Okupas

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Asombra vivir en un país que protege la propiedad privada con uñas y dientes, con un código penal que dedica gran parte de su narrativa a glosar cada uno de los delitos, faltas y penas que acarrea quebrantar este derecho, pero donde cualquier espontáneo puede pegar una patada a la puerta de la casa donde vives, asentar sus reales y quedarse a disfrutar de tu luz, tu agua, tu calefacción y demás servicios. Si les cortas el suministro se te echa la Justicia encima. Si dejas de pagar la hipoteca, el banco, que es el dueño virtual de tu casa, se queda con ella y tú con la deuda en el caso, muy común, de que su valor no alcance el del capital pendiente. Y cómo los okupas tengan uno o más churumbeles, propios o alquilados, ármate de paciencia. Nadie te va a quitar cinco o seis años de abogados, procuradores y un abanico de tribunales por donde se te colará un presupuesto de diez o quince mil euros, y al final, si lo consigues, recibirás la arquitectura de un esqueleto mondo y lirondo. No sólo se habrán llevado la encarnadura de tu ropa, muebles, electrodomésticos y lámparas, también habrán arramplado con tus documentos, tus fotos, tus joyas y todos los recuerdos que atesorabas en esas cosas sin importancia que recibiste de los tuyos o que acumulaste en viajes físicos o sentimentales. Tendrás suerte si no han desenterrado las tuberías y los cables de la luz para venderlos. Además, se irán de rositas, amenazándote en tus morros delante de la policía y del secretario judicial, que permanecerán mudos y sordos como estatuas de sal. Al calor de este desafuero han surgido como setas “empresas” de sicarios que te resuelven el problema con un coste similar al “legal” pero por la vía rápida. Ya lo dijo Jaime Mayor Oreja: “El que quiera seguridad que se la pague”. Era Ministro del Interior en el gobierno de José María Aznar y mermó el presupuesto de las fuerzas del orden hasta la indigencia, los coches no salían a patrullar porque sus depósitos estaban secos de gasolina. Lo que no dijo es que se lo pagaríamos, entre otros, a él, que tuvo intereses en Eulen y mantuvo lazos con Estudios y Experiencias S.L., empresa socia de Seguritec S.A. y de Protección y Custodia S.A. No hace falta tener un Harvard clavado en la pared porque el método es más sencillo que el mecanismo de un chupete: Asfixia el servicio público para desbaratar su funcionamiento, privatízalo y apaláncate con unas acciones de la empresa adjudicataria o una mamandurria de puerta giratoria.

Asombra más que la Europa que estamos construyendo para jibarizar los nacionalismos, adquirir músculo ante esta economía globalizada y preservar en la igualdad y dignidad humanas, deje okupar todas sus infraestructuras por los magos de Silicon Valley, como les denomina el filósofo alemán Markus Gabriell, a quienes considera criminales y, por consiguiente, reos de cárcel. No le falta razón.

Okupan las infraestructuras físicas de nuestras empresas para llegar a tu móvil, tableta, televisión u ordenador. Google, Amazón, Facebook y demás redes sociales circulan gratis et amore por las carreteras digitales (cables de fibra óptica, antenas, satélites y demás parafernalia) que tu operador ha instalado y que tú pagas mensualmente. También utilizan gratis total los gigas de tus cacharros electrónicos.

Okupan o, mejor, hackean la información pública que pagamos con nuestros impuestos y la información privada de las empresas de comunicación sin pagar un duro por ello. Es como si una empresa automovilística construyera los coches y la comercializadora los alquilara o vendiera sin pagar nada a la empresa que los produce.

Nos okupan a nosotros, que somos su mejor producto. Se adueñan de nuestros datos vitales y médicos más íntimos que luego venden a los laboratorios para extraer información valiosísima que cura enfermedades. Toman por asalto nuestros gustos musicales, gastronómicos, sexuales, literarios…; recopilan nuestras fotos, videos, audios, correos, chateos, tuiterías, itinerarios…, con el fin de inundarnos con publicidad que un algoritmo dirige según las preferencias de cada quien y que otras empresas pagan como oro en paño. Con todo, lo peor es que, tanto las corporaciones americanas como las chinas, que monopolizan el mercado, trasmiten nuestros datos a los Servicios de Inteligencia de sus respectivos gobiernos, en tiempo real. Si Orwell levantara la cabeza, seguramente, consideraría que su novela 1984 había envejecido muy rápido comparada con la realidad de 2019.

Okupan nuestro acervo común sin pagar un solo impuesto. Te enseñan el Prado demorándose en cada pincelada del cuadro con una precisión que ya quisiera para sí el ojo humano, quien escribe el Prado lo predica de cualquier monumento que levantaron nuestros ancestros y que mimamos con nuestros impuestos. Les regalamos un país con infraestructuras hotelera, aeroportuaria, de carreteras, ferroviaria y sanitaria envidiable; es tal su variedad geográfica, cultural, gastronómica, de fauna y de flora; tan hospitalario, seguro, alegre, cosmopolita que más parece un mágico mosaico de países. ¿Crees que le cobramos algo por el uso y disfrute de esta maravillas trabajadas, conseguidas y abonadas por nuestros ancestros y nosotros mismos a Booking, Amazon o cualesquiera de estos okupas que sólo intermedian digitalmente? Te lo cuento: ni un duro. Para eso domicilian sus corporaciones en Irlanda, que hace dumping fiscal y la UE se lo admite, o en paraísos fiscales con lo que evitan pagar por lo que usan; como ocurre en tu edificio con el caradura del 3º A, que no paga los gastos comunitarios y os toca pagarlos al resto a toca teja. Además les regalamos cuarenta y cinco millones y medio de consumidores sanos, gracias a la Sanidad que ellos no pagan; cultos, gracias a la educación que ellos no costean, con un cierto poder adquisitivo para adquirir lo bienes que publicitan, gracias al esfuerzo conjunto de todos los españoles y de la herencia de nuestros antepasados. Y, por encima, ponemos a su disposición una seguridad pública y un sistema judicial, que no sólo no sufragan vía impuestos, sino que además utilizan (okupan) profusamente.

En mi pueblo no se les llamaba okupas, se les decía sanguijuelas o garrapatas.

      J. Carlos

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