Ventisca

Ventisca

Las huellas no se borran porque no llegan a formarse. Voy un paso por delante. La protejo con mi cuerpo. El viento arrecia tan fuerte que barre la nieve como si en un desierto se armara una tormenta de arena blanca. Hasta ahora presumía de tener la geografía de la Pedriza esculpida en la memoria con la misma firmeza que un taxista tiene la del callejero de su ciudad. Llevamos más de ocho horas andando contra el viento. Da igual que cambiemos la dirección, la ventisca se revuelve y nos sigue atacando. Lo único que llevamos al descubierto son las mejillas, la nariz y los labios, donde picotean un sinfín de granitos de hielo que entumecen los músculos y los acartonan como el anestésico del dentista. Ya no distingo el color de su ropa, ni el de su gorro, ni sus guantes, está velado por sucesivas capas de escarcha. Antes de perdernos, al poco de estallar la tormenta de nieve y viento, me miró a la cara y le entró la risa, dijo que parecía el negativo de una foto. Le apostillé con sorna que ella parecía haberse pintado las cejas con una barra de tiza y que de los hoyuelos de su nariz nacían forúnculos de hielo. Entonces todavía nos quedaban fuerzas, así que risueños nos quitamos el uno al otro las pequeñas estalactitas y nos sacudimos la nieve de encima.

Estamos agotados. Pienso en nuestros hijos, Javier y Clara, que siempre nos advierten de que la montaña en invierno es traicionera. Busco una roca de parapeto contra las rachas de viento. Me arrodillo y hurgo en la nieve con ambas manos. Ella se sienta contra el respaldo de la pared de piedra y mete las manos bajo las axilas buscando el calor. Me siento a su lado, me quito los guantes y le saco los suyos. Froto sus manos con las mías, luego las acerco a la boca y le insuflo aire caliente. Antes de ponérselos soplo también dentro de sus guantes, con fuerza, para que el aire llene cada uno de sus dedos. Le confieso que estoy perdido.

-Lo sé, tampoco sería la primera vez –dice Enma, forzando una sonrisa-.

Al articular las palabras se le ha quebrado la fina lámina de hielo que perfila sus labios y que se ha ido formando con el vaho de su aliento.

-Si supieran los chicos que hemos subido con este temporal y que hemos dejado agotar las baterías de los móviles nos regañarían como a niños pequeños –añado-

-Y con razón –concluye ella-

El viento ulula al chocar contra la roca. No nos ataca de frente, pero sigue llegando en pequeños remolinos que arrastran el polvo helado. La luz va menguando. Mires donde mires, ves un enjambre de un blanco sucio en perpetuo movimiento que se termina difuminando en densos tules de grises. Más allá de cinco metros no hay luz, no hay nada. Está empezando a tiritar. No sé si ha sido bueno pararnos, pero sus pasos se acortaban y a cada zancada sus piernas se hundían en la nieve hasta por encima de la rodilla. Tre veces cayó de bruces al tratar de sacar los pies del atolladero. Palmeamos las manos para entrar en calor.

-Me acuerdo cuando nos conocimos, tenías un ojo pegado al microscopio estabas tan concentrada que parecía que te habías quedado sin aliento. Cuando frunciste la frente supe que en ese trozo de mi carne habías leído malas noticias.

-Y me enfadé muchísimo – dice con voz acorchada como sin lengua- cuando el director del laboratorio nos presentó y me dijo que era tu biopsia.

-Al final me salvaste.

-Yo sólo analicé una disección, era mi trabajo. Te salvó el hígado de un desconocido –replicó-

Necesito moverla se le están amoratando los labios.

-¿Me concedes el honor de este baile?

Nos incorporamos y enlazamos nuestros cuerpos protegidos por la roca. Empiezo a cantarle al oído, muy quedo. Pero así no entramos en calor. Desanudo el abrazo, le tomo la mano y doy saltos. Bailamos el rock que bauticé con su nombre, dando vueltas, acuclillándonos, saltando. Las notas brotan graves de mi boca, descompuestas, como de un vinilo girando a pocas revoluciones. Veo el aliento vibrar en sus labios, parece que por dentro le ardiera una lumbre. Me enardezco y multiplico los movimientos que enlentecen hundidos en la nieve. Quedamos sin resuello, volvemos a sentarnos al abrigo del parapeto de piedra y le sacudo el polvo helado que ha vuelto a blanquear sus hombros.

-Aquel día sólo mirabas mi falda, demasiado corta –habla con una voz más entonada- Luego, cuando supiste el resultado te quedaste pálido. La entrada que me dejaste junto al microscopio se la regalé a una amiga. Me dijo que tu concierto había sido espectacular. Estaba muy enfadada porque habías sobornado al director para entrar en mi laboratorio, aunque lo disimularas como una donación.

– Y yo buscándote entre el público. Esa noche, de madrugada, te compuse la canción. Todavía suena en algunas emisoras.

Tiene la cabeza apoyada en mi pecho, le acaricio el pelo castaño que escapa del gorro y le cae sobre la espalda. La ventisca se estrella contra la roca que nos protege pero, de tanto en tanto, los remolinos levantan tolvaneras que nos obligan a cerrar los ojos.

-Creo que la muerte por congelación es como un sueño dulce –dice-

Me quito los guantes para borrarle la palidez de sus mejillas. Hago pinza con los dedos en sus mofletes, como si fuera una cría, y le regaño por estar triste.

-No me importa la muerte –continúa hablando- pero pienso en los chicos, todavía nos necesitan, están tan lejos. Sobre todo la pequeña, enlazando contratos de país en país.

