Crónicas de una semana: Entre la ciencia y la muerte.

Tarrant

El lunes supimos que los astrónomos andan a la busca y captura del planeta nueve del sistema solar. Está tan lejos que no se deja ver, pero deducen su existencia por la extraña alineación de los objetos rocosos que están más allá de Plutón. Algún tipo de fuerza les mantiene encarcelados en la órbita solar, sin que puedan escapar, ni tampoco estamparse contra el Sol. Resumiendo, se busca un objeto doscientas veces más masivo que la Tierra y que da una vuelta alrededor del nuestra estrella cada cuarenta mil años. El que lo encuentre alcanzará la gloria.

En la Gran Bretaña, los gentelman andan con los papeles del divorcio. Se tiran los trastos a la cabeza entre sí porque, aunque  saben que una Europa fuerte dinamita sus privilegios imperiales y sus patentes de corso financieras, intuyen que fuera del matrimonio hace mucho frío. Se debaten en la duda Hamletiana, “be or no to be”. Lástima que despreciando la excelsa prosa de Shakespeare, estén cayendo en  un parlamentarismo barriobajero, bravucón y mentiroso. Después de tres días de votaciones consecutivas, martes, miércoles y jueves, aprobaron solicitar una prórroga para el Brexit. Lo que no se entiende es que los europeos se la concedan y estén tristes por el divorcio. Yo no quepo en mí de gozo, quitarse la rémora de la Pérfida Albiol es comparable al glorioso momento en que Europa se sacudió el yugo feudal. Cuando se firme, por fin, la separación, los europeos estaremos más cerca de la gloria.

Un grupo de físicos rusos, suizos y estadounidenses, hicieron público el martes que han conseguido revertir el tiempo una fracción de segundo. Afirman que  si observaras diez mil electrones cada segundo durante toda la vida del universo, serías testigo de un suceso extraordinario, un electrón retrocedería en el tiempo una diezmillonésima de segundo. Con esta idea y un ordenador cuántico han revertido el tiempo. En una primera etapa los qubit están ordenados, después inducen el caos entre ellos y, con un programa especial, vuelven de nuevo a la situación ordenada inicial. Es como si las bolas de billar americano después de ser golpeadas por la bola blanca se dispersaran caóticamente y, después, volvieran a su formación de triángulo equilátero. Da miedo porque, de seguido, te imaginas lo imposible: la flecha del tiempo huyendo para atrás y tú vomitando todo lo comido y absorbiendo todo lo expelido por salvas sean las partes. A mí que no me toquen la segunda ley de la Termodinámica.

Decía Manuel Jabois, el pasado miércoles en la radio, que a él le dan miedo los sucesos inesperados. Por ejemplo, que un zorro hambriento entre en un corral de pollos y el averío lo acribille a picotazos. Ocurrió en una escuela apícola en el noroeste de Francia. Los acontecimientos imposibles suelen preceder a situaciones desastrosas, así, cuando el mar se repliega es preludio de un tsunami. Y, claro, asustan. No hay más que leer a Manuel Rivas, que tiene acuñada una frase lapidaria: “el verdadero reflejo del miedo fue ver la playa de Riazor vacía un día de verano de 1936”, para constatar que, a veces, el caos tiene un reflujo que aparenta un falso orden, luego, se desencadena la catástrofe. Por eso, a mí que no me quiten la segunda ley de la Termodinámica.

El Génesis abunda en narraciones de una crueldad que raya en lo miserable, como cuando Dios le pidió Abraham que sacrificara a su hijo Isaac. Allá fue el patriarca hasta la tierra de Moria, cortó leña, cogió un cuchillo y se dispuso a ofrecérselo a su Dios como si fuera un cordero. Primero se rebana el cuello para que se desangre y después se asa lentamente a la lumbre de leña. Menos mal que el ángel llegó a tiempo y lo detuvo. Por esta muestra de amor, el Señor le prometió la bendición y que multiplicaría su descendencia.

María Gombau vivía en Godella con su novio Gabriel Carvajal y con sus dos hijos, Amiel de tres años y Rachel que había nacido hacía seis meses. María mató a sus hijos el jueves de madrugada. El cerebro de María, que es su Señor, les había pedido que libraran a sus niños de una secta que practicaba la pederastia. Velaban cada noche como centinelas para que la secta no depredara a sus hijos. El cerebro de María, que es su Señor, o los de ambos, porque la paranoia no se contagia pero las drogas psicotrópicas alteran la química del cerebro, les informó de que la secta se había propagado como una epidemia; todo el mundo estaba concernido, incluida la madre de María. Los niños eran queridos, estaban limpios y bien cuidados, a pesar de que la luctuosa noticia se ilustraba en los medios con una foto de un almacén medio derruido, para hacernos creer que  habían vivido en la mugre, el hambre y el desamparo. Falso. Finalmente, ante la imposibilidad de huir de la persecución de la secta, el cerebro de María, que es su Señor, le conminó a que sacrificara a sus niños para que resucitaran y se reencarnaran en ella misma. Esta vez no hubo un ángel que le gritara: ¡Detente! Por esa muestra de amor María, o María y Gabriel, serán tratados por el ángel de la ciencia médica. Lástima que llegara tan tarde.

Un supremacista blanco de extrema derecha, llamado Brenton Tarrant, de 28 años, entró el viernes, solo o acompañado, en dos mezquitas en la  ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda. Llevaba un rifle en las manos y una cámara Go Pro en la frente. Acribilló a 88 personas, 49 murieron, otras 11 están muy graves. Lo filmó en directo y lo retransmitió en Facebook. Es fácil adivinar en nombre de qué Dios y de qué ideología perpetró la masacre terrorista. Estoy expectante por leer el tuit de Donald Trump, Brenton Tarrant es uno de sus admiradores más ferviente. Me pregunto, ¿qué ángel de la Razón ilustrada los detendrá? ¿Llegará a tiempo?

        J. Carlos

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