Fenómenos emergentes

Aquella tarde de invierno que mi padre me llevó al campo se juntaron todos los pájaros y sombrearon el cielo con dibujos para mí. Tendría cuatro años. Ya había visto en las nubes la figura de Dios pastoreando el mundo y, en los atardeceres, contemplaba las lenguas de fuego que incendiaban el horizonte. Pero las nubes eran perezosas y tardaban en desdibujarse mientras las figuras de la bandada, moteadas de puntitos negros, se descomponían contra el celaje tostado del crepúsculo a una velocidad endiablada. Mi padre me había indicado que me sentara al comienzo de la linde, me tapó con una manta de cuadritos negros y blancos y él se fue a repartir sobre el trigo verde recién nacido, a puñados, el abono de una sembradera colgada sobre el hombro. Estaba lejos, no me oía, corrí hacia él con cuidado de no pisar los brotes. Cuando le alcanzaron mis gritos dio la vuelta y yo le señalé el cielo con el índice, aquel velo de pájaros había desparecido y el celaje tostado del crepúsculo estaba desnudo.

Muchos años después supe que eran estorninos que se juntan en bandadas para cooperar buscando alimento o defendiéndose de los depredadores. Lo curioso es que no tienen un plan definido, ni un líder que les arengue y les dirija, ni banderas y estandartes que seguir. Cada estornino decide individualmente con la sola intención de tapar huecos. El comportamiento en bandada se repite también en cardúmenes de peces, en enjambres de insectos, en manadas de animales terrestres, en bacterias e, incluso, en movimientos colectivos humanos. Es más, si estudias el comportamiento de la bolsa a largo plazo encontrarás paralelismos con las figuras “aleatorias”  que crea el movimiento de una bandada de pájaros. Son ejemplos de un fenómeno físico: el fenómeno emergente en el que el resultado es mucho más que la suma de las partes.

Un hormiguero o una colmena son organizaciones sumamente complejas y sofisticadas sin que nadie las coordine, ni sus individuos sean conscientes de que son una pieza clave para que todo funcione con la precisión de un reloj. Tampoco mi glóbulo blanco, que en este momento está aniquilando una bacteria dañina, es consciente de que está salvando la vida a un organismo formado por treinta billones de células humanas, treinta y ocho billones de bacterias y sesenta billones de virus que en perfecta sincronía cooperan y forman un ser humano. Ninguna de mis cien mil millones de neuronas tiene la más remota idea de que juntas han producido el fenómeno emergente de la conciencia y del pensamiento. Y ahí queríamos llegar: Casi todo lo que existe en el universo es fruto de fenómenos emergentes: el espacio tiempo que surgió como una malla arrastrada por la energía liberada en el big bang, las partículas elementales que vibran y maridan formando átomos, la luz que emerge de la radiación electromagnética, las nubes de gas cósmico que colapsan creando estrellas. Sin embargo, estamos rodeados de utilidades que no han emergido “espontáneamente” sino que derivan del fenómeno emergente que llamamos pensamiento. Si tuviésemos la ocasión de explorar todos los confines del universo y encontráramos una hoja escrita en un planeta remoto, colegiríamos que no ha surgido como fenómeno espontáneo sino que ha sido obra de alguna forma de vida pensante.

Seguramente uno de los fenómenos emergentes más importantes para el ser humano ha sido el de la escritura y el de los libros. El conocimiento se expandió, sobre todo a partir de la invención de la imprenta, y el progreso de la especie ha tenido un incremento exponencial. Este fenómeno nos lo cuenta Irene Vallejo, en El infinito en un junco, como un viaje y lo hace con la ternura de una madre, una prosa muy rica y una erudición magistral. Es la historia de la escritura y de los diversos artefactos en que la hemos estabulado para que las ideas, vivencias, conocimientos e historias humanas se transmitan por generaciones de forma que conecten los cerebros actuales con los que ya no están.

Lo que me pregunto es, ¿qué fenómeno emergente producirá la llegada de Internet? En teoría debería producirse un gran salto intelectual puesto que pone a treinta cm de los ojos todo el saber acumulado de la especie, y a golpe de clic el contacto inmediato con cualquier cerebro del planeta. Sin embargo, estamos abducidos por los artefactos tecnológicos como el que tiene un coche y, en vez de usarlo para desplazarse, viviera y comiera y durmiera en él sin moverlo. Nicholas Carr cree que son instrumentos que nos distraen y nos limitan hasta el punto de que reducen nuestra implicación en la forma más elevada del pensamiento. Es verdad que dificultan la concentración porque te demandan atención constante y los creadores de contenido, sabedores de que el bien escaso es la atención, te la roban a golpe de frases cortas como titulares. Es verdad que se atrofia el músculo de la memoria porque cualquier dato lo tienes en un repositorio digital con acceso inmediato. Es verdad que la información no pasa ningún filtro acreditativo así que los bulos y falsedades interesados son muy fáciles de transmitir. Y lo que es peor, cualquier analfabeto funcional cree que su parecer sobre cualquier materia tiene el mismo valor que el del catedrático experto en esa cuestión, confundiendo la libertad de expresión con la capacitación para emitir una opinión. Un dato preocupante es que el coeficiente intelectual parece que está decayendo en la última década, aunque hay quienes lo achacan a defectos estructurales en la prueba de test que lo mide.

Supongo que estamos en la adolescencia de internet y madurará con su desarrollo y, en todo caso, espero que la plasticidad del cerebro ponga remedio a los aspectos negativos. Pero el universo no tiene propósitos y los fenómenos emergentes surgen con independencia de la voluntad de los elementos que intervienen. El entendimiento humano descubrió la fuerza nuclear que unía a los átomos, y del fenómeno emergente del pensamiento surgió la fórmula para liberar esa energía en forma de electricidad beatífica y, por desgracia, también en forma de bomba nuclear.