-Verás –le digo- que en cuanto la luz del día se vaya apagando, el viento perderá impulso. Hemos bajado bastante. Llevamos más de tres horas cuesta abajo. No podemos estar muy lejos del río Manzanares. Si llegamos hasta él sólo tenemos que seguir su cauce. ¿Te encuentras más descansada? ¿Crees que podrás seguir mis pasos cuando amaine un poco?

-Más pasos de baile no, por favor –ironiza, haciendo con la mano un aspaviento-. Dame sólo unos minutos para recuperarme, por favor.

Levanto las alas de mi gorro de lana y contengo la respiración para tratar de distinguir entre todos los ruidos que enmascara el viento el sonido del agua. Espero oír una suite con alguno de sus movimientos: el espumeo entre guijarros, o su gorgotear en los desniveles, el serpenteo rápido en las vaguadas o, el arribo desbocado al cauce del río. Nada. Sólo la furia del viento lanzando madejas de niebla y nieve contra los roquedales y las ramas. Sólo el sonido silbante como de respiración asmática y fatigada de un enorme monstruo blanco. Masajeo mis orejas escarchadas y las vuelvo a tapar.

-Te propongo un juego –le susurro al oído-

-¿Cuál?

-El juego de la verdad

-Esas chorradas de ¿me has sido fiel? –dice levantando la cara de mi pecho- ¿Has fingido orgasmos conmigo? ¿Soy el amor de tu vida? No por favor. Oye, ¿no estarás pensando que no vamos a salir de ésta? ¿Y tú eres el optimista que ha de animarme?

Se levanta de sopetón, me agarra del brazo y tira de mí con todas sus fuerzas. Empezamos a caminar, siempre hacia abajo. Enma va delante, decidida, pisando la nieve con furia. Me cuesta adelantarla e indicarle que ponga sus botas sobre los huecos de mis pisadas, se cansará menos y, además, las piedras y los piornos están emboscadas bajo el manto blanco y un mal paso nos puede quebrar un pie. A gritos le infundo ánimos, le digo que el viento está aflojando y que el Manzanares tiene que estar perpendicular al sentido de nuestra marcha. Se pone a mi altura, me coge de la mano y así, agarrados, proseguimos la marcha. Cada poco he de tirar de ella porque ambas piernas se le hunden en la nieve y se queda atascada. La fatiga mengua nuestros pasos. Ahora nos adentramos en un bosque de pinos, es más fácil caminar. A la vera de los troncos la capa de nieve es más fina y la ventisca, aunque ruge con más fuerza al estrellarse contra la pinocha, levanta menos tolvaneras y no entorpece tanto la vista.

Entre las estridencias de la ventolera se cuela otro ruido. Nos paramos, apagamos nuestra respiración para aguzar el oído. Puede ser el ansiado sonido del agua. Salgo corriendo. Una ráfaga de viento emblanquece el horizonte, pero entre ráfaga y ráfaga se asienta la gasa que lo enceguece todo. Sí, sí, es el río, es el río. Sigo corriendo, desatascando zancadas, manoteando el aire para no perder el equilibrio. Caigo de bruces hocicado en la nieve, el pie derecho ha entrado limpiamente, pero se ha quedado empotrado entre dos troncos sumergidos y, con la inercia de la carrera, el cuerpo ha doblado y la rodilla ha crujido. Ha sonado como una rama al troncharse. El cerebro reactiva aquellos dolores viejos de cuando me estrellé con la Harley y me chasqué la pierna. Enma corre hacia mí, se arrodilla, me acuna y me chista como a un niño pequeño durante unos minutos. Palpa mi rodilla y frunce el ceño. Luego me ayuda a incorporarme, pone mi brazo sobre sus hombros, intenta que camine con un solo pie, pero se hunde y hay que sacarlo a pulso a cada paso. Al llegar a la orilla del río, casi desfallecida, consigue recostarme contra el tronco de un roble rebollo.

-Bueno, salvados -dice sonriendo en un intento de tranquilizarme- Ya estamos en el Manzanares y el agua se mueve hacia allá. Ese es el camino.

-Tendrás que ir sola -le digo- Supongo que tienes una hora u hora y media de camino hasta el pueblo. Sal ya porque se te echa la noche encima.

-Iremos junto –replica-

-Enma, sé razonable –le insisto-. A mí ya vendrán a rescatarme cuando les avises y estés a salvo.

Como predije el viento se ha aquietado y, aunque la luz merma por momentos, ahora se deja ver el discurrir del cauce. No se distingue la senda, pero estoy seguro que desde este paraje no hay obstáculo hasta llegar a Canto cochino. Sigo pidiendo a Enma que haga el descenso sin mí, primero razonando con tranquilidad y aplomo, luego a gritos de pareja muy convivida. Pero es terca como una mula. Sólo me queda un cartucho, enfadarla.

-Claro, a lo peor tienes algo que esconder y por eso no has querido jugar al juego de la verdad –le suelto para herir su amor propio-

Se calla, se sienta.

El viento está calmo, ha dejado de nevar. El agua también está mansa y si se mira al bies  sobre su superficie, como cuando se tira una piedra para que vaya de rebote en rebote, se pueden advertir jirones de vapor que ascienden y se desvanecen en el aire.

-Sí, tengo un secreto –dice clavando sus ojos enaguados en los míos- Siempre estuve enamorada de ti, no me perdía tus conciertos. El único que me perdí fue el del día que me conociste y me regalaste las entradas. Cuando levanté la cabeza del microscopio y te vi, me temblaron las piernas y, no te fijaste, pero tuve que agarrarme a la mesa con las dos manos.

Permanezco en un silencio hosco. Estoy ganando la batalla y cuando termine su perorata conseguiré que se vaya. Con este frío, entrada la noche, no aguantaremos vivos ni dos horas.

