Archivo de la categoría: Impresiones

Navidad 2016

              navidad-2

 Querido amigo:

En estos tiempos se suceden los prodigios, ruedan coches autónomos que te llevan y te traen mientras echas un sueño, hay impresoras que inyectan en tres dimensiones y lo mismo te fabrican un puente, una casa, o te cocinan un plato sofisticado. Se suceden maravillas como las de producir carne en el laboratorio a partir de células madre  para que te puedas comer un entrecot de buey a la piedra sin remordimientos y, cada día se descubren nuevas fórmulas para someter al ejército de enfermedades que nos acosan, de forma que siga perdiendo batallas y cediendo terreno. También se suceden otros portentos casi milagrosos, aunque resulten menos llamativos, si hace años Watson y Crick nos abrieron el libro de la vida para poder leerlo, ahora ya tenemos correctores y editores que utilizan un sistema de corta y pega, como una especie de Photoshop genómico, con el que editan genes del sistema inmune para que ataquen células tumorales, o corrigen los defectos de nuestro propio ADN y nos libran de enfermedades hereditarias.

Los prodigios no vienen solos, se les adhieren como lapas paradojas y contradicciones; así, al mismo tiempo que algunos cerebros andan a la busca y captura del primer fotón que parió el Universo hace más de trece mil millones de años, otros cerebros diseñan bombas que revienten el mayor número posible de cuerpos. Al tiempo que parte de la humanidad progresa adecuadamente hacia la obesidad, hay otra parte que anda a la busca y captura de un bocado que llevarse a la boca y mitigue, por un rato, el dolor del hambre. Mientras en las fronteras se entronizan muros con coronas de púas y cuchillas, los desheredados y los desahuciados de las guerras se embarcan hacia un suicidio probable en el cementerio de los mares.

Es asombroso comprobar que, usan toda la cacharrería electrónica con la que ya compartimos la vida, para hacernos un seguimiento exhaustivo de donde estamos, qué decimos, donde compramos, qué escribimos… Dejamos una traza de nuestro paso por el mundo tan gruesa que podría volver a recorrerse cada minuto de nuestra existencia. Hasta los productos que compramos llevan estampado un código de barras con su trazabilidad. Sin embargo, el dinero no es trazable, recorre el mundo de punta a rabo en un segundo sin identidad y sin pasado. Supongo que es muy fácil hacerle un seguimiento electrónico que acabaría con buena parte de las corruptelas,  los fraudes fiscales y la delincuencia de cuello blanco. No interesa, claro. A los animales de compañía se les inyecta un microchip bajo al piel, pero a las pistolas, obuses o bombas inteligentes no interesa tenerlas trazadas no vaya a ser que el arma que reventó a mis soldados haya salido de mis propias fábricas, además, si supiéramos por dónde ha pasado y desde dónde se disparó, sería un juego de niños averiguar quiénes tienen las manos manchadas de sangre.  Hoy, los émulos de Robespierre, Danton y Marat, no basarían su revolución social en rebanar cuellos con el filo de la guillotina, se limitarían a dotar de inteligencia al dinero y las armas para que cumplieran con la primera ley de la robótica de  Asimov:Ningún robot causará daño a un ser humano o permitirá, con su inacción, que un ser humano resulte dañado.” Si el dinero cumpliera esta ley, el banco no podría desahuciarte, ni la compañía de la luz cortarte el suministro para que te quemes, en un descuido, a la luz de una vela.