J. Carlos

Compatriotas, por desgracia

El Rubius es un excelente jugador de videojuegos en la plataforma de video de Google. Tiene nacionalidad española y noruega. Hasta ahora vivía y pagaba impuestos en España derivados de los más de 4 millones de Euros que cobra al año por su talento, trabajo y, sobre todo, porque 39,5 millones de personas ven sus videos y siguen sus peripecias. Te preguntarás que de dónde saca para tanto como destaca: Verás, publicitar tu producto en un espectáculo que congrega a una multitud de 40 millones de consumidores adolescentes es el sueño húmedo de cualquier empresa y está muy bien pagado. Como digo, El Rubius, ha decidido mudarse a Andorra porque allí va a pagar al fisco una cuarta parte. “Llevo literal, diez años pagando aquí” –ha explicado.Se suma a la lista de creadores de contenido para adolescentes (Willyrex, Vegetta 777, The Grefg o Lolito) que han decidido dejar de pagar con sus impuestos las pensiones de sus mayores, las carreteras de sus conciudadanos, los hospitales de sus compatriotas enfermos, las escuelas y universidades de sus hijos, hermanos, primos y amigos, los bomberos que apagan los fuegos de sus bosques, los policías que cuidan del orden y la justicia en España, los funcionarios de protección civil de su ayuntamiento, a los barrenderos que limpian sus calles, los poceros que desatrancan las cloacas por donde fluye su mierda, los cables, postes y satélites por donde discurren los terabytes de los videos que suben… Prefieren pagar las pensiones de los andorranos, sus hospitales, los poceros que limpian las cloacas andorranas, etc. La explicación más explícita fue la del tal Lolito: “En Andorra se pagan impuestos, pero no te sablean como aquí en España. A mí España me ha dado muy poco; yo no he ido al instituto prácticamente, he sido un desgraciado toda mi vida, y que le voy a hacer, España me ha dado muy poco.” (Por cierto, no hace falta que nos jure que no pisó mucho por el instituto).

No son los primeros ni serán los últimos, ya lo hizo Arantxa Sánchez Vicario que pretendía tapar esa traición de lesa patria con una pulsera roja y gualda. Como la memoria es laxa, y los españoles poco escrupulosos con la contribución a lo común, discutimos hasta el hartazgo sobre los políticos que hicieron los recortes, si se medicalizaron a tiempo las residencias o cuál es la hora ideal del toque de queda para salvar vidas en esta pandemia, lo cual está bien y es necesario; pero nadie discute ni se plantea cuántos respiradores, camas, UCIs, médicos, enfermeras faltaron por culpa del dinero hurtado al fisco español por Sánchez Vicario, los moteros Fabio Quartararo, Maverick Viñales, Joan Mir, Jack Miller, Alex Rins, Tito Rabat, Iker Lecuona y los hermanos Espargaró, los ciclistas Purito Rodríguez, Esteban Chaves, Dan Martin, Dani Moreno o Jonathan Castroviejo, todos ellos residentes en Andorra, y los Jorge Lorenzo y Dani Pedrosa que residen en la neutral Suiza, también Fernando Alonso residió allí de 2006 al 2011. Dicho de otra manera: Cuántas vidas se han perdido desde marzo porque estos especímenes que presumen de ser españoles, decidieron engordar más su buchaca a costa nuestra. Lo más estupefaciente es que, encima, nos representan oficialmente y se envuelven en la bandera española tras cada victoria. Habría que enviarles un recordatorio, a sus casas de Andorra y Suiza, con una esquela orlada en negro y el nombre de cada muerto desatendido por falta de medios en esta pandemia.

Lo del Rubius parece, pues, una buena idea. Es el mercado, amigo.

Me pregunto: Si por un suponer, asaltaran o quemasen su casa, su coche u otras de sus propiedades en España, o hackearan sus saneadas cuentas, ¿qué le parecería si la policía y bomberos españoles se negaran a intervenir alegando que corresponde a la policía o bomberos andorranos? ¿Qué pensaría si los jueces españoles no condenaran a los delincuentes que le asaltaron o hackearon porque le corresponde la jurisdicción andorrana que es a la que él paga?

Imagine por un momento que sufre un infarto en territorio español y los médicos españoles se olvidaran de su juramento hipocrático, tendría que esperar a que vinieran a socorrerle los médicos del país donde reside fiscalmente. Si, como es previsible, cuando llegaran los sanitarios estuviera cadáver, le enterrarían los sepultureros andorranos en el cementerio de Andorra la Vella con las salvas de ordenanza que corresponden a los prohombres del país pirenaico.

No podemos evitar que transite por las carreteras, aeropuertos y demás infraestructuras tecnológicas de comunicaciones españolas que pagamos los demás, tampoco que admire in situ nuestras catedrales, alcázares, acueductos… que mantenemos con nuestros impuestos. Ni siquiera podemos evitar que se eduque en universidades españolas o utilice nuestra sanidad pública que pagamos a escote los españoles. Sí podemos hacerle el vacío social: Dejar de seguirle en las plataformas, no comprar ningún producto que publicite, no trabajar con empresas que le provean o firmen acuerdos con él, tampoco frecuentar los bares, hoteles o restaurante que admitan su presencia cuando venga a España… Sólo así aprendería que si su caridad empieza por sí mismo, nuestra solidaridad española termina cuando nos toman el pelo y se ríen en nuestra cara.

Ignoro si se le puede incoar expediente para privarle de la nacionalidad española, en aplicación del art. 24.2 del C. Civil, puesto que no es residente en España y tiene otra nacionalidad, la noruega. Así sabría lo que es andar por el mundo sin el pasaporte rojo borgoña español y sin la condición de ciudadano europeo.

Lo más triste es que sus seguidores preferirán que su abuela se muera en esta pandemia por falta de medios antes de bloquear al Rubius. Ahora entiendo que la Ley Celáa haya suprimido la asignatura de Ética, es para que nuestros adolescentes no tengan ni que plantearse este dilema.