-Que te dejase entrar mi jefe en el laboratorio me pareció un soborno –prosigue- Cuando a los pocos días me esperabas a la salida del trabajo con un ramo de flores, te las tiré porque seguía pensando que no eran más que parte del soborno. Y no, no fui a verte al hospital cuando ya estabas muy malito para pedirte perdón. Esa fue la excusa. Fui por ti.

Vuelve a guardar silencio y se enjuga las lágrimas con el dorso de los guantes. En las mejillas le quedan unos cercos de escarcha.

-Vale –le digo- Y ahora, por favor, puedes irte antes de que se eche la noche encima.

-No, no voy a irme sola. Y lo sabes o lo deberías de saber. Lo que ignoras, y éste era el secreto, es que soborné a un médico del Anatómico Forense. Analizaba la sangre de los cadáveres jóvenes que entraban. Un jueves por la noche me llamó para decirme que tenía un motorista de dieciocho años compatible. Cogí un taxi. Sobre la mesa de autopsias le extrajimos el hígado. Lo cosimos y la familia nunca se enteró.

Me incorporo escalando el tronco con las nalgas. La estrecho contra mí, le limpio las lágrimas y los cercos de nieve con la mano. Quiere seguir hablando pero pongo dos dedos en sus labios para acallarlos. Se aparta y consigue decirme:

-Escucha: Quiero que sepas que no tenía dinero para pagar el soborno. Sólo disponía de mi cuer…

Antes de que llegue a pronunciar la última sílaba vuelvo a sellar sus labios, esta vez con el candado de los míos, la estrujo muy fuerte con mis brazos. Subo mi boca a su oreja y le digo

-Qué terca eres.

Apoyo mi brazo en sus hombros y así, a la pata coja, con la tarde diluyéndose en las sombras,  nos vamos.

J. Carlos

Mensaje de esperanza

Esperanza Aguirre

La condesa de Bornos, la de la España aristocrática rancia y cañí, se siente engañada y traicionada. Yo no. Me siento feliz como si me duchara después de lustros y aligerara la roña y la suciedad que me ha caído encima. Me siento feliz por mí y por todos aquellos a quienes acosó, vejó, echó de su trabajo, ninguneó e hizo daño personal, política y profesionalmente.

No me siento engañado porque desde el delito de compra de voluntades del Tamayazo ya sabía lo que nos esperaba. Luego vino la privatización de la sanidad, se construyeron nueve hospitales por empresas del amigueo, siempre sobrecostados para que su gestión quedara por tres décadas en manos de esas mismas empresas; mientras los hospitales públicos, ambulatorios y otros centros de salud cerraban plantas porque no tenían ni para retejar y echaban a la “puta calle” a los profesionales. Ahora anda la UCO buscando el hilo de 23 millones de euros que le lleven al ovillo del desfalco sanitario. Cerró laboratorios públicos y otros servicios sanitarios básicos para regalarle la gestión a empresas de sus ex-consejeros, conmilitones y demás amiguetes de parranda financiera. Privatizó la educación regalando colegios pagados por los madrileños a entidades afines, confesionales o no, que entregaban solícitos la coima, al menos a los púnicos, que se sepa. No faltó el suculento plato de las infraestructuras adonde más moscas se arrimaron: metro, metro ligero, M-30, autovías, autopistas siempre con costes duplicados y triplicados. Ahí tienes el ferrocarril de Móstoles a Navalcarnero que fue otro empeño enterrado para repartirse la pasta como los gánsters, o la llamada Ciudad de la Justicia de la que después de 105 millones mediante, sólo queda un ovoide gris en ruinas que no vale ni lo que cuesta demolerlo; por cierto, acaba de aparecer el Libro Mayor de la Ciudad de la Justicia que andaba desparecido.

No me siento traicionado porque lo hacían a la vista de todos. Lo informaban los medios que no vivían de la caridad de la condesa, lo denunciaban en la calle las mareas verdes, blancas y rojas. Es pública y notoria la organización delincuencial que ha gestionado el Canal de Isabel II, tanto como sus casi diarios mítines e inauguraciones a golpe de bolsillo del madrileño que sus comisionistas cobraban a precio de concierto de los Rolling. Es más que indiciaria, de hecho está en los autos judiciales, la financiación del partido que dirigió con mano de hierro a costa del sufrido bolsillo del contribuyente. Es arbitrario, sangrante y da asco el botín publicitario que con el dinero de todos repartía a sus medios hagiógrafos, mientras echaba a la calle con un ERE a 861 trabajadores de Telemadrid. Ahí están las operaciones Púnica, la Gürtel, Lezo, y lo que te rondaré rubia si alguien decide abrir el pico.

La camarilla política de Esperanza anda en la cárcel o se le espera (Granados, González, López Viejo, Lamela, Güemes, Martín Vasco, Alfonso Bosch, Salvador Victoria…). Su camarilla empresarial o ya es huésped del Estado o tiene muchas papeletas para comer y dormir gratis total  durante unos años (Arturo Fernández, Díaz Ferrán, López Madrid, Rato, Blesa…).

Quienes hasta ayer le votaban y aplaudían, cuando saquen toda la ropa sucia al oreo del tiempo, le botarán. Hasta en su propio partido, una vez dimitida del último cargo, le van a echar más mierda que la ya de por sí se merece, al igual que hicieron leña con el árbol caído de Rita Barberá. Y lo sabe.