Hace algo más de dos mil años, a la especie humana le pasó desapercibido el nacimiento de un tal Jesús, que luego sería un revolucionario para unos, un profeta para otros, incluso un verdadero dios para otros cuantos. En todo caso, un hombre excepcional  del que apenas queda traza histórica, cinco líneas que le dedica Flavio Josefo, una y media Cornelio Tácito; pero cuya obra, con el paso de los siglos y la inestimable ayuda de un tal Pablo, el mayor experto en márquetin de todos los tiempos, es considerada como un auténtico prodigio. Y, efectivamente, hizo con su vida y con su obra un portento, recordó al ser humano que tenía, entre los recovecos del cerebro, una facultad adormecida por la falta de uso, la empatía. Él la llamó amor al prójimo porque todavía no existía la Psicología que, mucho más tarde, puso nombre a los gozos y tormentos que se generan dentro de la cavidad craneal, incluso a los inexistentes. La doctrina del tal Jesús se resume en la capacidad afectiva de ponerse en lugar del otro, comprenderle, tolerarle, sentir con su dolor y compartir sus alegrías. Ser empático con el rico y el poderoso es tan fácil como respirar.  Lo difícil es ponerse en la piel del lisiado, o meterse en los ojos marchitos de un ciego. Lo difícil es compartir el zarpazo del hambre con los desposeídos, o sufrir con los que claman en vano justicia. Lo difícil es sentir con los que huyen de las guerras, el aliento de las bombas en el cogote, o meterse en el corazón del padre a quién han desventrado un hijo en Alepo o en Berlín. Lo difícil es levantarse contra la barbarie, contra toda barbarie, también la de las cuchillas que tajan extremidades, y las de los muros que se levantan con nuestro dinero y nuestra callada aquiescencia.

La empatía, hoy como entonces, duerme apaciblemente en algún recoveco del cerebro, arrullada por las portentosas condiciones de vida que disfrutamos. Las pantallas tienen la mala costumbre de proyectar imágenes escabrosas que no llegan a despertarla del sopor, son tan frecuentes que nos han curtido la piel y el estómago. Y es que el horror constante satura nuestros sentidos al igual que el olfato se satura y se insensibiliza cuando el olor es persistente.

Estas líneas se resumen en un deseo: Que la Navidad saque de la modorra nuestra empatía.

J. Carlos

22 de diciembre de 2016

Anuncios

Navidad 2015

Navidad

Querido amigo

Dicen que el tiempo se desboca con la edad por culpa de lo vivido. De niño experimentabas las cosas por primera vez y se te hacía largo. A medida que vas acumulando años, las vivencias ya no te sorprenden porque se suceden con la monotonía de la lluvia tras los cristales. La rutina amontona las horas y los días y los años en el almanaque de los recuerdos y todo parece que sucedió ayer. Te traigo una buena nueva, aunque no viajes ni te enamores en esta Navidad, los hados te son propicios y te van a sacar de la rutina para que el caballo de tu tiempo se tome un respiro. Los políticos velan por ti y han juntado en estos días las elecciones con los villancicos y el turrón a fin de que, aunque todo siga igual, no olvides que hubo una vez en la que el voto volvió a la urna por Navidad. El clima también está de tu parte, desde África, además de las pateras, llegan ráfagas de aire amasadas en la arena ardiente del desierto, así podrás empapar los polvorones en cerveza bien fría, felicitar las Pascuas con un helado en la mano  y tomar las uvas en mangas de camisa. Hay más prodigios, el dios Cronos ha decidido que el mismo día de Navidad, a las doce y doce, la luna se esponje toda y se vista de blanco como una novia para iluminar estas noches tan anchas y tan largas. Se suceden también otros portentos menores, como el de esta España nuestra menguante y envejecida que, por Navidad, obra el milagro de dilatarse y rejuvenecerse. Los aeropuertos vomitan estos días cientos de miles de españolitos con el ordenador en ristre, cabalgan entre la veintena y la treintena. Vuelven a casa con permiso penitenciario, están cumpliendo la condena de la movilidad exterior.

 El pueblo romano que nos legó tres cuartas partes de la cultura que todavía disfrutamos, nos dejó en herencia también estas fiestas. Las saturnales daban comienzo siete días antes del solsticio de invierno, con un sacrificio en el Capitolio seguido de un banquete en el que estaba invitado todo quisque: patricios, plebeyos, esclavos y libertos. Allí se iniciaba una semana de subversión en que los esclavos podían ejercer de amos y viceversa, hasta la dignidad de rey de las saturnales se echaba a suertes. En eso no hemos cambiado mucho, aquí convocan elecciones en saturnales y los gobernados subvierten el pacífico orden establecido, por eso, estos días, los tahúres andan echando a suertes la dignidad de presidente del gobierno. El comienzo del año se festejaba con las calendas del dios Jano, se invitaba a los amigos a comer y se les regalaba un ramo de olivo o de laurel. Jano tiene un doble rostro porque puede abarcar, con un solo vistazo, el pasado y el futuro. Hay quien le atribuye la invención de la moneda que tiene también doble cara y, cuando pasa de mano en mano, ya sabe que, tanto en el pasado como en el futuro, las mayores vilezas humanas se perpetran en su nombre. Cuando Roma caía en la vileza de la guerra, las puertas del templo del dios Jano permanecían abiertas para que les iluminara con su sabiduría y pudieran alcanzar la paz.

