Archivo diario: 10 abril, 2019

MICRORRELATOS V

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                                                               Tiempo

Hay dos formas de parar el tiempo le dijo un célebre físico al poeta: Viaja a la velocidad de la luz y estarás siempre viendo el presente o, toma la huella del tiempo con una foto y congelarás ese instante. El poeta, educado, calló. Esa noche anotó en su diario: Pobre, no sabe que, aunque te fuiste ahora hace cuatro años, sigo viendo tus mejillas encendidas como la primera vez que nos miramos, y que la luz de tus ojos azules sigue alumbrando mi vida; no sabe que sigo oyendo el timbre de tu voz,  diciendo mi nombre, con un brillo como de ronroneo. Pobre, ignora que el tiempo que compartimos está atrapado en mi cerebro y tengo toda la vejez para transitarlo.

                                                            Algoritmos

Trabajo con algoritmos en una empresa de inteligencia. Rastreo millones de teléfonos y ordenadores. Resulta tedioso elaborar programas que estabulan y aíslan la información sensible. Para darle un poco de vidilla a este tedio cotidiano me apuesto con un compañero el desayuno. El otro día reenviamos al móvil de un marido el chateo tórrido de su mujer con un amigo de ambos. Ganó Luis que apostó que se separarían. Hoy le he cambiado la receta electrónica a mi vecino que, dicho sea de paso, es un imbécil. Le he prescrito un medicamento que le producirá un choque anafiláctico. Mi apuesta es que la palma.

                                                               Siesta

Yo entrevisté al gran Mazarino, el vidente. Nadie se atrevía a entrevistarlo porque tenía inquina a los periodistas. Era sentarte, y antes de que hicieras la primera pregunta, te soltaba el día y la hora de tu muerte. Me franqueó la puerta, me dio los buenos días y, de seguido, vaticinó que moriría a las cuatro y diez de la tarde. No dijo de qué día ni en qué año. No creo en esas paparruchas, pero desde entonces le cogí gusto a la siesta, si viene la Parca que me pille durmiendo.

                                                 Una planta y su retoño

¿Los humanos?, eran unos bárbaros. ¿Sabes que sacrificaban a los animales para ingerir su carne? También comían a nuestros hijos, se alimentaban de nuestras hojas, nos podaban el ramaje, mutilaban las flores… Menos mal que, uno de ellos, entendió nuestro lenguaje químico y, por fin, pudimos explicarles cómo alimentarse del sol y de la tierra sin condenar al holocausto a otros seres vivos y a su descendencia.

                                                   Carta a mí mismo

Hoy me ha llamado un nieto de D. Ladis, el maestro. Me explica que en la casa de su abuelo ha encontrado una caja de cartón con una redacción de cuando éramos niños. Es una carta dirigida a nosotros mismos cuando tuviéramos sesenta años. Me la remite escaneada al móvil. La tinta azul está un poco desleída. Leo: “Serás maestro, y no tendrás las manos callosas de padre, ni la cara arrugada del abuelo, ni la piel del pescuezo cuarteada de soles y de fríos. Vivirás con Adelita, tendréis ya el pelo cano y, juntos, de bracete, subiréis a la Atalaya cada tarde a ver Venus, si se deja”.

                                                             El tren

Nunca había visto el tren. Despedíamos a mamá, se iba a Zaragoza de maestra por tres meses. Sonó el silbato y el andén se llenó de pañuelos al aire. A chirridos metálicos las ruedas empezaron a moverse lentamente sobre las vías. La locomotora bufaba con una humareda espesa que salía a trompicones. Cuando los vagones se perdieron entre la noche y el humo, guardamos los pañuelos. Papá tenía los ojos húmedos. Dijo que le había entrado carbonilla. Nunca más volví a verle en los ojos una lágrima, ni siquiera cuando recibió carta de mamá y supo que nunca más volvería.

                                                      El chico sin sombra

Me lo trajo a la consulta la madre. Era verano. Vestía una camiseta cuello de cisne, un pañuelo lila atado atrás con el que se cubría la boca como un bandido y un sombrero blanco de paja. Hice salir a la madre. El chico me confesó que no tenía sombra. Lo descubrió de niño, una tarde de invierno, cuando una nube se replegó y el sol salió por su espalda; las sombras de sus amigos caminaban por delante, enteras, la suya no tenía cabeza. Desde entonces se cubre todo.

Verás, le expliqué, en realidad los fotones atraviesan los cuerpos y no tienen sombra, pero los cerebros vulgares crean la ilusión de que proyectamos sombra como las cosas. Tú y yo tenemos cerebros más evolucionados e inteligentes que no se autoengañan. Bienvenido al club, le dije dándole un abrazo, ya puedes descubrirte.

Desde entonces la madre me envía una caja de vino por Navidad.

                                                       Desacontecer

Si el mundo fuera para atrás las novelas se meterían, de a poco, en los bolígrafos, las balas se soldarían con sus cartuchos y volverían a las recámaras de las pistolas, los volcanes se comerían su propia lava y los niños regresarían, gateando, al seno materno. En ese desacontecer, habría un momento en que seríamos un bonito sueño o un simple desliz.

                                                            Timidez

Eran muy jóvenes cuando les llegó el amor y eran tan tímidos que por no vivirse se soñaron. Después el azar les puso un océano por medio, les encontró pareja y anotó dos hijos a ella y tres a él. Los recuerdos son tozudos y, ambos, sin saberlo, caían en la trampa de la evocación de sus silencios y se les partía el alma. A él le bastaba el olor del pan untado de aceite, o el timbre de una bicicleta o, la forma caprichosa de una bandada de pájaros, para que se le enredara en los ojos la imagen de ella con su melena negra ondeando al viento. Ella no recuerda noche en que él no acudiera a sus sueños y, ya despierta, veía su sonrisa en el lavabo y en el bol del desayuno y en el vidrio de la ventana que tamizaba la primera luz del día.

En internet han encontrado una pasarela para cruzar el océano. Se escriben correos con los te quiero que nunca pronunciaron e intercambian poemarios con deseos enardecidos. También se envían fotos añejas con las que rellenar el hueco del tiempo, y fotos nuevas para besarse aunque sea a través del vidrio de la pantalla. Se viven un poco y se sueñan mucho.

Mamá no sabe que fui yo, su hijo mayor, después de leer por descuido su diario, quien les habilitó la pasarela. Es tan grato verla risueña a todas horas y está tan linda con los labios en un silbo y los ojos encendidos.

                                                  Libro Mayor sentimental

Se pasó la vida echando cuentas de los dolores y alegrías. Llevaba un cuaderno de bitácora que, en realidad, era un libro Mayor sentimental. Asentaba en letra románica los desamores, las afrentas y las desgracias en el Debe. Apuntaba en el Haber, con letra gótica, los cariños, los elogios y las venturas. Siempre que hacía balance resultaba muy positivo y, sin embargo, el papel no casaba con la realidad porque el dolor era más fuerte. Fue en el geriátrico, al advertir que los hijos buscaban excusas para ir demorando las visitas en el tiempo, cuando cayó en la cuenta de su error contable, no había asentado la partida más gravosa: la indiferencia. Volvió a su cuarto, abrió el cuaderno de bitácora y, buceando en sus recuerdos, comenzó a intercalar asientos en el Libro Mayor con letra románica.

         J. Carlos

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