En fin, no sé si en su colegio inglés de aristocracia rancia le enseñaron a pedir perdón. Es más, no tengo claro que sus votantes se lo merezcan, al parecer usted cree que no. Algún día aprenderán que la ignorancia de los arrogantes suele ser tan larga y ancha como su ego. A mí, como madrileño, sus amigos políticos y empresarios me han robado mientras usted ejercía de Lideresa “in vigilando” unos cuantos miles de euros. Que se lo metan por donde les quepa. Me queda el consuelo de que todos aquellos quienes trincaron a su vera o en sus aledaños, sientan encima de su cogote la espada de Damócles del vacío social, ya sé que la Justicia no invitará al hospedaje del Estado ni a la milésima parte de los que han prosperado ante la mirada verde y, al parecer, ciega de sus ojos.

Algún día, quizá, tendremos instituciones donde sea imposible que lleguen personajes tan torpes y ciegos como la condesa de Bornos, instituciones fuertes e independientes donde el funcionario y sus técnicos no pueda ser ninguneados, gocen de transparencia plena y todo contrato, concurso y pago esté documentado, sea auditado, se haga público y esté accesible en toda su traza en internet.

Que Dios guarde a usted muchos años, sólo sea porque advierta a luz de las evidencias el enorme destrozo que ha provocado en esta Comunidad su torpeza y su arrogante ceguera.

J. Carlos

Humor

eLa Codorniz

Al igual que la luz blanca del sol cuando penetra una gota de lluvia se refracta y, al reflejarse en su cara posterior, rebota descomponiéndose en sus siete colores, el humor cuando entra en una gota de entendimiento sigue las mismas leyes que dan lugar al arco iris, y termina descomponiéndose en una gama de emociones que abarcan desde la risa floja hasta el cabreo, en función de que la sátira se mofe de los sentimientos y creencias ajenos o haga befa de los propios. De hecho, decimos que alguien tiene sentido del humor cuando no sólo es capaz de encajar con una sonrisa el sarcasmo ajeno sobre sus propios actos o convicciones, sino que  llega a parodiarse a sí mismo y se descojona.

La evolución que nos ha traído la consciencia de nosotros mismos, del absurdo de la vida y de la muerte, nos ha regalado un instrumento para soportarlo, la risa. El resto de seres vivos deben de tener una conciencia más atenuada porque no necesitan de la risa para soportarse. Nietzsche, que era un categórico sin sentido del humor, afirmaba que: “El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa”.

La pasada semana, mientras el gobierno de Rajoy hacía chistes con los presupuestos bajando el IVA a los toros al 10% y dejando el tipo del 21% para el cine, los medios discutían sobre los límites del humor publicado, a raíz de la sentencia recaída sobre la tuitera Cassandra por unos chistes sobre Carrero. Desde que le cayeron un año de prisión y siete de inhabilitación estoy preocupado, en aquellos años grises en que la dictadura no acababa de pudrirse del todo, media España contó a la otra media chistes macabros sobre el particular. Así que como la fiscalía “afine” (Fernández Díaz dixit) todos a la cárcel. Y eso que hasta Tip y Coll ironizaron sobre los ascensos del almirante. Resulta paradójico que, la única que va a pagar por el asesinato de la mano derecha del dictador sanguinario es Cassandra, porque la ley de amnistía del 77 zanjó los crímenes del franquismo y también los de ETA hasta esa fecha.

Cabe preguntarse qué hace ahora una legión de fiscales buceando en Twiter, en busca de humor negro con base supuesta en un terrorismo de una banda cautiva y desarmada, mientras los corruptos, los mafiosos y los defraudadores caen más por delación ajena que por pesquisas judiciales. Más les valdría estar atentos a las amenazas reales de aquellos que vienen de desiertos remotos y montañas lejanas. Y dejemos los desprecios, las ofensas y desafectos para los tribunales de lo civil o de lo contencioso.

Hablando de desiertos remotos y montañas lejanas, el pasado miércoles me tragué la parodia de Aznar que hizo el invitado de Bertín. Insuperable, no paré de reír. Si te soy sincero, como uno tiene buen corazón, me pareció que el invitado, un cómico imitador, hizo excesivo escarnio del personaje. Lo caricaturizó con un egotismo rayano en la neurosis narcisista, se travistió con una notable flaqueza mental escondida en una campechanía que no acababa de cuajar y, puso una voz impostada teñida de un ligero acento tejano donde las vocales apenas escapaban de los labios prietos. En cuanto a las respuestas, el imitador lo ridiculizó hasta el extremo de que había frases que parecían sacadas de una película de autistas.

El chiste más zafio de la semana lo ha protagonizado la Audiencia Provincial de Madrid, al admitir a trámite una querella contra Dani Mateo y Wyoming por ofensas contra los sentimientos religiosos. Parece ser que a los presentadores del Intermedio no les gusta la cruz del Valle los Caídos y la Asociación para la Defensa del tal Valle se ha sentido ofendida. Ni te imaginas la cantidad de querellas que yo podría interponer a las mujeres que hirieron mis sentimientos. Cada cual es muy libre de ofenderse con lo que tenga por conveniente, pero no es de recibo que los sentimientos y, menos los religiosos, tengan que protegerse con el código penal en una país declarado constitucionalmente como aconfesional. Y es que la cruz de Cuelgamuros, además de ser un símbolo fascista plantada encima del mausoleo del dictador, es, objetivamente, un atentado estético perpetrado contra la sierra de Guadarrama. No deja de ser triste que después de cuarenta años de democracia, no hayamos sido capaces de haber rascado el monumento de las rémoras que le asfixian, especialmente de los restos del dictador, y convertirlo en un memorial de la iniquidad donde la cruz deje de ser un signo religioso y se convierta en un símbolo del “nunca más”.

