La vendimia

Tormenta

Fue la penúltima tarde de septiembre de 1959. El sol estaba casi gastado y una nube negra como la sotana de Don Ángel avanzaba desde el norte. Se levantaron tolvaneras de polvo en el suelo. Los niños jugábamos a perseguirlas y a huir de ellas cuando se te echaban encima. Tenían un discurrir errático tan pronto zigzagueaban o describían circunferencias como volvían sobre sus pasos, casi siempre terminaban pillándonos y nos cegaban los ojos de tierra. El viento arrastraba un olor a paja mojada. El primer relámpago sucedió casi al mismo tiempo que el sol se apagaba del todo. A los segundos atronó con el mismo ruido que harían cien carros llenos de piedras descargándolas a la vez. El eco devolvió el sonido del trueno un poco más amortiguado. Con el pecho todavía percutido y temblando nos dispersamos sin despedidas y cada cual se fue, a la carrera, a buscar el falso cobijo de la casa.

Mi madre estaba en la calle esperándome, me echó por la cabeza la toquilla con que se cubría de los goterones de lluvia. Ya en la cocina, a oscuras porque siempre cortaban la luz en las tormentas, los relámpagos iluminaban todo de un blanco crudo a la manera que lo hacen las lámparas estroboscópicas. Antes de que se desvaneciera la luz veía congeladas la figura de mis padres. Temblaba. Me apretaba contra sus piernas. La lluvia arreciaba en las paredes del corral descarnándolas. De súbito, volvía a percutir el trueno. Instintivamente me tapaba la cabeza porque pensaba que las vigas del techo cederían y todo se vendría abajo. Ni las manos de mis padres que acariciaban mis hombros y mi espalda, ni la serenidad en sus ojos que yo sorprendía con el estallido del relámpago me tranquilizaban. Mi antídoto era una jaculatoria que yo repetía como un mantra: “Yo quiero vivir en Madrid”.

Con cuatro años recién cumplidos ignoraba que algunos deseos tienen la osadía de cumplirse. Terminamos viviendo en Madrid, teniendo hijos y nietos en Madrid. Por desgracia, no todos. Nueve años más tarde a mi padre se le agotó el tiempo cuando faltaban días para mudarnos a la capital.

A la edad de cuatro años los padres son eternos y no los puedes cambiar, tampoco cambian físicamente. Ellos gastaban la ropa porque no crecían, mientras que tú heredabas la de tu hermano y se te quedaba pequeña antes de romperla. A la edad de cuatro años no sabía que en las ciudades los truenos chocan contra tantos elementos que las ondas sonoras reflejadas se anulan y por eso pierden su eco. Tampoco sabía que la luz de los relámpagos se difumina con la luz artificial de las farolas y  no dan miedo. Pero sabía que en Madrid las casas no eran de adobe, estaban hechas de materiales nobles como el ladrillo y el cemento y la fuerza de la naturaleza las respetaba. Sabía que sus calles estaban asfaltadas y que el agua se drenaba por alcantarillas y no con un sistema de gateras minúsculas por las que discurría el agua de casa en casa y, con frecuencia, las que estaban más abajo, como la mía, se inundaban. En esos momentos en que la casa crujía me vencía el terror y odiaba a mis padres, odiaba sus palabras para tranquilizarme, odiaba sus caricias. Quería haber tenido otros padres que vivieran en Madrid porque allí las casas aguantaban las tempestades.

El cerebro del niño tiene la habilidad del olvido. Terminaba la tormenta, volvía la luz eléctrica y la angustia se desvanecía como un mal sueño. Supongo que esos terrores se reciclaban en pesadillas nocturnas. Volvía la armonía de la cena, las risas, los halagos, el dar comida a hurtadillas al gato que frotaba el costado contra las patas de la mesa camilla y, ese día, tus padres no te lo reprochaban porque te habían visto temblar como una hoja y habían escuchado el rechinar de tus dientes.

Qué poco dura la alegría en el corazón del niño. En esa cena se habló de que al día siguiente irían juntos a vendimiar al viñedo del abuelo mis padres, los tíos y los primos. También iría mi hermano. Yo no podía ir porque era muy pequeño. Nueva ración de odio a los míos y rabieta antes de ir a la cama. En venganza, ese día cambie el cuento que me inventaba cada noche antes de que me cogiera el sueño. En vez de contarme que araba las tierras con un tractor rojo, hecho a mi medida, para evitar a mi padre los madrugones y los fríos, me limitaba a llevar a mis amigos sentados en los alerones que cubrían las ruedas hasta Malva. Allí comprábamos raíces de regaliz.

