Plásticos

Zoido

La plasticidad es un lugar común, quizás el más común de todos los lugares. Estamos tan acostumbrados a mimetizarnos con las verdades reveladas, que no advertimos cuánto amoldamos las percepciones para que se adapten a nuestras creencias como se adapta el guante a la mano.

Esa maleabilidad de nuestra mente nos permite carcajearnos de los terraplanistas, que andan fletando un crucero que navegue hasta los confines de la planicie, con el fin de asomarse a su precipicio y hacerse unos selfies; pero aceptamos con toda normalidad que el profesor de física, que es sacerdote, nos enseñe la teoría M de las Supercuerdas y, a la hora siguiente, nos ponga una oblea en la boca en la creencia de que digerimos a dios nuestro señor, y que oxidaremos su cuerpo en nuestro torrente sanguíneo para generar 0,7 kilocalorías y ganarnos el cielo.

Se plastifica el tiempo, por ejemplo, una hora con la letanía de un rosario en la niñez se dilataba como un globo lleno de helio, hoy, a mi edad, una hora de plácida conversación dura lo que tarda en templarse el café una mañana de invierno. También el espacio se estira y se encoge, de forma que se gasta el mismo tiempo en atacar el pico Peñalara desde Cotos que en volar de Madrid a Dublín. Plastificamos, cómo no, las esperanzas en función de las expectativas que nos venden, así hace ocho años ser mileurista era la condena de los parias, hoy, esa misma condición, es un privilegio que se añade a la suerte de tener un trabajo, del mismo modo que la corona es un privilegio que se añade al ser concebido en un polvo real, a condición de que abandones el útero en primer lugar y tengas una apéndice en la entrepierna.

Somos tan conscientes de la ductilidad de las ideas y de la flexibilidad de los argumentos, que hemos decidido coronar al plástico como rey de nuestros materiales porque se adapta a todo, como nosotros nos adaptamos a las ideologías conspiranoicas y a la mística. De resultas, consumimos material plástico  con la misma ansiedad que consumimos rumores, noticias falsas, homeopatía o divinidades mágicas. Su indestructibilidad y nuestra avidez están produciendo una plastificación de nuestras mentes y del propio planeta. Así que este polímero planea por los aires y serpentea en la tierra hasta quedar enterrado en el seno de labradíos, parameras y desiertos; flota en las aguas dulces y saladas; se deposita en el légamo de los ríos y en el fondo de los mares. Como pasto de aves y peces se pasea en volandas de la cadena trófica hasta nuestro torrente sanguíneo y, ahí se queda bogando en miríadas microscópicas como un dios comulgado que ni te aporta calorías ni te abre las puertas del cielo, pero con la certeza de que, al menos, parte de esa basura terminará en el contendor de nuestro cerebro.

Mucho daño tienen que hacernos los microplásticos que habitan ya en nuestras azoteas, para que no nos extrañemos de que el Sr. Zoido, en su deposición como testigo ante la Sala del Supremo, balbuceara como un adolescente o como un adulto deficiente mental y nos confirmara su ineptitud, de la que ya teníamos indicios fundados, porque ni hizo nada al frente del Ministerio del Interior ni se enteró de las decisiones que tomaron sus subordinados durante el golpe de estado perpetrado en Cataluña. Lo más significativo de su paso por el Departamento, mientras la burguesía xenófoba catalana violaba la soberanía nacional, fue ordenar que pusieran un grifo de cerveza Cruzcampo en los aledaños a su despacho para hacer patria. Tampoco nos extrañó que el banquero Rato confesara también, ante otro triunvirato vestido con toga negra y puñetas blancas, que él cobraba 2,4 millones de Euros al año en Bankia sólo para hacer de correveidile del Banco de España. O que otro banquero, González (salario medio 10 millones de Euros al año), mientras escribía libros de Ética y decretaba códigos de buen gobierno y de responsabilidad social corporativa en el BBVA, tuviera contratado a precio de oro los servicios de un tal Villarejo, presunto delincuente que se ha ganado a pulso los títulos de Audífono mayor del reino y Limpia culos de la élite política y financiera.

Va a ser que los españoles tenemos  el cerebro y las vísceras atorados de microplásticos, por eso no mostramos ni un ápice de indignación.

     J. Carlos

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