Gregarios

Da gusto vivir en Occidente porque es un territorio estéril donde la salud de la ética sólo es atacada por gérmenes poco virulentos. Es un territorio limpio de patógenos como un quirófano. Los principios activos del germicida son una porción de cultura milenaria -griega, romana, cristiana-, otra porción de educación universal en valores y un buen puñado de ciencia; se remueve todo, hasta que maride bien, espolvoreando una pizca de leyes con su represión penal y, añadiendo un chorrito del ingrediente mágico: el bienestar material. Si a este desinfectante le antepones la vacuna de dos guerras mundiales entiendes por qué en Occidente ignoramos nuestro lado oscuro. Dice Philippe Claudel, en El archipiélago del perro, que todos tenemos un lado oscuro que, “A menudo lo revelan las circunstancias: guerras, hambrunas, catástrofes, revoluciones, genocidios.” Es verdad. Cuando la vida se porta bien con nosotros y no nos pone en situaciones comprometidas es fácil ser devoto de la ética (algunos ni con esas), pero basta que la vida se encabrone y nos ponga a prueba para que traicionemos nuestros principios.

Que los hados me libren de estar en la piel de los alemanes que veían cómo cosificaban a sus vecinos judíos colocándoles una estrella amarilla, después les echaban de casa, saqueaban sus haciendas y los llevaban como rebaños en vagones cerrados a los campos de exterminio para gasearlos. O de los judíos de hoy que echan de sus casas a los palestinos, los amurallan, los asfixian económicamente y, de vez en cuando, los masacran. Tampoco quiero estar en un avión aterrizado en llamas porque tal vez me descubriría abriéndome paso a codazos, pisoteando a niños y ancianos. Ni en una playa donde las olas rompan contra el cadáver negro de un emigrante; llamaría a las asistencias, sí, me condolería, sí, pero volvería a mi tumbona a tomar el sol y me daría un chapuzón en esas mismas aguas con la conciencia tan limpia y tranquila como cuando le respondo al fontanero que sin IVA.

De las circunstancias que cita Claudel sólo algunas catástrofes quedan fuera del hacer humano, todas las demás son causadas por el hombre y su espíritu gregario. Si no queremos conocer nuestro lado oscuro tenemos que imponer un cordón sanitario al gregarismo. La fe es ciega y no mueve montañas, apacienta corderos y enfrenta rebaños contra rebaños. La fe en Adolf Hitler costó cuarenta y dos millones de muertos. La fe en Iósef Stalin acabó con la vida de cincuenta y dos millones de seres humanos. La fe en Mao Tsé Tung enterró a setenta y dos millones de chinos…

No quiero ser como los tíos conservadores de Eduardo Torres Dulce a quienes les pilló el golpe de Estado de Franco en zona republicana y, para salvar la vida, se alistaron en el Quinto Regimiento de Enrique Líster, como muchos otros de éste y del otro bando. Hasta aquí la anécdota, una mera curiosidad que queda estampada como la imagen en un fotograma o disecada como una mariposa sujeta con un alfiler en una caja entomológica. Lo triste es que la historia no se congela, y, cuando los fotogramas de la vida siguen rodando, ves a esos hombres empuñando las armas contra sus propios correligionarios y familiares porque están en el bando equivocado pero tienen que salvar la vida.

No, no quiero conocer mi lado oscuro. Por eso abomino de los gregarismos. La fe del gregario se basa en la negación de todo lo demás y, específicamente, en traicionar todo aquello que nos hace humanos. Sus profetas son fanáticos como los gatos y los perros, como las abejas y las ratas que todo lo fían al instinto. Ningún perro descubrió la electricidad o el electrón, ni ningún fanático. Ningún gato llegó a la luna o envió sondas a Marte, ni ningún fanático. Ninguna abeja descubrió la penicilina o las ondas electromagnéticas, ni ningún fanático. Ninguna hormiga halló el bosón de Higgs o una onda gravitacional, ni ningún fanático. Los fanáticos y los conversos sí saben cómo pastorear a las masas y torearlas con los trapos de las banderas, saben conducirlas con los perros del odio hasta el aprisco de su ideología y llevarlas al matadero.

Es ver a Trump, Putin, Johnson, Junqueras, Abascal… y me entra la tembladera. Y es que se les nota en la voz, en los gestos y en la mirada un apetito desenfrenado de conocer nuestro lado oscuro.

 J. Carlos

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