Archivo de la etiqueta: Urdangarín

El efecto lupa

Lupa

La lupa es una lente convergente que crea una imagen virtual ampliada del objeto enfocado. Se atribuye su invención al inglés Roger Bacon allá por el 1250. Aunque quizá la primera lente la construyó Aristófanes, en el 424 a.C., con un globo de vidrio soplado, lleno de agua.

Este artilugio que suele formar parte del paisaje de nuestros cuartos de baño, tiene la desconsideración de mostrarnos cada mañana las imperfecciones, las manchas y el deterioro progresivo de nuestra piel. Le acercamos nuestra cara, recomponemos con premura los quebrantos, y apartamos la vista con urgencia para enfocarla en la superficie pulida del espejo, que nos devuelve una imagen mucho más amable, dónde vas a parar.

En nuestra forma de proceder utilizamos habitualmente el efecto lupa. Enfocamos todos nuestros sentidos sobre un objeto para conseguir una imagen ampliada que nos permita desentrañarlo. Lo hace el auditor cuando analiza la empresa, acercando todos los números a su foco para conocer la imagen fiel de la misma. El comercial amplia las bondades del producto para venderlo mejor. El cineasta te proyecta su obra en pantallas gigantes, y a oscuras, para que la aprecies en todo su arte. Cada uno de nosotros amplifica aquello que le interesa, si esperas un hijo verás niños y embarazadas por la calle, si compras un modelo de coche encontrarás por doquier el mismo modelo y del mismo color, si te dejas barba te sorprenderá apreciar la cantidad de barbudos que pululan por ahí. Ya no te digo en caso de profesar una creencia o tener una ideología muy asentada, cualquier gesto de los tuyos o de los otros, serán argumentos para perseverar en tus ideas o creencias. Te advierto que, si eres apasionado de algún deporte y seguidor de un equipo, el efecto lupa se multiplica.

De lo que quería escribirte, porque yo he venido aquí a hablar de lo mío, es del efecto lupa en la sociedad. Verás, allá por los años sesenta del pasado siglo, la vida en un pueblo pequeño estaba sometida a una lupa de considerables aumentos. Cualquier cosa que hicieras o dijeses podía ser vista, oída e interpretada a tu favor y, casi siempre, en tu contra. A nadie se le escapaba quién estrenaba zapatos o vestido, cuántos copas había trasegado el hijo de fulano, o los correazos propinados en el corral por un padre a un hijo por alguna trastada. Si acontecía algún desliz impropio, el rumor o la noticia llegaba pronto a la oreja del propio interfecto. Teníamos hasta el personaje de La radio (la pobre Ladis –vaya aquí mi sentido homenaje-). Era una solterona, mayor ya, pobre de solemnidad, que vivía de la caridad en oficios que prestaba como criada. Cuando se enteraba de una noticia cogida al vuelo, llamaba a la ventana de cada vecina para transmitírsela al oído, con voz queda y tartamuda, pero con el empaque de una primicia. Los novios para darse un beso furtivo nos pagaban hasta dos perras gordas a los niños para que, a cantazos, rompiéramos las bombillas que alumbraban tenues las esquinas. En el baile, en sillas de madera y esparto apostadas al lado de las paredes, estaban las viejas, con el ojo avizor para medir los centímetros que separaban a las parejas de baile; algunas de las mozas perdían allí su honra si atendíamos a las conversaciones con la bocas torcidas y el ademán inquisidor del singular tribunal. Faltar a la misa mayor el domingo era señal inequívoca de que eras un sacrílego; siempre se pensó que un vecino que salía de casa montado en su burro cuando tocaban las últimas, se dedicaba a mermar la cosecha en las fincas de sus convecinos.

Los pueblos mermaban y las ciudades crecían, en éstas se diluía el efecto lupa. Era la libertad, o eso creíamos. Aunque soy de los que pienso que, quitarnos de encima la losa del qué dirán, sirvió para romper muchos moldes de usos y costumbres anclados en el fangal de la dictadura. Después vino la transición, la libertad de prensa, el capitalismo de los neocom que quitó la lupa sobre el sistema financiero y nos dio de coces en nuestros culos. Lo más curioso vino mucho después, el sistema ha creado lupas para que, mismamente nosotros, las enfoquemos sobre nosotros mismos y lo hacemos encantados. El personal se vuelve loco por enseñar sus miserias en los realitys, cuanto más roña intelectual o moral enseñen más venden. Colgamos en las redes sociales pedazos de nuestras vidas y las de los demás sin pudor; de hecho, hay gente que se graba las veinticuatro horas del día, incluyendo comidas y deposiciones. O hemos perdido el sentido del ridículo, o la soledad aprieta o, tal vez, el narcisismo sea nuestra asignatura pendiente. Quizá las tres proposiciones son ciertas.