J. Carlos

Filomena

Ponemos nombre de persona a nuestras mascotas para elevarlas en el rango de la evolución como si con ello las humanizáramos. También humanizamos a las borrascas. Pero no a cualquier borrasca, sólo a las dañinas. En un principio, el bautizo de cualquier fenómeno adverso y peligroso como ciclones, huracanes y tormentas tropicales se solventó echando mano del santoral femenino del día –no olvidemos que en el relato bíblico la fémina es la encarnación del pecado-. Actualmente se elabora una lista con veintiún nombres propios en orden alfabético, alternado masculinos y femeninos y, en vez de nombrar el mes en que se desencadena, se sustituye por un color de la gama cromática del arco iris. Es por pedagogía que le ponemos nombre a las cosas, esto es, para no tener que señalar las cosas con el dedo como en el Macondo de Cien años de soledad. No deja de ser una sandez, menor, llamar a tu perro Pocholo en recuerdo del abuelo que se fue, en vez de usar un nombre común como Santurrón, Trasto, Venablo o Zopenco. Pero constituye una estupidez mayúscula que científicos meteorólogos bauticen con nombres propios a fenómenos naturales que cuestan vidas y haciendas. La última que nos ha asolado se llama Filomena y lleva el azul lapislázuli de enero. Es la sexta que hemos sufrido desde el 1 de octubre. La próxima se llamará Gaetán y la duodécima llevará por nombre Lola, que no Dolores, como en la canción del grupo Pastora: “no me llames Dolores, llámame Lola”.

En la mitología griega, Filomena fue violada por su cuñado Terco y éste, para evitar que le denunciara, le cortó la lengua. La venganza fue terrible, la violada mató al hijo del violador, lo cocinó y se lo dio a comer al padre con la connivencia de su hermana Procne, la madre de la criatura. Me imagino a las 8.227 Filomenas que, según el INE, residen en España y que todavía no han metabolizado la ira contra sus progenitores, acordándose de los hijos, madres, hermanas y cuñados de los meteorólogos que oficiaron tal bautizo. Las susodichas contarán a sus íntimos y allegados que etimológicamente su nombre significa amiga del canto y que los dioses, después de aquel percance, la convirtieron en ruiseñor. Pero nuestro cerebro, que es vago por naturaleza, en cuanto escucha el nombre de Filomena cae en el sesgo de correlación ilusoria y lo asocia a la nevada histórica que paraliza Madrid, la España dentro de España. Después de ocho días la nieve perimetra los edificios y encarcela a los madrileños en sus casas, a pesar de Ayuso, mientras  las calles y las aceras lucen un pulido de carámbano. Por eso vengo en proponer a los meteorólogos de la Aemet que, para el próximo curso borrascoso que se iniciará el próximo octubre, usen nombres comunes acudiendo a un catálogo de insultos con género neutro: escornacabras, malasangre, pasmasuegras… o, si quieren ser más finos, pueden basarse para su elección en los elementos de la tabla periódica: arsénica, criptónico, bismútica…

Es sólo una idea porque los sesgos de correlación ilusoria los carga el diablo, empiezas creyendo que la tierra es plana, por correlación deduces que Trump ganó las elecciones y, terminas aceptando que la nieve es un invento de Soros y Bill Gates que la han asperjado sobre nuestras cabezas en forma de plástico desde naves invisibles. Ya te digo que el cerebro tiende a la vagancia por ahorrar calorías. El de algunos sufre obesidad mórbida y diabetes severa, no por un exceso en la ingesta de glucosa sino por no quemarla. Espero que pronto podamos lucir en la muñeca un reloj inteligente que, además, de medir los pasos, la frecuencia cardiaca, la oxigenación en sangre, las calorías de grasa consumidas, etc., nos mida también el índice glucémico del cerebro.

Bien es verdad, todo hay que decirlo, que el INE nos detalla que la edad media de las Filomenas españolas es de 71,6 años y a esas edades te importa un comino que te correlacionen con una nevada histórica. Pero imagínate que al temporal lo hubieran llamado Norberto, como sucedió el pasado 5 de marzo con una borrasca menuda que dejó patitiesa a parte de Francia. Dime tú cómo no correlacionarlo con dos de mis amigos que responden a ese nombre propio. El mismo que llevan en su DNI otros 3.773 residentes en España que, por cierto, son mucho más jóvenes que las Filomenas, sólo tienen 53,5 años de media.

J. Carlos

Navidad 2020

Querido amigo:

El año de la peste nos pilló ufanos porque habíamos cumplido con el Génesis: “Creced y multiplicaos, someted la tierra y dominar a los peces del mar, las aves del cielo y a todo animal sobre la tierra”. Ya hacía tiempo que habíamos domesticado a la naturaleza y construido un mundo hipertecnológico y aséptico. Es cierto que la vida seguía siendo un bien precario de la que sólo disponíamos en usufructo por un tiempo incierto, pero con la venia de la medicina la estirábamos y, cuando aparecía infalible en nuestras cercanías, la exorcizábamos con ceremonias escuetas para que no conturbara al prójimo ni nos afligiera en exceso. Fue entonces que se nos hospedó un fósil viejo, de cuatro mil millones de años, más antiguo que Luca nuestro común ancestro celular, que nos aniquila porque lleva inscrito en su material genético el mismo algoritmo que creíamos nos había sido otorgado en exclusiva por la divinidad: “creced y multiplicaos”.

Es estimulante que la divinidad te escoja porque tú lo vales como especie, como pueblo o como creyente para someter la tierra y dominar los peces del mar, etc. Te sube la autoestima y te engalla el ego. Fue Galileo quien primero nos bajó los humos al constatar que no éramos el centro del universo, después Darwin nos redujo a un efecto de la evolución y, cuando fuimos capaces de secuenciar nuestro genoma descubrimos que coincidía en un 96% con el código genético del chimpancé y en un 60% con el del plátano. Uno de nuestros pensadores más notables, Harari, nos somete a otra cura de humildad poniendo en duda que tengamos libre albedrio. Hubo otras divinidades que nos advirtieron de nuestra insignificancia y de la necesidad de pactar con la naturaleza pero no les hicimos caso. Creímos que someterla nos hacía invulnerables. Hoy sabemos que la burbuja de nuestro mundo tiene las paredes de vidrio.

