Ecología y calendarios

JCBA-0065

El mundo vegetal pasa de nuestro calendario. No tienen un reloj que dirija su vida  al compás de unas manecillas. Son más inteligentes. Este año, como el invierno ha estado ausente y los recursos hídricos son muy escasos, han adelantado su actividad floral. Acabamos de entrar en la primavera y llevan un mes florecidos y unas semanas hojeados. Prefieren correr el riesgo de una helada a destiempo que quedarse sin el agua necesaria para que engorde su fruto. Mientras, nosotros, en vez de mirar el reloj natural que nos advierte del holocausto climático, seguimos emponzoñando la atmósfera con los residuos fecales que arroja la digestión del carbón y del petróleo.

Greta Thunberg, una niña sueca de 16 años, asustada por la ola de calor del pasado verano en su país  y por los inusuales incendios forestales, decidió no asistir al colegio desde el 20 de agosto hasta el 9 de septiembre, fecha de las elecciones generales de Suecia. Durante la jornada escolar permanecía frente al Parlamento sueco (Riksdag) portando una pancarta que rezaba: “huelga escolar por el clima”. Aún sigue haciéndolo todos los viernes.  Ya no está sola. Su ejemplo, como el de Rosa Parks, está calando en la sociedad. El pasado 15 de marzo, estudiantes de más de 100 países secundaron una marcha por el clima, con el propósito de clavar el estandarte de un 15M climático en el imaginario colectivo. No pudo ser. Tuvo su atención mediática, pero se desvaneció enseguida. Esperemos que no decaiga.

En el calendario de mi vida hubo un tiempo en que el balance ecológico era favorable. Allá en el pueblo la economía era simbiótica y casi autárquica. Era simbiótica porque comías el pan hecho de la harina de trigo que habías recogido; bebías la leche de los animales que guardabas en las majadas; comías las carnes de los cerdos y aves que tenías en tu corral; vestías la lana de la oveja que habías pastoreado; la energía para el trabajo salía de tu cuerpo y de la fuerza de los  mulos de tus cuadras; respirabas el oxígeno que exhalaban el trigo, la cebada, el maíz, la avena y unos pocos árboles frutales. Era una economía casi autárquica porque al panadero, al herrero, al carpintero, al hojalatero, al médico, al sastre… le pagabas con unos costales de trigo. Y era circular porque todos tus deshechos y los de tu ganado se almacenaban en muladares que, en otoño, esparramabas en tus campos como abono para que germinaran y crecieran los frutos que sembrabas.

Como te digo, en el calendario de mi vida hubo un tiempo en que mi huella dejaba un superávit ecológico. Las únicas combustiones que generaban CO2 a la atmósfera salían de los humeros de las lumbres de las casas, donde se quemaba paja, sarmiento y, de tarde en tarde, alguna leña de cepa. Vale, añade los braseros y las glorias que gastaban cisco para calentarse en aquellos crudos inviernos. De acuerdo, pon también que en las fraguas se utilizaba ya el carbón como combustible para poner al rojo vivo el hierro y moldearlo a martillazos. Con todo, te aseguro que el mar de espigas que oleaban por todo el término en primavera, necesitaban mucho más CO2 para crecer y granar que el producido en esas combustiones. Si hasta el jabón se hacía de forma artesanal a base de grasa de cerdo o aceite vegetal y un poco de sosa caústica. No te digo más.

Después vinieron los tractores que echaban un humo negro por los tubos de escape, dejaban en la atmósfera un tufo oleoso como a rancio y, en las cocheras donde se guardaban, quedaba sobre el suelo de tierra una costra verduzca como de cáscara de ciruela pasada. Y llegó el Gior, un bote de plástico blanco que envasaba un detergente líquido. Fue el primer polímero que recuerdo. Pasaban los meses y los años y seguían los botes amontonados sobre los muladares; se volvían marrones, casi negros; se cuarteaban, se partían, pero no acababan de extinguirse como si les costara morir del todo y desparecer.

Luego vino todo lo demás.

No, no me pidas que contabilice el daño que mi huella ha dejado hasta ahora en el planeta. No sería difícil. Pero prefiero esconder la cabeza, como el avestruz, para que mis nietos y los nietos de mis nietos no me pidan cuentas de cuánto corrompí el planeta y cuánto comprometí su futuro.

       J. Carlos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s