Esta lupa orweliana que nos escudriña tiene su cruz, pero también tiene su cara. Gracias a ella conocimos la bajeza moral de aquellos que, desde lejos, parecían las linternas sociales que nos alumbrarían el camino del siglo XXI. Ahí quedan para la historia de la iniquidad, la foto del trío de las Azores, hoy multimillonarios, a los que no parecen pesar los muertos que llevan a sus espaldas y el desaguisado que produjeron. Snowden nos amplió la imagen del amigo americano, para que observáramos cómo éste tenía un ojo múltiple enfocado sobre cada uno de nosotros. Falciani puso la lente para que convergiera sobre las cuentas del HSBC, y descubrimos el amor que profesan a la patria aquellos que presumen de pulserita roja y gualda. Algunos jueces se han empeñado en ampliar la imagen de quienes nos daban lecciones de ética, y han constatado que el refrán, dime de qué presumes y te diré de qué careces, se cumple con precisión milimétrica. Otros jueces han fijado la lupa en los gestores de lo público, y se han llevado la sorpresa de que hacían juegos malabares para pasar a sus bolsillos los dineros de todos. Las hemerotecas son una fuente inagotable de efectos lupa, basta que un personaje público diga, haga u omita algo para que, si lo pasas por el tamiz de la hemeroteca, quede en evidencia.

También es cierto que, si acercas la lupa a cualquier figura insigne de nuestra historia la veremos, como nuestra piel en el baño, sucia y cuarteada, por más que la observes a la luz de su contexto histórico y le apliques una indulgencia cuasi plenaria. Es todavía peor si pones la lupa sobre los genios infames o los impostores. Javier Cercas es un experto en hacer converger la lente de la literatura sobre hechos históricos y personajes impostados, ahí tienes Anatomía de un instante y El impostor.

Supongo que es mejor no preguntarte: ¿si te hubieran dado, en aquellos años de vino, rosas e impunidad, una tarjeta black, la hubieras rechazado? No me respondas, hazlo por lo bajini y para ti mismo, pero no te mientas. Pienso, como el filósofo Manuel Cruz, que, persisten actitudes y vicios asociados con el franquismo (el clientelismo, la endogamia, el amiguismo, la patrimonialización de lo público, el enchufismo…).

Hay otro efecto lupa, lo cuenta el historiador Luciano de Samosata. Parece ser que, durante el sitio de Siracusa (213-211 a. C.) Arquímedes repelió un ataque naval de los romanos con fuego generado por “el rayo de calor”, un conjunto de espejos que concentraban la luz sobre un barco hasta incendiarlo. Cuando me compraron la primera lupa jugué, como todos los niños, a quemar un trozo de papel al sol. Te confieso que, ahora disfruto viendo cómo se queman al sol social los Ratos, Blesas, Urdangarines, Bárcenas… Lo llaman pena de telediario. Qué poético. Ahora que recuerdo… también había niños que cogían la lupa y se entretenían achicharrando cucarachas.

J. Carlos

Anuncios

Revival

Revival

Llámalo revival, llámalo déjà vu, llámalo paramnesia. Llámalo como quieras. La cuestión es que tengo la sensación nítida de haber experimentado lo que está ocurriendo ahora mismo, de haber vivido estas mismas situaciones en el pasado. Incluso se me quedan suspendidas las vísceras de la barriga y el vello de los brazos se me eriza, como si tuviera frío, ante acontecimientos que suceden ahora mismo pero que son un calco de hechos pasados. Es de suponer que mi cerebro, que por pobreza genética y por edad ya acumula un sinfín de anomalías, está mezclando en la misma rama del árbol neuronal la memoria a corto plazo con la memoria a largo, lo cual da lugar a las mismas consecuencias anómalas que si mezclaras un Moët & Chandon con aceite de ricino.