La biodiversidad está en caída libre y hace tiempo que estamos por debajo del umbral de seguridad. En los últimos cuarenta y cinco años han desaparecido el 68% de los vertebrados y la deforestación propicia una mayor interacción entre vida silvestre, ganado y ser humano, lo que hace que se incremente la probabilidad de enfermedades zoonóticas como el Ébola o la Covid-19. Hace sólo treinta años salías al campo y te acompañaba una algarabía de trinos, gorjeos, reclamos arrullos, graznidos, bufidos, rebuznos, mugidos, zumbidos… hoy el sonido en el campo es tan apagado como el de un monasterio, ni siquiera te atormentan los mosquitos, aún menos las abejas que mueren en enjambre envenenadas con nuestros insecticidas. Hace veinte años te ensimismabas mirando el cielo nocturno cuajadito de soles lejanos, hoy no sabes si aquello que brilla es la estrella a la que pediste un deseo, o uno de los satélites de Elon Musk reflejando la luz vieja de las constelaciones en su lomo.

Las leyes de la física son inexorables, cuando se produce una catástrofe cósmica origina ondas gravitacionales que distorsionan el espacio-tiempo. La catástrofe de la pandemia también distorsionará el espacio-tiempo de esta cultura anclada en el ombliguismo, la codicia y la falta de empatía donde los nuevos cachivaches, que debían ser vectores de conocimiento y colaboración, nos empobrecen intelectual y éticamente en vez de aflorar las nuevas ideas. Estoy con Alessandro Baricco cuando afirma que “ahora por fin ocurrirá algo”, aunque no suscribo su pesimismo.

De hecho ya está ocurriendo. Te anoto algunos detalles en cinco ámbitos: El sociológico, lo hemos visto en la abnegación del sector sanitario y de todos los agricultores, transportistas, reponedores, servidores públicos… que han estado y siguen jugándose la vida en primera línea demostrando que la sociedad, en situaciones de estrés, funciona sin tanto gurú, directivo, Ceo, famoso… ni tanta remuneración estratosféricas que no tiene más justificación que la avaricia. El científico, donde la cooperación y el conocimiento humanos, basados en el descubrimiento de una pareja de inmigrantes turcos, han conseguido una vacuna contra el virus en menos de nueve meses con una metodología novedosa que, a buen seguro, será un salvoconducto contra otras infecciones víricas y contra el cáncer. En el económico, Europa se endeuda por primera vez para hacer frente a la crisis y, su Parlamento, legisla para ejercer un control riguroso del uso de los datos personales por parte de los monopolios tecnológicos que nos parasitan; por su parte, el Congreso de EEUU está dispuesto a trocear esos mismos monopolios. El ambiental, hace tan sólo diez días la UE ha pactado incrementar del 40% al 55% la reducción de emisiones de efecto invernadero para 2030. En el político, dentro de un mes Donald Trump, ya desactivado, puede constituirse en la mejor vacuna contra los populismos. No te niego que también hay elementos para la desazón pero, como sabes, soy un optimista irredento.

Cuánto daño ha hecho el Génesis y la frase porque yo lo valgo. Y cuánto daño nos ha infligido el 2020.

Mi deseo, que te cuides mucho.

Felices Pascuas.

22 de diciembre de 2020

J. Carlos

P.S.: Te participo que, por esta vez, al terminar la ceremonia de las uvas despediré al año viejo con la tonada: Se va el caimán, se va el caimán… Después, brindaré por el nuevo año y por ti y por mí, supervivientes.

Vacuna

Cuando leo a sesudos analistas sentando cátedra sobre el fenómeno Trump, me los imagino sentados en la Capilla Sixtina con su solideo y sobrepelliz rojos disertando sobre el sexo de los ángeles. Cuánta inteligencia desperdiciada. Estimados analistas, no torturen más nuestra inteligencia, Donald es una cáscara vacía. Lo que tiene que preocuparnos es por qué una cáscara vacía se transforma en un fenómeno social y, lo que es peor, por qué un insensato ha tenido durante cuatro años en sus manos el devenir de occidente y el botón del mayor arsenal nuclear del mundo. Tratar de encontrar una brizna de lógica en sus baladronas en tuiter o, en cualquiera de sus decisiones, es tan improbable como encontrar una frase en las huellas que un cangrejo va dejando en su transitar por la playa. Como todo ególatra se amustiará cuando se apaguen los focos que iluminan su tinte maíz en el pelo y sus polvos naranja en la cara. Su escudero Giuliani se ha ido descomponiendo al mismo ritmo que se le pudrían en la boca las paparruchas sobre el pucherazo electoral. A la luz de los focos vimos como se decoloraba su pelo azabache tiznándole la cara con un reguero de tinte que partía de ambas patillas y alcanzaba la mandíbula inferior. Fue esa imagen, y no el metano de sus tripas que también dejó escapar unos días después en otra conferencia de prensa, la mejor metáfora de la caída del imperio de cartón piedra erigido por Trump. Bastó un poco de sudor para construir esa poderosa metáfora visual y bastará un manguerazo de agua en la Casa Blanca para arrancar la purpurina, el pan de oro y el brilli brilli. Debajo sólo hay roña mental. La evaluación de daños es terrible para su país y para todo el orbe occidental. Es lo que tiene meter un elefante en una cacharrería. En estos cuatro años la dictadura China ha adelantado varias décadas en la carrera para encabezar el cetro del imperio, ha debilitado y dividido a sus socios europeos, vejado como nunca a los países de Sudamérica, ninguneado a los países de Asia, África, Oceanía y cabreado a sus vecinos más próximos: Canadá y Méjico, ha dinamitado los puentes del multilateralismo, conculcado el derecho y los tratados internacionales y ha conseguido que retrocedamos quinquenios en la lucha contra el cambio climático, entre otras salvajadas. Le retratan bien los versos de Zorrilla en Don Juan Tenorio: “Por donde quiera que fui, la razón atropellé, la virtud escarnecí, la justicia burlé, (…) a quien quise provoqué, con quien quiso me batí, (…) y en todas partes dejé memoria amarga de mí”.