El mundo anda enrabietado, como siempre. Antes los humanos mirábamos a los ojos mientras nos ensartábamos la espada los unos a los otros. Ahora las bombas se detonan donde haya más afluencia de carne, sea en Madrid, Kabul, Nueva York, Bagdag, Londres, Damasco, París…. Hoy los misiles inteligentes ven con ojos electrónicos donde van a plantar un semillero de muerte, pero no aciertan a distinguir entre buenos y malos, entre niños y adultos, entre militares y civiles. En nuestros días las puertas de los templos cierran al terminar la jornada laboral. No quedan dioses que nos iluminen con su sabiduría para alcanzar la paz, sólo monedas, con doble cara, que pasan de mano en mano para envilecernos. Tenemos, a cambio, instituciones políticas, sociales y religiosas que intentan sofocar el fuego del odio y el fanatismo con palabras, con ideas, con esfuerzo; a veces, demasiadas veces, utilizando la manguera de la guerra, que es como intentar apagar un incendio con un lanzallamas. Tenemos instituciones que parlotean y firman acuerdos mundiales, en Kioto o en París, donde prescriben dosis mínimas de ansiolíticos, como para niño de teta, para que el clima atempere su locura. Tenemos también plasmas que mezclan el cadáver de Aylan con el último culebrón de Belén Estebán y su representante, que pasan por la misma Turmix la discoteca Bataclán y el debate de Gran Hermano, que cuelan por el mismo tamiz la imagen de Rato tocando la campanilla y la secuencia de un desahucio. Vilezas todas de doble cara, como el vil metal.

 De los líderes políticos, sociales, culturales, empresariales y religiosos no me interesan sus niveles de azúcar en sangre ni su recuento de hematocritos, pero me gustaría que hubiera un análisis que detectara sus niveles de buena voluntad, de conciencia social y de conciencia ecológica. En la calle, fuera de las moquetas y las burbujas de los coches oficiales, he detectado grandes dosis de estos elementos. La Cruz roja debería habilitar autobuses y situarlos en los lugares concurridos para realizar este tipo de donaciones. Los inyectables se suministrarían gratuitamente. En cuanto a la dosis prescita, al no existir prueba analítica que certifique los niveles de carencia, se estimaría en función de los metros cuadrados del despacho que, por otro lado, suele ser directamente proporcional al ego del usufructuario.

 Mi deseo: Que tus niveles de buena voluntad se mantengan durante todo el año. Ah, y que no te embargue la tristeza por las ausencias de los que se te fueron, vivirán mientras permanezcan en tu memoria y pervivirán si ese recuerdo se lo transmites a los tuyos.

 22 de Diciembre de 2015

 J. Carlos

Poemas


india--a           
                     
                    ALLÁ
Allá las palabras se diluyen en el ruido.
Me pareció escucharte.
Vine hasta el mar. No eras tú.
Era el rumor del agua.
No sé por qué confundo tu voz
con el rumor del agua,
y con el fragor del tráfico,
y con el palpitar de las hojas,
y con el silbo de las ruedas en el asfalto,
y con el aleteo de las mariposas,
y…
No sé porqué.
No sé.
No.

                    .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

                    

                                 YA VES
He vuelto al mar por otro rato, apenas el tiempo
del fin de semana.
He vuelto a mirar al sur por entre camellones de espuma
por si te apreciaba.
Entre que el mar es azul y verde y redondo y enseguida
se acaba.
Entre que el sur está tan largo, tan distante y tú estás
tan lejana.
No pudo ser. Ya ves.
Entre que el mar es azul.
Entre que está tan distante el sur.      
Entre que estás tan lejana tú.
Ya ves. No pudo ser.
Anoche volví a rozar con mis labios al aire como besando
tu cara
No te asustes, lo digo por si te llega en forma de brisa, de madrugada.
Lo digo por si por un beso que le di anoche al viento
te resfriaras.

