Los catalanes y el punto de fusión.

Puigdemont y Junqueras

Los sociólogos deberían estudiar física y química. Cada vez estoy más convencido de que los grupos humanos se comportan como cualquier sustancia, de forma que modificando sus condiciones de temperatura o presión se obtienen distintos estados o fases sociales: sólido, líquido, gaseoso y plasmático.

Paralelamente podemos decir que, si cada estado de la materia queda definido por la fuerzas de unión de las partículas que la constituyen (moléculas, átomos e iones), cada estado social también se puede definir por las fuerzas de la unión de sus miembros.

Fíjate en la sociedad catalana. En junio de 2006 gozaban de un estado sólido, acababan de votar en referéndum un nuevo Estatuto, previamente aprobado por las Cortes españolas y el Parlamento catalán. Como cualquier materia en estado sólido sus miembros gozaban de una cohesión elevada, tenían una forma definida  con fuerzas elásticas que en caso de deformación la volvían a su configuración original, eran resistentes a la fragmentación, y la fluidez independentista era de muy baja intensidad. Rajoy y su partido se sintieron zaheridos en su solidez nacionalista española –los nacionalismos del mismo signo se repelen, como los imanes- y se rebelaron contra el Estatuto. Antes de su aprobación en referéndum ya pusieron en marmita a la sociedad catalana mediante mesas petitorias, que acreditaron cuatro millones de firmas. Después de su aprobación amontonaron la leña bajo la marmita al presentar recurso ante el Tribunal Constitucional. Este organismo tildó de inconstitucional los mismos artículos que siguen vigentes en otros Estatutos como el de Valencia y Andalucía.

La gasolina llevaba años evaporándose en los bidones de Esquerra Republicana de Catalunya, así que acudieron prestos a volcarlos sobra la leña seca. La caja de cerillas estaba en el bolsillo de Convergència i Unió, fue la mano de Artur Mas la que rascó el fósforo en el papel de lija aquel día de septiembre de 2012 cuando Rajoy, en el palacio de la Moncloa, le dijo que cerraba la buchaca fiscal. A partir de ahí, han aventado el fuego desde ambas orillas del nacionalismo más rancio para elevar la temperatura social y, como decía Shakespeare en Macbeth, han escrito “un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido”.

Desde el “España nos roba hasta el no pasarán”, se han sucedido cinco años de manifestaciones millonarias a favor del derecho de autodeterminación, una consulta el 9 de noviembre de 2014 en la que participaron 2,3 millones de personas, falseamiento descarado de la historia, mentiras de brocha gorda sobre las consecuencias económicas del Catalexit. Añádanse las huidas de empresas del territorio catalán con el miedo en la cuenta de resultados, la soledad internacional, las derivas autoritarias del gobierno autonómico con los medios de comunicación, etc. Para concluir, por ahora, al grito marxista de “¡Es la guerra¡ ¡Traed madera¡ ¡Más mádera¡”, en la convocatoria anunciada por el President de la Generalitat, Carles Puigdemont, hace apenas un mes, de un referéndum de autodeterminación para el 1 de octubre.

En la materia el paso del estado sólido al líquido es visible y constatable, incluso se puede determinar cuál es la presión o temperatura aplicables para que alcance el punto de fusión. En sociología los cambios son sutiles y los puntos de fisión variables y erráticos. Nadie en su sano juicio pensaría que por muy líquida que estuviera la sociedad alemana en la década de los treinta del siglo pasado, iba a ser cómplice del holocausto perpetrado a las órdenes de un cabo loco llamado Hitler. Por no ponernos tan dramáticos, nadie pensaba tampoco que la sociedad opulenta americana de nuestros días se estaba licuando, hasta el punto de votar a un niño rico y malcriado llamado Trump. Ni que a los hijos de la Gran Bretaña ya les había llegado el punto de fusión y, cuando al pijo de David Cameron, para librar una batallita dentro de su partido, convocó el referéndum la sociedad británica recalentada por la crisis y las posverdades de Nigel Farage y Boris Johnson, votó por el Brexit.

Se ignora el grado de agregación de la sociedad catalana en estos momentos, pero se observan elementos propios de la licuefacción, tales como: Una frágil cohesión interna, están más divididos que los niños ante una lluvia de chuches. Poseen un movimiento de energía cinética hacia su propio ombligo impulsado por dos sentimientos, uno de superioridad y otro de repulsión hacia todo lo que les es ajeno, sobre todo si es español. Al fluir, han perdido la forma y toman la del recipiente nacionalista que los contiene.

El problema de las sociedades líquidas es que son fácilmente manejables, aceptan todo tipo de recipientes. Igual se adaptan a las paredes de la botella nacionalista como hicieron los catalanes en la II República, que luego se pasan -como los demás españoles- cuarenta años vitoreando y laureando a un golpista y dictador llamado Franco y, otros cuarenta, acaudillados por una familia de ladrones.

J. Carlos

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