El fenómeno se explica porque estamos hartos de que nos acusen de vivir por encima de nuestras posibilidades, de que respondan a sus corruptelas diciendo que “no es un saqueo es el mercado, amigo” y otras sandeces por el estilo. Así que los ciudadanos preferimos los versos sueltos porque los poemas que nos escribe el establishment son auténticos ripios. Preferimos, como el viejo amante desesperado, que nos digan que nos quieren aunque sea mentira y que nos calienten el oído con palabras de alabanza. A veces lo deseos se cumplen y aupamos los populismos. Después viene la historia a enseñarnos que todos los populismos ya sean fascistas, comunistas, nacionalistas han terminado en un baño de sangre o, en el mejor de los casos, en una catástrofe de furia, odio y división. Lo malo es que la historia ocurre dos veces, como escribió Karl Marx en el 18 brumario de Luis Bonaparte: “la primera como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

No hay mal que por bien no venga. De vez en cuando el orden imperfecto de las democracias genera hartazgos y llegan al poder estos satrapillas que, siempre que no consigan doblegar a la democracia, terminan mostrando su desnudez mental por muy arropada que esté en una delirante egolatría. Su paso por las instituciones suele ser tan caótico, aberrante y pernicioso que genera anticuerpos por una temporada. Estoy persuadido de que cuando se vaya conociendo el balance del estropicio democrático, moral y económico del Trumpismo a nivel planetario, se le caerá la venda de los ojos hasta a los más acérrimos. Espero que el virus Trump, ya desactivado, constituya una vacuna para que nuestro sistema inmunitario reaccione ante los populismos que hoy campan por sus respetos en España y media Europa. Ojalá los mantengamos alejados de nuestras instituciones democráticas. Te recuerdo que el golpe del 23 de febrero de 1981 fue la mejor vacuna para nuestra democracia y nos ha procurado una inmunidad que dura ya 39 años, 10 meses y 11 días.

J. Carlos

Leyendas

Murió Diego Armando para que la leyenda de Maradona se hiciera carne y habitara entre nosotros. Nos rompió los esquemas mentales porque estábamos acostumbrados a que los héroes cayeran en la batalla, en un accidente de coche, empitonados por el asta de un toro o, baleados por un asesino. El pibe murió en la cama y murió viejo, más por sus excesos que por la edad que consignaba su certificado de defunción. La pasión se desbordó en Argentina y en España y en Italia y en Méjico. Su leyenda abrió y cerró informativos mientras contemplábamos atónitos imágenes con regates mágicos, goles inverosímiles y pelotas imantadas a su cabeza y a sus pies. Los periódicos multiplicaron sus columnas con obituarios donde es justo reconocer que, si aspaventamos las hipérboles y pleonasmos que se colaban entre sus líneas, quedaba una prosa capaz de emocionarnos y sorprendernos con su estética, su sonoridad y su calidad literaria. Incluso las plumas más mediocres se adornaron con una prosa de pregón de fiesta mayor y desplegaron un abanico de aliteraciones, elipsis, metáforas y analogías para dar vivacidad y un punto de emoción a la figura del finado. Era lo esperable. La leyenda la habían creado los periodistas deportivos y la literatura es la cadena de transmisión de casi todos los mitos y leyendas. Sin mitos no hay épica que valga. Y es de rigor apuntar en el haber de la profesión periodística la épica del fútbol. No me digas que no es una odisea conseguir que, el lance de 22 jóvenes millonarios y mimados persiguiendo una pelota de cuero de medio kilo de peso durante una hora y media a la semana, se transforme cada domingo en una epopeya que, si atendemos a sus pregoneros, dejaría a la batalla de las Termópilas en una escaramuza sin importancia.

Son historias cosidas con los mismos retazos con que se fabriquen los cuentos, donde caben héroes como Lady Di o Teresa de Calcuta y villanos como Luis Candelas o Al Capone. El tiempo dirá si sólo los veneramos en la hornacina de la leyenda o los consagramos en el altar de los mitos. En todo caso, cuentos. Y ya escribía León Felipe: “Que la cuna del hombre la mecen con cuentos, que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, que los huesos del hombre los entierran con cuentos, y que el miedo del hombre ha inventado… todos los cuentos.

Toda leyenda es un relato y el relato es el alimento nuestro de cada día. La vida resultaría de una insipidez insoportable si no pudiéramos contarla. Cuando Ava Gardner le preguntó a Luís Miguel Dominguín, después de yacer carnalmente, que adónde iba con tanta premura, éste le respondió: “Pues donde voy a ir. ¡A contarlo!” Pero no te equivoques, las leyendas no son referentes morales. Son poliédricas, tienen más enigmas que certezas y pasan de lo sublime a lo abyecto sin despeinarse. Nos apasionan las leyendas porque nos permiten, como la buena literatura, “recrearnos” en la maldad y en la bondad, en lo posible y en lo imposible, en la duda y en la certeza. Nos permiten imaginarnos santos o perversos por delegación, sin trasgredir normas legales o morales como si traspasáramos una pared de agua sin tocarla y sin mojarse. Dice Robert Browning: “Nos interesa el borde peligroso de las cosas. El ladrón honesto, el asesino delicado, el ateo supersticioso”. Por eso Nadal no es una leyenda como Maradona.  Nadal es un referente.