                    .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

                    

                  GARABATOS DE AMOR EN EL AIRE 
Las palabras son tan estériles
para decirte lo que siento,
que si te tuviera delante
trazaría garabatos en el viento.
Las palabras están tan gastadas
para expresar lo que quiero, 
que si pudiera mirarte
me quedaría en silencio.
Las palabras son tan inútiles
para evocar los recuerdos,
que si no estuvieras tan lejos
haría con una caricia un verso.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

                    

Ya ves, a mis años,
¿quién me lo iba a decir?
Vivo encadenado al veneno
de tus labios.
Estoy naufragando en el ámbar
de tus ojos.
Repito hasta la saciedad la melodía
de tu nombre.
Tengo entre los dedos el tacto de seda
de tu pelo.
Y casi sin querer,
sólo aspiro la fragancia de canela
de tu piel.
Ya  ves, a mis años,
¿quién me lo iba a decir?
Esposado en tus cadenas de seda
bebo tu veneno ambrosía de canela.
Ya ves, ¿quién me lo iba a decir?
a mis años y embriagado de ti.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

                 

                    Aunque me duela decirlo y me cueste admitirlo,
te tengo miedo.
Tengo miedo de cada aleteo de tus párpados, puede que al abrirse, tus ojos ya no me estén mirando.
Tengo miedo de las tonalidades de tu voz,
si advierto un quiebro, imagino que estás dudando.
Tengo miedo de lo que dices y de lo que callas, por eso me quedo pensativo cuando me hablas.
Tengo miedo de cada uno de tus gestos,
y si me apuras, hasta de tus pensamientos.
Aunque me duela decirlo y me cueste admitirlo
te tengo miedo.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

                 

¿Has visto agitarse los juncos
en las tardes de abril?
Quizás los abanica la brisa,
tal vez los peina con caricias el aire,
o, acaso, los alientan besos perdidos.
Déjame que te abanique.
Déjame que te acaricie.
Déjame que te bese.
Verás como los juncos pararán un momento
para envidiarnos.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

                                   

                   Si escribo es porque me desbordas,
y se me derraman las palabras al igual
que colma el vaso la última gota de agua.
Si no escribo es porque me atrapas,
estoy tan lleno de ti, que tu fuerza
gravitatoria me absorbe hasta las ideas.
Si escribo es porque me desbordas.
Si no escribo es porque me atrapas.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

J. Carlos

Navidad 2014

                                       20140120_114724                                                                                                              Navidad 2014

 Querido amigo:

Te supongo al tanto de la noticia, hoy, día 22, tres segundos después de la media noche, se nos echó encima el invierno. Si no te gusta el invierno, te daré una buena noticia, es la estación más corta porque la Tierra se embala en su órbita elíptica impulsada por la mayor cercanía del sol. A mí, el invierno me encanta. Me gusta su luz insolvente que le da un volumen etéreo a las cosas. Me gusta ver los árboles desnudos, sin hojas, como estatuas llenas de brazos. Me encanta la nieve reverberando al sol, si la observas con detenimiento puedes apreciar el reflejo de miles de zafiros blancos. Me hipnotizan los jirones de niebla que velan los paisajes y, al momento, se descorren para descubrir la belleza, y, al poco, vuelven a taparla. Me gusta ver el aliento desbocado de los niños cuando corren con una bola de nieve en la mano. Me gustan las filas de carámbanos que cuelgan de los tejados como estalactitas de vidrio. Hasta los ojos en invierno tienen la mirada más profunda y los colores más puros, seguramente porque para protegerse del frío se cubren con una lámina de agua. Además, el invierno es la estación de las paradojas. Estamos más cerca de la estrella que nos calienta, pero las temperaturas se congelan, y es que el sol nos pilla de soslayo en este hemisferio y, además, los días andan encogidos y las noches estiradas. Y no me digas que no resulta paradójico que, la nieve se extienda como una manta sobre la tierra fértil para que la simiente no se hiele y pueda germinar.