En los estertores de la dictadura, la revista La Codorniz fue un estandarte del humor. Recuerdo una viñeta con unos obreros trabajando en la calle, a su espalda un edificio con un cartel: “Consejo de Ministros”, el pie de la viñeta sólo contenía una palabra: “Socavones”. El Ministerio de Información cerró la revista y le impuso una multa. Cuando se cumplió el tiempo de condena y volvió a salir a los kioscos se pudo leer en sus páginas: “Bombín es a bombón como cojín es a X y a mí me importa tres X que me cierren la edición”. Se la volvieron a cerrar. Un 28 de diciembre, día de los inocentes, traía en la portada un dibujo de un tren entrando en un túnel, en la contraportada se veía el mismo tren saliendo del  túnel, el resto de las páginas en negro. Dicen que esa semana vendió más que nunca. Eran tiempos en que el gobernante era tan alérgico a los chistes que, a veces, ni los entendía. De un año y medio para acá tengo una sensación de revival, como si alguien hubiera abierto la veda de los comicastros asentados, de los chistosos de fortuna y, en general, de los que usan la libertad de de expresión. Algo así como si alguien de gatillo fácil empuñase el código penal  y disparara a bulto.

En los años difíciles que dieron inicio a la transición las estaciones de metro se llenaron de pintadas más o menos políticas. Sobre los azulejos blancos de una de ellas se podía leer: “Hay que matar al cerdo de Carrillo”. A los pocos días los ácratas, que “fumaban” mucho y gastaban buen ingenio, apostillaron debajo: “Cuidado Carrillo quieren matar tu cerdo”.

Hoy, los mejores chistes no se oyen en el Club de la Comedia ni  en el Intermedio, no se leen en la Revista Mongolia o en El Mundo Today; el humor más desternillante sucede en los Tribunales. ¿Sabes que uno de los imputados del caso Emarsa de la corrupción Valenciana, su ex gerente para más señas, ha manifestado que contrataron a una persona, por 500 € al mes, para que les sacara diariamente del cajero el dinero que nos atracaban a todos con la complicidad de unos de los “proveedores”? Robar mediante sacas diarias es muy cansado por eso subarrendaban el servicio. ¿Y qué me dices del humor que se gastan algunas sentencias? Blesa, condenado a seis años de prisión, y Rato, condenado a cuatro años y medio, se libraron de la prisión y de otras medidas cautelares hasta que la sentencia no sea firme, por su “intachable y cabal” comportamiento “durante el proceso”. Se conoce que sus señorías dejaron a buen recaudo sus carteras y tarjetas.

Así que las tonalidades del humor son como un arco iris de forma que, el que no se ofende es porque no quiere y el que no se ríe es porque no tiene sentido del humor.

J. Carlos

Procesión

Ermita de Bustillo.jpg

De niño sabías que llegaba la primavera porque el cielo se mudaba varias veces al día, el sol se tapaba y destapaba con el manto de las nubes al antojo de los vientos. Sabías que llegaba la primavera porque el barro congelado y duro de las calles del pueblo se había metamorfoseado en una capa de tierra fina que se levantaba en polvareda al paso del ganado. La mitad de las fincas lucían un verde de más de una cuarta, la otra mitad tenían un barbecho recién arado con camellones parduzcos como cicatrices viejas. En las eras la hierba salía de su entumecimiento de hielo y de escarcha y, a corros, brotaban las margaritas. Los pardales y las golondrinas ya no pasaban el día tendidos en los cables de la luz  esperando la lumbre raquítica del sol, se entretenían en el aire, en bandadas, dibujando flechas que cambiaban de dirección con la cadencia de un ballet. Los caminos, a la tarde, formaban nubes de polvo que ascendían desde las pezuñas de las mulas y, los labradores que cabalgaban a horcajadas parloteaban y reían; a ratos, hacían un alto para esperar a los que iban afluyendo desde las fincas próximas y aprovechaban para liar un cigarro de picadura. De niño sabías que llegaba la primavera porque la ropa blanca volvía a tenderse al sol, y las sábanas con una piedra en cada esquina se ahuecaban al viento como velas de barco silbando susurros. Las campanas tañían con un sonido más puro, más metálico, habían dejado en el invierno ese tono lastimero que penetraba en tus oídos como si hubiera atravesado un tamiz de corcho. Los lugareños tenían la costumbre de no morirse durante esta estación porque las campanas no sabían doblar a muerto en primavera. Las mujeres buscaban una abrigada al sol sentadas en círculo en sillas de enea, llevaban las piernas embutidas en medias de lana, y cosían, bordaban y hacían encaje de bolillos desgastando la lengua. Sabías que llegaba la primavera porque empezaban las novenas y desfilaban a la tarde las señoras enlutadas con un velo negro en la cabeza y un rosario de cuentas en la mano. A la ermita, en la anochecida, le salía una luz de los ventanucos enrejados de la puerta, si te asomabas advertías candelas encendidas a los pies del crucificado; el capricho de las llamas producía olas de sombras que trepaban por las paredes, por momentos parecía que la ermita navegaba y tú con ella. Sabías que llegaba la primavera porque la luna crecía y crecía, hasta llenarse del todo; cuando parecía una canica gigante proyectada sobre la pantalla del cielo en blanco y negro, los santos y las vírgenes de la iglesia se cubrían con mantos negros. Entonces, los niños recorríamos las calles a la carrera, haciendo sonar las tinieblas porque las campanas se quedaban mudas por tres días, a fin de congregar a los feligreses a los santos oficios. De la ermita salía en andas el crucificado en procesión solemne, a sus espaldas discurrían dos filas de parroquianos con farolillos encendidos, las mujeres veladas delante, detrás los hombres; los niños llevábamos una vela embutida en un círculo de cartón para no quemarnos la manos con la cera derretida, jugábamos a soplar el pábilo los unos a los otros para apagar la llama, si montábamos bulla los mayores distribuían pescozones sin más criterio que la cercanía entre nuestras cabezas y sus manos. El cura con casulla negra, rostro compungido y los ojos fijos en el cogote bamboleante de la talla, marcaba el comienzo de las estrofas: “Dulce Redentor, para mí era la pena de muerte, ya lloro mis culpas y os pido perdón. Madre afligida, de pena hondo mar, logradnos la gracia de nunca pecar…” Al doblar la última caseta de la carretera para desandar el camino, el aire del este causaba estragos en las llamas desnudas, incluso apagaba algunas guarecidas dentro de los farolillos de papel acordeón coloreado a franjas.

