Deconstrucción

El lunes hicimos una marcha pacífica entre Soto del Real y Miraflores de la Sierra. Digo pacífica porque en el mapa no abundaban las curvas de nivel y las pocas que cruzamos tenían una separación razonable (cuando están muy juntas echas el bofe). Fue en la capilla de San Blas, cuya festividad honramos por puro azar, que caí en la cuenta de que, mientras conversamos y se nos van echando encima los paisajes con lentitud, no hacemos más que deconstruir. Quiero decir que compartimos recuerdos, anécdotas, vivencias, conocimientos y los vamos destilando para extraer su esencia, lo mismo que deconstruye la uva el vinatero para hacer el vino o el trigo el panadero para hacer el pan. Es curioso porque durante la marcha tiene lugar un cortejo conversativo que se parece al de los bailes de mi adolescencia. Empezamos marchando en pelotón y charlando en conjunto, al poco nos adelantamos o nos atrasamos con una pareja con la que gastamos palabras e invertimos audiencia; basta una distracción o un breve receso para una foto y en el cortejo has cambiado de pareja y de asunto; también hay momentos que aprietas el paso o te quedas rezagado y, a solas con tu cerebro, demueles ideas contigo mismo. Fue así que, rezagado, contemplando un San Blas de yeso en su capillita de piedra y cristal que alguien moldeó como una destilación de creencias, que caí en la cuenta de que no hacemos más que deconstruir.

El alfabeto es una deconstrucción. Me imagino a los primeros homínidos descomponiendo lo que veían y asignándoles un sonido. Sería fácil representar a las fieras imitando su gruñido, pero ¿qué sonido le asignas a una puesta de sol? Miles de años más tarde alguien esbozó con sus dedos unos trazos inseguros sobre la tierra para representar lo que veían, pero aquello se borraba con el viento y la lluvia. Cuando descubrieron que los pigmentos minerales y el carbón vegetal aplicados sobre una roca permanecían por siempre se produjo un salto cualitativo, aquello quedaba en herencia a los descendientes. En Mesopotamia ya habían descompuesto la realidad que veían en miles de pictogramas que, con una cuña de caña, dibujaban sobre unas tablillas de arcilla humedecida. Era una ciencia aristocrática que sólo conocían los escribas. Resulta curioso que gran parte del legado de estas tablillas nos ha llegado gracias al fuego, al cocerse la arcilla los pictogramas quedaron indelebles como los dibujos de un alfarero en sus obras de cerámica. Los fenicios siguieron deconstruyendo hasta conseguir nombrar todas las cosas, describir todas las acciones y transmitir todos los sentimientos con una treintena de signos que conformaban su alfabeto. Un griego anónimo llevó este conocimiento a su tierra y en Grecia añadieron las vocales que faltaban a los fenicios de forma que, con veinticuatro letras nos explicaron el mundo y nos legaron la filosofía que había parido Tales de Mileto. Hoy, con esos pocos signos enlatados en libros o encriptados en almacenes de datos electrónicos llamados nubes, puedes acceder al pensamiento, tribulaciones, conocimientos y creación de millones de personas vivas y muertas.

Las siete notas musicales son una deconstrucción para transmitir los sonidos armónicos que por su melodía, ritmos y silencios nos suscitan emociones y constituyen una experiencia estética que llamamos música (el arte de las musas).

La medida de todas las cosas la expresamos con diez números. Por eso la riqueza y la pobreza se significan en cifras como el calor o el frío. También necesitas los dígitos para saber la horma de tu zapato o la longitud del cáncer para conocer su gravedad.

El átomo se deconstruyó con el alfabeto matemático y nos hicieron creer que era como un sistema planetario en pequeño, hasta llegamos a soñar que en un microgramo de materia tal vez se escondía un universo chiquitín con sus billones de galaxias y miles de billones de estrellas. Después en Hirosima y Nagasaki descubrimos que había otra forma de deconstruir la materia y de borrar a la especie de un plumazo.

En Suiza hay un túnel circular de veintisiete km para acelerar las partículas, hacerlas colisionar y dividirlas para buscar el ladrillo elemental de que están compuestas. Por ahora han llegado a la conclusión de que el lenguaje de la materia se expresa con sólo dos elementos: los leptones y los quarks. Digo por ahora porque la ciencia es sólida pero avanza con el ensayo de prueba y error, la fe es gaseosa y estanca.

Hemos avanzado tanto en esto de la deconstrucción que todo los transmisible lo hemos reducido a un lenguaje binario (sí/no, cero/uno). Voz, imagen, cifras, datos, enfermedades, correos, conversaciones, chats, recorridos… todo está reducido a impulsos eléctricos en granjas de datos. La vida de cada uno también está allí deconstruida y canibalizada,

      J. Carlos

 

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