El primer síntoma de este mal que me aqueja vino en producirse, allá por junio. Estaba yo viendo el telediario con un bocado entre dientes, la cámara hacía un barrido, desde un balcón, a la feligresía que formaba la procesión del Corpus, después el zoom se fue cerrando hasta que fijó su objetivo en la pluriempleada y plurinominada (en razón de la diversidad y largueza de las nóminas que recibe cada mes) Presidenta de la Comunidad de Castilla La Mancha. Llevaba la rigurosidad del luto hasta en el abanico con que movía el aire cargado de incienso, ceñía un vestido entallado y se adornaba con mantilla, peineta, guantes y un collar de perlas brillando sobre el cuello desnudo. Fue un instante, pero dejé de ver a Dolores de Cospedal y en los recovecos neuronales se formó la figura de Carmen Polo en blanco y negro, con un collar de perlas brillando en el cuello desnudo y largo.

Llegó el verano y las neuronas me jugaron muy malas pasadas. La economía se balanceaba sobre un trapecio haciendo piruetas en el aire y sin red. Según la derecha estábamos intervenidos y necesitábamos a los tecnócratas para bajar a la economía del trapecio o, al menos, para tender una red y que no se desnucara si caía. Ahí fue cuando se me petrificó en las circunvalaciones cerebrales la estampa de López Rodó con sus gafas de concha negra, a través de las que leía Camino de San Josemaría.

En el otoño hubo una campaña electoral eterna e insufrible, como todas, si te asomabas a la acorazada mediática escuchabas y leías los mismos anatemas y soflamas que escuché de niño: los sindicatos de clase son unos apesebrados; el gobierno de izquierdas ha dejado a España desunida, sin valores morales y nos han embarcado en una crisis económica sin precedentes, que curiosamente sólo afecta a los españoles; y, además, llegaron al poder sólo por causa de un atentado terrorista, ergo son terroristas. Sólo me faltaba oír lo de conspiración judeo-masónica-comunista para levantar el brazo y empezar a gritar ¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco! Ganó las elecciones un gallego y no abrió la boca, no llegó a decir ni qué ni cómo, ni sí ni no; aplicaba, seguramente, la consigna de aquel otro gallego: “haga como yo, no se meta en política”. Querrás creer que en la retina se me dibujaba Rajoy con botas de agua hasta las ingles, con una caña en las manos y del sedal colgando un salmón muerto.

Pasaron las Navidades entre el miedo y el frío, echando cuentas, como en las cuestas de enero de entonces, para conocer cómo iba a ser el agujero que te hacían en los bolsillos con la subida de impuestos. Eran los mismos que habían negado más de tres veces que no subirían los impuestos. Me vino a la memoria cercana desde la lejana, supongo, aquellos carteles de los sesenta que rezaban “En este establecimiento no subimos el precio del pan desde el año 60”. Era verdad, no subían el precio del pan, pero la hogaza de kilo empezó a pesar setecientos gramos. Entretanto hacían tiempo para vender la reforma laboral, que ya tenían pergeñada, y nos entretenían a los del común con el circo de Garzón. Cuando terminó el circo y el Supremo falló –más que una escopeta de feria, perdón por coger el rábano por las hojas y hacer un chiste tan malo- en mi hipotálamo se instaló la resolución del BOE del 21 de agosto de 1.965 por el que el Régimen apartó de la docencia a Aranguren, Tierno Galván y García Calvo. No fue más que pura paramnesia. Al igual que fue un déjà vu el parto de la reforma laboral, una andanada sin precedentes contra los derechos del trabajador, que destruirá más puestos de trabajo, y una carga de profundidad contra los sindicatos. Pasó la quita de derechos laborales con toneladas de almíbar por parte de la derecha mediática y el silencio de los corderos –los trabajadores- con la soga del miedo al cuello. Total que en mis hemisferios cerebrales, como en un juego de espejos enfrentados, se me confunden la cara redonda de De Guindos y la cara de pan de pueblo –dicen que también era la cara amable del Régimen- de  aquel ministro del Movimiento llamado Solís. La reforma se diluye con sordina, tiene más tirón el affaire Urdangarín y tiene más morbo, dónde vas a parar, aunque la reforma se prevé que genere más de 2.000 parados diarios.