Los referentes son aquellos que encarnan todas las virtudes a las que aspiramos. Nadal o tu madre o tu padre o ese profesor son un referente a quien admiras y tratas de imitar con la osadía de que algún día, al mirarte en el espejo de tu conciencia, encuentres reflejados sus rasgos morales en los tuyos.

J. Carlos

Aniñados

La vejez es una integral del deterioro, es decir, la suma de continua de los infinitos desperfectos que se nos acumulan desde que nacemos. Una de sus consecuencias más tristes es que los viejos tienden a comportarse como niños en la misma medida en que se va averiando su sistema cognitivo. Ahí tienes a Trump como un niño cabreado al que le han encajado un gol, apaña el balón que acaba de estamparse en la red de la portería, se lo guarda bajo la camiseta y se niega a entregarlo hasta que los demás niños acepten la anulación de la jugada. Y no me digas que nuestro Desemérito y los Bárcenas de turno no se comportan como ese churumbel que, en el experimento donde el profesor deja una bandeja de pasteles en la clase con la promesa de que quien aguante hasta que vuelva se comerá dos, se abalanza sobre la bandeja, se zampa todos los que le caben en la boca y se guarda en los bolsillos otros tantos.

Si algún sociólogo pudiera derivar la función obtendría el momento exacto en que se inició el proceso de aniñamiento social. El que existan niños maleducados y egoístas es algo esperado, el que los demás los dejemos campar por sus respetos es una derivada que no nos podemos permitir. Y menos aún que los medios, excitados porque el morbo y los bajos instintos cotizan al alza, se dediquen a ensalzar a los matones de guardería, propalar sus chulerías y justificar sus estupideces.

Salgo a la compra y no veo a chulos musculados empujándome en el pasillo para quitarme el producto que voy a coger de la estantería, ni a viejecitas dándome bastonazos para adelantarme en la fila de caja. Tampoco he visto ni en la calle ni en el metro ni en el autobús a negacionistas sin mascarillas, ni a nadie gritando libertad. Me he puesto la vacuna de la gripe y tampoco me topé con ningún antivacunas que me calentara el oído, mientras hacía cola, con sus fantasmagorías; antes al contrario, hay tanta gente dispuesta a ponérsela este año que en algunos sitios se han agotado y tardan meses en darte cita. He salido a tomar algo ya de noche y no he visto papeleras ardiendo, ni hosteleros furiosos, ni parroquianos atornillados a la barra o a la silla en señal de protesta. He visto gente educada, comprometida con su sociedad y con la sesera bien amueblada. Tampoco he visto pibones que me hagan ojitos cuando paseo con mi mujer como en la Isla de las tentaciones. Incluso en el surrealista Madrid donde su presidenta, Isabel Díaz Ayuso, pretende probar que las personas, como las partículas, podemos estar en dos sitios a la vez: a las doce cierra la hostelería y a las doce has de estar en casa, los comensales sabemos que la física cuántica no se manifiesta en estas magnitudes y abandonamos el restaurante con antelación. El sentido común es mano de santo para suplir carencias propias y, sobre todo, ajenas.

Sin embargo, si abres un dispositivo electrónico o lees un periódico advertirás que te trasladan la idea de que vives en una sociedad vieja y con las facultades cognitivas tan desbaratadas que se comporta como los niños. Así observas que, cuando un centenar de energúmenos se divierten quemando material urbano en una ciudad de más de tres millones de habitantes, lo retransmiten en directo durante dos horas y abre todos los telediarios del día siguiente. O lees el domingo que unos policías negacionistas han protagonizado una manifestación, pero si trasteas en medios serios -que también existen, como Teruel o Zamora- descubres que sólo hay una convocante del cuerpo armado que ni siquiera está en activo.  Un día sí y otro también, verificas que más de la mitad de la paginación de un periódico y de la escaleta de los informativos se invierte en un sobeo hiperbólico del idioma contando  lo que dicen o hacen nuestros políticos. Los editoriales son bombas de napalm o de almíbar según la trinchera. El resto de páginas radiografían la covid y pronostican el tiempo. Hace tiempo que la cultura, la ciencia, las humanidades, los pasatiempos y las emociones, sueños y esperanzas de la gente corriente ha dejado de interesar. Interesa la extravagancia venenosa y la gente tóxica.  Y así todo.

Va a ser que son los medios los que están aniñados y nos muestran una foto de la sociedad hecha desde un ángulo estrafalario con un objetivo de ojo de pez. Por eso vemos las líneas tan distorsionadas que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Animo a los medios a que calculen la derivada de su función para averiguar el momento preciso en que se agravó su deterioro cognitivo hasta parecer niños de guardería. Esta sociedad se merece que la prensa nos devuelva una imagen fiel y equilibrada. No se pide tanto, sólo que nos miren con los ojos de un adulto.

J. Carlos

Buscando alojamiento a la conciencia

Hace unos días, en periódicos de poca monta, se distribuyó la noticia de que un grupo de investigadores dirigidos por Jhonjoe McFadden habían publicado un paper en la revista Neuroscience of Consciousness, proponiendo la teoría de que la conciencia no está residenciada en una parte determinada del cerebro sino en el campo electromagnético que inducen las neuronas excitadas eléctricamente. Todavía recuerdo al padre Eloy colocando un imán sobre la mesa del laboratorio del colegio sobre el que vertía unas limaduras de hierro y, como por arte de magia, éstas se distribuían en ondas superpuestas que se cerraban en los polos por ambos lados. Después nos contó que las cintas del magnetófono en las que nos grabó también tenían unas limaduras de metal que se alineaban al pasar por un electroimán según los impulsos eléctricos de nuestra voz, de forma que esa huella del campo electromagnético guardada en los pliegues de la cinta se podía reproducir y oírla por los altavoces. Se escuchaba nuestra misma voz con un timbre más metálico y un leve chisporroteo como de agua hirviendo al fondo. Por mejor decir, conocías la de los demás pero la tuya te resultaba extraña como si aquella máquina te hubiese gastado una broma y te hubiese reemplazado por un hombrecillo extravagante. Resultó duro saber que esa voz rasposa y desarmónica era la que oían los demás. La más cálida y matizada sólo la oías tú desde dentro. Y ambas apenas tenían parecidos razonables.