Recuerdo unos años más tarde esa misma procesión del Cristo en la cruz. Subía como siempre por la carretera en dos hileras disformes, las féminas habíais doblado la última caseta y los varones aún no la habíamos alcanzado. Se me encendieron las retinas cuando se cruzaron con tus ojos, después, hasta la iglesia, sólo entraba en mi ángulo de visión tu pelo ceñido en una gasa transparente que ondulaba hasta la cintura, tu chaqueta de lana color teja, tu vestido azul y tus pasos lentos. El sol a nuestra espalda se estaba poniendo, hubo un instante que tenía el mismo color que la llama de las velas. Por eso, ahora, cuando al atardecer la luz  mengua cierro los párpados y, si escucho el sonsonete monocorde: “Madre afligida, de pena hondo mar, logradnos la gracia de nunca pecar…”,  veo tu perfil alumbrado en oro viejo y tus pasos lentos, luego vuelves la cabeza y encuentro tu mirada.  Entonces sé que ha llegado la primavera.

J. Carlos

Autobuses

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Antes de que los reclamos publicitarios se adueñaran de todos los espacios, cuando la publicidad no salía de las marquesinas y de los escaparates de las tiendas, los autobuses tenían colores pacíficos y ventanas de vidrios transparentes desde las que huía el paisaje, hacia atrás, como un fugitivo. Desde hace unas décadas el márquetin, que tiene horror vacui y lo llena todo, ha desarrollado una piel para los autobuses con imágenes de cine, colores violentos y frases lapidarias que se adaptan a los ángulos de la carrocería como tatuajes. Las ventanas desaparecen tras la piel y el viandante tiene la sensación de que dentro transportan reses para el matadero. Ayer rodó por las calles de esta ciudad un vehículo envuelto en una calcomanía del color de la sangre aguada, sobreimpresionados en blanco figuraban dos siluetas de niño, uno más gordo con coletas y vestido, el otro más flaco en pantalón corto. Había sido fletado por la asociación Hazte Oír, declarada de “utilidad pública” por el que fue Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz. Sí, aquél que imponía medallas a las vírgenes y que tenía un ángel de la guarda de nombre Marcelo. Entre las dos pares de siluetas, como si sólo representaran el signo ortográfico de las comillas, las siguientes afirmaciones lapidarias: Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo.

Total, que se ha armado la de San Quintín.

A mí me produce la misma ternura e hilaridad que, si los miembros de una tribu ignota del Amazonas me explicaran que la luna es una ilusión creada por el dios sol o, que la gravedad no es otra cosa que la mano del dios de las profundidades que nos tiene agarrados por los pies. Lo preocupante es que haya siete mil cotizantes que recaudan más de dos millones y medio de Euros para esa asociación. Lo inaudito es que la misma Administración que se gasta un riñón en transmitir la ciencia a nuestros púberes, considere a estos indocumentados promotores del interés general. Lo alarmante es cuánto de cerca están estos analfabetos científicos de los colegios e institutos. Lo aberrante es que pertenezcan a una determinada creencia religiosa y que sus dirigentes no digan esta boca es mía o, lo que es peor, los jaleen como hizo el señor Rouco Varela mientras ejerció de purpurado. Sin embargo, la sociedad española, que es mucho más ilustrada de lo que estos ultramontanos se creen, ha reaccionado inmediatamente ante la impostura y les ha salido el tiro por la culata. Seguramente faltaba un debate público sobre la transexualidad y esta asociación lo ha propiciado. Gracias. Se hacía preciso airear las aulas y limpiar la ciencia del aire fétido de las creencias religiosas. Había que explicar el terrible sufrimiento de aquellas personas a las que su cerebro les impone un sexo distinto de lo que indica su anatomía, al igual que a muchos amputados su cerebro les impone el dolor en el miembro inexistente. En definitiva, han abierto de par en par el tiempo y el espacio para abordar una legislación a nivel estatal, como ya existe en algunas de las Comunidades Autónomas, que evite la discriminación por “sentirse con un sexo que no es el propio.”

El común de los españoles debe saber que los transexuales no son viciosos, ni pecadores, ni están locos, simplemente la química de su cerebro ha funcionado de forma distinta a la tuya o a la mía. Basta que la madre durante el primer trimestre del embarazo tenga déficit de testosterona o de estrógenos o que, el bebé no sea capaz de asimilar o producir las cantidades suficientes de estas hormonas, para que el cerebro del feto decida que tiene un sexo distinto al que indica su entrepierna. Y, obviamente no es la única causa. La Organización Mundial de la Salud lo incluyó como síndrome médico en 1977 y no tiene nada que ver con las tendencias sexuales ni con travestismo.

Creo en la libertad de expresión y, aunque el fiscal anda buscando indicios de delito de odio, no creo que sea el caso. Sí lo sería, seguramente, en una sociedad retrógrada, poco evolucionada y acientífica donde esas frases enardecerían a cerebros deshabitados que correrían a maltratar, vejar o linchar a aquellos cuya “cabeza” discrepa de su par cromosómico. Otra cosa es el juicio “religioso” que se merecen, no parece muy cristiana su actitud de hacer sufrir al diferente porque no es como ellos. Tampoco queda muy bien parada su salud mental, de sus actitudes se infiere que sus cerebros no son un dechado de empatía. Lo que sí debe perseguir el fiscal es la actitud de estos padres con sus hijos y alumnos cuando por su ideología o creencias “discriminen y maltraten” a quienes sufran esta situación.