A veces se cuelan reportajes reales en televisión, lejos de esas postales impostadas de españoles por el mundo, sobre jóvenes que salen por esos orbes de dios a buscarse la vida y que ya suman más de quinientos mil cada año. Es como un revival de aquellos parias con la colilla entre los labios, la boina calada y la maleta de cartón atada con cuerdas que viajaban en vagones de tercera a buscarse el condumio al extranjero. También nos muestra la pequeña pantalla las calles de Valencia, donde la policía se brega con adolescentes que pasan frío en las aulas porque no hay dinero para calefacción, pero sí para pagar la Fórmula 1, y protestan por ello. Sacan las porras de paseo y cargan. Humo, fuego, sangre. Sólo faltan los caballos. Sufro otra paramnesia. Me veo en la Gran Vía de Madrid, forrada de grises a ambos lados, descargándome zurriagazos con una porra flexible por el sólo hecho de que llevo unos libros colgados del brazo y el pelo largo.

Ya sólo falta que nos salmodien con el soniquete de la pertinaz sequía y empiecen a inaugurar casinos. ¿O eran pantanos?

              J. Carlos

Dedo

Dedo

Del ingente número de proverbios que se adjudican a los chinos, hay uno que retrata con crudo realismo la deriva de nuestra sociedad. Me refiero a aquel que afirma: “Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo”.

Miramos el dedo de la enseñanza, cuando el sabio está señalando la falta de valores que transmitimos a nuestros hijos.

Desde pequeños aprenden de nuestro ejemplo: Nos saltamos los semáforos en rojo. Consideramos la calzada como un basurero público a pesar de que hay más papeleras por habitante que en cualquier otro país del mundo. Cuando conducimos nos comportamos como si estuviéramos en guerra intentando que nadie se apodere de nuestra trinchera ni se adentre en nuestro territorio, y antes de apearnos aparcamos el coche de oído, o en doble fila o en plazas reservadas para minusválidos, ambulancias o entradas de garaje; después, abrimos las puertas al desgaire fusilando la pintura del vecino. Gritamos como posesos en los bares y, si se tercia, llegamos a las manos por un quítame allá esas pajas. Solemos confundir la vehemencia con la ira, la crítica con el insulto, la admiración con la envidia, las ideas con la fe del converso, la inteligencia con la arrogancia, el saber con la pedantería, el ser con el llegar, la educación con la estulticia, el nosotros con el yo, la humildad con la timidez, la sensibilidad con la sensiblería, la empatía con el interés, el sentido común con la ignorancia, la civilidad con la estupidez, el fin con los medios… En la guardería nuestros hijos imitan nuestras actitudes, el macho alfa de la manada no es el más inteligente, es el más bestia. Después en el colegio y en el instituto los vástagos continúan nuestro ejemplo, el fin es aprobar sean cuales sean los medios. Me contaba una amiga que cuando su hijo fue a estudiar un curso a Londres y los compañeros le vieron con una chuleta se quedaron pasmados, para ellos era algo inaudito, era como engañarse a sí mismo. En la España de la picaresca y el confesonario (arrepiéntete y tus pecados te serán perdonados) el estudiante ha oído a sus padres las proezas académicas del copieteo, les ve cada año pavonearse por engañar a Hacienda, por ahorrarse el IVA en las facturas, por metérsela doblada a algún incauto, por enmudecer si en la factura del restaurante se han olvidado de cobrar algún plato (¡que se joda!), por ganar el puesto de trabajo con enchufes, por conseguir aviesamente una subvención.  Si hay hasta un truco eléctrico que consiste en pinchar el contador de la luz con un alfiler que frena la rueda dentada que engrana la numeración de los KW consumidos. Y si el profesor tiene la osadía de castigar al hijo, o suspenderlo, van los padres y le dan una hostia al enseñante; en el caso de que sean timoratos, es el propio hijo, sólo o en compañía, el que le deja el coche con más arrugas que una prenda de Adolfo Domínguez. Más tarde, van a la universidad y nos extrañamos que no compartan ni los apuntes. ¿Cómo los van a compartir si les hemos enseñado en casa que el mundo es una guerra, en la que los victoriosos son los pícaros? ¿Cómo van a valorar los bienes comunes si hasta una ministra dijo que el dinero público no es de nadie? Nos extrañamos que hagan botellón menospreciando a los que duermen y dejando el suelo sembrado de basura. Miramos esos lodos, pero no nos acordamos del polvo que han respirado en nuestros hogares, ni el polvo infecto que exhalan nuestros medios, donde la bazofia social es el espejo donde han de mirarse nuestros jóvenes: Ladrones que chupan cámaras en platós dorados, putas y maricones que relatan con pelos y señales, en esos mismos platós, sus gimnasias sexuales con la farándula y el mamoneo, y en el colmo de las audacias, nos convidan a ver tertulias con sujetos que opinan de todo y que calientan audiencias a base de subir los decibelios y proferir insultos, cuanto más gruesos mejor. Les pagamos másteres carísimos, en las llamadas Escuelas de Negocios, para que empapelen su currículo con el fin de que el mundo del trabajo les ceda un puestecito decente, y les enseñan a depredar como hace el tigre con sus cachorros. Para acabarla de arreglar vienen los políticos y aplican su doctrina marxista –la de Groucho-,la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”, que consiste en publicar por cada legislatura un nuevo plan de enseñanza porque están persuadidos –cándidos ellos- de que el altar del B.O.E. se redimen todos los pecados. Al final, como dicen en mi tierra, entre todos la mataron y ella sola se murió.