Pensé en la conciencia como un sinfín de líneas de fuerza, distribuidas alrededor de cada neurona como las limaduras de hierro en el imán del colegio y, de seguido, imaginé una máquina que pudiera guardar esa huella como guardaba mi voz el magnetofón del padre Eloy. El día que me levantara con la conciencia nubosa, con amenaza de tormenta, podría encender el aparato para que cambiara el campo magnético de mi cerebro y lo dispusiera con los mismos vectores de fuerza de cuando era un niño o, de cuando estaba enamorado hasta las trancas.

Seguramente todos haríamos lo mismo, volver a la infancia, a la inocencia, al placer de descubrir. Pero si todos volviéramos a tener la conciencia del niño que fuimos el mundo se quedaría sin timoneles y se iría al garete. O, tal vez, no. A lo mejor con la conciencia todavía sin desbaratar hacíamos un mundo más habitable y, sobre todo, perdurable. Imagínate a Trump, a Putin, a Bolsonaro… si le pudiéramos cambiar su sucia conciencia por una limpia, a estrenar. Suponiendo que alguna vez en su vida tuvieron limpia la conciencia.

Como uno ya tiene la conciencia áspera y cansada terminé poniéndome en lo peor: Si ya hay programas que pueden modificar tu imagen, mover tus labios y modificar lo que estás diciendo al mismo tiempo que lo expresas, qué impediría a determinadas personas y organizaciones crear un software que jaqueara el campo magnético de nuestros cerebros y convertirnos a la mayoría en un rebaño de siervos. Bien pensado, espero que esta hipótesis de McFadden no prospere porque intuyo que asaltar los algoritmos de las emociones, recuerdos y pensamientos alojados en un campo magnético es más fácil que si estuvieran dispersos, pero a buen recaudo, en la caja de seguridad de nuestro cerebro, pululando entre la conexiones talámicas y del córtex, tal como señala Fracis Crick en “La búsqueda científica del alma”.

En todo caso, qué duro es vivir con tanto sobresalto y no saber ni quién somos ni en qué parte de nosotros residimos.

J. Carlos

El huevo y la gallina.

Ayer estuvimos de cementerios. Estaba el tiempo desapacible y tan áspero como este año 2020 que, desde marzo, nos tiene con el sosiego encogido y la paz perturbada. Es un año viejo ya, desportillado como las tazas del juego de café de la abuela que yacían colgadas de sus asas en el vasar del comedor de casa, tenían un color caramelo vidriado y un hilito dorado en el canto y en el pie. En el trayecto, las rachas de viento doblaban las hebras de lluvia que se estampaban contra el morro del coche como se estampan los insectos en verano. Moverse por carretera tiene el aliciente de que tú sales al encuentro del fenómeno meteorológico, no viene a ti como cuando permaneces estático. Atravesamos páramos de luz que, enseguida, dejábamos atrás para rasgar los jirones de niebla que opacaban el paisaje y franqueamos diluvios repentinos que rebotaban en la chapa del coche y velaban el vidrio del parabrisas. Estaba Salamanca recién lavada por la lluvia y sus edificios de piedra franca lucían el amarillo de la cantera y la herrumbre casi rosada del óxido del tiempo. Estaba Salamanca vacía como lo estaba Zamora como lo estaba Bustillo, mi pueblo. Daba una sensación de tiempo muerto y de espacios crecidos porque las ausencias hinchan el espacio hasta deformarlo y las calles, tan sin nadie, se estiraban hasta el horizonte, fantasmagóricas, como en los sueños. A la entrada del cementerio de San Carlos Borromeo había dos dispensadores de gel hidroalcohólico. Sería, pensé, para no infectar a los muertos. A la salida no había ninguno. Deduje que los muertos no contagian.

Es un ritual. Por estas fechas visitamos cuatro tumbas en tres lugares distintos para baldear unos cubos de agua sobre las sepulturas de granito y de mármol, cepillar las junturas para que el musgo no se coma la piedra y cambiar las flores de plástico descoloridas de los soles de un año. Acabamos con un breve responso que entona mi mujer y yo susurro como un eco. Todavía me acuerdo de las oraciones que aprendí de niño y de los partidos judiciales de cada provincia, pero no me preguntes sobre los versos del poema que leí ayer. Es verdad que mi concepción de la vida no se compadece con estos rituales, pienso que nuestros seres queridos no están bajo esas losas que guardan todavía la mayor parte de los átomos, en forma de polvo o ceniza, que constituyeron sus cuerpos; lo único que queda de ellos está en nuestros recuerdos y permanecerán mientras tengamos vida o, mejor dicho, mientras no se nos desgaste del todo la memoria. La acompaño con gusto porque aquellos que viven en mis recuerdos me enseñaron a querer, a respetar los credos de cada quien y a practicar la empatía.

En Toro, la luz mortecina y la lluvia sacaban el color blanco pajizo de la piedra caliza y el color rojo de la piedra arenisca de la Colegiata Santa María la Mayor. Hubo un momento que, contrapunteada por la pátina cenicienta del firmamento, sobrecogía su belleza sobrenatural. Esa imagen vivirá también en mi recuerdo, y por si se me quiebra antes la memoria que la vida, la congelé en una foto. A la vuelta, amainó el viento mientras agonizaba el día, el coche creaba un túnel de luz que alcanzaba los contornos de la carretera y dejaba el paisaje en un borrón de sombras. Afuera seguía el tiempo áspero, tiempo de difuntos y de calles silenciosas y vacías como cementerios. Dentro me amodorraba el runrún del motor, el silbo de los neumáticos drenando el agua del asfalto y la temperatura ideal del habitáculo. Para espantar el sueño desaparqué esa reflexión que siempre eludo sobre la vida y la muerte mientras conducía como un autómata. Estuve de acuerdo con lo que afirma Arsuaga en “La vida contada por un Sapiens a un Neandertal” que, en el dilema del huevo y la gallina el huevo precede a la gallina porque los genes utilizan el cuerpo del ave como un simple medio de transporte, al igual que el cuerpo humano no es más que un receptáculo para transmitir los genes a nuestra descendencia. Vamos, que nos creíamos el vino y no somos más que la copa que lo trasiega. Pero fui más allá en mi desvarío y me pregunté: ¿Y si el universo nos utiliza como meros receptáculos para reproducirse como utiliza el huevo a la gallina? En esa hipótesis la vida y la supervivencia serían una treta del universo para la consecución de una inteligencia capaz de desentrañar sus misterios. De modo que, antes de que la inflación del espacio deje al cosmos tan vacío y con su energía tan dispersa que se congele el tiempo, habrá una inteligencia que lo volverá a encender.