Como me temo que los poderes públicos no pueden hacer nada más allá que aplicar, cogidas por los pelos, ordenanzas municipales para inmovilizar el autobús, solicito a la jerarquía eclesiástica que se sirva encauzar a estas “asociaciones” ultracatólicas y a más de un obispo, con un poco de ciencia. Basta con un seminario impartido por neurólogos, psiquiatras, pedíatras, psicólogos de reconocido prestigio, para que les ilustren sobre la realidad objetiva de la química del cerebro.  Supongo que sus arraigadas creencias tridentinas no serán óbice para el buen fin de la operación, conozco a médicos con un profundo conocimiento de los mecanismos neuronales, que están convencidos que comulgan con el cuerpo de su dios todos los domingos. Caso de que el curso sea demasiado gravoso para las arcas de la Iglesia, conmíneseles, al menos y como penitencia, a leer algunos de los libros que más abajo reseño.

Bibliografía de urgencia:

-García Rodríguez, Fernando.- El sistema humano y su mente.

-Swaab, Dick.- Somos nuestro cerebro.

-Hare, Robert D.- Sin conciencia.

-Sacks, Oliver.-El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

-Harari, Yuval Noah.- Sapiens. De animales a dioses.

J. Carlos

Ficciones

sapiens

Afirma Yuval Noah Harari en “Sapiens” que en la historia del hombre hubo un salto evolutivo esencial: la ficción. La especie que hoy epidemia el planeta hubo de echar mano de mitos y fantasías para que sus miembros cooperaran entre sí. Las bandas de homínidos que recolectaban y cazaban eran pequeñas, todos sus miembros se conocían y cooperaban entre ellos, pero recelaban de los miembros de otras bandas. Para crear tribus formadas por varias bandas era necesario un relato común que les uniera. Se necesitaba un nexo entre individuos que no se conocieran, un mito que sirviera de argamasa para conseguir la cooperación entre ellos. En principio la ficción tenía una trama simple, con dioses que se encarnaban en lo más cercano: animales, plantas, ríos. Después se hizo necesario crear la mitología heroica de los líderes y de los chamanes, contar la historia de la tribu fantaseada a la luz de la lumbre, imponer los códigos de conducta exigidos por los dioses, narrar la épica de las guerras contra otras tribus. Con el tiempo las tramas fueron adquiriendo una complejidad extraordinaria, dando lugar a las religiones, los reinos, las naciones, las historias, el derecho, el dinero, las instituciones, las sociedades anónimas. Son simples relatos, fantasías en las que confiamos y, gracias a las cuales, la evolución nos ha traído hasta aquí. Es cómico pensar que un trozo de papel que llamamos dinero nos sirva para adquirir alimento, vestido… proporcionado por el trabajo de otras personas. Gracias a esa fantasía y a que el resto de sapiens confían, como tú, en la magia de ese papel seguimos poblando el mundo y desalojando otras especies a marchas forzadas. A veces, hay excepciones, pequeños relatos que se van al carajo, ocurre cuando compras Preferentes o Valores filatélicos en la confianza de que al cabo de un tiempo te devolverán el dinero que depositaste y, de pronto, la fantasía se desvanece y no queda nada.

Estas ficciones modelan las estructuras sociales como el agua y el viento modelan los roquedales. Los artificios imperialistas y los nacionalistas fueron, y siguen siendo, elementos de cohesión para que cooperen millones de personas que no se conocen y viven en territorios diversos, del mismo modo que los artificios religiosos homologan creencias y códigos de conducta comunes que atraviesan países, razas y continentes. El artificio humano más extendido es el capitalismo, se ha extendido como una sopa ubicua a todo el orbe y sirve para engranar mecanismos de cooperación muy sofisticados, aunque a veces tan absurdos como el de las anchoas pescadas en el Cantábrico que viajan a China para desespinarlas y vuelven a Santander donde se enlatan. Estos relatos no son inocuos, es verdad que fomentan la cooperación y producen beneficios a la especie, pero no es menos cierto que han producido y producen mucho sufrimiento en forma de guerras, hambrunas, desigualdad…

En el siglo XX al final de las dos grandes guerras mundiales, la especie intentó, al menos en el terreno político, escribir una narración global a través de organismos relatores como la Sociedad de Naciones, en 1919, que fracasó y, posteriormente la Organización de Naciones Unidas (ONU), en 1945, que aún persiste pero resulta de todo punto incapaz para hilar un relato común creíble. Las fantasías nacionalistas dificultan el fomento de relatos de mayor calado. Ni siquiera ficciones como la de la Europa Unida terminan de calar en el imaginario colectivo, algunos individuos piensan, como tal vez pensaban las bandas que se unificaban en tribus mayores, que su vida puede empeorar y sus relatos nacionales tan instalados en sus creencias van a terminar disolviéndose en  el conjunto superior.

Los relatos que nos contamos para cooperar se basan en la fe, en la confianza de que todo el mundo se los cree y colabora. Cuando me levanto por la mañana y salgo a la calle lo hago con la confianza de que alguien se ha levantado antes y la ha limpiado, que las farolas me alumbran porque otros producen la electricidad para mí, que si cruzo el paso de cebra el conductor parará porque cree que yo tengo preferencia y…, en fin, cuando compro el billete de metro lo hago en la creencia de que llegarán los vagones en el tiempo anunciado en el panel electrónico, me subiré y el conductor me llevará a mi destino. Cuando la confianza se quiebra y el relato no resulta verosímil el homínido se retrae y descree.

