La Dictadura del griterío

Algunas buenas gentes, ignorantes del alfabeto de la naturaleza humana, pronosticaron que íbamos a salir mejores de esta pandemia. Me resulta enternecedor, por ingenuo, ese tipo de pensamiento mágico en el que una desgracia compartida, por obra del birlibirloque, va a producir un salto en la evolución que ha costado millones de años. De pronto íbamos a ser todos angelicales. Ilusos. Y todo porque presos en nuestra propia casa y en estado de pánico, adquirimos la costumbre, importada desde Italia, de aplaudir a los sanitarios a las ocho de tarde. Chocábamos las palmas y rendíamos cortesía a los únicos que podían salvarnos el culo como el perro mueve la cola ante quien le da de comer. Aquello duró lo que tardó en difuminarse el miedo cerval que nos atenazaba y encontrar un culpable de nuestras desdichas al que colgarle el sambenito. Los aplausos se tornaron en caceroladas.

Repetimos las mismas ordalías medievales, afortunadamente ahora incruentas, donde la plaza del pueblo con su patíbulo es sustituida por pantallas que alumbran en tu propia mano o en el salón de tu casa. Los inquisidores oficiantes en vez de curas y frailes ahora son políticos de todo pelaje, tertulianos, opinadores, spin doctors y tuiteros. El personal sigue el espectáculo mirando el cristal líquido y chillando en las redes con el mismo fervor enardecido con que exigía que rodaran cabezas y las ensartaran en las picotas. Bienvenido a la Dictadura del griterío donde se impone la certeza frente a la duda y el eructo mental frente al argumento científico. Hasta los médicos, vacunólogos, anestesiólogos, inmunólogos y demás ólogos les pones una cámara de televisión y caen rendidos a su erótica como el macho ante la mantis religiosa. Les oigo, entre atónito y asustado, excretar su opinión con la rotundidad de un imán en la mezquita y negar la posición contraria como el hooligan niega el penalti contra su equipo. He asistido a la desaparición de las pantallas de científicos que exponían dudas razonables, analizaban con cautela los pequeños detalles donde está la esencia de las cosas y, con humildad, decían que no opinaban por carecer de conocimientos suficientes o por falta de estudios concretos sobre el particular.

El circo mediático necesita ruido  y certezas. En España tienen el terreno abonado, ya dice el proverbio: Tres españoles, cuatro opiniones. Hay programas que me recuerdan al fontanero cuando viene a casa que siempre pone a caldo al que hizo la chapuza anterior. Va en el precio. Por eso tenemos unos medios de barra de bar. Es la cultura del Low cost, o como me gusta llamarla, la cultura Primark de usar y tirar cuya ropa es muy barata pero tan mala que no aguanta un lavado. Cinco tertulianos cuestan mil veces menos que un episodio de una serie o una hora de entretenimiento y música; sin embargo, cuestan más que un buen programa cultural, pero en este tiempo donde la ignorancia es un valor social no lo vería ni el Tato. Lo del valor social de la ignorancia lo explica Andrea Marcolongo en “Etimología para sobrevivir al caos”. El estudio y el conocimiento cotizan a la baja como los chicharros en Bolsa, la sensatez y el sentido común han dejado de ser signo de distinción y yacen en las escombreras de la historia. El ascensor social y el glamur están en la estulticia, la chabacanería y la simpleza gritona.

¿Cómo hemos llegado a esta Dictadura del griterío? Fomentando la ignorancia. Llevamos dos o tres décadas penalizando el esfuerzo y la disciplina.  Otras tantas aplicando en la educación, con ahínco, la cultura Primark con el resultado de una drástica caída del nivel cultural y un abaratamiento del lenguaje para manipularlo mejor. De resultas se ha activado el efecto Dunning-Kruger, relacionado con el sesgo cognitivo de superioridad ilusoria, según el cual los individuos incompetentes tienden a sobreestimar su habilidad y autoestima, mientras que los individuos altamente competentes tienden a subestimarse. En suma, cuanto más zopenco más le abulta el ego y más se excitan sus cuerdas vocales. Su máxima: ¡Viva la ignorancia! y ¡arriba el griterío! porque yo lo valgo.

J. Carlos

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