Sin embargo, llevamos varios años viviendo un invierno económico que no acaba de rendirse a la lógica de que las estaciones pasen y se sucedan. Y uno se harta de los lenguajes etéreos, de la insolvencia de los nuevos puestos de trabajo, de la frialdad de los desahucios, de que las esquinas, los cajeros y los puentes se conviertan en soluciones habitacionales y de que haya niños que pasan hambre. La riqueza se crea y se distribuye, como el sol de cada día, pero cuando la riqueza la acaparan unos pocos, la clase media sufre un invierno desapacible, y los más desfavorecidos quedan a merced del crudo invierno de la caridad, el hospicio y el asilo. ¿Te imaginas que veinte ricos le quitaran el sol a nueve millones de españoles y los condenaran a una noche eterna? Así que uno se harta de que se confunda la solidaridad con la limosna, la justicia social con la caridad y el culo con las témporas. En el invierno económico también abundan las paradojas: La tercera parte de los trabajadores está en paro y los que tienen un contrato trabajan más horas que nunca. Y no me digas que no resulta paradójico que, los jóvenes mejor formados, a costa del dinero de todos, se tengan que ir al extranjero a crear riqueza para que otros tengan buenas guarderías, mejores hospitales, pensiones dignas…

Te confieso que estoy harto de paradojas.

Pero lo nuestro es vivir, y contárnoslo los unos a los otros, como yo te lo cuento. Y sobre todo, lo nuestro es dar gracias porque nos ha tocado vivir mejor que nuestros ancestros. A golpe de botón nos ponen cualquier lugar del mundo o cualquier espectáculo en el salón de casa, en un ojo ciclópeo que todo lo ve. A golpe de botón tenemos la voz cálida en el oído de quien necesitamos allá donde se encuentre, incluso su imagen añorada en la pupila. A golpe de botón, y poco más, podemos volar sentados en una cómoda butaca y desplazarnos hasta esos mundos de dios, a una velocidad cercana a la del sonido. A un solo golpe de botón, o de voz, se nos ponen al alcance de la mano miles de prodigios. Sí, lo nuestro es de dar gracias porque poco a poco, si quieres a trompicones, transitamos una época en que, a nivel global, las guerras disminuyen, el hambre va cediendo terreno, las enfermedades se controlan y la vida se hace más cómoda y más larga; aunque, ensimismados en nuestra angustias, gratuitas las más de las veces, nos dejemos permear por los gritos de los profetas apocalípticos y no sepamos ver lo evidente: la humanidad prospera. Demos gracias sí, pero no dejemos que los nuevos señores feudales del dinero nos quiten el sol de cada día y nos condenen a la sombra y al frío.

Te confieso que, cada año me cuesta más encontrar la hebra de la que tirar para desenrollar este pequeño ovillo navideño, ¿quién soy yo para hacerte partícipe de mis lugares comunes?, pienso. Luego, repaso los nombres en la agenda y dejo que el recuerdo vague por entre alguno de los momentos en que la vida nos coincidió, sólo cuando termino el repaso, como si de una liturgia se tratara, los dedos comienzan, muy despacio, golpe a golpe, a formar palabras.

Me he permitido pedir hoy, a mediodía, en el solsticio (sol quieto) del invierno, dos deseos para ti: Que luches por lo que esperas. Y que no dejes que te tapen el sol ni permitas que se lo tapen a otros.

 J. Carlos

Navidad 2013

Querido amigo:

