Bendito país

JCBA8742

Mientras una reata de niños de entre cinco y ocho años nos seguía por las Medinas de Marrakech y de Fes, en Marruecos, incansable, durante horas, con unas baratijas en la mano por las que pedían unos céntimos de euro, aquí, en Totalán, Málaga, trescientos hombres trabajaban día y noche para sacar a un niño muerto de un agujero al que cayó, seguramente, por accidente. Las televisiones volvieron a romper los techos de audiencia, haciendo malabarismos entre el circo y el morbo, para que los corazones de la buena gente tuvieran su ración de dolor ajeno. Y es que el dolor ajeno es un ansiolítico, aunque las neuronas espejo replican la misma desolación que sufren los allegados, el incremento de los niveles de oxitocina y endorfinas no engaña; nos sentimos tristes, sí, pero también reconfortados porque la tragedia esta vez nos pasó de largo. Te confieso que, diariamente, antes de desayunar buscábamos, desesperados, un rincón del hotel donde llegara la Wifi para leer en el móvil las tragedias del rescate del niño que, para más inri, se sucedían como malos augurios. De alguna manera Julen viajó con nosotros. La casualidad quiso que el último día de viaje, al despertar, la pantalla del móvil confirmara lo esperado. A estas edades las despedidas te enaguan los ojos porque no sabemos, o ya no podemos, contener las emociones. Aún hoy la imagen del pozo se mezcla con los recuerdos de las mezquitas y los palacios, con los arcos de herradura y las columnas rematadas con arabescos en lacerías de estuco. Aún hoy miro las fotos de fuentes con teselas verdes, blancas y azules, las de minaretes del color de arena, las de fachadas de color ocre como de arcilla cocida y otras del color de la teja, o las de ventanas pintadas con el azul profundo del índigo y siento un leve vacío en la boca del estómago, como un reflejo de la congoja que me habitaba cuando las vi por primera vez.

Ya se sabe que el medio en que vivimos es invisible, por eso los animales marinos no ven el agua ni nosotros, animales terrestres, vemos el aire. Tampoco yo vi el mar que atravesé volando, de noche, dos veces en esos días. Un mar que sepulta dos niños migrantes cada día en el agujero negro de sus aguas sin que a casi nadie le importe.

El sábado, justo una semana después los ojos me volvieron a jugar otra mala pasada. Estaba viendo la llamada ceremonia de la entrega de los Goya. El matrimonio de cómicos, Andreu Buenafuente y Silvia Abril, solventó la papeleta con tablas. Se trataba de repartir pellizcos de monja a los políticos, a todos para que no se ofendiera ninguna bancada; pero dejar vivitos y coleando a quienes practican el estupidiario nacional, no vaya a ser que se sientan ofendiditos en sus credos y odiaditos por sus ignorancias. Esperaremos al carnaval de Cádiz, que suele ser más cabal, para que levante al humor del suelo y le quite el polvo que viene arrastrando desde que lo metieron en el fango del Código Penal, especialmente con la Ley Mordaza. Por lo demás, purpurina y “brilli, brilli” para surtir durante los próximos seis meses las consultas de los dentistas y las peluquerías de las señoras. A mí lo que me pone no son los soporíferos agradecimientos de los actores, que más bien parecen estudiantes de bachillerato en una entrega de medallas, sólo les falta darles las gracias a sus mascotas por aguantarles, a sus abuelos maternos por haber parido a su santa madre y a sus zapatos por haberlos llevado hasta allí. Lo que me pone es la cara de alelados, que tratan de enmascarar con una sonrisa gélida, los nominados que no reciben El Cabezón. Y no debo ser el único porque los realizadores recuadran y congelan su imagen unos segundos para satisfacer el morbo y la mala baba del personal. En esas estaba, empalagado de azúcar hasta el coma diabético y bien surtido con la hipocresía que dilapidan los del gremio, como si la regalaran, cuando acertó a tomar el micrófono Jesús Vidal. Hubo una corriente de aire que barrió los decorados de cartón piedra y cegó las luces de fantasía. Quedó sólo la palabra. Tiene una voz vieja, de pueblo adentro. Brotó de sus labios como un manantial de ternura que regó de emoción el patio de butacas. Los actores dejaron de actuar, sus músculos se aflojaron y se quedaron con la cara de niños y los ojos turbios. Estaban emocionados. Por fin, se escuchó la verdad. Sin artificios, sin dobleces, con la inocencia de los que saben que nunca son escuchados, con la simplicidad de los que gastan la ternura y con la sabiduría de los que se entregan sin más.

Bendito país donde trescientas personas lo dejan todo, algunos se juegan la vida, para acudir al rescate de un niño de dos años, aunque sea muerto. Bendito país en el que a un actor de teatro, más bien feo, calvo, bajito, con gafas de culo de vaso y voz vieja, de pueblo adentro, le dan un minuto de televisión y rompe las hechuras del medio porque emociona hasta los psicópatas.

         J. Carlos

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