Entonces, el universo resurgirá de sus pavesas y tú y yo volveremos a ser polvo de estrellas.

 

Oído cocina.

En La forja de un rebelde Arturo Barea nos relata, con profusión de detalles, como los oficiales y suboficiales del Ejército español en Marruecos trincaban de los presupuestos de obras, comida, pertrechos y hasta de las zapatillas de la soldadesca. Luis Bárcenas que fue tesorero del PP y beneficiario de un finiquito en diferido nos desveló en unos folios de contabilidad de tendero viejo las paguitas extras que se ensobraban los peces gordos de la organización. Luego amagó con leer en voz alta en las salas de audiencia de la magistratura la comanda de fechorías pormenorizada con el reparto del botín para que el magistrado, dando un golpe con su mazo de madera, exclamara: “oído cocina” y enchironara a los malvados. Pero, casualmente, un  juez consideró que su mujer tenía la sesera corta y no se había enterado de los dineros que distraía su marido. (Inciso: en la doctrina judicial española la consorte es tontaelhaba y no se entera, ahí tienes a Cristina de Borbón o Ana Mato). En resumen, el ex tesorero cerró el pico y no hubo comanda. Nos quedamos in albis.

Su silencio nos privó de saber si la mordida que pagaban los empresarios era del 2% o del 3% de lo adjudicado. Ignoramos qué parte del dinero sustraído al contribuyente se quedaba en el partido y qué parte nutría los bolsillos de sus directivos. Y lo que es más grave, ha manchado con su omisión del deber de largar el buen nombre de aquellas empresas adjudicatarias en administraciones gobernadas por el PP que no utilizaron el soborno, alguna habrá, digo yo. También ha dilapidado la honorabilidad de los dirigentes del partido que no han participado en las coimas ni eran receptores de sobres a final de mes.

En España se gasta muy mala leche, hay quien piensa que Bárcenas ha hecho un Corinna. Quiere decirse que los 48,3 millones coimeados que obraban en cuentas en Suiza en 2008 estaban a su nombre a título de testaferro, pero pertenecerían en comandita a otros dirigentes del partido y, visto que él es el único enrejado, decidió quedárselos en propiedad. El silencio cotiza caro, concretamente está en 33 años y 4 meses de cárcel, salvo que el Supremo en última subasta modifique el precio.

Jorge Fernández Díaz fue un ministro que imponía medallas a las vírgenes, tenía un ángel custodio que se llamaba Marcelo y bajo su égida se desarrolló la Operación Kitchen (cocina) en la que participó hasta su confesor Silverio Nieto. Lo de las medallas sólo se entiende porque el hombre llevaba una vida disipada hasta que estando en una ciudad del pecado, Las Vegas, vio una luz cegadora que le tiró del “caballo” como a San Pablo y resultó que era el mismísimo Dios. Pues bien, la Operación cocina fue un operativo policial para robarle la comanda a Luis Bárcenas (pruebas en documentos, ordenadores y pen drivers) para que no pudiera cantarla en voz alta ante un juez. Así que no hubo ni golpe de maza ni ningún togado pudo decir aquello de: “oído cocina”.

Por lo demás, dicen que dejaron un verso suelto que no metieron en el poema de los cargos públicos. Ya sabes que una buena nómina y una buena jubilación sellan la boca y de qué manera. Al tal Paco, Francisco Martínez se llama, lo han dejado tirado como una caja de clínex vacía y está cantando la comanda de la “policía patriótica”. Me barrunto que los directivos de Netflix lo van a denunciar porque el relato es mejor que cualquiera de sus series más premiadas. Siempre dije que la ficción es una sombra chinesca de la realidad. Hay personajes impagables como Sergio Ríos, el chófer-mayordomo de la familia Bárcenas. Está Villarejo, que nos tememos usa varios clones porque es un multipersonaje que acapara las mejores tramas de la realeza, del Ibex, y de la parapolicía del país. Un delincuente que asalta a punta de pistola, vestido de cura, la casa de la familia del ex tesorero. El ministro y hasta su confesor que hace el papel de correveidile. Aparece también la plana mayor de la policía. Como estrella invitada actúa Cospedal, la del finiquito en diferido, y su señor marido. La contraparte es Rosalía Iglesias, la mujer del ex tesorero, rubia espiada y acosada. Hay un cameo de un tal Mariano Rajoy, lástima que sólo tiene una frase: a la pregunta de cuántos billetes de quinientos  contenía la caja de puros que le llevaba Álvaro Lapuerta a su despacho mensualmente, replica,no me haga preguntas porque no las voy a oír. Y así no podrá usted decir que no le he respondido”. Lo mejor es que no tienes que verla de una sentada te la van dosificando los medios con pequeños giros de guión.

Lo que nunca sabremos es si el objetivo final del operativo era librar al partido de una sentencia que certifique su corrupción o, evitar que Bárcenas pudiera probar fehacientemente la identidad de los titulares del dinero robado a los contribuyentes. Lo único seguro es que no veremos un puñetero Euro.

      J. Carlos