Ahora que la luz se está convirtiendo en un artículo de lujo y que la prosperidad de los hogares ya no se mide por la calidad de sus basuras, sino en kilowatios/hora consumidos, me ha dado por pensar -una cosa lleva a la otra- en la singular peripecia de la inteligencia humana que fue capaz de encerrar la luz en burbujas de cristal, creando pequeños soles. Desde entonces vamos por ahí desterrando la oscuridad con un dedo: Hágase la luz y la luz se hace a nuestro alrededor y, cuando la tarde se agota, prende las ciudades que brillan como antorchas hasta tapar el brillo de las estrellas. Tenemos alma de carceleros, también confinamos el agua en embalses y la encerramos en cañerías para que, con un dedo, la podamos liberar a nuestro antojo. Hasta las palabras son objeto de nuestros desvelos carcelarios; cuando a un tal Gutenberg le dio por aplicar tinta sobre unas piezas metálicas con forma de letras, para transferirla por presión al papel, la palabra escrita supo que se había implantado un régimen masivo de cárceles, en forma de libros, donde cumplirían condena indefinidamente. Tiempo después, la palabra hablada, en ese afán tan humano de confinarlo todo, quedaría apresada en las ondas de radio por obra y gracia de un científico loco llamado Nikola Tesla que, murió sin saber que le quitarían la patente a Marconi para otorgársela a él. La pintura nació por la necesidad de encerrar las imágenes, congelarlas en el tiempo, porque el recuerdo es efímero y es mentiroso al estar contaminado por la emoción, pero el pintor es subjetivo y está limitado por su pericia, así que había que organizar un sistema objetivo, eficaz y masivo de prisión de las imágenes; fueron Nicéphore Niépce precursor de la fotografía y Nipkow de la televisión, los que darían con la piedra filosofal de atrapar las imágenes y confinarlas para siempre jamás.

Sí, definitivamente, tenemos vocación de carceleros, y cada vez ideamos sistemas más sofisticados para capturar y estabular la luz, las palabras y las imágenes, del mismo modo que estabulamos a los animales y los cebamos para que engorden antes de hacer rodajas con ellos. El penúltimo artilugio cabe en la mitad de la palma de una mano, dentro de sus celdas de sílice se confinan manantiales de luz y ejércitos de palabras, voces e imágenes que, según dicen, nos comunican con el universo mundo y que va camino de convertirse en nuestro sexto sentido: “el contacto”. Conozco a más de uno que preferiría perder su olfato antes que su móvil. Y, sin embargo, cuando el tránsito por las aceras se hace arriesgado porque el personal va embobado mirando su móvil o tecleándolo, cuando en el metro en el bar o en la oficina se oyen unos tonos como de metal griposo y todos, como resortes, se llevan la mano al bolsillo, cuando advierto que los turistas sólo ven los monumentos a través de una pantalla mientras hacen sus fotos, cuando observo que en la mesa los comensales no platican, y sólo tienen ojos para sus aparatos…, me pregunto quién es el carcelero y quiénes los prisioneros.

Si viajo hacia atrás, hasta donde me alcanza el recuerdo, ya había quien gastaba radio de galena para escuchar las voces que se iban y venían como si un viento las zarandease. Las únicas palabras impresas que llegaban viajaban en el autobús de línea, era El Correo de Zamora que se recibía en el Consistorio y luego pasaba de casa en casa, del mismo modo que viajaba el Sagrado Corazón, en su urna barroca, a las casas de los cofrades; a mí me tocaba ir a buscarlo a casa del Presidente de la Hermandad para llevarlo a la del abuelo. También llevaba años tendida la luz, viajaba en hilos de cobre que se levantaban en el aire sobre postes estacados al costado de las carreteras de piedra; por Navidad los cables se vestían con un cilindro blanco de escarcha y yo no entendía por qué la luz no se helaba. La radio de lámparas llegó deprisa como los vendavales e inundó de música y de letras nuevas los cerebros de las gentes, también nos hizo caer en la cuenta de que quienes hablaban por la radio tenían el acento de los señoritos y unas voces tan campanudas que dejaba al descubierto la fealdad de las nuestras. La televisión llegó con imágenes grisáceas y chatas, si te acercabas a la pantalla un millón de moscas fosforecían aleteando, pero si te alejabas veías la conquista del salvaje oeste americano y otras ciudades y otras culturas y otros pueblos. Y claro, comparas y empiezas a echar en falta aquello que hasta entonces ni existía y si existía, no lo necesitabas.

No me preguntes por qué se me han venido a las mientes recuerdos tan tempranos. Será la sensación de que nos han metido en el túnel del tiempo y viajamos para atrás en una especie de déjà vu. Será, tal vez, que el otro día atravesé a oscuras calles principales de Madrid y me pareció premonitorio.

Mi deseo para estas fechas, que derroches tus cinco sentidos y que el sexto se te quede sin batería. Y que no compares, ya conoces el refrán: “Si quieres ser feliz como me dices no analices”.