Miramos el dedo de Urdangarín, cuando el sabio está señalando la cabeza de Jaume Matas, Camps, Barberá, Griñán, y todos aquellos otros políticos que “regalaban” nuestro dinero.

En las últimas semanas se han producido dos linchamientos mediáticos, el primero al Juez Garzón por haber metido la cuchara en la Gürtel y en los crímenes del franquismo, y el segundo a Urdangarín por ser el yerno del Rey.

Respecto del primero sólo quiero hacer una apostilla: Habida cuenta de que el artículo 408 del C. Penal establece una pena para la “autoridad o funcionario que, faltando a la obligación de su cargo, dejare intencionadamente de promover la persecución de los delitos de que tenga noticia…”. Y dado que ya han pasado más de diecisiete días desde que conocemos el tenor de la Sentencia, ¿alguien puede iluminar sobre los siguientes extremos?: ¿A qué espera el Fiscal General del Estado para ordenar la querella por prevaricación contra el Juez Pedreira y el Juez José Manuel Suárez Robledano –el primero que cuando heredó la causa siguió con las escuchas, y el segundo que votó en el TSJM en contra de que el auto de Garzón estuviere mal fundamentado-; así como contra el Juez del caso Marta del Castillo, que espió al delincuente cuando parlaba con su abogado para intentar averiguar el paradero del cadáver de Marta, y el Juez del caso del abogado Vioque, que también ordenó grabar a la letrada para prevenir el asesinato del fiscal antidroga? Item más, ¿a qué espera el Fiscal General del Estado para ordenar a todas las fiscalías de Sala, que analicen los sumarios de todos los juzgados que conocen por haber estado adscritos a sus causas, en que se han producido escuchas presuntamente prevaricadoras por haber letrado de por medio -según la Sentencia del 9 de febrero último del Tribunal Supremo- y, en su consecuencia, abran diligencias contra todos aquellos jueces y magistrados presuntamente prevaricadores? Y de no hacerlo, como es su obligación, el Fiscal General del Estado, ¿lo instará el Ministro del Interior o, tal vez, el Ministro de Justicia?

En cuanto al segundo, se ha abierto la veda por la pieza de caza mayor, el Rey. El yerno se llevó a manos llenas dinero de la caja común, con la inestimable ayuda de un profesor del Esade –una Escuela de Negocios más, que, como tengo escrito más arriba, enseñan a depredar como hace el tigre con sus cachorros- Todos los medios actuando como una orquesta llevan meses tocando una sinfonía con un movimiento nuevo cada día, esto es, con un nuevo papel que alguien filtra con un ritmo preciso –a eso lo llaman periodismo de investigación- para que veamos el dedo del yernísimo y de su santa, la hija del Rey. Nadie se pregunta cómo los administradores de la cosa pública se abren de piernas, abren la llave de nuestra caja y le “regalan” nuestro dinero  a manos llenas, sin el concurso público preceptivo, sin mirar el precio de las facturas, sin cotejar que se cumplen los compromisos, sin… Do ut des. Si comenten esos delitos sólo por una foto o por codearse con la realeza, ¿qué no harán por llevárselo crudo a su casa? Al parecer se escudaban en que los contratos eran confidenciales y se los negaban a la oposición. Tuvieron que ser los jueces los que ordenaran la apertura de las cajas de Pandora. Otro tanto pasa con los contratos de la Fórmula Uno en Valencia, los de la visita del Papa, todos los de la Gürtel –que después de la Sentencia sobre el caso Garzón, corremos el riesgo de que los imputados queden libres si las actuaciones son declaradas nulas-, los de los Eres. en Andalucía y, suma y sigue. ¿Para cuándo la exigencia de que todo gasto público, hasta el de los lápices; todo concurso, sus informes, las adjudicaciones, certificaciones de obra, pagos; todo tipo de contratos y con sus firmas, tarjetas de crédito, uso de vehículos públicos, etc.… estén accesibles no ya para la oposición, sino a través de internet, urbi et orbi.

