. Cada vez estoy más convencido de que los grupos humanos se comportan como cualquier sustancia, de forma que modificando sus condiciones de temperatura o presión se obtienen distintos estados o fases sociales: sólido, líquido, gaseoso y plasmático.

Paralelamente podemos decir que, si cada estado de la materia queda definido por la fuerzas de unión de las partículas que la constituyen (moléculas, átomos e iones), cada estado social también se puede definir por las fuerzas de la unión de sus miembros.

Fíjate en la sociedad catalana. En junio de 2006 gozaban de un estado sólido, acababan de votar en referéndum un nuevo Estatuto, previamente aprobado por las Cortes españolas y el Parlamento catalán. Como cualquier materia en estado sólido sus miembros gozaban de una cohesión elevada, tenían una forma definida  con fuerzas elásticas que en caso de deformación la volvían a su configuración original, eran resistentes a la fragmentación, y la fluidez independentista era de muy baja intensidad. Rajoy y su partido se sintieron zaheridos en su solidez nacionalista española –los nacionalismos del mismo signo se repelen, como los imanes- y se rebelaron contra el Estatuto. Antes de su aprobación en referéndum ya pusieron en marmita a la sociedad catalana mediante mesas petitorias, que acreditaron cuatro millones de firmas. Después de su aprobación amontonaron la leña bajo la marmita al presentar recurso ante el Tribunal Constitucional. Este organismo tildó de inconstitucional los mismos artículos que siguen vigentes en otros Estatutos como el de Valencia y Andalucía.

La gasolina llevaba años evaporándose en los bidones de Esquerra Republicana de Catalunya, así que acudieron prestos a volcarlos sobra la leña seca. La caja de cerillas estaba en el bolsillo de Convergència i Unió, fue la mano de Artur Mas la que rascó el fósforo en el papel de lija aquel día de septiembre de 2012 cuando Rajoy, en el palacio de la Moncloa, le dijo que cerraba la buchaca fiscal. A partir de ahí, han aventado el fuego desde ambas orillas del nacionalismo más rancio para elevar la temperatura social y, como decía Shakespeare en Macbeth, han escrito “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido”.

Desde el “España nos roba hasta el no pasarán”, se han sucedido cinco años de manifestaciones millonarias a favor del derecho de autodeterminación, una consulta el 9 de noviembre de 2014 en la que participaron 2,3 millones de personas, falseamiento descarado de la historia, mentiras de brocha gorda sobre las consecuencias económicas del Catalexit. Añádanse las huidas de empresas del territorio catalán con el miedo en la cuenta de resultados, la soledad internacional, las derivas autoritarias del gobierno autonómico con los medios de comunicación, etc. Para concluir, por ahora, al grito marxista de “¡Es la guerra¡ ¡Traed madera¡ ¡Más mádera¡”, en la convocatoria anunciada por el President de la Generalitat, Carles Puigdemont, hace apenas un mes, de un referéndum de autodeterminación para el 1 de octubre.

En la materia el paso del estado sólido al líquido es visible y constatable, incluso se puede determinar cuál es la presión o temperatura aplicables para que alcance el punto de fusión. En sociología los cambios son sutiles y los puntos de fisión variables y erráticos. Nadie en su sano juicio pensaría que por muy líquida que estuviera la sociedad alemana en la década de los treinta del siglo pasado, iba a ser cómplice del holocausto perpetrado a las órdenes de un cabo loco llamado Hitler. Por no ponernos tan dramáticos, nadie pensaba tampoco que la sociedad opulenta americana de nuestros días se estaba licuando, hasta el punto de votar a un niño rico y malcriado llamado Trump. Ni que a los hijos de la Gran Bretaña ya les había llegado el punto de fusión y, cuando al pijo de David Cameron, para librar una batallita dentro de su partido, convocó el referéndum la sociedad británica recalentada por la crisis y las posverdades de Nigel Farage y Boris Johnson, votó por el Brexit.

Se ignora el grado de agregación de la sociedad catalana en estos momentos, pero se observan elementos propios de la licuefacción, tales como: Una frágil cohesión interna, están más divididos que los niños ante una lluvia de chuches. Poseen un movimiento de energía cinética hacia su propio ombligo impulsado por dos sentimientos, uno de superioridad y otro de repulsión hacia todo lo que les es ajeno, sobre todo si es español. Al fluir, han perdido la forma y toman la del recipiente nacionalista que los contiene.

El problema de las sociedades líquidas es que son fácilmente manejables, aceptan todo tipo de recipientes. Igual se adaptan a las paredes de la botella nacionalista como hicieron los catalanes en la II República, que luego se pasan -como los demás españoles- cuarenta años vitoreando y laureando a un golpista y dictador llamado Franco y, otros cuarenta, acaudillados por una familia de ladrones.

J. Carlos