21 de Diciembre de 2013

Navidad 2012

  Navidad

Querido amigo (a):

          No sé si te tengo dicho que los años bisiestos me producen desasosiego. Tal vez porque en un año de trescientos sesenta y seis días murió mi padre. Murió a deshora porque era joven y yo muy pequeño. Pudiera ser que la prevención que guardo a este tipo de años me haga actuar como un mal contable, y que sólo anote las desgracias en el libro diario de los Recuerdos. Quizá. Pero no hace todavía una semana que hube de abrir el libro mayor de las Ausencias y añadir un nuevo nombre. Si quito las telarañas de la memoria, creo que ese desasosiego es todavía más antiguo, de cuando todo era perfecto: Se sucedían los días a las noches, se sucedían las estaciones, la luna crecía y menguaba y todo transcurría con la precisión de un reloj suizo. Un mal día el maestro nos explicó que los años se quedaban cortos y había que añadirles un alza, como a los cojos. Así descubrí que ni el mundo era perfecto, ni los movimientos de los astros eran precisos. Supe que los hombres jugaban al solitario con las cartas del universo y que hacían trampa con los años bisiestos para que todo encajara.

Ha sido un año estrafalario, como si el tiempo hubiera dejado de correr hacia adelante y se hubiera puesto a recular unas cuantas décadas. El que gana un salario se siente un privilegiado y si rebasa los mil euros se considera elegido por los dioses. Quien tiene una hipoteca sueña con que no le desahucien. Hay quien tiene hijos y no duerme porque ignora si podrá pagarles una educación digna. Hay quien no los tiene y se malicia que nunca podrá tenerlos. Se tiene más miedo a no poder enfrentar los gastos de una enfermedad que a la enfermedad misma. Existen familias que viven de la pensión de los abuelos porque no pueden vivir de los padres ni de los hijos… Es como un revival de los sesenta. Pero no te engañes, la causa del sufrimiento de tantos hombres, de tantas mujeres y de tantos niños no es cosa de magia, tampoco es un castigo de los dioses, ni tiene nada que ver con los años bisiestos. El sufrimiento de tantos es directamente proporcional a la codicia de unos pocos.

          Los años estrafalarios como éste tienen su aquél, no creas, cuanto peor nos va a los humanos menos daño causamos a la naturaleza, y ya sabes que el fracaso es la mejor vara de medir los amigos que te quedan. Y si de buscar signos positivos se trata, te participo que han vuelto a retrasar el fin del mundo. Ha sonado la alarma del móvil a las doce y doce, hora de Méjico. Acaba de cruzar el dintel del solsticio el invierno. Ha sido el último día del último baktún del calendario Maya. Silencio, nada cambia, afuera las farolas siguen prendidas proyectando su luz blanca sobre la calzada, forman conos que se estremecen con el viento. Abro la ventana, me llegan conversaciones a ráfagas y risas que atenúa el fragor constante de los coches que cruzan veloces la M-30. Tras los ventanales del edificio de enfrente titilan luces de colores en árboles de plástico. De algunos poyetes han colgado muñecos rojos cargados con sacos, que simulan trepar por la pared subidos a una escalera. La gata que abandonó su madre, recién parida, en el macetero de la terraza y que crió Angélica a base de cuencos de leche, me mira con ojos sosegados desde el jardín, acurrucada bajo el tronco de la Arizónica. Cierro la ventana para espantar el frío, me levanto y camino hasta la biblioteca, en el tercer estante la brújula sigue impasible señalando el mismo norte que ayer. Definitivamente no hubo nada, la vieja esfera de roca y agua sigue rodando como una peonza a través de la noche vacía del universo. Los agoreros ya están buscando otra excusa para timar a los incrédulos.

          Mi deseo: Que no te timen los nigromantes de la economía con garabatos de números, es más simple, la culpa es de quien permite que se cebe a la codicia. Y otro más, que el nuevo ciclo que hoy comienza te ayude a reconciliarte contigo mismo. ¡Ah!, y recuerda el adagio chino: “Cuando caes, vuelves a levantarte con la ayuda del suelo”.

