Confesionario

Mi colegio había engullido por un costado a la iglesia románica de San Esteban, de hecho, la pared norte quedó de medianera con el refectorio de la comunidad claretiana y a sus sillares de piedra arenisca de Salamanca se disponían los bancos corridos de una de sus alas. A partir de las siete de la tarde se cerraban todas las puertas del colegio de forma que los que cursábamos en régimen de internado quedábamos recluidos. Los miércoles por la tarde Pascual y yo nos íbamos al cine Principal a ver películas calificadas para mayores, bastaba un pequeño soborno para que el portero hiciera la vista gorda. Era sesión doble, si queríamos llegar a tiempo al colegio nos perdíamos la segunda película. Acumulábamos ya dos faltas graves por llegar después del cierre de puertas, a la tercera nos expulsaban. Habíamos intentado escalar a soga el patio desde el exterior, resultaba demasiado alto; lo intentamos por las alcantarillas, eran tan estrechas que no entraban nuestros cuerpos de quince años. Una vez, desesperados porque por dos minutos llegamos fuera de hora, llamamos a los bomberos avisando de que las cocinas estaban ardiendo, con la confusión logramos colarnos. En la misa dominical confesaba el padre Ariño, casi siempre echaba al arrepentido unas broncas monumentales; aquel día al terminar el acto religioso se acercó una feligresa pero no pudo confesarse porque no había nadie en el confesionario. Era muy raro porque no habíamos visto salir al sacerdote. Sólo cabía una explicación, le había dado un telele. Pascual esperó a que la iglesia se vaciara de gente, abatió la puerta y entró en el confesionario. Soltó una palabrota, sacó su cara entre el cortinaje morado y me conminó a que le siguiera. Tras el mueble había una puerta estrecha que abrimos, daba al púlpito del refectorio de la comunidad; bajamos sus seis escalones, alcanzamos el pasillo y salimos al patio. Como las puertas de la iglesia cerraban a las nueve de la noche los siguientes miércoles agotamos sin problemas la sesión doble del cine Principal. Aquella semana proyectaban la Leyenda de la ciudad sin nombre, volvimos imitando la voz rota de Lee Marvin cuando canta Estrella errante. Lo que ocurrió después no es achacable a la mala suerte sino al exceso de confianza. Sabíamos el horario de cena de los curas, pero aquel miércoles estaba el obispo y habían adelantado la colación. Pascual, más atrevido que yo, iba siempre delante y, al abrir la puerta secreta, se encontró con la comunidad entera cenando en silencio bajo la presidencia del obispo. Sin más, tomó un ejemplar de la vida de los santos de un pequeño anaquel y desde el púlpito, con voz grave y serena, leyó fragmentos de la vida de la Santa Teresa de Jesús. Con el cuerpo en una tembladera volví al confesionario allí me estuve quieto hasta que, media hora después cesó la lectura de Pascual y se apagaron las luces del refectorio. Al día siguiente, a la hora del recreo, vimos salir a  sus padres del dormitorio comunal con la cabeza gacha y una maleta con su ropa. Entretanto él permanecía recluido bajo llave en la sala de espera al lado de la portería. No le dejaron despedirse de nadie, ni de mí siquiera.

        J. Carlos

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