Miramos el dedo de los alumnos de una escuela privada y no vemos el saqueo de las arcas públicas de la Seguridad Social.

El pasado jueves, día 22, todos los medios babearon contra el embargo del colegio Santa Illa de Madrid porque el sistema judicial había funcionado, es decir, había procedido al embargo de los bienes del colegio para hacer frente a una deuda de 992.663 € por impago de cuotas de la Seguridad Social desde 1991 – desde hace veintiún años-. Quiere ello decir que, sus gestores no han pagado nunca las cuotas de la S. Social y nos han estado birlando el dinero de nuestros hospitales, nuestras medicinas, y nuestras pensiones. Babeaban porque se había procedido a embargar cuando los alumnos estaban en clase. Nuestros periodistas seguramente preferirían que lo hubieran hecho con nocturnidad. Nadie se preguntó si después de veinte años no habían tenido tiempo sus gestores de pagar sus deudas para con nosotros. La Tesorería de la Seguridad Social, según su portavoz, había intentado infructuosamente llegar a un acuerdo con los gestores de la Sociedad Anónima que administra el colegio, han venido rechazando sistemáticamente las soluciones que habían sido ofrecidas por la Seguridad Social”-alegó-. Nadie preguntó cuánto ganan esos gestores, cuántos beneficios se reparten a cambio de sisarnos nuestras pensiones, y si algún mes han dejado de cobrar sus emolumentos. Tampoco leí a ninguno de nuestros insignes columnistas, ni escuché a alguno de nuestros  probos tertulianos, una pregunta obvia: ¿Cómo es que la Tesorería había tardado más de veinte años en iniciar el trámite de embargo de esos sinvergüenzas? Creo que nadie se preguntó tampoco si no utilizaron a los alumnos de parapeto para seguir sin pagar, ya que según un portavoz de la empresa declaró que conocían del embargo quince días antes.  ¿No podían haber clausurado las clases desde que supieron que les iban a proceder al embargo? Nuestra populista de cabecera, la sin par Esperanza Aguirre, declaró “lamentable” el embargo de los pupitres y el material escolar del colegio “mientras los alumnos estaban allí” y más cuando “se ha hecho por cuenta de la Seguridad Social”. “Me ha sorprendido muchísimo que unos funcionarios públicos hayan ido a un colegio y hayan decidido embargar los pupitres y el material escolar mientras los alumnos estaban allí”. Y yo me pregunto, si en vez de dinero público -ese que según Magdalena Álvarez no es de nadie- hubiese sido de la nómina de la Presidente de la Comunidad de Madrid –ya sabemos que no llega a fin de mes-, ¿la presidenta hubiese pedido paralizar el embargo? Y pregunto más, ¿cómo es que tiene licencia para enseñar un colegio de la Comunidad de Madrid que no paga sus cuotas de la S. Social desde hace más de veinte años? Ya se ve que hay muchos que aprendieron de ese otro ínclito empresario jerezano –Ruíz Mateos– que no tenía dinero para pagar la S. Social de sus empleados, pero todas las semanas viajaba un propio con unos cuantos cientos de miles de euros hacia un lugar llamado Suiza.

Así que te digo, no seamos necios y no miremos el dedo que nos enseñan nuestros apesebrados medios de comunicación y leamos entre líneas, como en la dictadura, porque señalan siempre hacia otra parte más tenebrosa.