21 de diciembre de 2012

J. Carlos

Postal de Navidad 2011

                                                                            

                                                                                 Diciembre 2011

 Querido amigo (a)

 Cuando las tardes soleadas de invierno se agotan se les queda un tono de oro viejo que va menguando al cobrizo, pero hay un momento mágico en que todas las cosas adquieren una pátina como de rescoldo. Es un instante minúsculo en que las aves suspenden su vuelo, los sonidos enlentecen, el aire se aquieta y se hace el silencio; pero de seguido, cuando el último rayo de luz se precipita al otro lado del horizonte, nuestras entrañas, que atesoran los miedos de nuestros ancestros, se voltean sobre sí mismas. Es el miedo a la noche y, sobre todo, miedo a que la luz se desgane y no vuelva a coronar este lado del horizonte. La ciencia ha terminado doblegando ese miedo demostrándote que la Tierra gira y que volverá la luz cada mañana, aunque tus tripas a esa hora tonta de la tarde no acaben de creérselo. Esto últimos años andamos con otro miedo a cuestas, el miedo a perder el trabajo, o a no encontrarlo, porque esa ciencia de ganarnos el pan que llaman economía está escalando una pendiente muy pronunciada salpicada de riscos puntiagudos, y para aligerar peso despeña puestos de trabajo a mansalva. Si miras desde esta altura, verás el valle cubierto por un espeso manto de añicos que forman las ilusiones rotas, los sueños despedazados, las esperanzas quebradas y las expectativas hechas cisco. Nadie pilotó la economía cuando bajaba la cuesta sin frenos, nadie la pertrechó para iniciar la escalada y ahora, nadie le echa un cabo que le ayude en la ascensión, y lo que es peor, nadie sabe a qué altura está la cumbre.

Los que podemos contar el tiempo en décadas hemos vivido momentos en que postularse para ganar el pan resultaba tan estéril como lo es ahora y, sin embargo, de pronto, como por obra de birli birloque, la situación daba un vuelco y los salarios volvían a las casas. Años después, justo en el momento en que sesudos economistas nos estaban explicando las razones que propiciaron la bonanza, estallaba otro terremoto financiero y sus tremores hacían de nuevo la labor de criba de puestos de trabajo. La noticia buena es que los ciclos se suceden como los días y las estaciones. La mala es que hay quien no puede salir del despeñadero o en la criba sale aventado y a merced de las corrientes de aire como una brizna de paja.

El miedo es a las crisis como el fuego a la yesca, si los arrimas provocas un incendio; no te olvides de que el dinero, ese señor apátrida, promiscuo y amoral, es un puñetero cobarde y tiene el olfato de un perro que huele nuestro miedo, y cuánto más lo huele más se acobarda y más lejos huye.

En estas fechas que solemos darle una capa de barniz a la sensibilidad para que nos luzca un poco más, no sería mal momento para quitarnos unas cuantas capas de miedo que nos atenazan y que justificamos por pudor o por timidez, por el qué dirán o por cobardía, por estimar que haríamos el ridículo o nos considerarían insensatos, por vanidad, por dejadez… No es tan difícil dar las gracias, decirle lo siento o te quiero, declarar en público que lo hizo bien, darle una palmada en el hombro, invitar a unas palabras o a unas risas, regalarle un apretón de manos o un abrazo o un beso, quitarte de la cara el gesto adusto y pintarte una sonrisa, desearle buenos días de corazón, pensar en feliz para hacerlos felices… Es gratis. Y si puedes prodígate con ese señor apátrida, promiscuo e inmoral y derróchalo, tira un poco del consumo, regálate y regala, ya sabes que la economía es como una bicicleta a piñón fijo y no se puede dejar de pedalear.

Creo recordar que es el decimotercer año que escribo esta a modo de postal de Navidad a mis amigos, que por cierto, cuando las releo me suenan a homilías de cura antiguo. Lo digo para mostrarte que no tengo miedo o, tal vez, lo que me falta es pudor o vergüenza. Sí, lo reconozco, tampoco tengo compasión por endilgarte estas parrafadas. A lo que voy, todas estas letanías anuales sólo tienen una cosa en común, en el párrafo final formulo un deseo.

Te deseo que aminores el miedo y que tengas la valentía de derrocharte.

 J. Carlos