Si los relatores de las fantasías político-sociales te engañan y se corrompen, se te caen los palos del sombrajo y eres capaz de votar al primero que diga lo que quieres oír, aunque sea zafio, ignorante y filofascista. Si te estalla la crisis en plena cara porque algunas de las fantasías creadas por el hombre no se cumplieron, como la del progreso económico sin fin, te enrocas en tus relatos nacionalistas y prefieres el relato conocido de tus patrias y tus banderas, que el nuevo por conocer y votas el Brexit.

En los tiempos de descreimiento, cuando la confianza flaquea, cualquier mindundi, con un poco de prosopopeya, puede enardecer a una comunidad de homínidos con la ficción de la lengua, la cultura y la bandera; basta con una dosis letal de historia inventada con épicas fantásticas, odios ancestrales, victimarios, enemigos gigantes y una tierra prometida después de la travesía del desierto. Los relatos resultan tan mágicos que te pueden estar birlando la cartera y a ti nunca se te ocurrirá mirar los bolsillos del narrador.

Con que, cuidado con lo que crees y también con lo que descrees. La gravedad permanece con independencia de tu fe en ella, las ficciones humanas se desmoronan como un castillo de naipes si no gozan de tu confianza.

J. Carlos

El parto de los montes

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La corteza terrestre flota sobre la roca derretida del manto y se mueve. No es una envoltura uniforme, está estratificada en forma de placas tectónicas que chocan entre sí. Cuando esto sucede una de ellas se pliega y se hunde, mientras que la antagónica se levanta dando lugar al parto de los montes. La emoción social también navega sobre el magma político con la misma quietud aparente con que se mueve la corteza bajo nuestros pies, aunque de vez en cuando sus placas chocan y producen terremotos sociales o volcanes que expulsan lava revolucionaria.

En el caso de la Infanta y su marido, la Audiencia de Palma ha parido un ratón con el ánimo de atemperar el movimiento telúrico. Las juezas desconocen la física de la tectónica de placas. Desconocen que el monte Everest seguirá creciendo por más toneladas de ciencia jurídica que le echen encima. Se probó que el marido de la Infanta se asoció con otro delincuente para, prevaleciéndose del apellido Real, vender, a precio de  oro, informes y asesoramientos cuyo valor no alcanzaba al del papel y la tinta en que estaban escritos. Se constató que una caterva de políticos compró aquella “basura” porque el dinero no era suyo, era del contribuyente y, se les hacía el culo gaseosa por hacerse acreedores del “favor Real”. Se acreditó que otra caterva de gestores de empresas privadas adquirió la mercancía averiada por las mismas razones que los políticos: el dinero no era suyo y su nombre se anotaba en la lista de los “proveedores de la Casa Real”. No hubo denuncia por parte de los gestores privados, lógico, hubieran quedado como estúpidos. Tampoco los verdaderos perjudicados, los accionistas de esas empresas, dijeron esta boca es mía ni en los juzgados ni en las juntas generales, lo que nos da otra medida más de la podredumbre del sistema. Resultó probado que la Infanta compartía a pachas con su marido una sociedad donde afluían los resultados de la actividad delincuencial. Es un hecho que, para ahorrarse los gastos del servicio del palacio de Pedralbes, los trabajadores figuraban como empleados de la sociedad. Es otro hecho que la Infanta se pulió con la Visa Oro de la empresa más de un cuarto de millón de euros en flores, restaurantes, material escolar y música. Es universitaria y trabaja en una institución financiera, pero el fiscal y las juezas consideran probado que no se enteraba de que su príncipe azul trincaba la pasta para hacerla feliz. Es una lástima que ni en los resultandos ni en los considerandos de la sentencia nos expliquen si su ignorancia deriva de escasez intelectual, si emana de un estado de enamoramiento permanente, o viene de fábrica asociada a su cualidad de Infanta –ya se sabe que la realeza fue reacia durante siglos a mezclar en exceso sus genes y eso, al parecer, produce estragos- Lo que no nos extraña es que su abogado levite de felicidad al leer el fallo, por lo visto los milagros ya no sólo habitan en los libros religiosos para dar lustre a los dioses y a sus santos.

La Infanta también levita por encima de las dos placas tectónicas que han entrado en colisión, la placa de la crisis y la de la corrupción. Si uno se fija en la de la crisis y, más concretamente, observa la roca granítica y gris de ese currante que perdió el trabajo, después su casa y ahora da de comer a sus hijos con la caridad de la pensión de los abuelos; si, al otro lado ve la placa tectónica de la corrupción avanzando con una morosidad impune de siglos, apenas erosionada por algún contratiempo judicial que se solventa con un indulto; uno se pregunta: ¿cuál será la subducida y cuál emergerá como una cordillera? Me temo lo peor.

El problema de la Infanta es que por educación o por convicción está persuadida que ni ella ni su santo varón han hecho nada punible. Sabe que lo que vendía su marido no era un producto ni un servicio y, por tanto, su calidad era indiferente. Se limitaba a alquilar el apellido regio o, si quieres, comerciaba con el sueño de codearse con la familia más poderosa del reino, en el entendimiento de que al calor del armiño Real iban a surgir sugerentes amistades y florecientes negocios.

He ahí el dilema: ¿Está equivocada la Infanta? ¿O erramos nosotros confundiendo la realidad con nuestros deseos? De lo que no cabe duda es que el servilismo de algunas instituciones como la Agencia Tributaria o la Fiscalía, ha dejado al descubierto que nuestra condición de ciudadanos está lastrada todavía por un cierto vasallaje. Ya lo dijo el súbdito Rajoy para tranquilizar a sus mesnadas: “A la infanta le irá bien”. Y le fue tan bien que le salió a devolver.

J. Carlos