              J. Carlos

Disonancias

Disonancias

En mayo de 2010 el Sr. Zapatero se cuadró como un buen soldado, puso su mano derecha extendida en ángulo agudo sobre la sien y, antes de que le ordenaran descanso ya estaba acatando las órdenes de la Mariscal Merkel y de su lugarteniente Sr. Sarkozy. De resultas, nos apuntó a los españoles con la metralleta del B.O.E. y apretó el gatillo con el dedo índice, con la misma indolencia con que se rascaría el botón de la barriga. Las ráfagas hicieron diana en las nóminas de los empleados públicos, lastraron las pensiones de los jubilados, pulverizaron la inversión pública del estado, dieron de pleno sobre la ayuda al desarrollo, hirieron de gravedad el gasto farmacéutico y sanitario y mataron el cheque bebé. Más tarde, pertrechado ya con granadas de mano, fue tirando de sus anillas con el mismo dedo índice y con la misma indolencia con que se rascaría las nalgas, y fue arrojándolas sobre los enemigos “del socialismo”: causó lesiones de gravedad al gasto social, la metralla agujereó el corpus social de los derechos de los trabajadores y la onda expansiva se llevó por delante la progresividad tributaria (aplicó el tipo reducido sobre sociedades a cuarenta mil nuevas empresas, incrementó desde ciento veinte a trescientos mil euros el primer tramo de base imponible para aplicarle el tipo reducido y generalizó la libertad de amortización de las inversiones en el Impuesto de sociedades). Después, como el hombre iba sobrao y se sentía como un héroe nacional que había de entregar su vida –política- por España, con profuso derramamiento sangre sobre el campo de batalla, tomó el lanzallamas del Decreto-Ley y llameó, con la subida en dos puntos del IVA, la justicia distributiva de los impuestos reduciéndola a ceniza. No voy a entrar aquí en el daño que estas decisiones de un rampante ultra liberalismo, rayano en la ideología de que hace gala el Tea Party, han causado a la economía española y a su propio partido, al que los ciudadanos le han hecho un Ere de casi cuatro millones y medio de votos. Lo único que quiero destacar es que el ejemplo de Zapatero se acomoda como un guante a la teoría que elaboró el psicólogo social León Festinger en su A Theory of Cognitive Dissonance. Se trata de la disonancia que sentimos cuando dos actitudes, o una creencia y una conducta, entran en conflicto. Según el autor, cuando el sujeto mantiene al mismo tiempo dos pensamientos excluyentes entre sí, o un comportamiento que entra en conflicto con sus creencias, “se esfuerza en generar ideas y creencias nuevas para reducir la tensión hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí, llegando, incluso, a un cambio de actitud o de ideas ante la realidad”. Es por ello que los seres humanos estamos predispuestos a prestar atención a aquella información que confirma nuestras creencias e ignoramos aquella información que las refuta. Pero Festinger restringía la disonancia al ámbito personal y, sin embargo, en mi humildísima opinión de lego en la materia, me atrevo a apuntar que, esta teoría es también aplicable al ámbito colectivo. A las pruebas me remito: no conozco a ningún militante socialista que regalara a sus conmilitones agua de colonia para apartar de sus narices el olor fétido que exhalaban las medidas de Zapatero.

Item más, a lo largo de los últimos siete años y medio hemos oído al Sr. Rajoy y a todos sus adláteres vituperar cualquier medida de subida de impuestos. Era nombrarle la bicha delante de una cámara y enarcar las cejas, fruncir el ceño y quedársele un gesto como el de aquel cura exorcista que gritaba levantando el crucifijo sobre el exorcizado: “Va de retro Satanás”. Si hasta en el debate de investidura del veinte de diciembre próximo pasado, Rajoy negó la mayor. Fue investirle, jurar el cargo, nombrar ministros y reunirles en Consejo… Y toma impuestos. ¡Ah!, y sólo es el inicio –Soraya dixit-. Habemus pues, disonancia personal: Escucha en este enlace a Rajoy, Santamaría, Montoro, de Guindos, González-Pons y Cospedal, y dime si no es pura disonancia.

http://www.youtube.com/watch?v=uqDNOfTHbc8.

