Suicidio

In memoriam

                                                                                         A Marion, in memoriam

La cadena de la existencia está formada por una sucesión de eslabones que se van uniendo para escribir una historia, la tuya. Ocurre, a veces, que un suceso anodino se concatena casualmente con otro que resulta terrible.

Ayer tarde llamó Janine desde París, volvíamos en coche con la resaca bullanguera de una marcha por los valles del río Moros en Segovia. “¿Comment allez vous, Jannine? – pregunté a modo de saludo al ver su nombre en la pantalla. Lloraba, supuse que había muerto su madre casi centenaria. “¿Qu’est-ce qu’il se passe? -volví a preguntar con la voz chiquita ya afectada al escuchar su llanto.

Marion se suicidó. Llamó la policía de Borgoña hace cuatro horas.

El pasado jueves tratamos el tema del suicidio en la Tertulia. Propuse yo el tema a raíz de un informe que contabilizaba diez suicidios al día en España, siendo la primera causa de muerte de entre las violentas. Una epidemia silenciosa que causa el doble de víctimas mortales que los accidentes de tráfico. En Francia nos llevan la delantera en este triste récord, cada hora se suicida una persona.

Marion se casó en Mornex, un pueblo de montaña, a tiro de piedra del teleférico de la Salève, desde donde se ve Ginebra entera, a altura de águila, como un mapa en 3D. En junio hará catorce años. Vestían los dos de blanco. Dieron sus votos ante un orondo alcalde que lucía, cruzada al pecho, la banda con los colores de la República francesa. A la salida montaron en una carroza bajo una lluvia de granos de arroz y se dirigieron al Chartreuse de Pomier en Beaumont, donde nos esperaba un nuevo banquete, más espléndido aún que el de la noche anterior. Recuerdo el orgullo de Janine madre, el cariño de Marion que te achuchaba con el mismo afecto que se prodiga a las personas muy queridas, siendo que no éramos más que unos amigos, más bien recientes, de su madre. Y recuerdo que la noche anterior en el salón principal del Chartreuse, mientras cenábamos, nos pasaron unas películas con las fotos y vídeos de la niñez y adolescencia de los contrayentes. Un montaje de una calidad técnica que me llamó la atención y comenté, después, a la vuelta a España como algo extraordinario.

El pasado jueves, cada tertuliano abordó el tema del suicidio desde un punto de vista totalmente diferente, por eso el debate, casi siempre, resulta ameno, lúcido y enriquecedor. Hubo quien lo abordó desde los aspectos de los desequilibrios químicos, otros hablaron de propensiones genéticas, hubo quien nos ofreció un repaso poético sobre los suicidios de varias poetisas (desde Violeta Parra y Alejandra Pizarnik, hasta Alfonsina Storni o Sylvia Plath y otras cuantas), aún otros ofrecieron puntos de vista sobre la dureza de la sociedad actual, la soledad, la falta de vínculos sociales y los desastres emocionales. Alguien llamó la atención sobre la sombra de la culpabilidad que se cierne sobre los allegados al suicida.

Janine, me dice entre hipidos y sollozos, que se siente culpable por no haber estado más tiempo con su hija, sobre todo después de la ruptura abrupta del matrimonio por parte del marido Florent, hace unos meses. La pobre está cuidando a su madre casi centenaria en París. No podía estar a la vez en Borgoña consolando a Marion. Quedan dos niñas, ya casi en la adolescencia. Luchará por ellas, como abuela quiere tutelarlas, darles consuelo, ejercer de la madre que acaban de perder.

Meterse en la piel de Marion, cariñosa, extrovertida, loca de amor por sus hijas, es lo que todos pretendemos. Es humano. Queremos empatizar son esa desesperación que le llevó a suprimirse, a borrar los tiempos muertos por el dolor y la náusea, a borrar los únicos tiempos vivos que llenaba con el afecto y el cariño de sus niñas. Queremos racionalizar, por eso culpamos a desarreglos químicos neuronales, o a los quebrantos mentales de la depresión, al marido que la desahució de la vida en común…

¡Qué coños sabemos nadie! Los hay tan frágiles como la porcelana de Sèvres y, sin embargo, por fuera, componen gestos de consistencia granítica.

Lo cierto es que, hoy, en España, apagarán el interruptor de sus vidas diez personas. Ayer en Francia, apagó el interruptor de la suya Marion. Queda el dolor y el desamparo de los que la quisimos y, por encima, un sentimiento de culpa que corroe a los más cercanos.

Seguirán con sus vidas pero ya nunca será lo mismo, porque el eslabón del suicidio de una persona amada se ha unido a la cadena de sus historias y cambiará para siempre su narrativa.

J. Carlos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s