El 30 de septiembre de 1959 me levantaron muy temprano por eso vi cómo amanecía detrás del teso de San Pelayo. El cielo estaba despejado, tenía ese azul desleído del otoño que no presagia ningún desastre. Fuimos a casa de los abuelos a preparar los aperos, subir los cestos a los carros y ayuntar los mulos. Pensé que mis primos mayores o mi hermano abogarían para que me dejaran ir a la vendimia. Me equivocaba. Se reían de mi pretensión y me llamaban enano. Si hubiera sido mayor les habría retorcido el pescuezo como a los gallos hasta que estiraran la pata. Supliqué, lloré, pataleé. Cuando se fueron me di la vuelta para no ver rodar los dos carros calle abajo. La abuela los despedía desde la puerta cochera con una mano en el aire. Iban cantando “La polvareda madre se ha levantado y hasta los arbolillos se han deshojado”. Mentían, no había árboles en el camino de Valcuevo. No había apenas árboles en todo el término, sólo los álamos de la carretera, el almendro de Isauro, un chopo en la laguna del árbol y unos pocos arbustos en el pozo del tío Sixto. Mentían, aunque yo quería cantar mentiras con ellos subido al carro y después caminar entre las vides, arrancar los racimos, llenar los cestos y comer la tortilla de patata que había hecho la abuela.

Llegué de los primeros a la escuela de Marta, nuestra maestra. Tenía mucho sueño. De no ser por el rencor que rumiaba contra mi parentela me habría quedado dormido. Pasé media mañana tejiendo venganzas contra mi hermano y cada uno de mis primos. No contra mis padres, ni contra el abuelo y los tíos, ellos eran mayores y su destino en la vida era prohibir hacer cosas a los pequeños. Pero me indignaba que quienes apenas levantaban un palmo por encima de mi cabeza, aquellos que deberían ser mis afines, se hubieran confabulado contra mí. Cuando ya tenía casi todos los proyectos de venganza bien urdidos escuché que la maestra nos explicaba a Dios, Nuestro Señor. Entonces le pedí a Él que se vengara en mi nombre. Dejarlo en manos del todopoderoso fue un bálsamo. Se disolvió la fuerza que me mantenía con el ceño fruncido, las mandíbulas soldadas la una contra la otra y los puños cerrados.

Desde el salón de clase no se veía el cielo. Es cierto que menguó la luz que entraba por la ventana pero nada hacía pensar que después se desataría el diluvio. Las primeras gotas restallaron como látigos en la fachada, Marta, apoyada en sus muletas, fue hasta la puerta cristalera de la calle y volvió con cara de preocupación. Después la lluvia arreció contra los vidrios del ventanal con tal violencia que parecía granizo. Toda la clase enmudeció un momento. La maestra extendió los brazos como quien dirige una orquesta y empezó a cantar “Que llueva que llueva, la virgen de la cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan…” Como notó cierta desgana nos pidió que eleváramos la voz: “más fuerte, más fuerte”. Intentaba que nuestro canto ocultara el estruendo del aguacero. Algunos niños se habían quedado con los ojos clavados en los cristales temiendo que se rajaran, Marta volvió a montar sobre sus muletas y corrió los visillos. El chaparrón no cesaba y no sabíamos más canciones así que rezamos el Padrenuestro. Tampoco lo sabíamos. La maestra recitaba frases cortas y nosotros las repetíamos. El reloj de pared había dado la una cuando amainó. Algunos padres habían venido ya con paraguas y botas de goma a buscar a sus hijos. Yo caminé hasta la casa de la abuela, resguardándome bajo los aleros, con el jersey por encima de la cabeza y el Catón bajo la camisa porque el agua caía a chorros de las tejas y canalones.

Estábamos empezando a comer la abuela y yo cuando volvieron de la vendimia. Venían empapados y ateridos de frío. En los carros apenas dos cestos de uvas. La abuela sacó toallas y sábanas de hilo para que se secaran. Al primo más pequeño, Javier, se le había ido el color y todos le tocaban la frente por si tenía fiebre.

En aquel momento fui inmensamente feliz, creo que me olvidé hasta de comer. Nunca me habría imaginado mejor venganza. Le di gracias al Señor por haber escuchado mis súplicas y le prometí mi amistad. Aquel día aprendí a sonreír con ironía y a responder con sarcasmo. Mis padres decían: “Mira lo que te hubiera pasado si te hubiéramos dejado venir, ¿ves qué suerte has tenido?”. “Claro”, contestaba yo, con los labios estirados.

A la tarde volvió a salir el sol. No jugamos a las canicas porque el suelo estaba embarrado. Decidimos saltar a piola. Gané. Nunca ganaba. Aprendí que la felicidad proporciona un cierto grado de ingravidez.

No sé si ese mismo año, o el siguiente, el abuelo decidió arrancar las cepas porque el vino se vendía mal y barato. Me quedé sin vendimiar, hasta hoy.

 J. Carlos

Anuncios

Una respuesta a “La vendimia

  1. Mis recuerdos se centran en el quintal de la casa de mis abuelos maternos (quintal es la parte de atrás de las casas alentejanas) debajo de una parrera que, además de sombra, daba unos racimos de uva blanca riquísimos.
    A la izquierda tenía mi abuelo plantado un albaricoquero que ofrecía frutos pequeños y dulces.
    Con el tiempo pensé que aquel lugar podía ser un trocito del Paraíso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s