Sin embargo, en aras de apuntalar mi teoría estimo que, es constatable empíricamente que también habemus “disonancia colectiva”, ya que ni los militantes del PP, ni los medios que arropan al nuevo gobierno se extrañan de tan anormal comportamiento, ni siquiera “se esfuerzan en generar ideas y creencias nuevas para reducir la tensión hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí”. ¿Para qué?, ya tienen un chivo expiatorio universal: La culpa es de la herencia recibida: una ruina social y económica –Fátima Báñez dixit-. De las Comunidades y Ayuntamientos que ya gobernaban no se habla, y menos ahora que los reyes magos le han traído el juguete de los números y, ya se sabe, el papel lo aguanta todo.

Convencido como estoy de haber hecho esta nueva aportación a la ciencia de lo que podríamos conceptuar como “disonancia colectiva”, no puedo menos que comulgar con Festinger y admitir con él que lo de las disonancias personales es un drama. Mira si no el pobre Carlos Fabra, que es la disonancia personificada. Todos los años le toca la lotería; digo yo que te toque una vez, o dos, o tres, debe ser abracadabrante, pero que te toque siempre, ha de ser tan cansino como comer sólo jamón de por vida. Además, va el hombre y manda construir un aeropuerto en su pueblo, con el dinero del prójimo que para eso manda, y como no llegan aviones invita a los de a pié a que se paseen por las pistas. ¿Quién no ha soñado con pasear por el aeropuerto de Shipol o el de FK, o el de Fiumicino, con los brazos desplegados como alas y corriendo por las pistas flanqueado por sus fanales modernos de luz halógena? Para colmo de desgracias se hace erigir una estatua de 25 metros de alto con un avión por sombrero, que seguramente será el primero y el único que aterrice en Castellón en muchos años, y antes de plantarla ya le robaron dos dedos y un brazo valorados en 38.000 €. Ahora que está ya plantada, siendo que el cobre se ha encarecido tanto y estando allí sola en aquel paraje tan moderno pero tan inhóspito, ¿quién la cuidará?, ¿cómo podrá dormir cada noche este gran benefactor de la humanidad pensando que le pueden sajar tres dedos, o arrebatarle el cordón de un zapato, o birlarle el billete del sorteo de la lotería que el escultor esculpió dentro del bolsillo derecho de la chaqueta y que, como siempre, resultará agraciado?

Ya ves que soy débil con las disonancias ajenas. Por eso me preocupa en demasía esa madre, y reina para más señas, que se pasea por Washington arropando a su hija, la princesa y a su yerno, el duque. Esa madre que, de creer a Pilar Urbano, se le dulcificaban los labios hasta el empalago hablando de las bondades de Urdangarín: “Es bueno, bueno… buenísimo y con un altísimo sentido moral”. Esa madre que lee o escucha cada mañana, cada tarde y cada noche las hazañas de mafioso de barrio del consorte de su hija, padre de sus nietos. Esa madre que admiraba el palacete de Pedralbes, ese nidito que costó por encima de seis milloncejos de nada. Esa madre que creía que la riqueza le crecía al duquesito como le crecen los callos en las manos al artesano o al agricultor. Es un fastidio que Festinger se muriera en 1989 y no le pueda aconsejar a nuestra reina sobre en qué ideas y creencias nuevas ha de depositar sus afanes para conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí, constituyendo una cierta coherencia interna. Porque ver a un yerno en la cárcel es un trago pero a todo nos acostumbramos los mortales del común, pero que una reina tenga que ver a un “yerno real” en la trena y asistir al subsiguiente terremoto en la testa coronada y en la por coronar, es una real disonancia. Sólo así se entiende el estrepitoso error de aparecer en unas fotos arropando a Urdangarín, intentando, tal vez, pasar el incensario de madre real para que el hedor no fuera tan fuerte. Hay olores que no sofocan ni los perfumes elaborados para la realeza con las esencias más exclusivas y sofisticadas. Si uno no proviniera de tan baja alcurnia me atrevería a aconsejar a Su Majestad la reina que, seguramente, sólo hay una manera de atajar la disonancia que le aqueja: Cambie de opinión y atrévase a pensar que se equivocó en sus apreciaciones sobre el duquesito. No sé si su Excelencia conoce el principio de la Navaja de Ockham, también denominado principio de economía o de parsimonia, que se atribuye a Guillermo de Ockham –siglo XIV-: “La explicación más simple y suficiente es la más probable”. Atrévase a pensar, pues, que su yerno es un chorizo y prepárese para aguantar el terremoto en la testa de su marido y en la de su hijo.

J. Carlos