Génesis

Tierra

Si no fuera por Júpiter y por Saturno no estaríamos aquí. Parece ser que, Júpiter venía como un loco desde el extrarradio a estrellarse contra el Sol y en el camino hizo trizas a varios planetas más pequeños. Al concatenarse su órbita con la de Saturno, éste primero le frenó cuando ya estaba, como aquel que dice, a tiro de piedra del Sol y, después, lo lanzó a su órbita actual, lejos del astro rey. Con las escombreras de aquel desaguisado se formaron los planetas rocosos, entre ellos la Tierra. Sucedió hace unos 4.600 millones de años.

Te digo más, si no fuera por la Luna tampoco estaríamos aquí. Unos millones de años después de que Júpiter quedara atrapado en el sistema solar, la Tierra colisionó con otro cuerpo menor y la quebró. Un gran trozo salió disparado tratando de sortear el agujero en el espacio que produce la masa de nuestro planeta. No lo consiguió, quedó orbitando en ese punto en que ni cae sobre nuestras cabezas ni puede zafarse y huir, como si le uniera con la Tierra un cordón umbilical. Gracias a esa luna que cantan los poetas y levanta las aguas de los océanos, el eje de la Tierra está estabilizado, de otro modo, la influencia gravitatoria del Sol y de Júpiter lo habrían convertido en un mundo sin vida debido a los bruscos cambios de temperatura.

Mil millones de años después surgía la vida en el agua de nuestro planeta, sin que tengamos muy claro cómo brotó. Parece ser que unos cuantos átomos se ordenaron en moléculas orgánicas simples que, más tarde, adquirieron la habilidad para replicarse y copiar su material genético.

Por el estudio de los registros fósiles de los últimos 600 millones de años sabemos que ha habido cinco extinciones masivas de especies, cuyas razones hay que buscarlas en cambios climáticos que producían descensos y aumentos del nivel de los mares, impacto de meteoritos, explosiones volcánicas o, simplemente por la aparición de nuevos tipos de organismos que acababan con otras especies. La más letal fue la tercera que terminó con el 90% de las especies. La cuarta, paradójicamente, les vino de perlas a los dinosaurios porque se cargó a especies desafectas; ocurrió hace 210 millones de años. La última tuvo lugar hace 65 millones de años, la causa más probable fue el impacto de un cometa y provocó la desaparición de los dinosaurios que se las prometían tan felices. Todos estos avatares que afectaron a nuestros ancestros remotos nos traían al pairo porque no éramos todavía, nos faltaban algunos eslabones en la cadena de la evolución.

Se calcula que hace 3,5 millones de años apareció el primer homínido. Se llamaba Australopithecus, era enano, no levantaba más allá de un metro veinte; su cerebro también era pequeño, medio litro. Tuvo que transcurrir otro millón de años para que asentara sus reales el Homo Habilis y, sucesivamente, fueron llegando el Homo Erectus, el Heidelbergensis, el Neardentalensis, Denisoviensis y el Sapiens.

Nosotros, los Sapiens, somos unos recién llegados a esta nave, tenemos unos 150.000 años de antigüedad y contamos con un cerebro que alberga un litro más cuarto y mitad.  Los demás especímenes de la familia de los homínidos desparecieron sin dejar más rastro que un puñado de huesos y algunos utensilios. Nuestros primos más cercanos los Neardentalensis se esfumaron hace la friolera de 30.000 años. Antes de su extinción tuvimos ocasión de aparearnos con ellos, por eso en el genoma de los europeos se encuentra la huella genética Neardental. Al igual que los asiáticos y oceánicos tuvieron deslices con los denisovanos y así lo refleja su ADN. De lo que se deduce que siempre hemos sido de natural promiscuo.

Ha sido tal nuestro éxito en esta larga travesía que hoy somos la forma de vida más dañina que jamás pobló la Tierra. Sumados somos 7.350 millones de individuos y, cada día, crecemos a un ritmo de 158.000 personas –diferencia entre muertos y nacidos-. Nuestras prácticas gastronómicas exigen la tortura en campos de exterminio de 60.000 millones de animales al año, que se salda con un sacrifico diario de 345 millones, a lo que hay que sumar la ingesta de 140 millones de toneladas de peces. Cada kilo de carne, por ejemplo, exige el consumo de 15 kilos de cereal, 15.000 litros de agua, amén de abonos, pesticidas, fertilizantes y otros elementos contaminantes.

Dicen los expertos que caminamos hacia la sexta extinción masiva de especies. Esta vez no se esperan lluvias de meteoritos, ni impactos de cometas, ni nubes tóxicas exhaladas por erupciones volcánicas apocalípticas. Hemos allanado su hábitat, comportándonos como vulgares okupas, y seguimos esquilmando sus ecosistemas por tierra mar y aire; baste como botón de muestra la  tala de bosques a razón de 200.000 kilómetros cuadrados al año. Nuestras actividades agrícolas, ganaderas, industriales y de sistema de vida borran de la faz del planeta entre 30.000 y 50.000 especies al año y,  se calcula que en el año 2050 ya habremos exterminado a la mitad. El cambio climático, seguramente ya irreversible, sólo está acelerando el proceso. Desde la era preindustrial (1850) hemos incrementado la temperatura media global por encima de 1º C y, desde que existen registros se acredita que, 16 de los últimos 17 años han sido los más cálidos. Como epidemia somos letales para la vida en el planeta, mucho más que el Coronavirus, el Ébola y el Zika juntos lo son para los humanos.

Quién les iba a decir a los cronistas judíos escritores de El Génesis, que iban a ser los autores intelectuales de la sexta extinción, al poner en boca divina aquellos mandatos de: “Creced y multiplicaos”  y “Que (el hombre) domine a los peces del mar y a las aves del cielo, a todos los animales de la tierra, y a todos los reptiles e insectos».

No deja de ser notable que la vida haya sido fruto del azar y que se pueda extinguir por culpa de la inteligencia.

J. Carlos

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