Aquí están pasando cosas raras

Están pasando cosas raras. Si te bajas unas fotos de los satélites que nos ojean desde órbitas estacionarias, verás que la Tierra arde como una tea desde la Amazonia hasta Siberia, pasando por Oregón y Canarias. Es una estampa como de comic barato o de película de bajo presupuesto; quiero decir que es tan basta que parece coloreada por un niño con lápices de cera. Te condueles porque los árboles que se queman son seres vivos y, por tanto, también han de tener trazas de conciencia. Te asustas cuando echas cuentas de que cada espécimen llevaba décadas fabricando oxígeno para que respires doce veces por minuto y, ha estado atrapando el dióxido de carbono entre sus carnes leñosas para que no te asfixies. Grosso modo un pino Carrasco se zampa las emisiones de treinta coches. Cada árbol, muerto a fuego, llevaba décadas sujetando y drenando la tierra con sus raíces y, en su cuerpo gigante y ramificado, ha alimentado y protegido a miles de otros seres vivos. Cuando  queman un árbol, arde a lo bonzo, pero la mitad de su peso sube a los cielos y atrapa los rayos de sol que reflejan las aguas y las tierras. Consecuencia, sube la temperatura del planeta. Llámalo justicia poética.

Si eres optimista, piensas que la humanidad está en plena adolescencia. Anda entre la tontuna del ego desproporcionado y el nihilismo destructivo. Vamos, que le falta un hervor. Si eres pesimista piensas que aquí están pasando cosas raras. No es normal que habiendo un acceso casi universal a la educación y la cultura básicas, al menos en occidente, haya tanto analfabeto funcional. Me refiero a aquellos que niegan la eficacia de las vacunas o, afirman que la tierra es una planicie que se abre a un precipicio con carteles que advierten del peligro de asomarse. Los mismos que discuten que el hombre haya estado de paseo en la luna y creen, fervorosamente, que el calentamiento global es una patraña o un camelo. En situaciones de crisis siempre surgen agitadores, que diría Adorno, que fomentan la espiral destructiva. Sujetos como Trump y Bolsonaro que buscan los puntos de tensión en la sociedad y los alimentan a golpe de tuit. Lo de menos es que la realidad y la ciencia los desmienta siempre habrá una masa de hooligans que los idolatre. Es sencillo, basta hacer creer a la manada de iletrados que la realidad es tan simple como su cabeza y aseverar que, los científicos son seres maléficos que lo complican todo para engañarles y hacerles sentir inferiores.

El cambio climático está aquí para quedarse. Si mañana se obrara el milagro y no consumiéramos ni una sola gota de petróleo, la temperatura seguiría subiendo porque los sistemas son inerciales y funcionan por acumulación. Por eso, cada año habrá más incendios y serán más extensos y pavorosos. Es inevitable. La cuestión es cómo abordamos sus consecuencias y de dónde sacamos el dinero para paliarlas. Los fenómenos meteorológicos ya son más violentos y provocan cada vez más desastres. En España los niveles de agua de lluvia han descendido un 15%, así que desparecen arroyos, arroyuelos y escorrentías, se secan los ríos pequeños y, en unos años, gran parte de las tierras de cultivo serán pasto de las fauces del desierto. Ya no te digo el efecto estirón del mar que anegará islas y playas o, la reducción de su salinidad que está frenando las corrientes del Golfo y cambiará nuestro régimen meteorológico. Dicen que dentro de diez o veinte años el clima en gran parte de la península Ibérica será como el de hoy en Marruecos. Imagínate para entonces cómo de subidito estará el mercurio en el norte de África y, no quiero pensar en los países que abrazan el cinturón del ecuador donde, seguramente, el tubito de vidrio del termómetro reventará. Habrá que hacerse a la idea de ponerse de tocado una escafandra e ir, ahorrando, tacita a tacita, para poder comprar en el mercado el oxígeno que gastemos. La selva amazónica está ardiendo por los cuatro costados, si desparece, es como si extirpáramos un quinto de pulmón a la Tierra y, de paso, como si cegásemos la fuente de la quinta parte del agua dulce del planeta. Según Bolsonaro, un infrahumano mental, la selva la están quemando las oenegés para fastidiarle. Pues eso, agitadores que venden a su grey la especie de que su terruño es suyo y pueden hacer con él lo que les plazca. Son como los cánceres, arramplan con los tejidos que para eso son suyos, pero terminan matando el cuerpo del que proceden y, de paso, suicidándose.

Entre el ego desproporcionado de estos agitadores que manejan los resortes del poder, y el nihilismo destructivo de quienes adoptamos la cobardía del silencio, no sé si la humanidad llegará a la madurez. Si llega, va a necesitar mucha crema solar para no abrasarse la piel y fabricar mucho oxígeno para respirar. Como siempre ha habido clases, los ricos podrán respirar cuarenta veces por minuto, como los niños; los pobres respirarán cinco veces por minuto y a buchitos cortos.

       J. Carlos

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