La ley del péndulo

             Quien impera impone su relato. De EEUU nos llegan relatos toscos como el de Trump y relatos un poco más elaborados como el de la cultura de la cancelación. Todos ellos terminan permeando en las colonias en sucesivas oleadas. Quiero decir que aunque allí el relato se quede obsoleto porque el cacareo trumpista está demodé, aquí sigue en la lista de los más vendidos en el día del libro. Ahí tienes a un partido que llama niños a los fetos españoles y violadores a los niños negros que llegaron en pateras. A los relatos toscos se le ven pronto las costuras y terminan naufragando en su rancia gramática. Los más elaborados perduran en el tiempo aunque la física del movimiento armónico del péndulo los elevará hacia su punto máximo, después bajará para alcanzar el momento de equilibrio y seguirá, inexorable, hacia el extremo opuesto en que otro relato antitético se impondrá. Entre tesis y antítesis van sintetizando los valores y progresa la sociedad. El momento incómodo es cuando el péndulo está en su punto más álgido porque el odio puede desencadenar la guerra. A veces ni somos conscientes del peligro que nos acecha: cuando cayeron las bombas nucleares americanas en Palomares, ignorábamos que varios bombarderos B52 surcaban el globo terráqueo 24 horas al día, cargados con armamento nuclear, para responder a Rusia si era atacado suelo americano. La operación se llamaba Destrucción Mutua Asegurada. El título es un cuento mucho más escueto que el del dinosaurio de Monterroso y, desde luego, mucho más terrorífico.

            La cancelación consiste en una suerte de justicia colectiva para colgarle el sambenito a una persona o institución y aislarla social, económica y financieramente sin juicio contradictorio, sin derecho a la defensa y, las más de las veces, sin pruebas. Nos parece nuevo pero ya lo escribió Esquilo en Los persas, Cervantes en Numancia y Lope de Vega en Fuenteovejuna. Y lo sufrió, como nos ilustra Nieves Concostrina, Isidoro Gutiérrez, gobernador civil de Burgos, que fue linchado en la catedral de esa ciudad por una turbamulta alentada por el arzobispo y el clero, cuando se disponía a hacer inventario de los bienes en cumplimiento de un decreto del Ministerio de Fomento para la incautación de objetos de ciencia, arte o literatura. Muchas veces me pregunto sobre mi reacción si hubiera estado entre la multitud que asesinó y desorejó al gobernador, o cómo me habría comportado con mis vecinos judíos en la Alemania nazi o, si hubiera tenido las agallas de Julián Fuster Ribó, cirujano español y comunista que fue prisionero torturado en el Gulag ruso, vivió la rebelión y matanza del campo de Kergin y sobrevivió con su ética y bonhomía intactas, tal como nos lo narra Luiza Iordache Cârstea en Cartas desde el Gulag. Me contesto lo de siempre: ojalá que el destino no me ponga en esa tesitura porque no soy un héroe. Seguramente me dejaría arrastrar por el instinto gregario y acallaría la conciencia, que es tan dúctil como la plastilina, con todo tipo de justificaciones éticas y morales. La conciencia como el papel lo aguanta todo.

            Te confieso que me da miedo este puritanismo de los conversos. Los mismos que masacraron a los indios y esclavizaron a los negros ahora pretenden censurar, cuando no cercenar, libros, películas y otras obras de arte por lo que exponen o porque entienden que quienes la crearon no cumplen con las exigencias de su elevada moral actual. Leeré a Celine, veré las películas de Woody Allen, buscaré la biografía de Philip Roth aunque su biógrafo Blake Baylei haya sido acusado –que no condenado- por varias mujeres y sus editores hayan retirado su obra de las librerías… Para colmo de este fanatismo inquisitorial que nos retrotrae al Medievo, resulta que a los traductores al neerlandés y al catalán de la poeta Amanda Gorman los han vetado porque “para captar los matices de sus versos hay que ser negra”. Son tan estúpidos que están excluyendo a todos los lectores blancos porque tampoco captaríamos esos matices.  

             Como digo, todos los relatos del imperio nos llegan más pronto que tarde en sucesivas oleadas. Ya nos ha llegado la cultura de la cancelación a la política: al adversario se le cosifica llamándole rata o se le imputan delitos acusándole de criminal, los pobres de las colas del hambre son mantenidos, los niños llegados solos en pateras son violadores, las víctimas de amenazas de muerte se las inventan como estrategia publicitaria, los reos de sedición son presos políticos, a los rebeldes de la justicia se les otorga el mismo rango de exiliados que ostenta Machado… Cuánto tardarán, me pregunto, en cancelarnos a los jubilados otorgándonos la categoría de mantenidos.

             Las redes sociales son hoy los púlpitos donde antaño azuzaban los arzobispos a la turbamulta. También están avezados en esta vieja cultura del linchamiento los medios de comunicación, un buen ejemplo lo tienes en Tele 5. Durante veinte años canceló a Rocío Carrasco por mala madre y ahora, en un giro de guión, la santifica y la sube a los altares como mártir de malos tratos. Para cuadrar el drama ha cancelado a un tal Antonio David Flores, ex guardia civil condenado por malversación y ex marido de Rocío, a quien los directivos de la cadena le dieron de comer durante veinte años con tal de que maltratara de palabra en los platós a la hoy santificada. Y como la banca, siempre gana, da igual que el activo se llame Rocío o David o Isabel. Bien sabe Vasile que la audiencia seguirá las ordalías que ejecuten Jorge Javier Vázquez o Ana Rosa Quintana y, que la turbamulta escupirá indignada a quien le cuelguen el sambenito.

             No me da miedo el hombre ni el escorpión, lo que me da miedo es la naturaleza de ambos animales. Si un hombre, un grupo político, religioso, mediático, financiero consigue un poder superior lo utilizará en contra de los demás, está en su naturaleza como está en la del escorpión picarte. Por eso me fío más de las instituciones que surgieron cuando comprendimos que era más eficaz aplacar nuestra naturaleza depredadora y cooperar entre nosotros. Lo difícil es diseñar una arquitectura institucional con un sistema de contrapoderes que distribuya adecuadamente sus pesos. Entretanto confiemos en la física: cuando la cháchara estúpida y los linchamientos amainen en los medios y en las redes, por la ley del péndulo, tendrán más cabida la ciencia, la universidad y el arte. O eso espero.

J. Carlos

Una respuesta a “La ley del péndulo

  1. Pienso que la teoría de Aristóteles por la cual toda idea debe ser representada, en este caso en un concepto expresado mediante una palabra, nos ha acostumbrado “a ver el mundo” por la etiquetas no por la esencia del mismo concepto.
    El racionalismo es bueno pero manipulado da lugar a estos abusos del “etiquetado” interesado

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