Pirateos

Pirata

Afirma Yuval Noah Harari que los seres humanos somos pirateables. Hasta ahora nos piratean desde fuera con datos íntimos que les regalamos o que obtienen subrepticiamente. Lo que teme mi divulgador de cabecera es que, pronto habrá sensores biométricos que se chivarán del incremento de pulsaciones en mi corazón, el nivel de oxitocina en mi cerebro o, del diámetro de mi pupila ante la visión de una foto, la lectura de un párrafo, o el éxtasis de un beso. Será entonces, concluye, cuando nos percatemos de que el libre albedrío fue una quimera, y la inteligencia artificial –tras de la que siempre hay intereses humanos-  se pondrá al timón de mis decisiones porque sabrá más de mí que yo mismo.

No creo ni en el Mundo feliz de Aldous Huxley ni en la distopía de George Orwel en 1984. Lo que no significa que no haya lugares y personas que viven “mundos felices”, temporales, enganchados a la química de las drogas o, que no haya regímenes y países que hoy siguen viviendo en el horror totalitario que imaginó Orwel; digo imaginó, por no decir que pasó a limpio, narrativamente hablando, lo que había visto en las checas de Cataluña y lo que estaba sucediendo en ese momento histórico con el nazismo y el comunismo. Lámame crédulo. Me lo merezco. Ya sé que estamos en un mundo replegándose otra vez en tribus, con formas de gobierno totalitario en Corea del Norte, China, Rusia, Brasil, Turquía, etc., con un amante de la testiculina al frente del mundo libre y una Europa retirándose de sí misma y fragmentándose en mil pedazos. Pero, qué quieres, soy de natural optimista y pienso que las falacias tardan en desvanecerse lo que tarda el péndulo de la historia en llegar a su punto de máxima oscilación; después, cuando debajo de las banderas y los himnos los pueblos sólo encuentren un decorado de cartón piedra y, en cuanto descubran que tras el señuelo del nacionalismo no hay más libertad ni una vida mejor, sino que todo fue un juego de trileros para vaciarles los bolsillos, el péndulo iniciará su eterno retorno. Es pura física.

En cuanto a los postulados de mi admirado Harari, creo que exagera. Se olvida de que el mecanismo humano más eficaz es la duda. Los grandes pensadores lo fueron porque intuyeron que había fallas en los relatos que les contaban. Fueron capaces de ir contra sus creencias, incluso, de contradecirse a sí mismos y desestimar sus propios pensamientos. La humanidad ha avanzado dudando, intuyendo, contradiciéndose. Me temo que los algoritmos nunca podrán dudar, se les programa para aprender de la experiencia, pero siempre tomarán la decisión más razonable en función de los datos de qué disponga y de las situaciones anteriores a que se ha enfrentado. En su lógica no se equivocarán nunca. He ahí la gran diferencia con el ser humano. Hay otra, la torpeza. Una máquina no se inmolará individualmente, ni se destruirá colectivamente con todas las máquinas. El hombre es tan torpe que se inmola en una guerra, se quema a lo bonzo por una idea y se suicida por tristeza. Tan torpe que, incluso, puede pulsar el botón nuclear y mandarnos a todos al carajo.

En 1957 James Vicary se inventó la publicidad subliminal. Para poner en valor su agencia de publicidad que languidecía, se inventó que había colocado unos fotogramas en una película que se estaba exhibiendo: “¿Tienes hambre? Come palomitas. ¿Tienes sed?, bebe Coca-Cola”. La velocidad de paso era de una milésima de segundo, así que nadie fue consciente del detalle. Afirmó que después del truco, en el descanso, el consumo de palomitas se había disparado hasta un 57% más y el de Coca-Cola, hasta un 18%. Era mentira. Algunas Universidades han hecho experimentos pautados, y sí parece que hay un cierto sesgo en cuanto a la toma de decisiones si se introduce publicidad subliminal. Así que, la mentira es otra de las facultades humanas difícilmente trasladables a las máquinas; si bien éstas puedan detectar si un humano miente, dudo de que puedan hacer lo mismo con otra máquina. Creo que un algoritmo tampoco haría lo que el argentino José Sánchez, se inventó que había encontrado medio millón de dólares y que buscó a su dueño para devolvérselos, cuando dio con él, éste le mostró su agradecimiento ofreciéndole una recompensa monetaria, José se negó a recibirla, sólo quería un trabajo. Lo único cierto es que concibió la historia para encontrar trabajo. La picaresca tampoco es propia de la Inteligencia Artificial. Vamos, que no concibo a un algoritmo escribiendo o replicando la vida del Lazarillo de Tormes.

Sí es cierto que un alto ejecutivo de Coca-Cola, en los setenta, harto de que la publicidad se llevase un alto porcentaje de los gastos de explotación, decidió suprimir la publicidad en una serie de Estados americanos. El resultado fue que las ventas se resintieron demostrando que los costes de esa partida eran rentables. En el verano del 73, el Sr. Otero, dueño de la tienda de ultramarinos donde yo ejercía de chico para todo, sin tanto estudio ni tanta prosapia, me aseveró con la sabiduría que dan los años: “Si el Cola-cao dejara de publicitarse no lo compraría ni el Tato porque no se disuelve y siempre quedan grumos en la leche, mientras que el Nesquik es instantáneo y tiene un sabor más dulce” Claro que nos piratean con la publicidad. Pero ¿no son pirateo los chantajes emocionales? Y los señuelos del cielo y el infierno qué son, sino pirateo. Seguramente, también lo es la cultura dominante, el pensamiento único… hasta la desigualdad es un pirateo, porque es un trasvase ilícito de recursos que merman la dignidad y el bienestar de gran parte de la población.

De todos los pirateos que nos hacemos los humanos, con máquinas y sin ellas, el que se lleva la palma es el del miedo. Detrás de casi todas las proclamas de los políticos en campaña está la apelación al miedo: Portar armas para defenderse; poner muros para que no pasen los otros; abortar a los ya nacidos; privatizar las pensiones y la sanidad pública para defenderlas, que es como poner una víbora al cuidado del bebé; bajar impuestos a los ricos para que se dignen invertir más… Cada dos o tres años te apuntan en el cráneo con una pistola para que vayas a votar acojonado.

Ya quisieran los africanos tener que enfrentarse a nuestros privilegiados miedos.  Porque en los miedos también hay clases. Ellos huyen del miedo real al hambre y a la miseria y, muchas veces, acaban enterrando su cuerpo y sus sueños en el cementerio del Mediterráneo.

El miedo, mi bien ponderado Harari, es el más eficaz de los pirateos. Las máquinas no tienen miedo. Lo cual, bien pensado, no deja de ser pavoroso.

     J. Carlos

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